Siria, dolor y sufrimiento

A pesar de los denodados esfuerzos de Staffan de Mistura para buscar unos sencillos mimbres para recomponer la realidad siria, tras siete años de intensa y desastrosa guerra civil, las partes enfrentadas no asumen el sufrimiento generado. El Gobierno de El Asad entiende que ha ganado. Controla dos tercios del territorio, la parte más rica y más poblada del país. Y cuenta, además, con el aval internacional tanto de Rusia como de Irán, así como del apoyo incondicional de las milicias de Hezbolá libanesas. En suma, a pesar de que hubo un tiempo en el que se especuló con la posibilidad de que el régimen sirio se quebrara, a día de hoy, como afirmaba su negociador, Bachar al Yaafari, en las conversaciones de paz de Ginebra, es “la parte más fuerte”.

De Mistura ha compilado una serie de puntos comunes para acercar a las dos partes enfrentadas como son mantener la integridad nacional (incluidos los Altos del Golán, en manos de Israel), permitir el pluralismo político y respetar a las minorías étnicas y religiosas, etc. Una vez aceptados, bajo los auspicios de la ONU, se celebrarían unas elecciones libres que darían lugar a un gobierno de unidad nacional que pudiera dedicarse a reconstruir Siria. Sin embargo, la oposición no es del mismo parecer porque ha puesto como condición la marcha de El Asad, lo cual ha enervado a su representante Al Yaafari quien calificaba esta condición como de poco realista. Aunque la oposición ha encontrado cierta unidad, por fin, y concurre bajo una misma plataforma, el Comité para las Negociaciones, a ella concurren representantes de 36 organizaciones. Están desde la más conocida, Coalición Nacional Siria (alianza de laicos e islamistas moderados), pasando por el Comité por el Cambio Democrático (oposición interna nacionalista), el Grupo de El Cairo (panarabista y laico), el Grupo de Moscú (desertores del régimen de El Asad), figuras independientes hasta llegar a las siete principales milicias insurrectas.

En total, son todas las fuerzas opositoras menos los kurdos. Así, en este complejo tablero de ajedrez, El Asad cuenta con mejores cartas para ganar la partida. Pero, tristemente, sabemos que está en juego el futuro de un país. Un país que, además, ha visto como se han vertido ríos de sangre hasta que los contendientes han comprendido que la victoria militar definitiva puede ser imposible o atroz…. Y su desarrollo ya ha sido brutal. Ninguno de los dos contendientes se ha andado con medias tintas y la presencia del yihadismo no ha hecho más que incrementar el salvajismo.

El ejército sirio no ha dudado en sitiar a ciudades sirias por hambre, o bien machacar sin consideración núcleos de población civil hasta su destrucción total para luego entrar con sus tropas. El régimen sirio ha batallado de la forma más encarnizada posible por su supervivencia, sin pensar en nadie más. Pero como en toda guerra el efecto de la intervención internacional ha sido muy relevante, o por lo menos, ha comportado un claro beneficio para el dictador, permitiéndole recuperarse y contraatacar. No importa que Oriente Medio haya sido castigado con guerras civiles despiadadas, no importa que la historia nos haya mostrado el rostro tras la batalla o los mayores horrores, cuando los frentes se ubican justo en el epicentro de una población indefensa que paga las consecuencias de la incapacidad de los gobernantes por entenderse, porque el hecho, la locura de la guerra, lo consume todo a su paso. A la vista está que en las conversaciones de Ginebra las partes no son conscientes de lo que ha supuesto la contienda para los sirios corrientes.

El balance de víctimas, refugiados y de daños materiales es inmenso. Siria tardará décadas en recuperarse y volver a la normalidad. El daño moral, psicológico y humano, en cambio, lo llevarán consigo durante generaciones. Cierto es que, desde Occidente, tuvimos la confianza de que la primavera árabe por sí sola fuera un viento suave que promoviera un cambio de regímenes en los países autocráticos musulmanes y derivara, finalmente, en su democratización. Una democratización liberal y laica, que encajase bien con la fe musulmana, y se convirtiera, a la larga, en un gran muro de contención contra el fanatismo religioso y el terrorismo internacional. Pero, de nuevo, como en el Gatopardo, todo ha cambiado para quedar como al principio, aunque con el efecto pernicioso del ingente peaje humano pagado. Solo Túnez parece haber sobrevivido a tales nuevas corrientes democratizadoras. Pero volviendo a Siria, Occidente dejó hacer. No quiso implicarse en exceso ni en Irak ni en Siria. Y el resultado, a la vista está, no ha sido un proceso natural hacia la consecución de un régimen legítimo y plural, sino que hemos corrido el riesgo, ante la desidia, de que incluso tales estados naufragasen.

De momento, la derrota del Estado Islámico ha sido un paso para volver al principio. Pero nada es definitivo, la pugna contra el yihadismo no ha acabado aquí y prosigue. Es una lucha encarnizada que debe partir por elevar la dignidad de las sociedades y sacarlas de la miseria para conjurar el fanatismo y lograr que maduren políticamente. Pero está claro que en el caso de Siria, de momento, todo depende de El Asad. Las milicias rebeldes no cuentan con los suficientes apoyos ni fuerza. Su falta de unidad nos permite hablar de una Siria plural y compleja, pero también de un contexto de difícil resolución. Porque El Asad ha mostrado que su actitud es la propia de un dictador oriental, acallar la disidencia y la oposición con ira y fuego, no tendiendo la mano ni escuchando sus reivindicaciones salvo para apreciar la debilidad del enemigo y, luego, seguir como un martillo pilón destruyendo cualquier resistencia a su paso. La perspectiva es que las negociaciones de paz no van a llegar a nada, De Mistura, ingenuamente, se engaña. Las dictaduras caen por el propio peso de su ineptitud. Aunque Siria, lamentablemente, tendrá que sufrir mucho más hasta que eso ocurra.

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¿Seguridad o puro militarismo?

Trump prometió a los estadounidenses recuperar el esplendor perdido de EEUU como primera potencia mundial y pelear solo en aquellas batallas de interés para su pueblo. Sin embargo, la primera medida que adoptó fue incrementar el gasto militar de forma colosal. Y lo ha vuelto a hacer. Recientemente, ha solicitado al Congreso que se eleve a 700.000 millones de dólares, que sobrepasa el gasto de las siguientes siete fuerzas armadas del mundo combinadas. Aunque es difícil predecir el impacto que tendrá esto en la sociedad norteamericana a largo plazo, pues se han bajado los impuestos a las grandes fortunas y se priorizan las fuerzas armadas, pero no las políticas de empleo ni la asistencia social, la impresión es que la empobrecerá. El gigante norteamericano se acabará endeudando como ya hiciera Reagan en su época…

Pero lo que más debería preocuparnos no son tanto tales cantidades exorbitantes de dinero, sino su política exterior, en donde se ha retirado de varios organismos importantes como el que debe protegernos del cambio climático, o bien llevando a cabo decisiones irresponsables, como el traslado de la embajada de EEUU a Jerusalén, que ha complicado, todavía más, la situación en Oriente Medio. Está claro que la amenaza de Corea del Norte es tenida muy en cuenta, después de todo, el mismo país ha dicho que quiere convertirse en la mayor fuerza nuclear de Oriente Próximo. Y ese discurso agresivo se observa con mucha preocupación tanto por Washington como por las potencias de la región. Pero, ¿qué lleva a un país a incrementar exponencialmente su inversión militar cuando no está implicado en guerras a la vista? El miedo. Un miedo que parece evocar los peores valores y prejuicios que se puedan dar y que quedan muy bien capitalizados en las políticas de Trump contra los inmigrantes y contra aquel que no sea un estadounidense de pura cepa… a saber.

El ejército nunca es ni debe ser un muro de contención contra las amenazas sino la confianza en nuestras instituciones y los poderes que rigen la humanidad, en este caso, la ONU y las relaciones diplomáticas. La cultura de la paz, la disuasión y los valores deben ser los elementos primordiales para no tener que encarar la existencia como si fuese una guerra de supervivencia. Por supuesto, no podemos ser tan ingenuos para creer que con las buenas palabras se puede conseguir acabar con las amenazas del mundo actual. La derrota del Estado Islámico ha venido dada por un esfuerzo conjunto militar para lograrlo. Pero en modo alguno eso resuelve la inquietud que todavía existe sobre la amenaza terrorista. ¿Cómo combatirla? Desde luego, hay varios instrumentos claves. La defensa es uno de ellos. Tristemente, es lo que nos protege. Pero también debemos pensar en el impulso de las sociedades. Solo así podemos evitar que haya personas que se inmolen o arruinen sus vidas y las de los demás de esta manera. Cuando uno aprecia su vida y la de las personas que le rodean, desde luego, no piensa en actuar de forma brutal y desquiciada.

Sin embargo, la política de Trump parece más destinada a querer acabar con los enemigos de EEUU a sangre y fuego. Sin medias tintas. Un error considerable si se tiene en cuenta que los norteamericanos quieren vivir en paz. Buena parte de ese gasto militar estará destinado a nuevas tecnologías, al uso de drones, por ejemplo, que permite sobrevolar sobre el campo de batalla y actuar, y no requiere de sacrificar vidas humanas como en el pasado. Películas como Espías desde el cielo o The Good Kill nos retratan la eficacia de tales artilugios. Y, sin embargo, es preocupante que haya esta especie de desnaturalización de la diplomacia y de los vínculos humanos. Tales armas son resolutivas y frías, pero no son capaces de acabar totalmente con las amenazas porque el odio, el rencor y la rabia no se acallan con las bombas sino que se retroalimentan.

Este empeño de Trump de erigirse como señor del mundo, ignorando o despreciando a los organismos internacionales, es más preocupante que el propio radicalismo porque no podemos saber qué efectos perniciosos puede tener a la larga en las relaciones entre los países. Ya de por sí, en ciertos países árabes es muy común la quema de la bandera estadounidense, pero es más, el bloque de países que se han sentido agraviados por sus políticas es susceptible de incrementarse. La falsa premisa de que cuanto más invulnerable sea el país menos serán sus amenazas, responde a un inútil y fallido axioma, a la vista está que el mundo sigue siendo un lugar peligroso y que otros republicanos como Trump han ofrecido lo mismo, seguridad a partir de una política fascista, pero no han conseguido ganar la batalla definitiva. La culpa de los conflictos en Oriente Medio no es, claro, de Trump, pues el ser humano, desgraciadamente, nunca ha llegado a una concordia total y absoluta aceptándose y respetándose en sus diferencias. Aunque un servidor quiere creer que un país como EEUU debería actuar de forma más inteligente.

No todos son ni piensan como Trump, habrá muchos estadounidenses que estén observando con horror como mientras en sus calles la gente vive en la miseria, su presidente se dedica a invertir desmesuradamente en el ejército como si fuera la solución a todo. Desde luego, en esta irresponsable política el gran perjudicado, en primera instancia, es EEUU. En segunda, lo somos los demás países. Porque si Trump pretende convertir a EEUU en una potencia militar incontestable, si no lo es ya, tendrá la tentación de utilizar esa fuerza para ejercer su primacía con resultados catastróficos. Una democracia ha de estar vigilante por dentro y por fuera, y ejercer un liderazgo sano y responsable. Por eso no hay que confundir la seguridad con el militarismo ni mucho menos creer que en este mundo solo hay buenos, los míos, y malos, los otros, sino personas. Unas personas que, en su mayoría, anhelan vivir en paz, en armonía y bienestar.

Nosotros y ellos

Es evidente que vivimos tiempos complejos. El choque cultural entre europeos e inmigrantes se ha visto nefastamente influido por el efecto de los atentados terroristas y la violencia que se vislumbra en los países musulmanes… pero ya venía de antes. El rechazo al otro siempre ha venido acompañado por el reforzamiento de la identidad como pilar de una homogeneidad cultural y racial (aunque se enfatice menos este hecho), que nos sumerge en una dialéctica peligrosa y ante un desafío al que tal vez los Estados, con sus múltiples problemas, no han querido enfrentarse porque no han sabido cómo atajar la cuestión (aunque no sea algo nuevo, sino que ya tenía sus reminiscencias desde la SGM).

El avance de la ultraderecha en Francia, Alemania, Polonia o Hungría, viene marcado por una nueva dinámica global: la inmigración. No es que sea un fenómeno nuevo. Siglos atrás se dieron flujos migratorios, pero eran norte sur o norte este-oeste, cuando Europa necesitaba liberar población y esta fue a colonizar nuevos territorios. Pero, actualmente, los flujos migratorios suelen tener un mismo destino, Europa (o EEUU). Explicar este cambio de orientación comporta múltiples causas. Si bien, se fundamenta en que muchos nuevos países nacidos de la descolonización han visto como sus dinámicas demográficas internas les han desbordado. A eso hay que añadir su bajo nivel de vida, las guerras, los conflictos y el hambre. Así que, grosso modo, miles de sureños se han desplazado hacia Europa, no solo africanos, sino asiáticos y sudamericanos.

Hasta el momento en el que Europa ha necesitado de mano de obra barata no ha tenido ningún inconveniente en acogerles, algunos se han integrado y muchos no, pero eso no era algo que importase demasiado, porque permitía disponer de mano escasamente cualificada por muy poco dinero para empleos secundarios. La civilización europea no estaba en peligro porque su mayor peso de población era un muro de contención y porque el nivel de vida cada vez más elevado nos daba seguridad y una aparente fortaleza. Pero todo esto ha variado. Europa envejece y la población más dinámica es la inmigrante de 1º, 2º o 3º generación, muchas de ellas no se han integrado del todo o, por lo menos, en su apariencia externa no lo han hecho, aunque ya han adquirido la nacionalidad y otros están en ello. Puede que se sientan tan franceses o alemanes como cualquier otro, pero sus raíces están ahí, muy presentes, porque son guardianes de las tradiciones que han traído de sus respectivos lugares de origen. Y poco a poco han ido ocupando un espacio y una visibilidad inusitados. Se han levantado mezquitas, es más normal encontrárseles por las calles y se distinguen de los demás por sus atuendos, a veces, o por sus formas de vida.

No obstante, todo eso que debería ser algo natural, es cada vez visto por cierta parte de los europeos como una flagrante amenaza. El mestizaje no está bien visto. Nadie pensaba que ocurriría antes, pero el terrorismo islámico, sin duda, ha sido la chispa que ha encendido parte de las alarmas, aunque no sea el único factor (pues también se les ve como portadores de la delincuencia, marginalidad o fanatismo, lacras sociales que nunca han dejado de formar parte de Europa, aunque ellos focalicen todo esto). Ellos son el otro. Se desconfía porque no son como nosotros, se les ve poco menos que como una quinta columna que pone en entredicho nuestras formas de vida y valores. El miedo se apodera de quien se ha creído a salvo, seguro y, por supuesto, cree que la única civilización a tener en cuenta es la suya. Nuestra cultura política parece que no nos proteja lo suficiente; tolerancia, respeto, convivencia y derechos humanos son garantías, obligaciones y derechos, aunque no necesariamente incluyen a otros grupos.

El racismo y la xenofobia se apoderan de nosotros porque tememos a unas presuntas fuerzas infiltradas, los inmigrantes, que pretenden destruir nuestra sociedad desde dentro… en tales instantes, la identidad se convierte en un valor cerrado. Una identidad cristiana, democrática y europea que nos retrata bien cómo somos o que, por lo menos, desvela que no hemos sido capaces de superar los lastres dejados atrás por el fascismo en los años 20 y 30, porque creemos que todo esto ha de seguir siempre así, no cambiar, aunque la globalización haya tenido un efecto y un impacto diferente para el conjunto del planeta. Unos han acumulado toda la riqueza y otros la miseria, lo cual invita a estos últimos a salir a buscar la primera, a expensas de sus vidas y sus raíces. De este modo, el flujo migratorio ha traído consigo que haya quien vea este proceso como una invasión y, en consecuencia, han brotado grupos de extrema derecha que claman por la homogeneidad nacional, el cierre de fronteras y etiquetan a todo extranjero no europeo como un agente enemigo.

El resurgimiento de movimientos islamófobos forma parte de nuestra propia cultura, como antes lo eran los antisemitas y anticomunistas. Siempre surge un enemigo al que echarle la culpa de nuestros desvelos, al que incriminarle todos los males posibles, aunque parte de estos males sea también cosa nuestra. Porque nada distingue a un fanatismo xenófobo de otro yihadista si a la hora de la verdad te dedicas a cosificar a quien no es como tú o piense diferente. Mientras los yihadistas nos golpean de forma brutal (aunque, mayormente, matan a musulmanes) con espectaculares atentados, los europeos lo hacemos más sutilmente cuando impedimos que los inmigrantes lleguen a nuestras costas o ya los despreciamos, sin importarnos las consecuencias de nuestros gestos. En ambos casos, los dos concitan comportamientos intolerantes. Por eso, la única lucha posible para garantizar la convivencia, para no caer en una inhumanidad desaconsejable es reconocernos y reconocerles como iguales, somos diferentes, sin duda, esto es nuestra riqueza como Humanidad. Lo contrario es tan solo la autodestrucción.

Jerusalén

Trump no puede decir que no cumple sus promesas. Al menos, en lo que se refiere a aquella que señaló, durante su campaña electoral, que trasladaría la embajada de EEUU a Jerusalén. Ya ha dado la orden. Con este gesto se satisfacen los intereses de los halcones israelíes, cuyo anhelo y deseo es que sea la capital del país, pero abriendo, para ello, una herida enorme, en lo tocante a lo que se refiere al mundo musulmán y a los palestinos, que lo ven como una grave afrenta. Aunque solo es un símbolo y todo apunta a que el proceso para ese traslado será largo, el presidente ha estampado su firma y los efectos son a corto y medio plazo impredecibles.

El temor a que se reavive la llama de una nueva Intifada está muy presente. Ahora que Hamás parecía estar dispuesta a templar su espíritu entregando Gaza a la Autoridad Palestina, Trump ha optado salirse por la tangente, como si la gran política fuera antes que las personas. Total, lo que suceda a partir de ahora no le quitará el sueño y seguirá creyendo que actúa como un auténtico mandatario. Aunque es verdad que esta decisión fue aprobada ya en 1995 por el Congreso de EEUU, ningún presidente anterior había dado el paso, temiendo las reacciones y el comprometer el proceso de paz. Pero Trump entiende que no ha hecho sino reconocer ya una evidencia histórica, estimando que “Jerusalén es el corazón de una de las más exitosas democracias del mundo, un lugar donde judíos, musulmanes y cristianos pueden vivir según sus creencias”… aunque no tenemos tan claro ni lo uno ni lo otro. Israel no es una democracia plena, a la vista está que tiene ciudadanos de segunda (los israelíes palestinos) y es más importante ser judío que demócrata, y los enfrentamientos, pugnas y violencias nos muestran que el santo lugar no concita sino odios y desencuentros con lo que es conveniente andar siempre con pasos cautelosos.

Aunque desde la Administración Trump se afirme que esta medida no afectará ni a la paz ni al status de Jerusalén, lo cierto es que permite que los israelíes consoliden sus posiciones a costa de minusvalorar a los palestinos. A nadie ha satisfecho más esta decisión que al Gobierno de Netanyahu. Las advertencias en contra no han servido. La posibilidad de que haya un futuro en paz hace tiempo que se ha visto seriamente comprometido con la política colonizadora de Israel. No importa que la ONU la condenara. Mientras no haya una eficaz presión internacional, los hebreos se habrán salido con la suya. En 1948, ya se cometió un grave error reconociendo únicamente al Estado judío sin hacer lo propio de un Estado palestino. Igual la situación hubiese derivado en lo mismo o no, es difícil de saberlo. Pero no habrían podido ser arrinconados tan fácilmente. Mientras los palestinos sigan siendo un pueblo sometido a la dialéctica de Tel Aviv, sin aliados de peso, sin un reconocimiento internacional (como se hizo con Kosovo, por ejemplo) entonces, sufrirán, padecerán y vivirán al albur de lo que se decida fuera, y las políticas israelíes ganarán siempre.

Así, mientras estos van desalojando barrios de Jerusalén de palestinos, sustituyéndolos por colonos hebreos, Washington decide premiarles con un cambio de status… es, a todas luces, una victoria amarga, triste y desangelada. Porque cualquier acuerdo o actuación que se haga en la región debería ser consensuado o, por lo menos, compartido. Ya que sus efectos, de no hacerlo así, hasta la fecha al menos, han sido contraproducentes, provocando airados estallidos de violencia. No hay duda de que esto solo ocasionará más pérdidas para los palestinos y facilitará que los halcones de Tel Aviv apliquen su puño de hierro y hagan creer a la población israelí que este es el único lenguaje que entienden: el contraterror.

Pero los palestinos, sin justificar sus ataques, son un pueblo desesperado. Se sienten impotentes, ante unas autoridades locales corruptas incapaces de encontrar a ningún otro país que les ayude. No solo están perdiendo trozo a trozo lo poco que les queda de territorio sino que, además, les acaban de arrebatar de un plumazo el único gran símbolo que poseen. Sin Jerusalén no son nada, no tienen nada, no controlan más que una tierra estéril a su alrededor. Por un lado, el proceso de destrucción del pueblo palestino como entidad política y humana avanza, así, como un martillo pilón, con presteza e incontestable, acaban de ponerle un nuevo clavo en la tapa de su ataúd. Por otro, la promesa de alcanzar unos improbables acuerdos de paz se ha convertido en falsa tabla de salvación para los palestinos. Porque mientras Tel Aviv amenaza con bloquearlos, lleva a cabo las políticas que más satisfacen a sus intereses. Claro que la decisión de Trump, después de todo, tampoco nos sorprende. Tales políticas dispuestas desde Washington ya vienen de lejos. Solo Obama, tímidamente, al final de su mandato, permitió que la ONU condenara a Israel por sus asentamientos. Pero no ha servido de mucho ya que no ostenta ninguna autoridad sobre el terreno. Israel es, además, el gran aliado de EEUU en la región, y cuenta con todo su apoyo, por irresponsables que sean sus decisiones. Y aunque sea una obscenidad el maltrato continuado dispensado a los palestinos, tildándoles a todos de terroristas cuando en su mayoría son personas que anhelan paz y dignidad, Washington está de su lado. Si bien, los israelíes no son mejores que los palestinos, nadie es mejor que nadie, lo nocivo de dicha actitud debieron haberla aprendido del nazismo… y, sin embargo, el menosprecio es evidente.

Los palestinos son el otro, aunque eso implica su descalificación. Y no se trata de que vivan como hermanos sino de respeto. No puede ser que la ONU les haya olvidado. Los territorios palestinos son una zona de guerra y lo que suceda por culpa de Jerusalén viene ya de largo, pero la responsabilidad corre a cargo de aquellos países que pueden hacer algo a favor de los palestinos… si hay violencia, EEUU e Israel serán las únicas responsables.

El fin del Estado Islámico

El primer ministro iraquí, Haider Al Abadi, anunciaba, recientemente, por televisión la derrota del Estado Islámico (ISIS o Daesh). Eso sí, ha advertido a la sociedad que ha de prepararse para otra clase de guerra, los atentados terroristas. Si echamos la vista atrás y recordamos, brevemente, cuando en Mosul los integristas proclamaron al mundo entero la vuelta del Califato, nos encontrábamos con una realidad que nos desbordó. El EI iba, en pocos meses, a alcanzar su máximo esplendor. Gobernaría amplios territorios tanto en Siria e Irak, controlaría importantes riquezas naturales, petróleo, su estructura le permitía contar con unos ingreses que facilitaban su financiación y la adquisición de armamento y nadie parecía poder contenerle. De buenas a primeras, los yihadistas avanzaron por Irak sin interrupción. Los ejércitos iraquíes se deshacían como papel de fumar, los costosos equipos militares que habían sido enviados por EEUU caían en sus manos y alimentaban una maquinaria de guerra, a todas luces, exaltada, atrevida y eficaz. Sus éxitos fueron publicitados en las redes sociales, afluían voluntarios procedentes de todos los rincones del mundo, incluida la Europa democrática (y mostraba la debilidad de sus políticas de integración). El miedo se metía en el cuerpo de los líderes políticos.

El EI parecía imparable, de lograr conquistar Bagdad, la situación se volvería insostenible y muy peligrosa. El Califato defendía el Islam más riguroso. Consideraba a los chiíes como los grandes herejes y su cruzada estaba dirigida contra todas las poblaciones impías. Sus milicias avanzaban por terreno abierto sin mucha resistencia, con una enorme capacidad de penetración y no requería de las tácticas terroristas de Al-Qaeda. De hecho, sustituía a esta organización como la representante de la verdadera yihad, ya que su base territorial y su protagonismo mediático lo dotaban de un prestigio inesperado y sobrecogedor.

En Europa surgía una enorme preocupación porque el yihadismo captaba a muchos jóvenes fácilmente manipulables para su causa, tanto a hombres, para su guerra, como a mujeres, para convertirse en las huríes de estos guerreros de Alá. Y eso que demostraban su crueldad y salvajismo, publicitando sus ejecuciones sumarias y decapitaciones públicas, que aunque nos provocaban espanto, horror a muchos, seducían a cientos de personas viendo en el Califato el ensueño perdido de Mahoma. Fue, entonces, cuando Occidente reaccionó. La guerra civil Siria parecía habernos dejado en un limbo. Europa se preocupaba tan solo de evitar que refugiados sirios llegasen a sus fronteras, que no pensaba en nada más… todo era confusión e incertidumbre porque en Oriente Medio las realidades son porosas e inestables.

Era difícil distinguir a amigo de enemigo, incluso los países árabes, como Arabia Saudí, gran aliada de EEUU, habían alimentado las corrientes wahabíes y al EI en su periodo embrionario, sin comprender el alcance de sus decisiones. Los Estados, los gobiernos y la diplomacia internacional se tuvieron que poner en marcha para lograr taponar la gran brecha abierta en Irak. En Siria, los rebeldes que aguardaban la ayuda Occidental para destruir la autocracia de El Asad vieron como el envío de armas pesadas no llegaba por el temor a que estas cayeran en manos equivocadas. Y, desde luego, EEUU no estaba dispuesta a enviar, otra vez, tropas sobre el terreno. La opinión pública estadounidense se hubiese rebelado contra la Administración Obama, pero eso solo mostraría que la invasión de Irak y la destrucción de Sadam fue un error todavía más sangrante. Nadie quería volver a recibir cadáveres ni a soportar más traumas de guerra. Sin embargo, el susto metido en el cuerpo por el EI fue, poco a poco, remitiendo. Se reorganizó el ejército iraquí, se profesionalizó, esta vez sí, para defender el país. Se buscó el entendimiento entre suníes y chiíes, un factor clave, y se apoyó a los kurdos, tanto en Siria como en Irak, para que sirvieran como tapón para la amenaza yihadista.

Coincidiendo con su máxima expansión, el EI comenzó a mostrar sus flaquezas. Debía gobernar amplios territorios, con una eficacia impensable tiempo atrás, pero también estaba provocando la animadversión de una población que era perseguida por este integrismo de viejo cuño. Estos guerreros de Alá, muchos de ellos eran extranjeros, no dudaban en comportarse de forma despótica y cruel. El cerco al EI empezó a surtir efecto. Se atacaron las redes de financiación ilegales que poseía (la venta de crudo). Todos los países de la zona lo vieron como una amenaza y empezaron mal que bien a colaborar para impedir su propagación (puesto que había grupos en Yemen, Egipto y Libia). Y el ejército iraquí se convirtió en una maquinaria de guerra eficaz. En Siria, los yihadistas atravesaron el desierto y llegaron a Palmira, no irían más lejos ya. Fue el canto del cisne del EI.

Sus milicias empezaron a perder terreno, a verse perseguidas por tierra y aire. Y EI empezó, en su debilidad, a utilizar las tácticas del terrorismo asimétrico. Europa sufrió los efectos, aunque mayormente se cebaron en países islámicos, sin que eso impidiera su pronto debilitamiento ante unas sociedades que, por muy fracturadas que estuviesen, reconocían que este yihadismo representaba una amenaza para todos ellos, para las viejas élites y las tribus que gobernaban esos territorios. Y sin alardes, pero como un martillo pilón, las unidades iraquíes y kurdas, apoyadas por EEUU, cambiaron las tornas. El EI es ya un residuo de la Historia. Ahora queda saber si hemos aprendido algo de esta dura lección, si Irak va a poder volver a recuperarse de los golpes sufridos (Sadam, la ocupación y el EI) y ser un modelo que ayude a restablecer los equilibrios en la región.

La amenaza del EI no desaparecerá del todo, eso está claro, sin embargo, no podrá emerger como lo hizo en su momento. Esperemos que eso ayude a Irak y a Oriente Medio en su incierto e inestable futuro devenir.

Un oscuro futuro para Siria

El presidente sirio, Bachar El Asad, y el ruso, Vladimir Putin, se reunían recientemente en la localidad rusa de Sochi para dibujar y perfilar el futuro político del país, al entender que la guerra está próxima a finalizar. Tras la derrota del EI, se ha expulsado ya a los yihadistas de la última ciudad que controlaban en Siria, Abu Kamal, y el fracaso de la insurgencia, El Asad afirmaba, de manera exagerada, que sus fuerzas controlaban ya el 98% del país aproximadamente. Aunque todavía hay algunas regiones bajo dominio del Ejército de Liberación sirio, tanto en el norte como en el sur del país, así que desconectadas entre sí, todo apunta a su debilidad y al hecho de que han perdido su apuesta a largo plazo. Pues no cuenta con los poderosos avales internacionales.

Desde Damasco, sienten que han vencido, de que han logrado su objetivo de mantener unido al país y que las potencias extranjeras (menos Rusia e Irán) y los terroristas financiados desde el Golfo, no han logrado su propósito de destruirlo… Tras largos meses de negociaciones, finalmente, el régimen sirio piensa que, en la próxima mesa de negociación con la oposición, que se celebraría allí mismo, en Sochi, a principios de diciembre, se alcanzará a ratificar su éxito militar con otro político. Por supuesto, no quiere ni hablar de la posibilidad de que el régimen cambie. De hecho, se tiene previsto celebrar elecciones en 2018, si bien El Asad no se ha pronunciado acerca de su continuidad. Sin embargo, la política es, ante todo, un maestro cruel. A estas alturas, no solo los contendientes están agotados o han llegado a unas endebles tablas, sino que el régimen sabe que cuenta con un apoyo firme y serio de Rusia, y que ganando la batalla internacional, impidiendo que la oposición siria tenga respaldo, habrá salido victorioso a esta dura prueba. Tiene las mejores cartas en la mano. Pero la guerra, a diferencia de lo que afirma el gobierno, no ha unido al país lo ha convertido en un erial y sin la ayuda exterior no lo habrían logrado. Sin las milicias de Hezbolá, sin las tropas rusas ni iraníes, El Asad no habría podido ganar esta lucha contra el terrorismo.

La negativa a reconocer a la oposición como una fuerza legítima se nos antoja la cruda semblanza de una dictadura que no ha dudado en desatar los infiernos sobre su propia población con tal de demostrar que tenía la razón. Pero aunque El Asad aspire a celebrar la victoria definitiva, esta representa un éxito efímero, a tenor de que ha dejado a Siria destrozada, y la pesadas tareas de la reconstrucción pueden ser un regalo envenenado. Pensemos que ganar una guerra es más sencillo que gestionar una posguerra. Pocas veces se ha dado una en la que el bando vencedor no maltratara al vencido, y un nuevo resentimiento acabara por aflorar. Pero, sobre todo, porque la economía siria ha sido devastada y no va a ser fácil volver a ponerla en marcha. Además, está la atención a los miles de refugiados que regresarán a unas ciudades destruidas y las heridas emocionales provocadas por una confrontación civil están ahí tan abiertas como el primer día, gracias a la mano de hierro de El Asad.

Las relaciones de Siria con los países de su alrededor tampoco se van a reconducir de la noche a la mañana. Y quedarán pendientes de juzgar los crímenes de guerra. Siria quedará adscrita a un bloque de lealtades y relaciones que no tienen por qué serle del todo beneficiosas. Rusia e Irán no son unos países, por distintas razones, económicamente boyantes. Irán, solo en fechas recientes, ha visto como se le abría el embargo de la ONU tras los acuerdos nucleares. Además, las rivalidades en Oriente Medio no van sino a reorganizar las fuerzas en la región hasta que se produzca un nuevo enfrentamiento. La resistencia en Siria puede darse, sobre el papel, casi por vencida. Pero eso no significa que su proyecto haya sido enterrado para siempre y que los grupos de oposición, aunque debilitados, no aguarden su siguiente oportunidad. Siria, después de todo, no es un país sino un territorio heterogéneo controlado por los sectores afines a la dictadura, la población alauí, junto a otras minorías, frente a una mayoría de kurdos y suníes. Solo un presidente capaz de superar las diferencias religiosas y étnicas que una a todos en un mismo proyecto integrador lograría constituir un Estado cohesionado. Pero El Asad ha demostrado que no es la persona idónea. No solo por el hecho de que todas sus políticas han llevado funestamente a una guerra civil, sino porque sus propias manos están manchadas de sangre de miles de inocentes. Su actitud e incapacidad por reconocer las aspiraciones de la oposición trajeron consigo esta barbarie.

La lista de horrores que se han vivido en Siria en estos seis años han sido inconmensurables. No solo se han utilizado armas prohibidas por la Convención de Ginebra, como armas químicas o las bombas de fragmentación, sino que se ha torturado, violado, sitiado por hambre, bombardeado núcleos de población civil indefensa, etc. que han generado horrores que ni podemos imaginar. En suma, todos los ingredientes propios de una guerra incivil. En el contexto actual, para aquellos que han apoyado el régimen sirio y, seguramente, para los refugiados, es posible que prefieran pasar página y volver a la normalidad. Es preferible a la alternativa, el reavivar la violencia extrema que ha golpeado con tanta dureza a la población, por exigencias del guión de la autocracia, o a valorar que El Asad es el responsable. Es natural. Ahora mismo, pensar en una paz justa y verdadera es un imposible porque solo podrá darse en el instante en el que los apoyos que recibe el dictador se den cuenta de que bajo su mandato casi se produce la quiebra total del Estado sirio. No es posible de determinar el futuro. Pero los efectos secundarios de la guerra nunca afloran como uno piensa que lo harán e, incluso, si hay suerte, puede que sean negativos para El Asad, y traiga consigo su fin, ante su incapacidad de hacer reflotar la misma nave que él mismo casi hunde por su negligente mando.

Sinaí, muerte y horror

La victoria sobre el ISIS en Siria e Irak no debe hacernos descuidar en que todavía su efecto corrosivo ha desaparecido de otros lugares. El ISIS se ha convertido en la bandera de enganche de muchos grupos que le juraron lealtad y que prosiguen en esta escalada de terrorismo que busca o aspira a crear las mismas condiciones para imponer su ley en el territorio, donde el Estado se muestra más débil o donde la combinación de podredumbre, discriminación y radicalismo afloran con mayor fuerza. Pero no pensemos que tales brotes de terror son espontáneos, se han ido poco a poco alimentando de las nefastas políticas estatales que han derivado en que las ideologías salafistas o/y yihadistas se hayan convertido en la única válvula de escape para paliar la desesperación. Recientemente, volvía tristemente a la primera plana de los periódicos el grupo Wilaya Sina (Provincia del Sinaí), que ha provocado, en la mezquita de Al Rawdah, en la localidad de Bir al Ad (Sinaí, Egipto), 235 muertos y más de un centenar de heridos. Tras hacer estallar una bomba, los terroristas aguardaban para acabar su espantosa misión tiroteando a las ambulancias que llegaban en auxilio de los heridos.

Es la mayor matanza que ha llevado cabo en la región, pero no hay más que tirar de hemeroteca para comprobar que es habitual que se produzcan atentados, sobre todo, contra la policía, los militares o colaboracionistas, además de civiles que acaban muertos en el fuego cruzado. La península del Sinaí es una región árida y desértica, con zonas montañosas, a caballo entre el rico Nilo y la frontera con Israel y Jordania. La zona más rica en la franja de la costa, aunque apenas son 100 kilómetros, junto a Gaza, por lo que la geografía juega a favor de este grupo que se puede disolver fácilmente en las arenas del desierto y cuyas tácticas de guerra asimétrica, sobre todo, emboscadas, dominan a la perfección. Otro aspecto relevante es que la mayoría de la población es de origen beduina.

Su situación frente a los egipcios nunca ha sido favorable y ya desde la última época del depuesto presidente Mubarak emergió una resistencia armada promovida por grupos salafistas. A todo esto, si las condiciones de vida ya son duras de por sí, se le suma el prejuicio de no haber puesto resistencia durante la ocupación Israelí, en los años 70, por lo que las actuaciones de las fuerzas de seguridad del Estado tampoco han sido nada suaves para la población local, creando las condiciones favorables para que cientos de jóvenes engrosen sus filas. Es una región vetada a los medios de comunicación tanto estatales como extranjeros, insegura y peligrosa. Hay toque de queda y cortes de teléfono e Internet.

En suma, se vive en estado de guerra. Y se rumorea que las fuerzas de seguridad no se andan con miramientos a la hora de combatir a este grupo, lo que se traduce en políticas de terror y torturas contra los civiles, ya que es la manera que se suele emplear para hallar informadores que les lleven a localizar sus escondites y guaridas. Un periodista egipcio, Mohannad Sabry, se atrevió a recoger en un libro (Egypt’s Linchpin, Gaza’s Lifeline, Israel’s Nightmare, 2015) toda esta situación. Claro que antes se fue de Egipto para evitar las repercusiones que pudiera acarrearle con las autoridades de El Cairo y su obra fue prohibida allí. Egipto, además, tiene una historia complicada.

El golpe militar promovido por Al Sisi, de julio de 2013, derivó en que la insurgencia en el Sinaí cobrara mayor intensidad, y de la unión de varios grupúsculos armados nacería, un año más tarde, Wilaya Sina, que juró lealtad al ISIS. Desde entonces, opera con cerca de mil integrantes y muestra una gran capacidad de regeneración, a pesar de los duros golpes recibidos, ya que el rencor hacia las políticas del Ejército mantiene viva la resistencia.

A diferencia del ISIS, Wilaya Sina actúa como lo ha hecho siempre Al-Qaeda, con ataques selectivos que pretenden minar la capacidad operativa del enemigo, por esta razón, no ocupa ninguna localidad o territorio determinado. Su mejor refugio es su propia invisibilidad. Su mayor logro terrorista hasta la fecha, fue el derribo de un avión ruso, en 2015, asesinando a 224 personas que volaban en él, haciéndoles visibles ante el mundo. Ahora bien, las estrategias represivas de los militares para acabar con ellos no han dado sus resultados fracasando de forma recurrente. Wilaya Sina opera en células independientes, eso le da una ventaja sobre los servicios de inteligencia egipcios porque, desarticulada una, no afecta a las demás. La mayoría de sus integrantes son jóvenes de la zona, beduinos, dirigidos por jefes religiosos espirituales, reclutados de las localidades más míseras y pobres, donde abunda el analfabetismo. Para acabar con ellos, el Ejército no se ha andado con sutilezas, induciendo a un castigo colectivo, lo que ha traído consigo una reacción todavía más reactiva y posibilitando que Wilaya Sina no tenga problemas en captar a nuevos adeptos que se suman a sus filas. Y a pesar de que EEUU ha ofrecido su ayuda para acabar con ellos, el Gobierno de El Cairo la ha rechazado, lo considera una cuestión personal. Sin embargo, lejos de estar doblegando a los terroristas, a la vista está, se han fortalecido y sus ataques son más directos, audaces y brutales. La ventaja desaprovechada con la que cuenta Al Sisi es que las tribus del Sinaí rechazan el yihadismo al ir en contra de su tradición. Según expresaba Sabry en una entrevista, solo con la ayuda de las tribus, el Ejército podría acabar con este terrorismo, pero como no confían en ellas, el problema se ha agravado. Y el riesgo que se corre es que la violencia del Ejército acabe destruyendo esta autoridad local y la falta de este crucial contrapeso (como ocurrió en Chechenia) derive en que la violencia se haga más generalizada y enconada, aún más despiadada y desesperada.

Lamentablemente, un gobierno como el de Al Sisi solo sabe aplicar la fuerza y el ensañamiento, trayendo consigo más muertes y horrores.

Conocer a ETA

No hay duda de que la historia de ETA está construida sobre los pilares de unos mitos que le llevaron a convertirse en la más terrorífica banda asesina en España. Su apuesta de iniciar su andadura en el franquismo le sirvió de mucho. Si un aspecto puede explicar convenientemente el largo devenir de la banda, es este. Porque no debemos minusvalorar la fuerza y significación de los mitos, su arraigo social y su relevancia emocional. La actitud cerrada y brutal del franquismo hizo el resto. ETA, en sus inicios, se iba a convertir, tras el fin de la actividad de los maquis, en un referente clave en la lucha antifranquista. Aunque sus métodos de terror no fueron nunca del gusto de la oposición política, sí atrajeron a una generación de vascos, principalmente, que vieron en ella una salida a sus frustraciones.

ETA encarnaba el secesionismo vasco, la lucha por la libertad contra la tiranía… aunque, poco a poco, debido a su propia estructura interna, la misma banda ya era una dictadura en sí misma, un núcleo cerrado que debía pensar y actuar de una forma rígida y organizada, debido a que su violencia contra el Estado le exigía una vida totalmente clandestina. Una vida en las sombras que, por supuesto, de romántica tenía bien poco a la hora de la verdad. De hecho, ETA, aunque suele presentarse como una unidad, sufrió varias escisiones e innumerables tensiones internas. Era un grupo minoritario, pero no homogéneo, también sufría de indisciplina, de luchas intestinas por el control de la organización (que ellos llamaban debates) y de fracturas por enemistades y fallidas relaciones personales, que desembocaron en la más grave de todas, con su gran ruptura entre ETA político-militar (pm) y ETA (militar).

Sin embargo, la dictadura franquista mostró su incapacidad por encarar un problema de esta envergadura. Hasta ese momento, la única amenaza seria contra el régimen eran desórdenes sociales, atajados con contundencia por las fuerzas policiales y, la desarticulación de la oposición clandestina. Y no supo activar, o nunca fue capaz de hacerlo, mecanismos para detener esta espiral de violencia de manera adecuada, al contrario, procedió a una represión indiscriminada por todo Euskadi que solo alimentó el poder de convocatoria de ETA. No obstante, el franquismo le ayudó a publicitar una imagen positiva tanto dentro como en el exterior cuando, ante su impotencia por atajar la violencia, decidió organizar la pantomima del proceso de Burgos. Ahí, ETA, reforzó su mito cuando el régimen quiso juzgar a varios activistas de ETA o vinculados a ella, en un macroproceso ejemplarizante. Pero la falta de garantías judiciales derivó no solo en una reacción popular de amplias protestas sociales sino también en una reacción internacional que puso en evidencia la justicia del régimen, lo cual le llevó a tener que cerrarlo en falso.

ETA se publicitaba al mundo. Estableció lazos con otras organizaciones terroristas y grupos que le suministraban armas y apoyo logístico, consolidando, incluso, su vital base en el santuario francés. Aprendía. Evolucionaba. Había constituido un sofisticado aparato político y militar, y contaba con un amplio semillero de futuros candidatos a integrar sus filas, gracias al resquemor despertado por la dictadura con sus políticas represivas en Euskadi. Y entonces sucedió. El asesinato de policías, militares y gobernadores civiles no fue nada en comparación con el asesinato del ogro, el 20 de diciembre de 1973, el almirante Carrero Blanco, quien era el sucesor natural de Franco. El golpe contra la dictadura fue tremendo y, sin duda, se convirtió en el gran hito de su autodenominada lucha armada. El éxito de la audaz trama hizo que la estrella de la banda estuviera en lo más alto del firmamento. En Euskadi, las “acciones” de ETA se veían como partes de una guerra asimétrica contra un Estado tiránico que solo pretendía, en vano, aplastar la voluntad nacional del pueblo vasco. Ahí emergía todo un andamiaje ideológico que bebía de los procesos independentistas anticolonialistas y guerras de liberación del Tercer Mundo. Y ese sentimiento de lucha y de rechazo fue consolidándose de forma muy clara y patente entre una parte de la juventud vasca… lo que acabaría configurando la izquierda abertzale.

El fin del régimen, con la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, acarreó un proceso de Transición que tampoco podemos idealizar. Si bien, España se iba a convertir en una democracia plena. Con la democracia se aprobaron los estatutos y la ley de amnistía de 1977, que dejaría en la calle a miles de presos políticos, y con ello también a muchos integrantes de la banda detenidos. Se hizo tabla rasa, pero la actividad de ETA lejos de reconducirse se acrecentó, llegando a su punto culminante de asesinatos en 1980, tal y como refleja en su documental Iñaki Arteta.

ETA no estaba dispuesta a aceptar las reglas de juego, sino a imponer las suyas a un precio de sangre, tampoco la izquierda abertzale que aunque empezó a aceptar con resignación el participar en los parlamentos, no reconocía el Estatuto de Gernika de 1979. Los activistas de ETA eran recibidos como gudaris victoriosos en sus pueblos natales cuando tras cumplir sus condenas o ya en sus exequias fúnebres, en homenajes, como parte de una escenografía del retorno del hijo pródigo. Esta parte de la sociedad los consideraba héroes por haber luchado contra la tiranía española… en 2011, casi ochocientos asesinatos más tarde, incluyendo a los propios militantes a los que determinó su muerte por traicionar la causa, además de miles de heridos y de afectados, ETA decidía abandonar la vía armada para emprender una vía política… ETA ha sido la última en entender, después de empeñarse en impulsar tanto dolor, que la violencia nunca ha sido ni será el camino, sino que es una espiral hacia la nada, hacia el extremismo más sanguinario.

Por eso, Euskadi nunca ha sido más libre que ahora sin ella.

El carnicero de los Balcanes

Finalmente, el general Ratko Mladic, el que fuera comandante militar de las fuerzas serbias en Bosnia, ha sido condenado a cadena perpetua por el Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia (TPIY) por los crímenes cometidos en Srebrenica (8.000 musulmanes asesinados), por el secuestro de varios integrantes de la ONU y por el sitio de Sarajevo (donde se produjeron 10.000 muertos). Con 74 años y muchos problemas de salud, parecía mentira que, por fin, pudiera cerrarse un círculo importante de unos hechos ocurridos en los años 90. Sin embargo, la justicia es lenta, tal vez, demasiado lenta a tenor de las implicaciones políticas que comportó su detención (fue protegido en Serbia durante años) y su posterior encausamiento. Y ahí, en este terreno difícil y complejo es donde la humanidad debería aprender de sus errores. La sentencia, después de todo, ha dejado, en la paradoja, un poco insatisfechas a muchas partes. Solo los bosnios musulmanes sienten cierto alivio, pero no así los serbiobosnios que consideran que fue un “héroe”, tampoco los croatas están muy de acuerdo con el hecho de que solo se le imputaran los crímenes cometidos en Bosnia y no los que lideró contra el pueblo croata. Y, así mismo, para la Asociación de Mujeres Víctimas de la Guerra, el que uno de los cargos fuera por genocidio en la ciudad de Srebrenica se quedaba corto. En cambio, para los serbiobosnios es excesivo que se haya calificado como tal, como mucho sería matanza. Las guerras crean héroes y antihéroes. Pero lo más desacertado radica en menoscabar la crudeza y singularidad de los hechos. Para la familia de Mladic, con el tiempo se escribirá la verdad sobre el general.

Sin embargo, lo que sí tenemos claro es que en la extinta Yugoslavia el proceso de desintegración política que se dio vino acompañado por una rabia ultranacionalista que provocó unos crímenes impropios de una sociedad civilizada. Y que la visión que cada parte tenga de ello no puede minusvalorar la responsabilidad que tuvieron personajes como Ratko Mladic, Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic, el general croata Ante Gotovina o el comandante de las fuerzas musulmanes, Naser Oric, en unos actos bárbaros contra una población civil indefensa por motivos de odio religioso, identitario o étnico. Pero aunque, por fin, se haya condenado a uno de los últimos de los grandes artífices de tales hechos, lejano el eco de aquellos disparos, muchas personas no son conscientes del horror provocado y los siguen defendiendo.

Desde luego, nada de esto hubiese sucedido si ningún soldado ni individuo hubiese acatado las brutales órdenes impartidas que no eran para la defensa o la protección de la sociedad civil sino para cometer asesinatos. Las matanzas parecen impensables hasta que suceden. Películas como Antes de la lluvia (1994), que valora con sutil rigor el origen de la guerra, la tremenda En tierra de nadie (2001), un filme antibelicista de aguda reflexión, la fuerte Las flores de Harrison (2000), que nos desvela no solo el horror sino la incredulidad de que esto pudiera suceder, y las desgarradoras Savior (1998) o En tierra de sangre y miel (2011), que retratan las políticas de violaciones y humillaciones contra las mujeres, son testimonios en vivo de la naturaleza no solo homicida sino salvaje y cruel de los seres humanos contra sus semejantes. Y nos muestran como una línea invisible nos impide valorar que ningún crimen y acto de esta naturaleza está justificado en nombre de un bien mayor, ya que solo provoca una espiral de venganza y horrores inimaginables.

El hecho de que para los serbiobosnios Mladic sea un héroe y que estimen que Srebrenica fue una matanza y no un genocidio es sumamente revelador de la incapacidad que tenemos de ver al otro. Lo mismo se podría decir del proceso contra militares croatas y musulmanes. Sin embargo, hay que poner el acento en la política ultranacionalista serbia que, a la postre, fue la que desató tal infierno. De haber procedido a actuar de otro modo, de no haber sacado los tanques a la calle y haber permitido un proceso de independencia pacífico de las diferentes repúblicas yugoslavas, tal vez, esta espiral de violencia no se habría dado.

Sarajevo, la gran ciudad del Adriático, representaba la convivencia de tres culturas religiosas diferentes, y la guerra acabó por convertir en un símbolo trágico su ruptura. Pensar en las consecuencias ayudaría a desactivar los odios, no solo se tratar de juzgar a los responsables más importantes, sino de asumir las culpas propias. Exonerar, minimizar la tragedia o ya refugiarse en su entidad como grupo no sirven para explicar cómo se llegó a esto y de qué manera podríamos evitarlo de nuevo. El odio es un sentimiento irracional que, de hecho, inhumaniza a las personas y las hace creer que están actuando bien cuando, en realidad, lo que están cometiendo es un crimen abominable.

Tristemente, la justicia no calma ni sutura las heridas por completo. Si el proceso de Núremberg contra la jerarquía nazi fue testigo de cómo se condenaba a un régimen atroz y surgió, a raíz de ello, una legislación internacional que pretendía evitar que un Estado pudiera actuar con impunidad, ha sido la capacidad de los alemanes por reconocer su propia vergüenza lo que traído consigo que la sociedad europea avanzara en la dirección correcta. Y eso que los crímenes que el nazismo impulsó en su nombre fueron los más espantosos a los que se ha consagrado jamás un país. Por ello, sin entrar en comparativas, serbios, croatas, musulmanes, etc., han de mirarse a sí mismos y entender que los crímenes que se cometieron en su nombre no tienen cabida en este mundo nuestro. Y que el TPIY, mejor o peor, con esta sentencia, ha sabido restablecer un principio de justicia universal que debería ayudarnos a entender mejor lo sucedido. El mal no es una abstracción, nace del ser humano, de su capacidad por infligir un daño frío y calculado a otro ser humano.

Aprendamos tal dura lección.

Memoria y justica

El Congreso de los Diputados aprobaba una ley para declarar nulas las sentencias aplicadas por tribunales durante la Guerra Civil. En suma, se reconoce la “ilegitimidad y nulidad del Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, el Tribunal de Orden Público, así como los Tribunales de Responsabilidades Políticas y Consejos de Guerra constituidos por motivos políticos, ideológicos o de creencia religiosa”. Esta moción pretende modificar, una vez logre pasar todos los trámites parlamentarios, el apartado 3 de la Ley de Memoria Histórica (2007). Para proceder a ello ha contado con los votos favorables de todos los partidos, 174 votos, menos del PP y Ciudadanos, el primero la rechazaba y el segundo se abstenía.

Lástima que el encargado de defender esta moción haya sido el diputado Jordi Xuclà, del PDeCAT, puesto que con lo que está cayendo algunos consideraran que ello es una manera de desviar la atención respecto a lo que está sucediendo en Cataluña. La respuesta de aquellos partidos que se han negado a apoyar esta moción ha sido justificada de forma dispar. Para el portavoz del PP carece de “rigor jurídico” y reprobaba al PDeCAT de querer meter al Congreso en “el túnel del tiempo de la Guerra Civil”. Consideró que la ley de memoria histórica se podía dar por cumplida. Pero aprovechó para criticar que tenía poco sentido que el PDeCAT se movilice por algo acaecido hace 80 años y paralice lo que “sucederá mañana”, aludiendo al hecho de que se ha desmarcado de la comisión que debatirá la reforma autonómica. Para el portavoz de Ciudadanos, José Manuel Villegas, la prioridad es mirar al futuro y no al pasado. Y advertía que esta medida puede crear una inseguridad jurídica.

La verdad es que nos encontramos, de nuevo, en una situación compleja de juzgar. En primer lugar, ¿por qué ahora?. En segundo lugar, ¿se ha analizado de forma contundente lo que implicará la moción? En España, a veces, nos da la impresión de que ciertas medidas legislativas se desarrollan ad oc, según los intereses de la coyuntura. No digo, con ello, que el PDeCAT no tenga razones fundadas, que las hay, para liderar la causa de la reparación de aquellos que sufrieron las iras de la represión, pero que sea precisamente, en el particular, resulta llamativo. Bien es verdad que las aseveraciones de que hay que mirar al futuro y no al pasado son, en mi opinión, una contradicción de envergadura tanto para el PP como para Ciudadanos. El pasado está siempre juzgándose y no podemos ignorarlo ni minusvalorarlo.

Ahora mismo, la defensa de España se ha construido desde la tradición y desde los acuerdos de la Transición, y desde los fundamentos de una realidad histórica común. Por lo tanto, es el pasado lo que justifica el presente. Ahora bien, el tema de la Guerra Civil ha servido en un debate como arma arrojadiza. Representada, equívocamente, por los buenos, las izquierdas y los partidos nacionalistas, que defendieron la República, frente a los malos, las derechas, que impusieron el franquismo. La identificación de unos y de otros con los partidos actuales de los que son herederos es recurrente. Pero no es cierta, no se puede trasponer sin más. Señalaré siempre que el gran error del PP es no haberse querido enfrentar a ese pasado por lo incómodo que le resulta, lo cual ha dado pie a que muchos lo identifiquen con los valores del franquismo. Las declaraciones de algunos de sus líderes no han hecho sino subrayar dicha impresión al minusvalorar la labor de las asociaciones de recuperación de la memoria histórica y de la necesidad de proteger o, al menos, no menospreciar a las víctimas achacándoles un interés económico en todo esto y no moral ni humano. La moción, en todo caso, es lícita y necesaria. Pero lo que nunca se nos explica qué consecuencias tendrá. Si va a ayudar a las víctimas o si va a derivar en colapsar más la justicia con nuevas denuncias o pleitos. Si fuera así, de forma ordenada se tendrían que habilitar mecanismos para que ello pudiera ser resuelto de acuerdo con los recursos con los que contamos. Porque mirar el futuro es importante, tanto como el asumir el pasado. Puesto que lo que comprobamos es lo negativo de ver como se cuece poco a poco una memoria fraudulenta que puede provocar un falso victimismo.

El atender o, por lo menos, asumir la parte que nos corresponde a todos, incluido el PP, sobre las causas y consecuencias de la Guerra Civil es necesario. Por de pronto, es muy hipócrita que el portavoz popular afirme que la ley de memoria histórica es ya suficiente cuando se negaron a aprobarla y la vació de presupuesto para llevarla a efecto. Tristemente, también es verdad, este capítulo del pasado se utiliza para ciertos fines particulares y no para realmente encarar con garantías una memoria integral y restauradora, capaz de no caer en la subjetividad de identificar los actores del pasado con el presente inmediato, ni incidir en que todavía sigue habiendo bandos enfrentados. La guerra fue atroz, brutal y despiadada, la posterior posguerra fue una política de la venganza inusitada, negar eso es no asumir lo que somos como país. Ahora toca recomponer tales pesadillas, sabiendo que vivimos en una democracia plena y que nuestra responsabilidad no es esconder nuestra historia debajo de la alfombra y dejar que todo ello sea materia de biblioteca, sino de confrontar con la verdad. A pesar de todo lo que se ha escrito, de todos los avances historiográficos que se han logrado desde los años 70 hasta hoy sobre el modo de entender y valorar lo sucedido, la memoria política y social está lejos de haberse aposentado del todo, por su falta de coherencia, adecuación y entidad. Es como si cada vez que saliera a colación este tema la polarización volviera a resurgir sin entender que no es tema personal sino compartido como herederos de un ayer que nos debería avergonzar a todos y, al mismo tiempo, ayudar a instituir unos principios de convivencia y respeto mucho mejores que los que entonces se rompieron.