“Queridos compatriotas (…), ceso en mi actividad como presidente de la Unión Soviética. Tomo esta decisión por consideraciones de principio (…). Se ha impuesto la línea de desmembración del país y de desunión del Estado, hecho que no puedo aceptar (…). Además, estoy convencido de que resoluciones de tal envergadura se deberían haber tomado basándose en la voluntad expresa del pueblo (es decir, un referéndum) (…). El destino quiso que cuando tuve que estar al frente del Estado, fuera evidente que nuestro país estaba enfermo (…). Había que cambiarlo todo (…). Hoy estoy convencido de la razón histórica de los cambios iniciados en 1985 (…). Hemos acabado con la Guerra Fría, se ha detenido la carrera armamentística y la demente militarización del país que había deformado nuestra economía, nuestra conciencia social y nuestra moral. Se ha acabado la amenaza de una guerra nuclear (…). Nos abrimos al mundo y nos ha respondido con confianza, solidaridad y respeto. Pero el antiguo sistema se ha hundido antes de empezar a funcionar de nuevo”.

                                                               Discurso de Gorbachov, 25 de diciembre de 1991.

1. Clasificación

Este texto es la selección de partes del discurso de Mijail Gorbachov, el 25 de diciembre de 1991, emitido en la televisión a la opinión pública de los habitantes de la extinta URSS. Se trata, por ello, de una fuente primaria, es un texto de naturaleza política e ideológica (fin del modelo soviético instaurado en la URSS desde 1921), y de carácter público. El autor, Mijail Gorbachov (1931), estudió derecho, fue elegido Secretario General del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) en 1985, dando paso a una serie de reformas (Perestroika) que acabaron, finalmente, con la URSS. El discurso es de talante demagógico y justificativo.

2. Análisis del texto

En estos fragmentos Gorbachov anuncia su dimisión como presidente de la URSS. Aduce para ello “consideraciones de principio”, como no compartir la idea de una desmembración de lo que ha sido,  hasta entonces, un Estado unido. Valora, además, que se está llevando a cabo de una manera equívoca al no contar con la voluntad “expresa” de la ciudadanía.

Asimismo justifica sus decisiones políticas, a pesar de todo, al estimar que el “país estaba enfermo”, cuando fue elegido para dirigirlo, y que era necesario proceder a estas reformas, cuyos resultados positivos, después de todo, han sido detener la carrera armamentística y la “demente militarización” del país. Todo ello ha hecho posible, según él, el poder poner fin al miedo a una confrontación nuclear. El autor, también, considera positivo que los demás países del mundo hayan sabido aceptar y reconocer tales cambios. Si bien, concluye, lamentando que no se haya permitido constituir un nuevo sistema antes de que el antiguo se hubiese hundido.

3. Análisis histórico

Antecedentes. Tras la Segunda Guerra Mundial, la URSS se convirtió en el referente de un nuevo modelo económico, político e ideológico que lideró a los países de la Europa del Este que habían caído bajo su esfera tras la derrota del nazismo y a otros países inmersos en procesos de descolonización (como Corea, Vietnam, etc.) o que, históricamente, por diversas circunstancias sociales y políticas consideraron el comunismo como el modelo que mejor se adaptaba a sus países (caso de China o Cuba). El sistema soviético venía a estar caracterizado por la existencia de un partido único, el PCUS, un órgano legislativo máximo, el Presídum del  Soviet Supremo y una ideología oficial, el socialismo leninista, del que no se permitía el salir de su ortodoxia.

La economía se articulaba en torno a una estructura planificada centralizada que propugnaba el fin de la lucha de clases y la igualdad social, antitético al capitalismo de mercado. Sin embargo, en sus aspectos más profundos, era un sistema rígido, en el que se había primado la industria pesada y militar, lo que había repercutido en una débil industria de bienes de consumo y una débil base agraria. Y, pronto, iba a surgir un grupo dirigente, la nomenklatura, altos dirigentes, gestores de empresas, ingenieros o especialistas, que se distinguían del resto de la sociedad al disponer de unas prebendas y privilegios mayores que el resto de la ciudadanía.

La guerra mundial marcó invariablemente a la sociedad soviética (compuesta por muy diversos territorios), teniendo que enfrentarse a una brutal reconstrucción, al haber soportado el mazazo más duro de la maquinaría de guerra alemana. Se estima que hubo 20 millones de muertos, aparte de una ingente cantidad de destrucción de infraestructuras, industrias y ciudades que supusieron unas ingentes necesidades y sacrificios hasta recuperar los niveles perdidos por la guerra (en parte, esto fue compensado con el trabajo de los prisioneros de guerra alemanes y de otras nacionalidades, el secuestro de los científicos germanos así como del saqueo de una parte de la industria de la Alemania ocupada que fue embalada y enviada a Moscú).

La Guerra Fría (1945-1991) derivó en una confrontación contra el Bloque capitalista occidental, liderado por Estados Unidos, lo que hizo que se implementase una fuerte carrera armamentística de carácter global tanto en armas convencionales como en la disuasión nuclear. A partir de 1953, con la muerte de Stalin, hubo un tímido proceso de crítica interna, con el proceso de desestalinización (Informe secreto presentado en el XX Congreso del PCUS, en 1956, contra los crímenes de Stalin), encabezado por el nuevo secretario Nikita Jruchev (1953-1964). Pero, a pesar de todo, el peso de la industria militar no decreció. La economía soviética alcanzó su punto más alto y de forma significativa durante los años 50, con un aumento en los niveles de vida y, tímidamente, en el bienestar general de la población. Si bien con profundos lastres en el terreno agrícola, tras el fracaso de colectivización propugnada por Stalin en los años 20, a pesar de los intentos de reforma, con medidas como otorgar una mayor independencia de gestión en los koljoses, introducir nuevas tecnologías o la puesta en roturación de tierras en Kazajstán.

Aún con todo, en los años 60, se vivió una época dorada con una industria pesada pujante, un aumento del consumo y la universalización de los servicios principales como eran educación, sanidad, vivienda y trasportes. El número de estudiantes universitarios se duplicó. Y los logros en la carrera espacial, se envió el primer satélite al espacio, en 1957, el Spútnik 1, y la primera nave espacial tripulada, parecían apuntar a que el desarrollo tecnológico soviético era equiparable al de los países capitalistas si no superior (que ocultaban otros problemas endémicos de falta de libertades, de crítica o de iniciativas e incentivos sociales).

Pero, finalmente, Jruchev se granjeó bastantes enemigos, al combatir a la nomenklatura y pretender impulsar un nuevo programa político (reconocimiento de las nacionalidades en el seno de la URSS y el consolidar la sociedad comunista), y fue destituido.

Tras Jruchev, fue elegido como Secretario General Leónidas Breznev (1964-1982), en un periodo conocido como el estancamiento brezneviano. Breznev inició algunas tímidas reformas en la agricultura, industria y economía. Sus objetivos principales fueron mantener la esencia del sistema soviético, tranquilizar a la nomenklatura y mejorar la calidad de vida de la población. Pero los niveles de vida, en vez de aumentar, comenzaron a descender, cobrando cada vez mayor distancia del occidental. Se incrementó la mortalidad infantil, las condiciones laborales empeoraron y eso se reflejó en las altas tasas de alcoholismo. Los problemas de abastecimiento de la población civil o de vivienda (a pesar de la construcción de grandes bloques grises de cemento) persistieron. Comenzó a aflorar un mercado negro y a desarrollar una economía sumergida. Y aquellos avances en atención sanitaria y educativa que con tanto orgullo se había destacado la URSS, vislumbraron su declive, ante los evidentes síntomas de parálisis del sistema.

La política derivada de la Guerra Fría, como fue la intervención en otros países (Primavera de Praga, 1968, o Afganistán, 1979) o la primacía de la industria militar, hicieron que la economía soviética comenzara a griparse peligrosamente. En la esfera política fue, por el contrario, un periodo de estabilidad pero comenzó a determinarse, ya, el signo de un sistema que se agotaba, al no existir un relevo generacional en la clase dirigente, la denominada gerontocracia, y porque se estaban produciendo tensiones internas debido a las reivindicaciones nacionales, no atendidas, ante la primacía del nacionalismo ruso, y a las diferencias de desarrollo entre las distintas repúblicas, que acabaron por estallar con Gorbachov.

Desarrollo. Tras la muerte de Breznev hubo una etapa de interregno Antropov (1982-1984); jefe del KGB, y Chernenko (1984-1985), ambos de edad muy avanzada, hasta la elección de Mijail Gorbachov, representante de una nueva generación. Aunque, en 1986, se produce el grave accidente de Chernobil, en uno de los reactores de una planta nuclear, y este reaccionó de la misma manera que sus homólogos del pasado, pretendió ocultarlo, hasta que la nube radiactiva amenazó el corazón de Europa, su nueva política aperturista, buscó reformar el comunismo desde dentro, no dudaba de su viabilidad, hizo que todo cambiase, aunque no de la noche a la mañana.

Los problemas detectados en el agotamiento del modelo eran evidentes. Era poco factible continuar con la carrera armamentística (se intentó a inicios de los 80, cuando Ronald Reagan impulsó la llamada Guerra de las Galaxias, pero solo mermó aún más la economía soviética, dando pie a un empeoramiento de las condiciones de vida). Así que su nueva política se apoyó en dos grandes pilares fundamentales: la glasnost (trasparencia informativa) y la Perestroika (reforma).

La glasnost era un medio y no un fin en sí mismo, que pretendía alentar a la sociedad a realizar sus aportaciones para dar solución a los problemas y abrirse a las iniciativas. Gorbachov, de manera ingenua, creyó que dando un toquecito aquí y allá pondría la vetusta maquinaria en acción. Si bien, el recelo y el temor de las épocas precedentes impidieron que, realmente, se llevaran a cabo aportes sustanciales para reflotar el comunismo. Eran muchas décadas de inercias en las que la consecución de una serie de logros (aunque no fueran reales o eran muy costosos) habían marcado la dinámica de una sociedad que no encontraba ningún aliciente a esta apertura y la miraba con demasiada desconfianza para comprometerse con ella abiertamente.

Por otro lado, la Perestroika sí iba a ser un intento reformador que buscaba modernizar el sistema por dentro para adaptarlo, presuntamente, a los nuevos tiempos. Para ello, Gorbachov cambió la Constitución, creándose una nueva institución, el Congreso de los Diputados Populares quien se iba a encargar de elegir a los integrantes del Soviet Supremo. Además, aunque, en modo alguno, sin abrirse a un sistema plenamente democrático, obligó a los candidatos a que presentasen programas políticos (compromisos que atendieran a las necesidades de la población).

Las primeras elecciones siguiendo el nuevo espíritu reformista se celebrarán en diciembre de 1988 y salieron elegidos muchos candidatos no oficiales del régimen. Era una buena señal. En esta misma línea, en febrero de 1990, el PCUS aprobó una resolución en la que renunciaba a la dictadura del proletariado y reformaba uno de sus articulados más importantes para dejar de ser quien ostentara la primacía en la sociedad. En octubre de ese mismo año, en concordancia con lo anterior, se daría luz verde a la Ley de asociaciones que legalizaba a los partidos políticos.

Paralelamente, se inició una serie de reformas económicas de gran envergadura con el fin de salir de la profunda crisis en la que se encontraba inmerso el país. Para ello se tomaron medidas para perseguir el mercado negro (una auténtica lacra), reducir el absentismo laboral (realidad preocupante), se legalizaron, asimismo, las actividades profesionales individuales, se permitió que las empresas dispusieran de una parte de capital extranjero y se luchó contra la corrupción a partir de la constitución de superministerios. Pero, a pesar de todas las medidas, no se consiguieron los efectos esperados porque era difícil derribar un modelo que no daba más de sí.

Por ello, se procedió a introducir otro paquete de medidas como sería el incentivar las empresas de consumo, la producción agrícola (se pagaría parte de la producción en divisas), se actualizaron los precios de los productos y los salarios. Al mismo tiempo, se devaluó el rublo a la mitad para favorecer las exportaciones de materias primas y las importaciones. Sin embargo, nada de todo esto va a frenar una caída libre de la sociedad soviética, la devaluación supuso para el ciudadano medio una pérdida importante de poder adquisitivo y una restricción a los bienes de consumo. Y ello incidirá en detectar con mayor contraste las diferencias sociales entre el pueblo y la nomenklatura. La corrupción será una tara imposible de disolver, aumentará la delincuencia organizada, se producirá una fuerte agitación laboral, con huelgas y protestas, al descender la calidad de vida, y se detectarán graves problemas medioambientales (debido a la mala gestión) y resurgirá, finalmente, un fuerte espíritu religioso, reprimido por el comunismo.

A pesar de los intentos de Gorbachov por impedir el deterioro, con un giro conservador a las reformas, el problema de las nacionalidades se incrementó (Báltico, Cáucaso y Repúblicas asiáticas), lo que llevará a Gorbachov a redefinir la estructura de la URSS, estableciendo un Tratado de la Unión que otorgase mayor poder a las repúblicas. Pero ni Armenia ni Georgia se avinieron a firmarlo, creándose las primeras graves fisuras importantes.

Para evitar la completa descomposición del sistema y restaurar el viejo orden soviético, un núcleo duro del régimen dio un fallido golpe de Estado, mientras Gorbachov se hallaba de vacaciones en su dacha. Este fue abortado gracias a la presión popular y protagonismo que cobrará Boris Yeltsin, como presidente de la Federación rusa. El golpe derivó en la aceleración de unos cambios que se tornaron bruscos y precipitados. Gorbachov renunció a la Secretaría General del PCUS, exigió la disolución del Comité Central y del Soviet Supremo,  que derivará en el fin de la URSS. De este modo, el 25 de diciembre, Gorbachov comparecerá ante los medios para asumir su dimisión (base del texto), convirtiéndose en el acta de defunción de la URSS, que dejaría de existir oficialmente el 31 de diciembre de 1991.

A pesar de  los intentos posteriores de crear una Comunidad de Estados Independientes (CEI), como sustituto de la URSS a nivel internacional, dotándose, en 1993, de un estatuto propio, esta no cuajó ante los recelos del control que ejercía la Federación rusa. Esta se iba a convertir, a la postre, en la heredera simbólica de la URSS en los organismos internacionales, ocupando su lugar en el Consejo de Seguridad de la ONU. La figura de Gorbachov se eclipsó, sustituida por Yeltsin, quien se convirtió, en junio de 1991, en el primer presidente democrático de Rusia.

4. Conclusión

El 31 de diciembre de 1991, se ponía fin a cerca de ochenta años de modelo comunista en Rusia, tras la revolución de octubre de 1917. Gorbachov buscó reformar el régimen desde dentro, pensando ingenuamente que aún tenía viabilidad. Sin embargo, la glasnost y la Perestroika fueron la sentencia de muerte de un sistema que durante varias décadas anteriores se había sostenido mediante viejas inercias y el poder coercitivo del KGB y del Ejército. Pero en el momento en el que se produjo un relajamiento social, evidenció que el sistema soviético estaba agotado, la corrupción, la constitución de una clase privilegiada, la nomenkladura, la demencial carrera de armamento, el sistema económico poco rentable y deficitario, etc., hicieron que el sueño comunista se consumiera entre sus propias contradicciones internas y su carácter rígido y autoritario.

En este discurso de despedida, como hemos podido comprobar, Gorbachov solo buscó justificar sus acciones, mostrando la única carta válida que le quedaba como era haber puesto fin a la Guerra Fría, sabiendo que pasaría a la posteridad como el último presidente de la URSS, al que se le acabaría por reprochar los males acumulados de las décadas anteriores. Desde entonces, Rusia y los países que conformaron su estructura buscan su lugar, aún marcados por el pasado, marcados por muchas décadas en las que no han conocido todavía una sistema de libertades democráticas plenas en su amargo devenir.

Las obras de Carlos Taibo, La Unión Soviética de Gorbachov (1989) o La Rusia de Yeltsin (1995), analizan bien estas cuestiones, al igual que el libro de Robert Service para una  valoración de conjunto sobre la Historia de Rusia en el siglo XX (2000). Sobre el final de la URSS, cabe señalar los filmes La Casa Rusia (1990), ambientado en la época de la glasnost; El Santo (1997), irregular filme, que retrata la Rusia poscomunista, nos permiten atisbar los problemas a los que se enfrenta la sociedad rusa actual (decadencia, autocracias, etc.).

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