El misterio de Ana Frank

Recientemente se publicaba un artículo en el que se destacaba como un grupo de diversos investigadores (desde criminólogos hasta forenses), un total de 19, encabezado por un exagente del FBI, Vince Pankoke, se ha puesto manos a la obra por desvelar quién fue la persona que delató a esta adolescente y su familia en la Holanda ocupada. Ana Frank y su diario se han convertido en un icono del Holocausto aunque, más bien, debería serlo de la conciencia y de la persecución humana. Pankoke quiere despejar la última incógnita sobre la suerte de esta niña que murió de tifus en el campo de Bergen-Belsen, Polonia, en marzo de 1945. Pero, ¿es tan necesario? Me explico. Desvelar las incógnitas de la historia es importante.

Hay muchas interrogantes que resolver y, a veces, no es fácil hallar una base documental que responda nítidamente a lo que los investigadores buscamos en las fuentes. Ojalá hallen un archivo de la Gestapo, la temida policía política del régimen, que recoja punto por punto los aspectos que derivaron en la detención de la familia Frank, como la de otras tantas familias judías de la Holanda y la Europa ocupada. Siempre se ha sospechado que el escondite secreto en el que durante dos años (desde 1942 a agosto de 1944) donde se ocultaban fue encontrado gracias a una delación… De hecho, era bastante común, en aquella época, en donde la Gestapo contaba con una amplia red de colaboradores y simpatizantes, algunos lo hacían por dinero y otros porque creían en la persecución nazi de los judíos. Tesis recientes afirman que fueron, en cambio, descubiertos por casualidad tras un registro rutinario para hallar un taller clandestino de pasaportes. Sin embargo, Ana Frank es un icono de ese pasado tan dramático, su imagen, su retrato y, sobre todo, su diario, son una memoria viva de Europa.

Ahora bien, la sociedad parece fijarse más en los detalles menos importantes que en los que son realmente relevantes en estos casos. Transcurridos más de setenta años, el conocer el nombre de la persona que los delató puede tener escasa relevancia, salvo a nivel mediático, porque puede ser el de una persona que no nos diga nada. Para que no hubiese ninguna duda al respecto tendría que encontrarse un documento clarificador, la denuncia en sí, o un informe que recogiese al informante por parte de la Gestapo. Pankoke y su equipo se encuentran ahora sumergidos en este punto, gracias a diferente documentación poco estudiada hasta la fecha que han encontrado. Si bien, de no encontrar la relación exacta, van a ser meras conjeturas.
El drama de los judíos ocultos en Europa, los denominados submarinos, fue espantoso, vivían cada día con la permanente y angustiosa incertidumbre, ya fuera en los territorios ocupados como en la propia Alemania, de ser descubiertos. De hecho, cuando dieron comienzo los bombardeos aliados sobre las ciudades europeas, debían asumir que no podían bajar a los refugios antiaéreos. Debían rezar y confiar en su suerte. Sin embargo, sus penurias nunca acababan ahí porque podía ser descubierta su identidad en cualquier momento y no podían confiar en nadie. Había colaboradores en cualquier esquina, judíos incluso, dispuestos a delatarlos para salvarse ellos mismos. La suerte de la familia de Ana Frank no fue diferente a otras. Pero la buena de Ana escribió un tierno diario que formará parte siempre de nuestra historia y, como ella, hubo muchas niñas que padecieron, vivieron y sintieron ese mismo horror. Su suerte y devenir ya son Historia, los esfuerzos para intentar desvelar la identidad de la persona que les denunció no deben, de todos modos, distraernos del hecho de que, por desgracia, la pugna contra la intolerancia, el antisemitismo, la xenofobia y demás no han acabado. El suicidio de Hitler y la derrota de su nefasto imperio criminal no han acallado los fanatismos que derivan en minusvalorar a las minorías por su raza o religión.

Ana Frank nos enseñó, ante todo, que era un ser humano como los demás, frágil y delicado. Nada que ver con representar ese mal que predicaban los nazis que portaban los judíos. Pero hay que pensar que el colaboracionismo fue más común de lo que a primera vista se cree en la sociedad europea y, por lo tanto, la reflexión que debemos hacer es cómo conjurar los prejuicios humanos (como lo son la islamofobia o la xenofobia). La única manera de que Ana Frank pueda dormir algún día en paz reside en la fuerza y convicción que tengamos en rechazar cualquier corriente de pensamiento semejante a la que le llevó a la tumba…

Los males sociales no son ninguna abstracción ni, por supuesto, son ajenos a nosotros, son las etiquetas que ponemos a los demás, es la intolerancia y, sobre todo, la degradación de nuestros valores cuando deshumanizamos a las personas que rechazamos u odiamos. Desvelar quién fue el delator de los Frank, a estas alturas, es anecdótico, una curiosidad que en modo alguno puede restituir ya jamás su vida. Pankoke afirma seguir varias pistas. Si logra su propósito, desde el luego, será interesante. Pero sería cerrar en falso el misterio de Ana Frank. Porque este reside más bien no en quién denunció a su familia sino en cómo es posible que todavía haya persecuciones y degradación de las personas en Europa; cómo podemos todavía ser tan ignorantes e incapaces de enfrentarnos no a la verdad del pasado, sino a la del presente que nos ocupa (como los refugiados). Ana Frank merece que se descubra la identidad de su asesino, pero solo es un nombre, nada más, el odio y el desprecio fue la verdadera enfermedad que aquejaba al continente, un mal endémico para el que la única cura posible es educarnos mejor, en saber no solo quién fue Ana Frank sino en actuar en consecuencia y comprometernos con la dignidad de todas las personas que sufren cualquier clase de injusta degradación y persecución. Aquella niña holandesa nos enseñó más humanidad que todas las corrientes de pensamiento europeo juntas, no lo olvidemos.

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Las mujeres saudíes

La monarquía saudí, tras muchas polémicas, va a permitir que las mujeres puedan conducir a partir de 2018. No hay duda de que vivimos en un mundo extraño. En Occidente, a pesar de los muchos avances que se han conseguido, todavía, la brecha salarial y social entre hombres y mujeres es considerable. Desde luego, una mujer puede disponer de las mismas expectativas laborales y sociales que el hombre, incluso convertirse en presidenta de gobierno, pero todavía es ella la guardiana del hogar, principalmente. Pocas empresas dan facilidades para que puedan ocuparse de sus hijos y trabajar, las leyes de conciliación familiar han pretendido facilitar tal compatibilidad aunque, económicamente, sean poco viables para las empresas. Ahora bien, a pesar de toda esta lucha, hay lugares en el mundo en donde la mujer es un mero objeto o mercancía, en el mejor de los casos, una menor de edad permanente. Se le conciertan matrimonios, no puede salir a trabajar fuera del hogar y mucho menos disponer de una cuenta de ahorros a su nombre o, incluso, salir sola de paseo. Es una prisionera de unas convenciones arcaicas. Bien mirado, pensamos que eso solo puede darse, a estas alturas, en sociedades atrasadas. No se puede sospechar que en un país como Arabia Saudí, cuyo oro líquido ha convertido las ardientes arenas del desierto en un oasis, la situación de la mujer sea tan grave.

Hace ya algún tiempo saltó la polémica en torno a si las mujeres podían conducir solas. En 2011, Manal Al Sharif fue detenida por hacerlo y desde entonces se ha convertido, desde su exilio australiano, en la bandera que defiende esta iniciativa, como primer hito para alcanzar esa vital mayoría de edad. Para algunos líderes religiosos, tan retrógrados como rígidos y obtusos, eso era impensable, un pecado horrible (aunque dudamos que eso pudiera haberse recogido en el Corán). Claro que ello no deja de ser la punta del iceberg de un sistema que somete a la mujer, después de todo, a una situación de dependencia tal que la anula como ser humano consciente y emocionalmente independiente. Por fin, la monarquía ha dado un paso y permitido que la mujer pueda ir sola al frente de algo. Sin embargo, esta pequeña y débil conquista social no es sino una gota que difícilmente va a erosionar el conjunto de normas y tradiciones que la somete. Arabia puede adquirir las nuevas y más avanzadas tecnologías del mercado, lograr que un tren de alta velocidad atraviese el desierto y contar con edificios modernos fabulosos, pero en la cuestión de la moral religiosa es una sociedad rígida y estricta, afín al wahabismo, una corriente ultra ortodoxa que ha financiado innumerables movimientos terroristas en el mundo.

A pesar de ello es, en esas paradojas de la historia, fiel aliada de EEUU, el paladín de la libertad. Hay una explicación plausible de esto, Arabia no deja de ser un país con gran riqueza pero escasa entidad demográfica, por lo que se cuida mucho de no intervenir en otros países. Cuando Sadam Hussein invadió Kuwait, fueron los norteamericanos los que tuvieron que llevar a cabo un despliegue militar en toda regla allí para volver a reajustar las fronteras. Ahora bien, se defendieron los intereses de la monarquía, tanto como los de los estadounidenses, pero sin exigirle nada a cambio, no se le encomió a democratizar más la sociedad ni impulsar la justicia social y el respeto por los derechos humanos, nada. La hipocresía de Washington, en este sentido, siempre ha sido proverbial. Apoyar a gobiernos de toda clase y condición, a pesar de lo crueles o sanguinarios que fueran, ha sido más común de lo que podríamos creer mientras fueran afines a sus intereses. Sin embargo, no ha dudado en presionar de forma furibunda a otros, que ha considerado un peligro. Bien mirado, Arabia Saudí es una sociedad estable, no son los talibán en Afganistán, no son una amenaza ad oc. Pero EEUU se ha inhibido a la hora de interpelarle para que no solo acabase con su apoyo a redes yihadistas, que tan peligrosas se han vuelto, sino exigir la obligación de respetar los derechos humanos si quería llegar a acuerdos comerciales con él. El proceso de democratización de las sociedades árabes y musulmanas es, a la vista está, tras la fallida primavera árabe, complejo y muy turbulento.

La religión es un factor muy determinante en sus mentalidades, tanto como su falta de experiencia política y, aún, no han sido capaces de separar los principios de Estado y del Islam. Y eso es importante porque el Islam, desde la ortodoxia mal entendida, impide que las mujeres adquieran su plenitud vital e independencia debida. Son sociedades cerradas, que se abren mal al mundo moderno y a las conquistas sociales que se han dado en él a lo largo del siglo XX, en relación, sin ir más lejos, al papel que juega la mujer. Este factor es relevante porque alteraría de forma ostensible sus inercias, al hacer de la religión un elemento de cohesión, y no de conflicto, pudiendo de esta manera proceder a llevar una lucha más eficaz contra el radicalismo, tan perturbador para todos. La mujer ha hecho que el mundo moderno que conocemos sea otro. No es que haya logrado que sea más acabado ni perfecto, tristemente, no hemos conseguido salvar las brechas de las enormes desigualdades sociales ni los conflictos, pero sí más justo y coherente. Pues la justicia social es clave para que se pueda proceder a acceder a un pensamiento superior que haga ver a los hombres del desierto que la liberación de la mujer es vital y necesaria. No solo porque eso pueda repercutir de forma positiva en la economía del país, tal y como se ha planteado, y de ahí que se haya justificada la norma, sino porque es humanamente una manera de hacer que la vida sea más satisfactoria para todas las personas. Logrado esto, el fanatismo irá perdiendo peso en el planeta, aunque, desde luego, queda mucho por hacer. Ya, al menos, la mujer puede conducir sola, esto es, tomar decisiones y disponer de un espacio propio de control… ahora queda avanzar en todo lo demás.

EEUU, la Unesco y Palestina

Recientemente, Washington anunciaba de su retirada de la Unesco, para el 31 de diciembre de 2018. Acusaba al organismo de politizar sus actividades y, fundamentalmente, de sostener una orientación antiisraelí. Aunque la tensión no es nueva, la declaración de Patrimonio de la Humanidad de la ciudad Vieja de Hebrón (donde viven 35.000 palestinos y 800 colonos judíos) ha sido la gota que ha colmado el vaso. A ello hay que sumar que en 2011 aprobó una resolución en la que declaraba a Palestina como miembro de la agencia y, finalmente, el golpe de gracia, en la Asamblea de la ONU, Estado observador. Eso no ha cambiado, mayormente, el status indefinido del pueblo palestino, pero sí han sido dos afrentas para quienes creen que la cuestión palestina es un asunto doméstico en el que ningún otro país ni organismo, por internacional que sea, se puede inmiscuir. Israel va a seguir lo mismos pasos que su homólogo estadounidense.

Ahora bien, la ausencia de EEUU no es nueva, ya lo hizo en los años 80 con Reagan al considerar que favorecía a la URSS, el entonces tan denostado enemigo. En 2003, el presidente Bush volvió a reincorporar al país a dicho organismo. Desde que Obama congelara los fondos que aportaba EEUU, el mayor contribuyente, la Unesco ha ido acumulando una deuda considerable. Y esto puede ser el golpe de gracia. La Administración Trump no se anda con chiquitas. Ya se ha retirado de otros acuerdos internacionales como el del pacto climático de París y en ciernes se encuentra el del acuerdo nuclear con Irán, que tanto costó lograr a su predecesor. La situación se nos antoja complicada. Está visto que EEUU está acostumbrado a actuar y a decir a su antojo, cuando sus políticas no casan con las de los demás países no duda en enfadarse y, por lo tanto, mostrar que una democracia puede comportarse de forma caprichosa y arbitraria. Apoyar a la Unesco no es como jugar una partida de cartas, se trata de impulsar una serie de políticas integrales para hacer de este mundo un lugar más saludable para vivir, para erradicar la penuria infantil, para proteger a la mujer, para combatir el radicalismo y el odio… por eso, aunque no gusten todas las políticas que se esgriman desde allí, salirse no es la solución. No es así como deben regirse los fundamentos de la convivencia y del desarrollo. Si las acciones de la Unesco no gustan a EEUU no tiene más remedio que buscar el modo de convencer y proponer otras alternativas, de eso se trata. Cada vez que se produce un cambio en el gobierno no se da automáticamente un boicot al nuevo presidente porque no gusta, sino que se llega a una aceptación porque se trata de cumplir ciertas reglas de juego.

Así que reprobar a la Unesco porque se le considera un organismo corrupto o politizado no es nada nuevo, sino una excusa barata que muestra la impotencia de no controlar sus decisiones. De hecho, cada una de sus políticas seguidas en Palestina es razonable para buscar una solución. Lo irracional son las políticas de Israel que niegan a los palestinos su dignidad y paralizan cualquier política que pueda llevar a reconocerlos como Estado… mientras, los palestinos sufren en silencio la vejación, el oprobio y la insidia de tal parálisis internacional.

Es natural que ante tal falta de perspectivas políticas y sociales arraigue el fanatismo. Todo viene unido a alguna causa. EEUU debe secundar a Israel con unos lazos invisibles que impiden, prácticamente, criticar las actuaciones de Tel Aviv. Solo en cierta ocasión, pero sin trascendencia, permitió la condena de las colonias ilegales hebreas en los territorios palestinos. Claro que eso fue al final del mandato de Obama y sirvió para bien poco. Pensemos que los palestinos, aunque sin idealizarlos, sí han dado algunos pasos que tienen su relevancia en este contexto. Hamás ha aceptado entregar el gobierno de Gaza que llevaba monopolizando desde 2007, donde no se habían celebrado elecciones, para propugnar un gobierno de concentración con Fatah. Era necesario. De acuerdo que la democratización de la sociedad civil palestina está muy lejos de darse. Hamás es un grupo que se encuentra en las listas de organizaciones terroristas en la mayoría de países. Pero el hacer política, en este caso, es una oportunidad de cambiar el bloqueo y, con ello, el futuro y perspectivas de los propios palestinos. No es más que una luz en la lejanía. Pero hay que pensar que Fatah apuesta de forma coherente desde hace años por seguir los canales internacionales para resolver el conflicto.

Ya hace tiempo que dejó atrás la apología de la violencia. Pero hay otro elemento que ha de entrar en juego y es el que a la vista de los acontecimientos parece menos probable, que Israel dé un paso en la buena dirección, esto es, que no piense que vive en guerra. Y proceda, como gesto de buena voluntad, a retirar sus tropas de los territorios ocupados desde 1967. No solo eso, que desmantele las colonias ilegales que ha instaurado allí. No tiene sentido que recele de los palestinos y los considere a todos posibles terroristas sin ofrecerles alternativas. Cierto es que la política de los conservadores es la de someter, poco a poco, a toda Palestina, que desaparezca como realidad y configurar así el Gran Israel. Pero si esa es su ambición velada, son responsables de un sufrimiento ingente, tanto de palestinos como de israelíes. Y, además, es contradictorio, ya que buena parte de esa misma población palestina acabará conformando la sociedad israelí. El déficit demográfico judío es preocupante, según los últimos datos. Las viejas políticas del recelo y del bloqueo no van a servir para detener la marea. Es hora de que se reinvente, de que se contribuya de verdad con los valores que supuestamente nos empujan como Humanidad y que la ONU representa. Seguro que este organismo no es perfecto, tal vez, porque los seres humanos no lo somos tampoco. Apostemos por el futuro, no por el recelo, el miedo y la cerrazón.

Películas: A War (2015), de Tobias Lindholm

Estrenada con retraso en España, A War es una interesante vuelca de tuerca sobre los horrores de la guerra. El cine danés, no hay más que nombrar la tremenda Brothers (2004), nos ofrece una mirada muy áspera sobre las misiones militares en Afganistán. Lejos quedan las espectaculares cintas norteamericanas, en donde siempre hay un héroe o una lectura seudo- heroica, y en la que rara vez se procede a llevar a cabo una autocrítica sobre los efectos que ocasiona la violencia. Ahí están los ejemplos para ilustrarlo de grandilocuentes filmes como Black Hawk derribado (2001) o El único superviviente (2013). En cambio, A War aunque responde a los términos de cine bélico, lo es, su intención es mostrar sus contradicciones.

La guerra representada no solo no es cómoda de ver, ni tan espectacular como se recrea en el cine de Hollywood, sino que además es cruda y absurda, y se escapa a la lógica occidental. La trama nos describe la vida en una base militar danesa que tiene encomendado patrullar y limpiar de talibanes un árido y agreste territorio. Es una guerra difusa y confusa, donde el enemigo es casi invisible, lo puede ser una mina enterrada en cualquier lugar o cualquier afgano, porque no hay modo de identificar a un talibán de un hombre corriente, y esa tensión afecta y ofusca a los soldados. Son jóvenes, casi adolescentes la mayoría de ellos. No saber lo que les puede pasar al día siguiente les inquieta e, incluso, dudan de la labor que están haciendo allí cuando ven perder la vida a uno de sus compañeros debido al efecto de una mina. Su comandante, Claus M. Pedersen, les animará expresándoles que están ahí porque tienen el apoyo de los civiles y que con su presencia van a cambiar las cosas. Pero no lo ven tan claro. Sin embargo, se producen dos sucesos que alteran de forma importante la misión y desdicen las propias palabras de Claus.

En el primero de ellos, vemos como un soldado se derrumba, tras ver que un compañero que iba en su lugar en la columna es destrozado por una mina, lo que fuerza a Claus, en su celo como jefe, a salir más de patrulla para asegurarse de que vuelvan todos sanos y salvos y, en el segundo, un lugareño, de una población cercana, le pide ayuda para curar a su hija, que ha sufrido graves quemaduras en el brazo. Además de esta suerte de avatares, el filme, de forma fría y cuasi documental, nos describe los efectos negativos que provoca en las familias la ausencia de sus seres queridos. Así, la mujer de Claus se tiene que enfrentar sola al cuidado de sus tres hijos, y el mediano se muestra muy agresivo y díscolo, tanto en clase como con sus hermanos, revelando, claramente, que la ausencia del padre no le beneficia. Y, siguiendo con su labor humanitaria, Claus ordenará atender a la hija del afgano y se compromete a ayudarle si tienen algún problema. Eso lleva a que el hombre se acerque a la base con toda su familia, su mujer y sus dos hijos, para pedirle refugio. Los talibán han ido a la aldea y saben de la ayuda que le han dado, y le han amenazado de que si no se convierte en uno de ellos, les matarán. Pero Claus los rechaza, no puede tenerlos en el campamento. El oficial se promete ir a la mañana siguiente a despejar la zona. Sin embargo, cuando vuelve a la aldea se encuentra que han sido todos ejecutados a sangre fría. Además, son atacados con un intenso fuego graneado de talibanes ocultos a los que no pueden ver. Uno de sus soldados cae herido, pero no lo pueden evacuar hasta que se localice al enemigo y se pueda atajar la amenaza.

Finalmente, decide ordenar que la aviación ataque un recinto del poblado donde estima están los talibanes. Sin embargo, allí solo habrá civiles y provocará una matanza. Como responsable de la misión, se le considera que ha cometido un crimen de guerra, y será repatriado para ser juzgado.

El filme apenas sí emite ningún juicio de valor. Lo que hemos visto nos permite entender bien el modo de actuar de Claus, estrés de combate, rabia por haber visto la familia asesinada y necesidad de defender a sus hombres por encima de todo, pero su propia responsabilidad le lleva a no medir las consecuencias de sus actos y eso puede arruinar su vida personal. Su misión de paz puede ser su propia tragedia. Sabe que no ha obrado bien, pero tampoco puede dejar sola a su familia si es condenado y, por lo tanto, ha de rebatir en el juicio los argumentos que tienen contra él. Como espectadores hemos estado en la acción que ha provocado la matanza, pero también captamos la naturaleza de los hechos, no tan fáciles de condenar moralmente. Nos muestra que en aquel territorio no vencen las mejores intenciones e, incluso, estas, a la vista está, son perniciosas para la gente local, a la cual tienen la misión de defender. Su defensa es garantía de que sean el blanco de los propios yihadistas.

Además, ellos mismos, a pesar de todo, como militares, solo aspiran a sobrevivir y regresar sanos y salvos a sus casas. No solo no hay héroes sino que también tragedias humanas generadas por la propia presencia de los militares… Así que la trama nos sume en un dilema existencial: ¿realmente son eficaces las misiones de paz en Afganistán? ¿En qué medida somos capaces de juzgar los hechos objetivamente y aplicar los mismos criterios de la defensa de los derechos humanos allí que en Europa? ¿vale más la vida de un occidental o de un afgano? El logro del filme radica en que no se cierra en falso. Busca que sea el propio espectador el que lleve a cabo sus valoraciones, sin ser la historia la que tome postura. ¿Actuó bien el comandante militar? ¿qué es antes, nuestra familia o la de los demás? ¿están cambiando algo las misiones en estos países tan remotos cuyo sentido de la libertad y la justicia son tan distintos a los nuestros? Por todo ello, el filme se desmarca por completo de esa mirada que el cine de Hollywood nos ha dispuesto tan tramposamente con sus finales moralmente irreprochables. Lindholm, nos muestra, en cambio, las difusas y contradictorias líneas de la realidad.

Libros: Blancos contra rojos (2017), de Mawdsley

La editorial Desperta Ferro reedita, esta vez en castellano, la obra clásica de Evan Mawdsley sobre la guerra civil rusa. Los hechos, desde luego, no hablan por sí mismos, sino que hay que interpretarlos, valorarlos y juzgarlos. Esa es la labor del historiador. Mawdsley logra, a pesar de los años transcurridos de su narración, hacer que su interpretación sea igual de válida y poderosa que cuando se editó en los años 80, antes de la caída de la URSS. La descripción que realiza a cabo de los acontecimientos es impecable. No debemos pensar que el trabajo ha sido sencillo, ya que cubre no solo los aspectos militares sino sociales y económicos de la guerra, en un rico mosaico de nacionalidades, vastos territorios y devenires que no son fáciles de explicar. La aportación de Mawdsley radica en no valorar la guerra civil como un proceso ajeno a la Revolución de Octubre sino como parte de ella.

Para este autor la fecha en la que dio comienzo la contienda fue el 25 de octubre de 1917 con la toma del Palacio de Invierno, momento en el que los bolcheviques se quisieron convertir en el único poder en Rusia. Debemos pensar que el proceso de instauración de este nuevo poder trajo consigo la destrucción prácticamente de los últimos restos que quedaban de la autocracia zarista. A partir de ahí, las amplias regiones que componían el viejo imperio se fueron postulando a favor o en contra de Moscú, que se iba a convertir en el epicentro del nuevo poder soviético. Sin embargo, las dificultades a las que se tuvieron que confrontar Lenin y los suyos fueron tremendas. Y, ahí, el cuadro que realiza Mawdsley es muy completo y crítico, rebajando el talante mitificador que han tenido las visiones dadas por la historiografía soviética del papel de Lenin, Trotski y Stalin en los hechos, o clarificando y matizando, así mismo, su relevancia. Por un lado, la revolución vino protagonizada por las clases sociales más bajas, soldados, campesinos y obreros, por otro, por sus élites, desde la intelligentsia rusa, los oficiales, los débiles partidos políticos, que cobraron su protagonismo a partir de la revolución de febrero, como mencheviques, eseritas, kadetes, etc.

Finalmente, el surgimiento de figuras como Kornilov, Dekenin, Kolchak, Wrangel y otros que, como antiguos altos oficiales del depuesto régimen terminaron convirtiéndose en los líderes-comandantes de movimientos cuya misión era acabar con los bolcheviques. Sin olvidarnos de las minorías étnicas, como atamanes, cosacos, pueblos del Cáucaso y Asia, etc., que vieron en ello una oportunidad de separarse del poder central y reivindicar sus gobiernos y territorios.

A todo ello hay que sumarle los aspectos de la situación internacional, la influencia que tuvo en la guerra, la ocupación por parte de las Potencias Centrales, por ejemplo, en 1917-18 de amplios territorios del país, hasta la intervención, posterior, aunque menos importante, de los aliados de la Triple Entente, que ayudaron y favorecieron a los blancos con importantes envíos de armas. Todos y cada uno de tales elementos confluyeron de una forma muy determinada a la hora de trazar este cuadro de situación. La conjunción de lo arcaico y lo moderno en esta Rusia postzarista, tal y como apunta Mawdsley, va a ser esencial para explicar el desarrollo de los propios acontecimientos.

Los soviéticos establecieron un núcleo muy poderoso y controlado entre Petrogrado y Moscú, con lo que su base industrial y capital humano era mucho más fuerte que el que iban a poseer sus enemigos que, por lo demás, no estuvieron nada coordinados. Los ejércitos blancos fueron dirigidos por generales de experiencia y valía, pero su proyecto era políticamente poco atractivo para los campesinos y se hallaban tan alejados unos de otros, la Rusia meridional, la Rusia europea o la Rusia oriental asiática, que sus esfuerzos de unirse fueron improductivos. La victoria, por lo tanto, de los rojos fue la suma de distintos factores. El proyecto comunista fue, por de pronto, más atractivo para la mayoría de los rusos, aunque eso no evitó que cometieran graves errores, que hubiese un fuerte descontento y ciertas resistencias ante las terribles y draconianas políticas del comunismo de guerra, acompañadas de unas medidas disciplinarias muy rigurosas y brutales.

Para Mawdsley las posibilidades de que los ejércitos blancos pudieran haber ganado fueron, por lo demás, escasas, debido a su falta de cohesión, pero también al hecho de que no poseían como los rojos un núcleo tan amplio de recursos económicos y de población. Habrían tenido que utilizar muy bien sus recursos y virtudes para ganar. Un único favor hubiera podido cambiar posiblemente los hechos y ese hubiese sido una intervención más decidida de las potencias aliadas como EEUU, Gran Bretaña, Francia o Japón. Claro que todas ellas defendieron de forma timorata sus intereses allí, mandando, mayormente, pequeñas fuerzas expedicionarias que nunca intervinieron directamente en los hechos, salvo el caso de la Legión Checoslovaca, si bien era un residuo del zarismo y de la Gran Guerra.

El conflicto, en todo caso, fue brutal y extremo durante los tres años que aproximadamente duró. Se enfrentaron dos modelos de sociedad antagonista y, ahí, surgiría el terror rojo para mantener prietas las filas y con el fin de obtener una victoria total. Para ello Trotski cobraría un papel importante al entender que había que crear un Ejército rojo poderoso. Pero tuvieron que contar, a pesar de todo, con muchos oficiales y suboficiales zaristas para lograr su propósito. En general, este ejército tuvo más importancia por su fuerza numérica que por su eficacia, a excepción de grupos de fuerzas veteranos y las organizadas y cohesionadas divisiones letonas. Y tuvieron que sufrir innumerables reveses y bajas (la mayoría por enfermedades) hasta aprender las duras lecciones siguientes y lograr la victoria definitiva frente a los ejércitos blancos. El peaje social y material fue, en todo caso, ingente, pero, tal y como concluye el autor, tales costes fueron los que trajo consigo imponer la Revolución, el duro y exigente precio pagado para alcanzar la utopía socialistas con sus éxitos, fracasos y, ante todo, contradicciones.

La justicia israelí

El 24 de marzo de 2016, el sargento sanitario Elor Azaria era protagonista de unos terribles hechos. Todo sucedió en un control del asentamiento judío de Tel Rumeida, en Hebrón, cuando un joven palestino, Abdelfatá al Sharif, se lanzaba contra un soldado israelí y lo apuñalaba de muerte. Sus compañeros reaccionaron e hirieron a Sharif dejándolo tumbado en el suelo. En ese momento, Azaria se acercaría a él, con rabia y frustración, no para atenderle precisamente, y le remataría allí mismo con un disparo. La suerte de estos hechos que sucedieron tan rápido, y bien podían haber pasado desapercibidos, hizo que fuese grabado por un activista palestino que colaboraba con la ONG pacifista israelí B’Tselem. Las imágenes eran terroríficas y, sobre todo, impactantes. Resumían, en cierto modo, la más cruda realidad que se vive en aquel lugar que, por supuesto, no justificaba la acción terrorista de Sharif.

Pero si los palestinos son tan malos como se representan, ¿qué se le pasaría al soldado israelí para reaccionar como lo hizo? Hemos de pensar que, en ambos casos, su proceder fue producto del odio. Un odio ancestral que ha ido retroalimentándose cuya responsabilidad, desde luego, debemos considerar que es compartida. El problema radica en que mientras desde Israel los palestinos son tildados de criminales y son discriminados de forma ostensible (ya sean los palestinos israelíes ya sean los palestinos que viven en los territorios), los soldados israelíes rara vez han sufrido un proceso que condene sus brutales actos contra la población civil.

Así que las imágenes, en esta ocasión, no solo no mentían sino que golpeaban como un mazazo la conciencia hebrea porque podían ver con sus propios ojos tan feroz crimen. Aunque no dejaba de ser un hecho más, de los muchos que se han ido dando a lo largo de tantas y tantas décadas de ocupación y conflicto, se revelaba muy significativo. La justicia israelí, por supuesto, no tuvo más remedio que juzgarle. Aunque recibiría el apoyo público del primer ministro, Benjamín Netanyahu y de sus compañeros de armas, sería, finalmente, condenado a 18 meses de cárcel.

Sin embargo, recientemente, le ha sido reducida la pena a cuatro meses, en una prerrogativa especial que tiene el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, en este caso, el general Gadi Eisenkot. Pero el sargento no solo no está arrepentido de su acto sino que, además, justificaba su acción, en su carta de clemencia, al creer que el palestino portaba bombas en su cuerpo. Gadi Eisenkot aduce que su decisión venía motivada por el historial militar de Azaria. Aún así, no había duda de que el caso fue muy mediático en Israel. De hecho, hay que pensar que la condena mínima para un homicida son 20 años y la fiscalía solo pidió entre 3 y 5 años, quedándose en 3, si bien el Tribunal Supremo israelí, órgano que se caracteriza por su imparcialidad, ratificó la condena tras su apelación.

No obstante, aunque es verdad que un caso como este ni va a cambiar el signo de los hechos ni tampoco va a servirnos de puente para acercar a ambas sociedades, refleja la dual interpretación que se ofrece de un mismo acontecimiento y lo que esconde detrás. Porque si el objetivo es lograr que, por fin, se den unas condiciones de aceptación mutua por parte de Israel y los palestinos, esta forma de actuar solo genera más distancia. Con eso no se quiere decir que Azaria fue el único responsable, desde luego, es triste ver como un joven que tenía toda la vida por delante actúa de una forma tan desalmada, acuchillando a un soldado, como hizo Sharif, a costa de la suya. No hay justificación para eso, es una insensatez y una locura. Hay muchas otras formas de pugnar por un Estado palestino y esta, precisamente, no es motivo de aplauso.

Ahora bien, tampoco desde el lado israelí se da ningún paso, ni se produce ninguna acción que impida repetir comportamientos semejantes como el de Azaria. Porque en vez de aplacar el odio y el rencor contra los palestinos, en general, se justifica. Un soldado israelí, tal y como se ven las imágenes, sin comprobar si el palestino tenía o no tales explosivos, se le acerca y le descerraja un tiro a sangre fría. El hacerlo así debería verse como un acto pavoroso. ¿Qué le induce a un soldado a proceder de esta manera y, luego, no sentir ni una pizca de arrepentimiento?

La inhumanidad del gesto resume la relación entre el hecho y su consecuencia. Y ahí es donde está una clave importante a la hora de buscar una manera de evitar que esta Intifada de los cuchillos se generalice, que prime el entendimiento o, por lo menos, el respeto. Pero, además, que de forma tan caprichosa un mando militar pueda reducir la condena de un soldado, y que no siente ninguna clase de remordimiento, parece inadmisible. Hay que ser firmes en esto. Porque refleja que vale más la vida de un israelí que la de un palestino y que, por supuesto, la justicia no es igual para todos. Demostrado queda o, al menos, sabemos que es así. Pero hay que predicar con el ejemplo y sabemos que Israel no lo hace. La propaganda actúa como un elemento purificador para ocultar o difuminar los errores y horrores que los militares, en nombre de la libertad o la democracia cometen. Por eso, debemos ser conscientes de los hechos, desde una mirada realista. Sin duda, el único y verdadero responsable de lo que sucede es, sin duda, el gobierno hebreo. Si los israelíes se retiran de la Cisjordania ocupada, si ven y tratan a los palestinos como iguales y los reconocen como pueblo, entonces, se daría un paso ingente. Israel vive el conflicto palestino como una guerra, un combate en el que solo puede quedar uno en pie, en el que la misión es ir arrinconando y, finalmente, destruyendo todos los pocos y escasos territorios que integran la Autoridad Palestina para convertirlos en Israel. Eso sí, sin importarles nada la suerte de un pueblo cuyas raíces históricas, por lo menos, son mucho más antiguas que las de los propios judíos allí.

La vieja europa

Es verdad que Europa está muy lejos de ser lo que imaginamos. No es esa tierra próspera, brillante y justa para todos. La grave crisis económica que se inició en Grecia, la globalización, el Bréxit, la ola de refugiados, las redes de inmigración ilegal, el terrorismo, el euroescepticismo y el extremismo se han convertido en los ejes de una preocupación constante para los gobiernos y desencanto para los ciudadanos. A eso le hemos de sumar la cuestión de los nacionalismos sin Estado. A la vista está que los organismos europeos no son lo suficientemente firmes ni resolutivos. Europa es una idea, una casa común, un proyecto integrador, pero nos queda mucho para que sea cierto. El nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, declaraba en la Sorbona de París, ante cientos de estudiantes, que había que remozar la Unión Europea. Y la calificaba de “débil, lenta e ineficaz”. Pero solo desde ella se puede actuar con fuerza para encarar los “grandes desafíos contemporáneos” a los que nos enfrentamos. Y expresó que si no se refunda Europa lo único que se logrará es que se generen odio, divisiones y repliegue nacional. Y recordó que el “nacionalismo, el indentitarismo, el proteccionismo encendieron las hogueras donde Europa podía haber perecido”.

El marcado discurso europeísta de Macron es interesante, pero de nuevo se cae en el error de no dar por válido lo conseguido. Lo difícil, dicho sea de paso, es haber llegado hasta aquí porque hay que pensar en lo que era Europa en 1945, tras el fin del Tercer Reich y las ruinas dejadas a su paso. Europa se puede refundar muchas veces, pero no es eso lo que falla, sino las propias sociedades que la constituyen. Si los países europeos no maduran, no aprenden sus propias lecciones históricas ni solucionan una parte de sus graves problemas endémicos, esto no podrá prosperar porque no habrá un organismo capaz de regir de forma adecuada los distintos intereses confrontados. Después de todo, Europa es una contradicción. Nace como un proyecto integrador pero desde la diferencialidad de los distintos países que lo conforman. No somos un mismo Estado, aunque existe una cultura semejante, hay demasiadas idiosincrasias y valores que nos separan.

El problema radica en no reconocer estas cuestiones y aceptarlas. Macron pretende fomentar y contagiar optimismo y posibilidad de futuro. Pero cuando todo falle, porque fallará, es difícil predecir si será peor el remedio que la enfermedad, como reza el dicho. Porque puede suscitar más desapego y más desilusión. No se trata de inventar algo fabuloso sino de fortalecer lo que ya existe realistamente. Las políticas europeas aspiran a crear una Europa de una sola velocidad. Pero todavía hay demasiadas cuestiones internas que resultan insalvables. Ni Alemania se puede comparar con Grecia, ni Portugal con Luxemburgo, sus realidades son bien diferentes. Hay que encontrar, por ello, un marco común coherente y garante de ciertas responsabilidades compartidas. No se puede buscar una Unión Europea homogénea, pero sí dispuesta a afrontar juntos sus problemas. Sin embargo, la entrada de los países de la antigua área comunista fue un tanto prematura. Añadieron sustancia a Europa, cierto, le daba a nivel geográfico una textura más profunda y acabada. Pero todavía esos países se están enfrentando a sus propios desafíos como son recuperar la autoestima nacional y asumir su pasado. Nada de eso ha sucedido, por ejemplo, en Polonia ni en Hungría. Ambos han mostrado su deriva conservadora y autocrática, es más, mostrando valores xenófobos que nada tienen que ver con los principios que nos han traído hasta aquí.

Aun dejando estas polémicas aparcadas, el mismo Brexit nos ha demostrado todavía la endeblez del sueño europeo. Con promesas y discursos falsos muchos británicos se han visto seducidos por otra falsa idea de que solos, en parte, estarían mucho mejor. Sin entender que no se puede revertir la historia y que esta reacción solo afea el proyecto humanista que compartimos. Del mismo modo, no hemos sido tampoco muy pacientes con las políticas económicas ni sociales de la UE. Hemos creído en el sueño europeo como si fuese una especie de bendición sin sacrificios, hemos creído y soñado con una imagen de prosperidad infinita e instantánea, aunque sin pensar en las etapas que quedan por superar, y que no siempre avanzan al mismo ritmo ni alcanzan del mismo modo a todos. Así que mirar fijamente el espejismo de la Arcadia feliz que se esperaba, en vez de fijarnos en los avances que se han producido, es un error. Cierto que Europa ha mostrado debilidad frente a Rusia o EEUU, porque no cuenta con una fuerza militar tan imponente. En el tema de los inmigrantes se ha mostrado tan timorata como ingrata, impidiendo impulsar políticas de acogida suficientes o, por lo menos, colaborar algo más de lo que se ha hecho, incumpliendo así con las propias normas internas.

Europa no necesita refundarse sino afianzar lo que tiene. Cualquier proyecto sobre esta Casa europea pasa por insistir en mejorar todos los espacios de convivencia y de desarrollo humano posibles, incluido no solo la lucha terrorista ni los incentivos económicos, sino aquellos que nos lleven a conjurar los radicalismos del signo que sean. Dudar o no tomar ninguna decisión, no posicionarse a favor de las víctimas de las guerras ni asumir que es necesario afrontar riesgos y sacrificios, conduce a que, como en Alemania, triunfen las posturas del extremismo más cruel e incauto. Macron tiene razón. Europa es débil. Pero su fortaleza no radica en volver a repensarla sino en conjurar tales males intestinos con tesón, valor y una mayor resolución a la hora de impulsar la democracia. Europa no es comparable a China, y aún así, miles de chinos emigran a Europa. Europa no es EEUU, pero por lo menos no se ve embarcada en conflictos de difícil resolución. Así que algo estamos haciendo bien y eso es de donde hay que partir.

Siria, cruel victoria

El ministro de Exteriores sirio, Walid al-Moualum, se vanagloriaba en la Asamblea General de la ONU de que, muy pronto, su régimen obtendría la victoria total y absoluta sobre el terrorismo. Tras la liberación de Alepo, la segunda ciudad más importante del país, la reconquista de Palmira al Estado Islámico, y la liberación de la ciudad Deir Ezzor, que llevaba meses asediada, El Asad puede darse todas las palmaditas que quiera en la espalda. Pero no hay nada que celebrar, no hay victoria, solo la destrucción de un país que, en el mejor de los casos, tardará varias generaciones en cerrar el cómputo global en el recuento de víctimas, violencia y traumas que ha generado. De hecho, el ministro pecaba de insensibilidad, porque no expresó ni una sola palabra de consuelo para los millones de sirios que han huido de las ciudades o que se encuentran en los países limítrofes o ya lejanos como refugiados. Estos han perdido sus casas y parientes, no saben cómo serán recibidos a su regreso, pesando sobre ellos el miedo del desprecio social frente a los que se han quedado. En suma, la más que probable victoria militar esconde bajo el felpudo una realidad mucho más áspera, amarga y desnuda, una verdad que deriva en no referirse a los más de 330.000 personas muertas, ni a la suerte de los desplazados o al hecho de que hay ciudades que han sido arrasadas por completo en el conflicto civil, como Alepo. Aunque lo peor reside en que el régimen no parece haber entendido nada sobre el origen y causa de la contienda.

Desde su perspectiva, ha sido una guerra de supervivencia, reprobando a EEUU, Turquía e Israel el apoyo a los rebeldes (que descalifica tildándolos de terroristas). Pero sin mostrar ni una sola pizca de autocrítica sobre la brutalidad de su gobierno, ni asumir que la ONU ha probado que han utilizado armas químicas contra su propia población civil, lo cual es un crimen de guerra tan deleznable como mísero. Según Walid al-Moualum “cuando esta guerra injusta termine, el Ejército sirio quedará en la historia como el que heroicamente derrotó, junto a sus fuerzas de apoyo y sus aliados, a los terroristas que vinieron a Siria y a muchos países”. Pero ese heroísmo no consolará a las viudas ni a los hijos y tampoco puede compensar las pérdidas económicas y humanas que la guerra ha provocado. Porque si algo hemos aprendido es que la violencia nunca resuelve los problemas de fondo de las sociedades sino que los agrava y provoca, como es el caso, un sufrimiento inhumano atroz que jamás podrá ser compensado. Bien mirado, la diplomacia ha fracasado. Siete años de guerra para esto, para hablar de un país que no es más que los restos de un campo de batalla, en una contienda que se ha prolongado hasta lo indecible y que no solo ha venido dada por la responsabilidad de las fuerzas sirias que han intervenido, sino por los intereses generados. Porque ningún bando habría podido proseguir con la misma sin los suministros de terceros países.

Aunque las conversaciones de paz en Astaná (Kazajistán) han dado lugar a avances para convocar un alto el fuego en determinados puntos del país, y puede incluso derivar en una resolución favorable para que acabe la rebelión armada, todavía no se sabe qué será de aquellos que han nutrido estas fuerzas rebeldes. Porque no estamos hablando de una guerra convencional entre dos bandos bien definidos, sino entre tribus, afines a uno u otro contendiente, y sensibilidades religiosas diferentes menospreciadas. Todo ello aderezado con el control autocrático que ostenta la familia de El Asad desde hace décadas. El futuro de Siria se muestra oscuro e incierto. La incapacidad de Rusia y EEUU por entenderse es evidente, los dos sobrevuelan el escenario para remarcar sus zonas de influencia y reforzar sus políticas exteriores. Rusia ha aprovechado su situación privilegiada en Siria para apoyar la dictadura de El Asad y convertirse, por lo tanto, en un pilar fundamental para sostener el régimen. Y ahora, tras tanto esfuerzo militar y económico, no permitirá que el país acabe cambiando de gobierno.

Además del apoyo de Rusia, El Asad recibe la ayuda directa de Irán, otro enemigo de la Administración Trump. Lo cual, deriva en que los intereses de las potencias de la región, una vez más, primen sobre la suerte de la población civil. La desconfianza solo genera tensión. Turquía e Israel muestran distintos intereses. Israel quiere tener a Siria desactivada, y que su alianza con Irán se convierta en una amenaza. Turquía teme que se pueda constituir un Estado kurdo y que eso soliviante su minoría, un problema endémico que no ha sabido resolver, y que puede generar más conflictos armados. Claro que todo este diagnóstico no puede pasar por alto, sin duda alguna, el Estado Islámico. Todavía, a pesar de los duros y contundentes mazazos que se le ha dado, no ha sido totalmente derrotado. Es muy posible que acabe desapareciendo, pero no podemos desdeñar su nefasta influencia.

Tomemos como ejemplo a los talibanes de Afganistán. La derrota militar no ha hecho que varíen las condiciones para acabar con su simiente y en los momentos de debilidad resurgen con fuerza, siendo una constante amenaza para las fuerzas de paz. En Siria e Irak, aunque la experiencia de los yihadistas ha podido ser una advertencia negativa para las poblaciones que los recibieron con los brazos abiertos en su día, no significa que sus pilares puedan ser erradicados. Los mitos perduran de forma contundente en el imaginario, mitos con tintes además religiosos y que se han glorificado hasta un punto terrible, pero muy seductores para muchos musulmanes cuyas frustraciones se tiñen de radicalismo. Aunque los yihadistas no encarnan, ni mucho menos, el Islam mayoritario, su cultura de la violencia y el terror están ahí, y solo desde la consecución de una sociedad democrática plena y desarrollada se podrá lograr, en el futuro, erradicar su atroz locura. Mientras tanto la ONU debería liderar con mayor protagonismo la paz global…

La prisión de Gaza

La división entre los palestinos configura una debilidad interna a la que se suma el vano intento de encontrar una solución mediante la negociación con un Estado, Israel, que sabe que no va a ceder ni un milímetro de tierra a su favor. Por ello, la necesidad de reunir sus fuerzas, de reintegrarlas y de volver a intentar configurar un gobierno de concentración que garantice una estabilidad institucional, en el seno de la Autoridad Palestina, es clave. Es la única forma que tiene de presentar una batalla cívica que les permita aprovechar la coyuntura favorable a sus intereses, ahora que la debilidad del Estado Islámico puede permitir reorganizar Oriente Medio, y recibir el apoyo de la ONU. Sin embargo, esta posibilidad, el reconocimiento de un futuro Estado palestino, sabemos que generaría conflictos y tensiones. Pero hay que considerar que solo desde la diplomacia se puede lograr un avance significativo a la constitución de una entidad independiente, que pueda desarrollarse con plenitud. De momento, hacia el este, en el norte de Irak, los kurdos reivindican un Estado propio, al cual se opondrán ostensiblemente Bagdad y Ankara. Y eso implica que el futuro de los palestinos sea un asunto menor en este panorama. Pero no deja de ser un conflicto endémico que, de solventarse, sería un foco de esperanza en una zona muy castigada por la violencia y el terror.

Por eso, la reciente posibilidad de que Hamás se avenga a celebrar elecciones en Gaza es una buena noticia. En parte, porque Gaza está cerrada y la situación de la población es desesperada. Tanto los israelíes como los egipcios limitan la apertura de los accesos. En total, se han abierto 18 días al año. La misma Autoridad Palestina ha dejado de suministrar luz y de pagar la asistencia médica de los funcionarios para presionar a Hamás. Y, así, la situación humanitaria en el interior del pequeño espacio, que contiene dos millones de habitantes, mayormente en paro, es nefasta. Hamás ha visto como perdía las confrontaciones armadas que ha espoleado, y el cierre de las fronteras, tanto como el boicot hecho por sus hermanos de Cisjordania, deriva en que la sostenibilidad del territorio se complique.

Ahora bien, la presión de El Cairo y de Ramala ha servido para que los líderes de Hamás hayan entrado en razón. Es hora de que den un paso al frente. Desde 2006, en el que echaron a Fatah, controlan una ínfima parte de Palestina sin haber logrado ni un solo avance en la consecución de sus libertades. La obcecación de entablar una lucha en solitario contra Israel, sin importarle las consecuencias ni los efectos contra la población civil, han sido devastadores. Aunque hay que criticar a Israel por sus políticas contra los palestinos, no hay duda, la actitud de los propios palestinos, con sus rencillas internas y su división, ha favorecido que Tel Aviv haya seguido expandiendo sus colonias y judaizando Jerusalén. De seguir así, para los palestinos no quedará nada, siendo el tiempo el más temible enemigo de quienes antaño vivían y soñaban con perpetuar sus linajes en esa tierra.

La falta de un liderazgo claro y rotundo que permita a los palestinos contar con el apoyo de otros países de importancia, sin duda, ha limitado sus opciones. Israel, prácticamente, no ha tenido que cambiar de estrategia. La condena de los asentamientos en Cisjordania por parte de la comunidad internacional y la ONU no ha servido para que se replantee reabrir las negaciones con los palestinos, sabe que solo ha de dejar que el tiempo corra y que se dé otra provocación, de algún joven palestino desesperado, para volver a activar las máximas alertas y dar otro paso en la dirección de aislamiento que tanto le beneficia.

La decisión de Hamás puede, incluso, haber llegado demasiado tarde para cambiar el devenir de los acontecimientos. Israel ha sabido mostrarse un contendiente contumaz, no ha soltado jamás a su presa, y esto ha hecho que los palestinos hayan acabado, prácticamente, doblegados. No son un pueblo sometido oficialmente, pero como si lo fueran, ya que viven a merced de la voluntad de Tel Aviv. Los mismos palestinos no han sabido salir airosos de sus intentos de cambiar, y las Intifadas, salvo granjear cierta solidaridad humanitaria internacional, no han logrado nada sino más dolor y sometimiento. La cuestión palestina, curiosamente, ha sido de los conflictos que más ha llamado la atención del cine con una ingente producción de películas que nos han ayudado a conocer su oscura y amarga naturaleza. Sin embargo, no han influido demasiado en los propios acontecimientos. El tender puentes de compromiso y de entendimiento entre las partes implicadas no ha servido parar superar los prejuicios, para allanar los abismos y, sobre todo, para impulsar unas políticas que garanticen la paz en Oriente Medio.

El miedo y el temor, la desconfianza y la inseguridad, así como la radicalidad y el fanatismo han sido los que han hecho una mella atroz a la convivencia y a la búsqueda de fórmulas de respeto entre las partes. Las ONGs de la zona que han buscado el acercar a ambos mundos no han sido sino gotas de esperanza en una desierto inhóspito y hostil. La naturaleza conservadora de los gobiernos en Israel ha hecho que las manecillas del reloj se hayan detenido. Y a eso, sin duda, ha contribuido que los palestinos hayan depositado sus esperanzas en grupos como Hamás o la Yihad, que han apostado por un terrorismo que solo les ha acabado por maltratar, justificando las brutales y represivas acciones israelíes.

Hoy como ayer, la situación de los palestinos requiere una solución inmediata para que puedan disponer de unos territorios propios, sin injerencias, y así vivir en libertad, y de esta manera poder desarrollar una democracia plena. Pero Israel no lo permitirá. No es lo que les interesa a sus halcones. Aunque si los palestinos lograsen volver a sentarse a una sola mesa y plantear sus estrategias en común, con sentido, sería un gran avance con perspectivas positivas de cara al siempre incierto futuro de este planeta.

El fin del Califato y Siria

Aunque en esta parte de la película todo son alabanzas y vítores por haber logrado arrebatar a los yihadistas la mayor parte del control de su antiguo territorio (el 80% en Irak y el 60% en Siria), además de haber liberado Mosul y sitiado Raqa, la debilidad del Califato implica, ahora, la exportación de las técnicas desesperadas del terror… ya lo hemos visto en los atentados de Barcelona. Cuanta más es la presión militar contra su territorio, más se infiltran los grupos yihadistas en Europa, sabiendo que el efecto de sus atentados golpea con suma dureza la opinión pública. Como no juzgan ni valoran su rechazo social, tan inequívoco como firme, solo su efecto devastador, tanto en las comunidades cristianas como musulmanas y, claro está, en los países donde se perpetran, entonces, desactivar su rabia, cerrazón y crueldad es muy difícil para los siguientes suicidas.

Sin embargo, todo este incierto panorama tiene sus luces. La amenaza de que el Califato engullese en sus fauces Irak o, incluso, Siria y que desestabilizase toda la región por entero, sin saber hasta dónde podría llegar, ha pasado, para alivio de las fuerzas implicadas en detenerlos. Tal vez, la imagen de una horda de yihadistas atravesando victoriosa el desierto con su bandera negra al viento venía prefijada en la imaginería, cuando su articulación a futuro era más bien escasa. El Califato, al que hay que reconocer que supo constituir unos pilares estatales que le confirieron cierta entidad, no era más que una pompa de jabón que iba a estallar en cuanto sus enemigos pudieran reagruparse. Claro que amenazaron Bagdad y hubo un temor considerable a que ni los iraquíes ni los sirios pudieran frenar su imparable avance y su salto a otros puntos calientes del planeta como Libia o Yemen.

Finalmente, gracias a una labor intensa de reorganización, EEUU y sus aliados han ido constituyendo las bases de un ejército iraquí solvente (aunque eso no resuelve las tensiones entre chiíes y suníes) y aplacado muchas de las llamas expansivas de este movimiento. No cabe duda de que el Califato se está quedando cada vez más solo y aislado, incapaz de revertir esta situación. En Siria, la tregua entre las fuerzas gubernamentales de El Asad y los rebeldes ha permitido el retroceso de las áreas de control de los yihadistas (muchas eran desiertos, sin mucho valor estratégico). Y las milicias kurdas, con apoyo aéreo de EEUU, han sido como un martillo pilón para el frente noroeste. El proceso de liberación es irreversible. Si bien, nada sabemos sobre el futuro de Siria, si las conversaciones de paz están llegando a buen puerto ni que será del país, una vez se acabe con las distintas facciones y se destruya a los grupos tribales ligados a Al-Qaeda y al Califato.

De nuevo, tras su final, habría que reordenar este tablero de ajedrez tan complicado e inestable. Porque la paz traerá consigo un escenario en el que habrá que pensar en el retorno de los millones de refugiados y desplazados a sus lugares de origen. Y en reconstruir un país arrasado por completo por la guerra. Si Irak sigue siendo hoy un Estado fallido, no digamos Siria. Además, queda considerar seriamente si se van a juzgar los crímenes de guerra cometidos de forma tan bárbara y salvaje contra sus propios habitantes. El caso más sangrante es el de El Asad.

De hecho, la ONU, recientemente, ha inculpado a Damasco de los ataques químicos perpetrados contra la población de Jan Sheijun, en la que murieron 83 civiles, al emplearse gas sarín. Aunque no es el único caso, ya que se han documentado otros 33 episodios de empleo de armas químicas contra núcleos civiles, siendo 27 arrogados a las tropas del régimen, en los otros seis casos se desconoce su autoría. A esto habría que añadir los casos de atentados sistemáticos contra los derechos humanos que se han realizado en las prisiones controladas por Damasco sobre los prisioneros de guerra, así como violaciones de mujeres y hombres.

El futuro de Siria es muy posible que se dirima en una mesa de negociación. Pero, tristemente, sabemos quién es el culpable de tanta barbarie, conocemos al responsable de una guerra civil que ha supuesto la destrucción de un país, la tozudez del hombre que ha querido regir con mano de hierro su destino, El Asad. El problema radica en que este sigue contando con el apoyo de un gran aliado, Rusia. Con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU puede paralizar cualquier condena al régimen de Damasco e, incluso, imponer al dictador sirio como único candidato de garantías para la unidad del territorio. Sus intereses son grandes allí, su implicación en la guerra ha sido tan costosa que Putin no va a soltar la presa. Rusia se juega su prestigio y hay que admitir que EEUU tiene las manos atadas en este país porque no tiene influencia, salvo en la minoría kurda, y su mirada, ahora mismo, está distraída mirando a Extremo Oriente, con los amenazantes juegos de Corea del Norte. Así, cuando los sirios puedan volver a sus casas se encontrarán con una tierra marcada a fuego. No solo por las heridas físicas que deja la guerra en los edificios y las grandes urbes, sino porque si El Asad no es depuesto, si no se encuentra una alternativa a su gobierno, entonces, no se podrán integrar ni mucho menos reconciliar a sus ciudadanos. El dictador se ha mostrado inflexible e implacable contra sus enemigos. No ha reconocido a la oposición a la que tilda de forma sistemática de terrorista. Hace tiempo que ya no se nos ofrecen cifras sobre la mortandad causada por el conflicto, 230.000 y subiendo, además de cinco millones de refugiados contabilizados sino más.

El país, en caso de pacificarse inmediatamente, habrá perdido ya casi toda una generación, desde que la guerra arrancara en 2011. La juventud se ha visto señalada por los traumas que le habrá ocasionado el conflicto, otros habrán muertos, los más afortunados habrán huido, pero padecido la vida en los campos de refugiados, y su experiencia vital habrá sido terrible, por la que ningún niño debería pasar nunca.