Siria e Irak y la falta de noticias

La información que se publica sobre la suerte de la guerra en Siria o en Irak ha descendido de forma paulatina hasta llegar a un punto muerto inexplicable. ¿Qué está ocurriendo? Se sabe que las fuerzas aliadas se han apoderado del 90% de Mosul. Pero no conocemos el alcance de esta victoria, cuántas víctimas ha procurado y qué efectos devastadores ha provocado en la población civil. Nada. Tampoco hay indicios de que la suerte de las negociaciones en Ginebra, entre las fuerzas de la oposición siria y el gobierno, estén produciendo ninguna clase de avance. ¿Enquistado por mantener a El Asad al frente del país? Es curioso pensar que, en la era de la información digital, de pronto, se haya producido un apagón. ¿Qué ha sido de las crónicas de los corresponsales de prensa que se hallan en la zona? ¿Se está controlando la información para disfrazar las penurias de aquellos países o, más bien, por falta de interés? Los intentos de frenar la propaganda mediática del Estado Islámico, desde luego, han tenido mucho que ver con ello.

El temor a atentados en Europa, después y antes ya de lo de Manchester, intenta evitar que otros nuevos lobos solitarios puedan arrojarse en brazos del integrismo. Muchos no eran ni buenos musulmanes hace unos días… según un estudio, tales jóvenes yihadistas son menores de 30 años, en paro y adictos a Internet, en mayor medida. Eso significa unas bajas expectativas sociales y, sobre todo, una honda crisis de identidad que, a veces, tienen que ver más con su falta de perspectivas sociales que por un tema religioso. Pero hay que reconocer que la inmolación es considerada un acto de fe desde un falso tradicionalismo musulmán y eso es un elemento muy negativo que hay que erradicar, porque en modo alguno acerca al creyente a Alá. Sin embargo, es muy difícil desde la sociedad occidental entender esta clase de actitudes y comportamientos. En Europa, un joven desesperado se suicida, no es ningún consuelo, desde luego, y no es un acto que debamos idealizar, porque es una renuncia a la vida. Pero, tristemente, para quienes portan una cultura musulmana, la muerte brutal se convierte en un hecho singular por el que sienten que se redimen… y no es verdad.

El esfuerzo que debemos realizar para evitar que esta perversa idea se convierta en un problema es enorme y difícil de atajar. Las fuerzas de seguridad vigilan ya con escrupuloso celo (pero no asfixiante ni de forma insultante) a los imanes de las mezquitas, porque siempre se cuela algún que otro fanático. Porque la necesidad de promover un Islam justo y sabio es crucial de cara al futuro y a la coexistencia pacífica. La crisis de los refugiados, de todas maneras, solo ha acelerado un proceso que ya venía anunciándose de largo en las décadas anteriores. Europa atrae a mucha mano de obra extranjera. Es un territorio de oportunidades, cuyos lazos con sus antiguas colonias siguen bastante vivos, por lo que muchos africanos y asiáticos buscan aquí un lugar de oportunidades. Pero ellos no solo traen sus ganas de trabajar consigo sino su cultura y tradiciones que, muchas veces, chocan con las nuestras. Proceden de sociedades que todavía no han dado ese salto a la modernidad y su mentalidad porta fuertes rasgos de arcaísmo. Eso no significa que sean malas personas, sino que sienten que este proceso de laicización y de relajación de las costumbres es, ante todo, un shock en muchos aspectos. Al sentirse diferentes se refugian en los entornos en donde se sienten más seguros, creando comunidades cerradas. Y ahí es donde, en ocasiones, prende el desengaño, el amargor y, sobre todo, ese fanatismo que solo entiende la existencia desde su punto de vista, condena las otras formas de vivir y saca a relucir un irracional carácter violento. Aunque parezca mentira, los hijos son los que sufren, en sus carnes, esa contradicción social y moral. Y, en algunos casos, se convencen de que la única manera de redimir ese mundo perverso es mediante el terror… tristemente no es así. Lo único que trae consigo es dolor y muerte, dificulta aún más las relaciones entre comunidades, cristianas y musulmanas, y acentúa ese perfil violento de otros yihadistas cuyo enconado odio solo parece encontrar satisfacción en la rabia y el resentimiento.

Para nuestro consuelo, hemos de saber que son una minoría escasa, que su carácter autodestructivo deriva en que no puede propagarse ni construir una cultura propia, salvo en ciertos países o lugares en donde las condiciones ya son lo suficientemente malas y desesperadas para creer que es la única manera de actuar… así que en Europa debemos asumir que el proceso histórico que nos ha tocado en suerte no tiene que ver con el pasado, ni con el devenir de nuestros padres y abuelos. Ellos vivieron los fascismos y, después, el terrorismo tercermundista de izquierdas. Hoy, este terrorismo es de corte religioso, y debemos encararlo con una actitud diferente, no estigmatizando, por supuesto, a los musulmanes y a los inmigrantes. Y, así, aunque la guerra en Siria ha traído muchos desplazados, a pesar de los miedos sociales, se ha demostrado que no son terroristas, son como nosotros, ya que proceden de nuestro propio seno. Aun cuando ha pasado lo peor, ni mucho menos se ha solucionado el problema, ni del futuro de los refugiados ni tampoco el del terrorismo yihadista.

Pues, no solo se trata de destruir únicamente sus fuerzas palmarias, tomar Mosul y Raqqa y acabar con sus principales bastiones, sino de exorcizarlos de una forma adecuada, impulsando el desarrollo humano. Aquí, ante la miseria social, es donde ese radicalismo es tan malicioso y se infiltra. Europa, con su proclamación de valores universales, debe pensar que el ser humano exige justicia social. Por eso nos toca mover ficha, promover una educación eficaz para que nuestros jóvenes salgan al mundo laboral preparados, pero también con una conciencia clara de lo que son y como deben comportarse. Y, ante todo, integrar.

Memoria infausta

La memoria de la contienda española se mantiene muy fresca. El debate, aunque no es generalizado, se aviva con cada medida que se quiere tomar, en relación a qué hacer con los restos de Franco, la suerte del Valle de los Caídos, las exhumaciones, la retirada de las placas dedicadas a los personajes del régimen, la aplicación (o dejación) de la Ley de la Memoria Histórica y, por supuesto, con las nuevas revelaciones de la historiografía. Ahora bien, siempre llama la atención que haya periodistas cuya valoración contiene más un sesgo personal que una reflexión ponderada, y que caen, incluso, en el absurdo de la contradicción ofreciendo interpretaciones de la contienda articuladas no por los aportes de los académicos, sino por otros colegas de profesión… así, me ha dejado un tanto perplejo el artículo de Carmen Ferreras que titula “Memoria sectaria”, donde se hace eco de las reflexiones del columnista del ABC, Salvador Sostres, con el igualmente sonoro título “Sí, ganamos la guerra”, que arranca de esta guisa: “Se dice como un insulto que tú eres hijo o nieto de los que ganaron la Guerra. Nuestra Guerra Civil, se entiende. ¿Por qué es un insulto ganar una guerra?”.

Estas cuestiones sirven para criticar con dureza “a los desmemoriados”, según los califica Ferreras, los que no ganaron la guerra que, citando a Sostres, fueron “los que quemaban iglesias, los de las checas, los del tiro en la nuca en las cunetas, los que falsificaron las últimas elecciones republicanas para dar un golpe de Estado -del que nunca se habla- y ocupar ilegítimamente el poder”. Y aunque, luego, Ferreras reclama la memoria de las víctimas republicanas solo de pasada, se dedica a señalar que también habría que hacer lo propio con las del bando nacional y destaca algunos ejemplos brutales de la violencia de las milicias que defendieron la República. El modo en el que la periodista procede es curioso porque, aunque en el encabezamiento parece reprobar que se esté dando una memoria sectaria prorrepulicana, lo que subraya es su propio sectarismo. La única cita de su argumentación es otro periodista cuyos artículos, precisamente, destilan un rancio neofranquismo y trasnochado anticomunismo, que nada tiene que ver con la compleja suerte de acontecimientos que dieron lugar al fin del fallido régimen republicano.

Hay, sin duda, mucho que desgranar en la memoria. Porque lo que está en juego en España no es la Historia, como defienden estos periodistas arrastrados por su intuitiva, pero fallida, apreciación particular, sino una memoria tramposa que se niega a la reparación y a los actos de justicia con quienes fueron humillados, asesinados y brutalmente despreciados por el franquismo. Y no se trata de idealizar de forma vergonzosa la República, contra la que Sostres lanza en otros artículos toda suerte de improperios, sino de ser un poco lógicos a la hora de entender que nada de lo que sucedió tiene una traslación directa al presente, los agravios y la tragedia lo son del pasado, y que no se trata de una revancha sino de dignidad.

El colocar en la balanza a los muertos republicanos (no por ser mejores, sino porque fueron olvidados y negados), el querer reescribir el relato de la guerra sin triunfalismos dictatoriales, el responsabilizar y condenar al franquismo de su violencia exterminadora o el restaurar una memoria digna de una República demonizada, no viene encaminado en deshacer la victoria franquista sino en arrancar sus mitos de raíz y hacer comprender que no solo no fue necesaria sino que fue injusta, cruel y antiespañola. Los hechos históricos son muy complejos de analizar. Ahora el nuevo libro sobre las elecciones de febrero del 36 sirve para apoyar la tesis de quienes hasta fechas recientes no tenían ni idea si fueron fraudulentas o no. Pero eso no cambia el pasado, solo lo matiza, ni tampoco, evita condenar el fallido golpe militar. Ni Ferreras ni Sostres parecen ser conscientes es que no podemos personalizar la guerra porque ninguno de nosotros la vivimos. Yo soy nieto de vencedores y no me veo insultado, al revés, porque se impulse una reparación de las víctimas. Si no fuera así, tendría que preocuparme y mucho por no concebir una memoria democrática. Quien pretende defender al franquismo frente a la hipotética posibilidad de haberse instaurado un gobierno comunista en España solo juega a la ficción y a la más pura retórica panfletaria, la misma que empleaba entonces el fascismo … no se puede jugar con los hechos al gusto de cada cual, ni articular falacias, como la de que sí ganamos la guerra. No. Perdimos una parte del país… no hubo victoria sino una matanza de dimensiones catastróficas. No triunfó el menos malo de los regímenes, venció uno por la fuerza de las armas haciendo que los que la perdieron fueran humillados y vejados en el altar de la patria.

¿Volver a debatir sobre ello desde tamaña perversión interpretativa es cabal y, ante todo, nos ayuda a aprender la gran lección de todo aquello?

No. Reprobar la Ley de la Memoria Histórica de ser una especie de ordalía, es falso. Siempre faltó en la ley el consenso con el PP, pero tampoco la derecha ha apoyado o, bien, ha ayudado a incentivar un mejor conocimiento de nuestro pasado ni ha buscado restituir de forma clara los agravios del franquismo. Por el contrario, el franquismo, a su manera, y no de forma coherente ni equitativa, sí hizo lo propio para los suyos a la hora de reconocer sus sacrificios y de considerarlos mártires de la fe. La comparativa tramposa tampoco nos sirve ya que se dieron, sí, hechos escalofriantes e inhumanos en el bando republicano. Pero lo que hay que tener en cuenta que, de nuevo, la gran victoria del franquismo es mantener viva en la sociedad actual la falsa convicción de que hubo dos bandos enfrentados: vencedores y perdedores. Ahora, como herederos de aquello, solo hay uno, nosotros, como ciudadanos conscientes que debemos aprender a actuar y comportarnos de forma adecuada y honesta, sin fanatismos y exaltaciones patrióticas desmesuradas.

Dictadores

Todavía es difícil de creer que hay ciertas personas que añoren a algunos dictadores del pasado y que sigamos apostando por formas de gobierno autocráticas, cuando las experiencias del pasado nos indican que las contraindicaciones son muy severas y peligrosas. No es suficiente con lo que sabemos de ellos pero, tal vez, precisamente, lo que creemos saber es lo que determina la manera en la que falsamente los definimos en nuestra memoria. Me refiero a los ejemplos de Hitler y Franco. Cabría pensarse que después de conocerse que fueron unos hombres normales y corrientes en su fuero interno, ni tan siquiera destacaron por su brillante inteligencia o sentido del humor, sino por su megalomanía y soberbia, nadie sentiría ningún aprecio por ellos ni sus regímenes. Sin embargo, no es así. Sus figuras todavía son una sombra oscura sobre el presente en España y en Alemania, por diferentes motivos, se les admira y se idealiza a partes iguales. Hitler no fue un dictador corriente. Pero sí supo rodearse de tecnócratas hábiles y militares capaces que hicieron las delicias de su gobierno. Sacó a Alemania de la ruina de la gran depresión, recompuso el poderío alemán (a costa de un militarismo exacerbado que propició otra guerra devastadora) y volvió a colocar a Berlín como una de las capitales de mayor influencia en Europa. Recuperó Renania, el Sarre y hasta los Sudetes, aunque eran territorios, estos últimos, que jamás habían formado parte de Alemania. Sus políticas internas fueron duras y severas, limpió el solar patrio de comunistas, creó los primeros campos de concentración de inefable recuerdo, para la reeducación moral, y constituyó la Gestapo, la todopoderosa policía del régimen que podía actuar tan caprichosa como cruelmente.

Alemania se recuperó económica y socialmente, pero a costa de sacrificar las libertades individuales y sociales, destruir la democracia (aunque no de forma oficial) e impuso un sistema de gobierno que, pronto, se iba a demostrar no solo poco racional sino inhumano, despótico y criminal (contra judíos y otros grupos). Sin embargo, los aparentes logros de Hitler quedaron en el imaginario colectivo con una fuerza inusitada entre muchos alemanes. La propaganda de Goebbels, gracias a la influencia de los medios, fue fundamental para que eso fuera posible. Control de masas, autosugestión, manipulación de la verdad y, finalmente, la construcción de la imagen de líder carismático…

La biografía de Franco fue muy diferente, porque mientras que Hitler fue un demagogo de primer orden, Franco fue un militar legionario. No tenía un gran porte, ni una gran voz, sus dotes de orador fueron mediocres y, sin embargo, era bravo, duro y sabía como mantener contentos a sus subordinados, aunque no era un hombre de ideas profundas. Por eso, cuando estalló la sublevación militar contra la Segunda República se subió al carro ganador, no sin ciertas reticencias, pero sin haber sido el inspirador del golpe de Estado. Incluso tuvo suerte y sus competidores murieron, primero el general Sanjurjo y, a continuación, Mola. Solo, entre los militares, él parecía ser el único que garantizaba la unidad de mando. Aunque restaurar una república conservadora era el primigenio ideal de los golpistas, el poder es muy seductor, traicionó su propósito. La República fue demonizada, los militares y sus milicias afines, carlistas y requetés, se tomaron venganza de sus rivales políticos. Y, entonces, comenzó una limpieza del territorio patrio de presuntos enemigos.

Franco capitalizó la victoria, toda ella, sin más, dando paso a una dictadura militar que fue, poco a poco, evolucionando hasta convertirse en lo que los capitostes del régimen denominaron democracia orgánica. No era democracia ni era nada, ya que había un control absoluto de los medios de comunicación y las libertades habían quedado reducidas a cenizas. El régimen pudo sobrevivir, mal que bien, a su nefasta autárquica política y a la maldita posguerra. Los adalides del triunfo no iban asumir su fracasada gestión. Y tuvieron suerte porque en los años 50, gracias a que España era ultracatólica, el Vaticano y EEUU, en su guerra contra el comunismo, les abrieron las puertas de la diplomacia internacional.

El franquismo se salvó, en última instancia, no gracias Franco, sino a la necesidad que se tenía de España en esos años. Así, Franco, cuya autoridad era incuestionable, delegó en los tecnócratas la gestión del desarrollo. En cierto modo se logró, aunque con muchas taras. Por lo que la imagen del régimen se vendió como aquella en la que no solo nos habían salvado de los rojos sino también habían elevado a España a un nuevo nivel económico, a costa de renunciar a su identidad plural. Nadie pensó que, tal vez, se podría haber hecho cuatro décadas antes y habernos ahorrado tantísimo sufrimiento. Así, estos dos dictadores que constituyeron y definieron la Historia de Europa del siglo XX, nos deberían servirnos de advertencia a la hora de valorar la deriva de ciertos gobiernos y estados… la aparente seguridad y fortaleza que nos brindaron era solo fachada. No hay gobiernos eternos ni gobiernos que sean capaces de resolver todos los problemas, solo los esconden, como se limitaban a hacer Hitler y Franco con la oposición, y con los problemas sociales existentes.

Es bueno que pensemos en ello. El reto no es el constituir gobiernos ideales, ni promesas populistas que lleven a hacernos creer que la grandeza de un país se basa en el desprecio a los demás y el abandono de la comprensión de aquellos seres que han tenido menos suerte que nosotros (como los refugiados). O el estigmatizar a ciertos colectivos o ideologías como perversas, cuando se defiende una actitud retrógrada y, por lo menos, igual de virulenta y desaprensiva. Trump y Erdogan nos señalan incluso que, hasta las propias democracias, sin control, pueden acabar convirtiéndose en otra clase de dictadoras…

Libro: Choque de titanes (2017)

Esta obra publicada por Ediciones Desperta Ferro, y escrita por David M. Glantz y Jonathan M. House, nos plantea una revisión en profundidad de la historia militar de la gigantesca y encarnizada guerra sostenida en el Frente del Este, durante la SGM, entre los ejércitos alemanes y satélites y la URSS. Aunque parece que esté ya todo dicho, esta mirada historiográfica no solo es reveladora de que no es así, sino que revisa parte de los mitos que todavía persisten sobre algunos de los aspectos fundamentales de la guerra. Y, para ello, la apertura de los archivos rusos ha sido fundamental a la hora de despejarlos. Hasta fechas recientes, la lectura principal la ofrecían los alemanes, marcadas por la justificación y el descargo. Se reprobaba a Hitler su mal manejo de la contienda y se minusvaloraba la evolución táctica vivida por el ejército soviético a lo largo de los cuatro años de encarnizados combates. El 22 de junio de 1941, Hitler ordenaba la operación Barbarroja. La hasta entonces imparable Wehrmacht había logrado salir victoriosa de sus anteriores enfrentamientos gracias a lo que se conoció como la Blitzkrieg.

Las campañas de Polonia y Francia habían sido impactantes. En pocas semanas una combinación de armas, aviones y divisiones panzer, había sido letal. Sin embargo, invadir Rusia era otra historia muy diferente. Desde luego, no se trataba de empujar la puerta y que todo el edificio se viniese abajo. Los enormes espacios y la logística fueron fundamentales en la primera fase de la guerra, hasta el invierno de 1941-1942, en el que los ejércitos alemanes llegaron a su máximo alcance operativo. Cuando se inició la invasión las circunstancias eran perfectas para Alemania. Las purgas de Stalin habían dejado muy dañada a la oficialidad soviética, la aviación se estaba reorganizando y los más brillantes estrategas, en algunos casos, habían sido asesinados o encarcelados. Sin embargo, Alemania había sufrido un enorme desgaste en sus operaciones anteriores y la derrota en los cielos de Inglaterra dejó mermada su aviación. Había factores positivos y negativos en la arriesgada empresa de Hitler. Pero lo que sí pesaría para los alemanes fue su gran descuido a la hora de valorar la capacidad militar de la URSS. La Wehrmacht conocía muy bien los ejércitos contra los que se enfrentaba de primera línea. Pero nada sabía de la movilización ni de los grandes recursos con los que contaba en el interior. Y, ahí, la falta de estimación y de previsión hizo que se llevaran innumerables sorpresas, como la aparición del T-34 o el KV-1. En esta fase primera, la libertad operativa permitió a los alemanes aprovechar todas las virtudes de sus experiencias anteriores. Pero, aun así, los soviéticos respondieron con valentía. Y fueron aprendiendo de sus múltiples errores. Hasta el mismo Stalin fue dejando en sus puestos a los comandantes más capaces y arrojados, permitiendo que desarrollaran sus tareas militares con libertad, frente al control ideológico que se impuso al principio.

Desde este punto militar, sin olvidar otros aspectos importantes, como la economía de guerra y las atrocidades nazis (que ayudaron a que los pueblos liberados se volvieran en su contra), los autores explican que tanto los desaciertos como las virtudes del Ejército rojo favorecieron que la Wehrmacht diera la impresión de ser una apisonadora imparable. Pero no fue así, la derrota ante Moscú, en una combinación de factores, invierno, agotamiento logístico y mala previsión, dio origen a que Hitler no pudiera tomar la capital y que la presunta victoria se le escapara de las manos. Sin embargo, nunca estuvo a punto de lograrla porque los ejércitos alemanes ya no daban más de sí, habían llegado a su límite. A partir de 1942, la guerra se convirtió en una batalla de desgaste y evolución de la habilidad soviética de desarrollar la guerra moderna. Los alemanes perdieron ante Moscú un equipo que jamás podrían recuperar mientras que la industria de Stalin, ya instalada en los Urales, comenzaba a producir armamento a mayor escala que la germana.

Así mismo, le llegaría la esencial ayuda de EEUU y Gran Bretaña, lo cual fue otro factor de ayuda importante. Stalingrado fue, en todo caso, en 1942-43, el gran punto de inflexión. Los soviéticos aprendieron de sus errores, aprovechándose de que los alemanes subestimaron su capacidad militar y su debilitamiento logístico crónico. Glantz y House inciden en como los mandos soviéticos fueron cuidando los detalles de cada operación y, sobre todo, buscaron siempre engañar a los alemanes para disfrazar sus verdaderos lugares de ruptura. Después de todo, como señalan, a pesar de que los rusos, en comparación con los alemanes, disponían de una ingente cantidad de material humano, también sufrieron mucho las bajas que iban mermando sus filas. Mejoraron tanto en tácticas como en estrategia, Stalin ya no pensaba ganar la guerra en una sola campaña, e iba orquestando cada operación de una forma meticulosa y hábil. La Wehrmacht, a pesar de las memorias de sus generales, nunca fue una máquina de guerra perfecta, al contrario, porque pretendió más de lo que podía alcanzar, y no estaba preparada para una guerra de larga duración. A partir de 1943, tras Kursk, el Tercer Reich se mantuvo prácticamente a la defensiva, apostando por unas armas milagrosas que nunca llegarían y por un nuevo material pesado que no podía hacer frente a la enorme producción industrial aliada…

La URSS tuvo el dudoso honor (debido a los horrores sufridos) de enfrentarse y destruir al 70% de los ejércitos alemanes en una lucha tenaz, titánica, como reza el título del propio libro, devastadora y cruel, en donde sobresalieron nombres como Zukhov, Koniev y otros, como grandes maestros de unas tácticas que nada tenían que envidiar a las germanas. Después de todo, no solo Hitler no era un gran estratega, sino que tampoco sus oficiales eran infalibles, y emprendió una guerra contra un enemigo que, aunque con cierta dificultad, al principio, pronto demostró ser un gigante dormido.

Películas: El jugador de ajedrez (2017), de Luis Oliveros

Esta película española nos cuenta la historia de Diego Padilla, un avezado ajedrecista, cuya vida se verá profundamente afectada por los acontecimientos que van a marcar el siglo XX tanto en España como en Europa, como fueron la Guerra Civil y, por supuesto, la Segunda Guerra Mundial. El filme se ve caracterizado por una puesta en escena sencilla pero sutil, nada que ver con los rasgos de una superproducción, pero tiene elementos que se han cuidado a la hora de presentar la época, los exteriores de Madrid o Paris, y unos personajes, sobre todo Marc Clotet (Diego Padilla) que convencen por su sinceridad en la pantalla.

Sin embargo, en este marco, lo que podía haber intentado ser una radiografía de la Europa en guerra, se queda a medio gas. Tal vez, porque la propia novela en la que se inspira lo sea o porque las pretensiones de la trama no sean tan elevadas. Porque, en el fondo, no deja de ser una historia de amor, terquedad y supervivencia. De esta manera, se nos presenta a un joven Padilla que conocerá a una periodista francesa, Marianne Latour (Melina Mathews), el día en que gana el campeonato de ajedrez de España. Se enamorarán y se acabarán casando. Corre el año 1934, y los acontecimientos se suceden de forma rápida, hasta que estalla la contienda y la joven pareja tiene una niña. El maestro de ajedrez es apolítico. Por lo que, aunque su íntimo amigo es socialista, a él no le importará jugar y enseñar su arte a mandos del franquismo y falange, una vez acabada la guerra. Pero descubierta su amistad, en una España en donde la mera relación con un rojo era ya un crimen, urgido por su mujer, se trasladan a Francia. Sin embargo, París será ocupada, pocos meses más tarde, por las tropas alemanas. Y, allí, acaba siendo detenido por espía.

Con cierta habilidad narrativa, el director nos va contando muchas situaciones en poco tiempo, y eso hace que pase de forme superficial por los hechos. La época republicana queda codificada en unas pocas escenas, unas neutras, con una capital madrileña colorista y alegre, pero en la que se refleja la tensión reinante por los sucesos de Asturias, sin atreverse a mirar más allá. La posguerra tampoco la describe tan gris como podía suponerse, aunque habrá mención al estraperlo o a la represión contra los opositores. Hasta pasar, finalmente, a la segunda parte del filme, cuando es detenido en París por las SS. Aquí, es fundamental entender los elementos del cine porque la música, la construcción narrativa y los momentos de tensión, constituyen la base de un relato cuya credibilidad es difícil, ya que Padilla se salva de una muerte segura, en el oscuro cuartel de la guardia pretoriana de Hitler, porque es un consumado ajedrecista y eso despierta el interés de un oficial nazi. Aunque sufrirá el odio sanguinario de un sargento, alto, rubio y muy cruel, que recurre a distintos elementos de tortura conocidos, desde las palizas, a las duchas con agua a presión o a simular una ejecución, sobrevivirá. Todo ello lleva al joven protagonista a sufrir la brutalidad del sistema de opresión totalitario, sádico y deshumanizado. El ajedrez será su bendita tabla de salvación.

Así, el coronel Meier, un soberbio y extravagante comandante del cuartel, se interesará por él. Al principio, se mostrará frío y altivo, en su marcialidad teutona, hasta que poco a poco, partida a partida, acaba por escuchar los consejos del sabio maestro. Incluso, como muestra de buena voluntad le permite escribir cartas a su familia para saber de su suerte (si bien, no las enviará). Sin embargo, que permanezca encerrado en la prisión de la SS durante toda la guerra como invitado parece un poco forzado. Diego, además, parece vivir ajeno a la suerte de la guerra y sin contacto con otros presos, salvo cuando conoce a Pablo, un maquis, que es ajusticiado al principio. Al cierre, en un último acto de nobleza y caballerosidad, cuando las SS han de evacuar la ciudad, ante la inminente derrota, el coronel, poco antes de quitarse la vida, en vez de ajusticiarle, tal y como ha ordenado el Führer, le libera y le cuenta la verdad de su arresto. A la salida, el ajedrecista decide buscar a su mujer y a su hija, aunque sea en los confines de la tierra, mostrando su fuerte abnegación. Las encontrará en Burdeos, pero no le reciben como él espera.

En suma, el filme se sustenta por esa sutil carga emocional que se palpa y refleja en el rostro del protagonista y en una serie de elipsis temporales que derivan en que partida tras partida de ajedrez con Meier, se consume la suerte de la guerra. Aunque Diego mostrará un pequeño cambio de actitud, cuando antes de su detención pasa de ser apolítico, a reprobar a su mujer que actúe con doble moral ante la ocupación alemana de su país… como si, de pronto, él se hubiese dado cuenta de lo malas que son las dictaduras, y no se ahonda ni se vuelve, en este sentido, sobre este proceso paulatino de concienciación. Además, los nazis presentes en el filme se presentan con excesivos tópicos, los hubo sádicos sí, pero más bien se caracterizan de forma simplista y maniquea. Tampoco llega al fondo de los elementos más controvertidos como fue el colaboracionismo en la Francia ocupada de bajo nivel, aquí sí vemos un momento en el que se rapa a varias mujeres, ni de alto nivel (instituciones o gente de posición), solo mostrándonos, pero sin hacer un juicio.

El jugador de ajedrez es una sencilla historia bien contada, amable, triste y con cierto romanticismo, que nos permite valorar que el cine español, a pesar de no contar con muchos medios, puede atreverse a realizar películas de reconstrucción histórica de forma eficaz. Aquí falla más el fondo que la forma, ante su contención y amabilidad, pero tampoco sus pretensiones eran otras. Refleja, eso sí, cómo muchos españoles se vieron afectados por las guerras europeas, atrapados por unas circunstancias adversas, a veces, sin ser de ningún bando o tener una ideología concreta.

Israel colonialista

Al margen del maltrato que se da a los palestinos en sus territorios de Gaza y Cisjordania, el Estado hebreo, fundado bajo el estandarte del judaísmo, mantiene a su población árabe palestina, que debería ser tratada como unos ciudadanos más, sometida a una severa discriminación. No tan fuerte como el apartheid de Sudáfrica, pero sí en términos muy parecidos. Ser judío es convertirse en ciudadano de pleno derecho, aun cuando su procedencia sea europea, africana o latina. Es indistinto. Según las leyes de retorno, los judíos, pueblo obligado al éxodo, son protegidos por sus propias leyes, como si Israel siempre les hubiese estado esperando.

Es un etnonacionalismo cuyo carácter religioso es único en el mundo. Esto es, que no hace falta haber nacido en el país para serlo. Ahora bien, ¿qué ha sido de la población palestina autóctona que vive dentro de las fronteras de Israel? Nos referimos a los palestinos israelíes. Desde la constitución del Estado hebreo, en 1948, toda la legislación ha estado dirigida (y lo sigue estando) con una finalidad suprema: recuperar todo el territorio de sus ancestros. Pero se encontraron con un problema, ya había gentes en esos lugares antes.

La ONU estableció unas claras líneas divisorias entre israelíes y palestinos, pero que nunca se llegaron a cumplir. Israel necesitaba hacerse más grande, reforzarse y poder defenderse de forma eficaz frente a un mar de países árabes. Así que la constitución del país fue mediante una fuerte militarización y una legislación de emergencia draconiana. Cualquier comandante militar podía ordenar la muerte de cualquier palestino si consideraba que era una amenaza. Además de eso se destruyeron pueblos enteros árabes con buldóceres, se apropiaron de sus patrimonios en un proceso paulatino, brutal e ilegal, para judaizar las zonas palestinas.

De hecho, ningún árabe puede poseer tierras en Israel. Así, miles de ellos se vieron forzados a exiliarse a los países vecinos. Sin embargo, en el interior de Israel quedaron palestinos que se quedaron a pesar de las circunstancias adversas. Representaban un diez por cierto de la población y se sometían a la legalidad judía, podían votar, pero sin tener los mismos derechos que los ciudadanos hebreos, en materia de ayudas, becas, asistencias o derechos laborales públicos. Así mismo, el Estado hebreo asumió todas las señas de identidad propias del judaísmo, el sionismo, por tanto, había triunfado. No se integró a la población árabe autóctona. Y, si hubiera sido viable, muchos mandatorios del Likud, el partido conservador hebreo, los habría expulsado a todos, aunque tampoco los laboristas han aportado nada reseñable a la causa árabe.

La situación de estos palestinos israelíes ha sido de indefensión. Solo han podido optar a los peores empleos, ante el recelo que despiertan, independientemente de su religión (ya que también hay palestinos cristianos), no pueden cumplir el servicio militar y, por lo tanto, se les excluye de innumerables empleos cualificados tanto públicos como privados. Su acceso a la universidad o a los estudios superiores se ve restringido. Y viven al albur de la coyuntura internacional, de las guerras, conflictos o intifadas, ante el temor hebreo de que estos se sumen (aunque nunca lo han hecho y han demostrado su lealtad a la autoridad) a la lucha palestina. Pero, a pesar de todo, son una población joven y demográficamente dinámica, y esto ha supuesto que, a pesar de todos estos golpes y discriminaciones públicas y privadas, haya aumentado su peso social, representando ya el 20% de la población de Israel. Y Tel Aviv continúa con su labor de cerrarles el paso. El mayor temor de los ultraconservadores es que haya más palestinos dentro de Israel, a los que se consideran como una quinta columna traicionera… y lo peor es que se les exige fidelidad, lealtad y entrega a este mismo estado que les minusvalora y, en cierto modo, desprecia. A pesar de todos sus esfuerzos por normalizar su situación dentro de Israel, ningún gobierno les ha tendido un puente para hacerlo. Un detalle muy concreto nos indica esta falta de integración social, prácticamente son imposibles los matrimonios mixtos, impensables (lo que demuestra la falta de armonía). Así pues, Netanyahu pretende imponer una legislación todavía más restrictiva para ellos. Ya no sabe cómo acallar sus voces, y para ello pretende imponer el hebreo como única lengua de Israel y que la lengua árabe deje de ser oficial.

Para los sectores más ortodoxos, solo puede haber un Estado nación-judía… los palestinos israelíes no dejan de ser una molestia, un error que hay que subsanar, aunque trabajen, participen y configuren la sociedad hebrea. Desde luego, esta es una muy triste percepción de quienes se consideran un pueblo injustamente perseguido por la historia.

La nueva ley ya pretendió ser aprobada en 2014, y precipitó el fin de la coalición de gobierno, puesto que anteponía los valores religiosos a los democráticos. Si bien se ha reformulado, el principio es el mismo. De esta manera, se destruiría y pisotearía un poco más la identidad palestina que históricamente forma parte de esas tierras, al obligarles a hablar solo hebreo si quieren acceder a los servicios públicos. No se prima la convivencia ni el respeto a la pluralidad, sino que se impone desde el Estado una legislación injusta para la minoría árabe que se ve sometida de forma perversa a las obligaciones del poder ejecutivo. Para ciertos sectores políticos, como la Ministra de Justicia, Ayelet Shaked, esto es necesario para que Israel sea un “Estado judío y democrático”, aunque esté pervirtiendo el concepto democrático porque le niega a una parte de la sociedad ser reconocida como no judía, siendo parte del país. Mientras, el Instituto para la democracia en Israel afirma, con toda razón, que es discriminatorio. Sin embargo, hasta que no varíe la percepción de los judíos respecto a la población árabe, nada cambiará. Israel actúa como una nación colonialista, simple y llanamente.

Otra clase de guerras, Gernika

Como nos refiere J. M. Ruiz Soroa (El Correo, 29-4-17), Gernika no fue ni sería el único caso de una brutal agresión contra un núcleo de población civil indefensa. Ya en la IGM los alemanes utilizaron esta práctica, bombardeando Londres con sus míticos Zepelines, o bien, en los años 20, Inglaterra ordenó el bombardeo de poblaciones afganas e iraquíes rebeldes, incluso las fuerzas aéreas españolas hicieron otro tanto en el Rif, machacando poblados indígenas. Pero como eran colonias y la sensibilización con la población de estos lugares no era muy elevada, no trascendieron. Los nazis o los fascismos no inventaron los bombardeos de terror en alfombra ni las tormentas de fuego, eso vendría más tarde. Y, después de todo, se vieron como meras tácticas de guerra. La aviación se iba a convertir, poco a poco, en un arma fundamental en los conflictos de los siglos XX y XXI.

En su artículo, Soroa pretende, no sin razón, rebajar la grandilocuencia con la que el nacionalismo vasco ha rodeado el bombardeo de la villa vizcaína en abril de 1937. No solo eso, ha acabado por apoderar y hacer suyo uno de los símbolos más recurrentes a la hora de denostar al totalitarismo, gracias al cuadro de Picasso. Sin embargo, la ventaja que tiene el ser humano es que puede valorar la historia desde muchos ángulos y, sobre todo, en perspectiva. Y ahí es donde debemos encajar bien el bombardeo de Gernika. Sin duda, su impacto psicológico fue estremecedor, justo en un marco en el que la influencia y desarrollo de los medios de comunicación modernos fueron tan importantes que la noticia se hizo eco enseguida en ellos.

Por supuesto, este acto de guerra no tiene que ver con las futuras políticas de exterminio nazis, como parece que ha querido emparentar el lehendakari con su visita a Auschwitz, tras plantar una semilla del árbol, sino con la singularidad autodestructiva del ser humano, que ha ido en aumento exponencialmente hasta la era nuclear. Gernika, se utilice o no de forma intencionada su imagen, representa como nadie el horror de la violencia contra la población y la inauguración de un siglo en el que el número de víctimas civiles fue mucho mayor que el de las militares, subrayando así su carácter abrasivo. La historia la contaremos una y mil veces más, Gernika será analizada de nuevo, se encontrarán, tal vez, nuevos documentos y se ofrecerán nuevas lecturas que nos ayudarán a comprender mejor aquel inefable siglo y hecho. Y, por supuesto, debemos cuidarnos de caer en falsos y retóricos maniqueísmos. El problema de las guerras del siglo XX ha sido y será siempre su naturaleza infame, da igual quién las provoque porque su propia finalidad derivó en romper con cualquier clase de humanidad, con tal de ganarlas.

Europa había vivido enfrentamientos anteriores, pero nunca tan desgarradores, las ideologías totalitarias y el nacionalismo chovinista provocaron esta terrible deshumanización en estos descarnados enfrentamientos ya fuera entre europeos o entre los ciudadanos de un solo país. Porque no solo España vivió una brutal manifestación de violencia interna también sucedería en otros países ocupados por los nazis y luego liberados. Es lo que Mark Mazower denominó con tanto acierto la Europa negra. El problema de Gernika no es que sea un símbolo impostado, ya que otras localidades fueron bombardeadas antes, como Durango, la apropiación que quiere hacer el nacionalismo del mismo, presentándolo como una agresión de los españoles a los pacíficos vascos. Pero tampoco es un bombardeo que se pueda minusvalorar al compararlo con sus precedentes u homólogos europeos por su bajo número de muertos (pues tampoco nadie se pone de acuerdo a este respecto, pero es mucho menor que las 25.000 víctimas de Dresde o las más de 100.000 de Hiroshima), sino por la repercusión que tuvo la torpe manipulación que se intentó hacer de la verdad. Si Gernika trascendió no fue solo por la denuncia de Steer en la prensa sino por la negativa del franquismo a asumir nunca su responsabilidad y por echar, al principio, la culpa a dinamiteros vascos, cuando claramente se vio que la villa había ardido desde sus cimientos por un raid aéreo.

El efecto que tuvo la noticia en la opinión pública internacional fue importante, pero como ahora sucede con lo viral en las redes sociales, entonces, la manera con la que respondieron los publicistas del franquismo fue muy torpe. No es que no haya gobiernos democráticos que hayan querido edulcorar la cruda verdad y buscar el modo de que la opinión pública no se vuelva en su contra, pero lo que intentó el franquismo fue tremendo porque establecía un peligroso precedente. En vez de admitir los hechos, se empeñó en mentir. Cierto es que en Euskadi se ha dado mucha más relevancia a Gernika que a otro símbolo por el hecho de que fuese una ciudad tan emblemática al contar con la Casa de Juntas y el árbol donde se juraban los fueros, pero no se trata de eso, fue pura coincidencia, puesto que Gernika representa, eso sí, como pocos el perverso proceder de aquellas ideologías, regímenes o instituciones que pretenden emborronar la cristalina verdad.

El franquismo entendió que su imagen en el exterior se vería gravemente dañada y la guerra se estaba lidiando en otros frentes que podían tener influencia destacada en su resolución (a la hora del reconocimiento internacional del régimen, por ejemplo). La ayuda alemana e italiana era bien recibida, pero no habría sido lo mismo que Francia o Gran Bretaña se hubiesen acabado por involucrar para ayudar a la denostada República. Gernika y la Guerra Civil fueron una buena muestra de las nuevas guerras que se avecinaban y de las cuales todavía no nos hemos librado, en donde la influencia de los medios fue y es tan importante. Pensemos en el engaño de la guerra de Irak o la situación en Siria. Gernika sigue siendo en esto una pieza importante de nuestro pasado, como otras, por eso debemos utilizar bien su valor, significado y memoria de cara a ese futuro compartido como Humanidad.

Corea del Norte y la amenaza nuclear

La situación en Extremo Oriente es muy preocupante. Según, el presidente Trump, la tensión es tal que podría estallar en cualquier momento una guerra termonuclear. Pero si es así, sería difícil de entender por qué no se pone un remedio inmediato ante las consecuencias catastróficos que esto supondría para el planeta. En el marco de lo que algunos especialistas denominan Guerra Fría menor, hay dos contendientes: Corea del Norte y EEUU. En este caso, aunque Corea del Norte se presenta como un país dentro del eje del mal, con una dictadura hereditaria comunista, cerrada y cruel, y EEUU como el paladín de las libertades, también hay por medio unas idiosincrasias que ocultan otra verdad más profunda: la geoestrategia de seguridad norteamericana. Recordemos lo sucedido en ese silencioso enfrentamiento entre EEUU y la URSS. Ninguna de las dos potencias quiso un enfrentamiento nuclear, pero ambas temían que el otro contendiente la iniciara y, por eso, se estuvo a punto de precipitar dicha locura. Pero lo que, hoy, sí sabemos es que quien tuvo más intenciones de emprender una guerra preventiva no fue la denostada URSS sino EEUU en los años 50, ante la previsión de que los soviéticos pudieran equiparse con armas de destrucción masiva (como así sucedería).

Ahora bien, este contexto, aunque diferente, por la naturaleza de los enemigos, es semejante. EEUU ha reaccionado de una manera desmesurada y desplegado una poderosa flota en la región como reacción ante los reiterados alardes militaristas de Corea del Norte. El régimen de Pyongyang está liderado por un chaval de 27 años, King Jong-un, quien no presenta los rasgos afilados del típico sádico dictador de turno. Y, sin embargo, por eso mismo, se le percibe como más peligroso, pues su actitud amenazante es más inconsciente y, por lo tanto, grave. Nada que ver con los dirigentes comunistas que sabían lo que implicaba un sangrante conflicto por haberlo vivido durante la SGM. Aunque la capacidad militar de Corea del Norte solo afectaría, por el momento, a su vecina Corea del Sur o a Japón, la hecatombe que podría originar sería terrible. El coste humano y económico alcanzaría tales cifras que se verían afectados todos.

La globalización ha hecho, en suma, que los mercados sean muy frágiles y que se puedan ver muy influidos por esta suerte de tristes acontecimientos. Pero pensar, como hace Trump tan frívolamente, sobre la posibilidad de que se inicie una guerra termonuclear resulta pasmoso. ¿Sabe acaso lo que supondría? Estamos hablando de la destrucción de ciudades enteras. La causa, entre otras, de esta nueva dialéctica homicida, es que EEUU se halla empeñada en que Corea del Norte no desarrolle un misil balístico intercontinental. Este hecho, frente a su belicista actitud, lo convierte en una amenaza contra la paz y seguridad, no del mundo, sino, principalmente, de EEUU. Si un misil con una carga atónica puede alcanzar Washington, por ejemplo, es visto con verdadero horror. Se temería el chantaje norcoreano. Claro que es justo decir que, si para prevenir algo que no ha sucedido, la consecuencia es la muerte anticipada de millones de seres humanos inocentes, entonces, hablamos de absurdo y locura.

No es, por mi parte, la intención de defender a Corea del Norte. La situación no lo permite, es un régimen despótico y cruel, cuyo lavado de cerebro a sus ciudadanos es tan notable que sabemos que a miles de ellos no les importaría sacrificarse por su líder. Su ceguera ante la falta de libertades es tal que no podemos más que sorprendernos en su vana creencia de que todo lo que está fuera de su territorio es un paraje lleno de enemigos… los pocos represaliados que logran huir nos ofrecen un testimonio escalofriante de sus experiencias bajo el régimen comunista. Pero no debemos olvidar que sus anhelos son vivir, no tanto ser como nosotros sino ser fieles a su país, y la propaganda del régimen les ha convencido de que EEUU pretende destruirles. Es tal su convencimiento que no dudarán en actuar y comprometerse y defender hasta el final, aunque eso les suponga la destrucción total, a su líder. Por eso, frente a esta forma tan irracional y dirigida de pensar, a Occidente solo le queda ser más hábil. Si EEUU plantea un órdago sobre la mesa al régimen coreano, no solo este actuará por instinto de supervivencia, sino que en su paroxismo es posible que sucumba a la locura de emprender un conflicto bélico, al creer que está jugándose su futuro.

Pero, de momento, nadie ha dado un mal paso. Y esta posibilidad oscurantista, por cercana o lejana que esté, nos obliga a atenuar este clima y apelar a la diplomacia por encima de todo. Aunque, insisto, la actitud amenazante de Corea del Norte es un peligro latente, también lo es la presión de EEUU. Y, ahí, en esta frágil línea divisoria es donde un posible error de diagnóstico de los estrategas del Pentágono, de apreciación de un presidente, tan dado a la exageración y a la mentira, o un mero incidente entre fuerzas contrarias, puede desencadenar el tan temido holocausto nuclear. Porque, en esta ocasión, no está en juego el discurso manido de la defensa del mundo libre, como antaño, contra la opresión, sino el evitar víctimas inocentes, como ha sido siempre. Ahora mismo, en este complejo tablero de ajedrez, las fuerzas armadas de varios países están en alerta roja. Todos creen que es el otro el que va a provocar e iniciar este loco enfrentamiento. Pero, si es así, eso significa que Corea del Norte no pretende emprender una guerra sino defenderse por miedo a EEUU.

El miedo es un arma de doble filo. El miedo crea fantasmas donde no los hay, provoca reacciones y respuestas equívocas, que nos pueden llevar a actuar de un modo irresponsable y, sobre todo, despiadado. De ahí que toda alternativa a la guerra siempre es deseable. Concebirla, calcular el número de bajas, como si fuese un juego de mesa, es, por el contrario, insensato. Así que Washington está obligado a dar un paso atrás en sus amenazas.

Los refugiados y la vergüenza

El reputado politólogo Sami Naïr declaraba en una reciente entrevista que “la actitud de Europa ante los refugiados es una vergüenza que no tiene nombre” … y no le falta razón. La UE acordó con Turquía una ayuda económica considerable si impedía a los refugiados saltar al continente y, junto a otras medidas, se ha logrado detener este flujo. Sin embargo, mientras Europa se ha puesto a resguardo, políticamente, o eso creía, esta cuestión ha desvelado una serie de efectos secundarios tan dañinos como si se les hubiese acogido, al verse como una amenaza a nuestra seguridad, cultura y formas de vida, con la emergencia de partidos retrógrados, islamófobos y euroescépticos. Pero, lo más triste de todo, es que se ha tratado a los refugiados no como personas sino como amenazas latentes que han acrecentado el rechazo al inmigrante. Se interpreta que si hay delincuencia, marginalidad o, bien, falta de integración y terrorismo no es porque el mundo en el que vivimos vaya mal y sea injusto, sino porque los inmigrantes se han convertido en una quinta columna que pretende subvertir nuestros estados.

Los refugiados han sido el detonante de una situación en la que los europeos, en mayor o menor medida, hemos mostrado nuestro irresponsable y genuino egoísmo. Como si las vivencias de la SGM no nos hubiesen servido de contraejemplo. Claro que, a pesar de este rechazo, el flujo de refugiados no se ha detenido, ya que la guerra civil Siria todavía está activa, por ello muchos se encaminan hacia Líbano y a otros países del Magreb con el fin de dar el salto a Grecia o Italia, lo cual ha generado que su situación se haya vuelto mucho más penosa, con más de un millón de personas vagando sin rumbo buscando un pasaje para alcanzar las costas salvadoras. Las mujeres, en el mejor de los casos, de hecho, han de ofrecer sus cuerpos para sobrevivir.

La falta de medios de la ONU, desbordada, y una ausencia de compromiso solidario por parte de los países ricos, han impedido crear campos de refugiados suficientes dando pie a la estabilización de tales poblaciones desplazadas. Esto habría evitado que acaben cayendo en manos de las mafias. Pero para Naïr, todas estas medidas adoptadas son meros parches, porque mientras no se solvente el problema de raíz, la guerra en Siria, no hay solución. En su parecer, solo enviando tropas a la zona para destruir al EI se podría detener esta marea. Pero ningún país quiere enviar a sus soldados a morir a una tierra inhóspita y extraña. A pesar de todo, la verdad es que Europa ha hecho bastante poco por los refugiados.

La inicial generosa actitud de Alemania fue rápidamente puesta en tela de juicio por sus socios, y tampoco la canciller alemana actuó de forma hábil, permitiendo la libre entrada de refugiados y, luego, activando un cierre de fronteras cuando vio que se debilitaba su posición política. El proceso de absorción de los refugiados superó a las previsiones de la canciller y las autoridades alemanas se vieron desbordadas. No obstante, eso no significa que Europa no pudiera acogerles. De hecho, no hay sociedad más desarrollada que pueda permitirse el acomodar dentro de sus envejecidas fronteras a una población que necesita de forma tan desesperada nuestra ayuda. Pero pocos gobiernos han querido enfrentarse a la compleja misión de asumir dicha responsabilidad por el peaje electoral que esto podría costarles. Los atentados de París, Marsella, Bruselas y Berlín tampoco hay ayudado a estimar que los refugiados sean dignos beneficiarios de la paz de los europeos. Sin embargo, han venido con lo puesto, y si han llegado hasta aquí es por desesperación. Naïr aportaba una medida que podría reconducir esta cruda realidad, como crear un pasaporte de tránsito, una especie de visado humanitario, que les permitiera viajar libremente, para que su situación sea de menor indefensión. Pero, como concluye, lo que posiblemente suceda es que los inmigrantes se estabilicen en esos campos de refugiados, como los palestinos en 1948.

Difiero en su diagnóstico, porque Siria necesitará mano de obra cuando llegue la reconstrucción, pero su pesimismo es bastante lógico. Por el momento no hay acuerdos que conduzcan a la esperanza. En Ginebra, las negociaciones entre Gobierno y oposición se han empantanado. Mientras El Asad cuente con aliados como Rusia, China o Irán, no necesitará renunciar a sus pretensiones. El presidente sirio no saldrá de Damasco. Y mientras no haya presión por parte de estos estados, este dispone de todos los triunfos militares en la mano, aunque eso haya significado la destrucción total del país. Además, el Estado Islámico, a pesar de todos los golpes que ha recibido, resiste todavía. Se alimenta de sus redes ilegales de financiación, ayudas de terceros países y la enconada ferocidad de sus aguerridas y fanáticas milicias. Aún, de hecho, no se ha conseguido conquistar Mosul. La toma de su capital, en Irak, ha provocado ya muchas bajas civiles y los progresos son lentos por ese motivo.
Bagdad y Washington piensan en el futuro y el EI solo alimenta la llama de su odio y rencor. Así que cuando se levante el velo informativo, nos encontraremos con un erial de muertos y de destrucción inimaginables. Ahora bien, aunque la guerra de Siria no tiene visos de una pronta resolución, tampoco eso excusa la actitud de los europeos. Las muestras de solidaridad han sido tan efusivas como desabridas las de la insolidaridad y el crecimiento exponencial de los partidos xenófobos, de los que durante años hemos pensado que eran reliquias del pasado, se han convertido en una amenaza a la integridad de la misma UE.

En cuanto Europa se ha visto amenazada por la llegada masiva de miles de personas de países musulmanes ha reaccionado reacia y egoísta… y, los gobiernos, que han jurado defender la dignidad, las libertades y los derechos humanos, han dado la espalda a quienes tanto lo necesitaban. Ha sido vergonzoso, sin duda, y nos aguarda un futuro incierto.

Publicado en “La Opinión de Zamora”, 18 de mayo de 2017.

Israel y el Holocausto

El 24 de abril, durante dos minutos, Israel se paralizó. Sonaron las sirenas de alarma de las ciudades. Los ciudadanos se detuvieron allí donde se encontraban. Quietos, mudos y silenciosos, asumiendo un instante funesto de la memoria, imborrable para las siguientes generaciones… se trataba de conmemorar la Shoah, el perverso intento del nazismo por borrar a los judíos de Europa, pues millones de ellos acabaron sufriendo un aciago destino en los campos de la muerte de Polonia. Hoy, además, sabemos que no fue solo una cuestión alemana. Muchas otras nacionalidades apoyaron, secundaron y colaboraron activamente en este proceso exterminador. Europa jamás podrá pasar página a un oprobio semejante.

Durante los primeros años de la existencia del Estado de Israel, los sionistas sintieron vergüenza porque los judíos europeos no plantaron cara al nazismo, porque se dejaron llevar como ovejas al matadero. Y esa estampa amarga y terrible no casaba bien con la lucha que estaban sosteniendo en su nuevo país, cincelado a golpe de bayoneta, peleando por conservar cada trozo de territorio, ante la amenaza de los pueblos árabes. Y, sin embargo, a partir de los años 60, la situación cambió. El juicio a Eichmann en Jerusalén volvió a reabrir viejas heridas. El Holocausto no solo se convirtió en un elemento crucial para explicar la historia del pueblo de Israel sino para garantizar un escudo moral protector infranqueable. Pero nadie pensó, tampoco se piensa ahora, que, aunque propugnamos por que tal horror no se vuelva a repetir contra el pueblo judío, eso no significa que no se pueda llevar a cabo contra otras comunidades humanas…

Israel ha crecido y prosperado. Se ha ido convirtiendo en una sociedad moderna. Ha consolidado su posición en Oriente Medio, ya no hay una amenaza directa de ningún país árabe. Y, sin embargo, en toda esta ecuación hay algo que falla de forma estrepitosa: el desprecio y la xenofobia contra los palestinos. Las políticas israelíes han sido, y siguen siendo, despóticas y crueles. Se autodenominan como la única democracia en la región, pero bien sabemos que no es cierto, ya que nos encontramos ante un Estado judío, esto es, que minusvalora a la población autóctona palestina que habita dentro de sus fronteras y la orilla y discrimina. Tel Aviv se cree dueña de la tierra de Palestina e ignora que allí habita una población cuyos derechos son menoscabados o despreciados frente a los nuevos inmigrantes judíos procedentes de otros países. Es, por lo demás, el único país racial del mundo, por lo que los palestinos israelíes que habitan dentro de sus fronteras son ciudadanos de segunda clase, no pueden aspirar a lo mismo que los israelíes judíos corrientes. Han de celebrar fiestas que les son ajenas, no se les permite integrarse ni respetar su cultura ni religiosa ni histórica, e incluso se les excluye, en la manera que se puede, de la realidad del país. Han vivido, además, décadas de limpieza étnica, siendo expulsados de sus localidades de origen y viendo como sus aldeas eran destruidas por los buldóceres para levantar bloques de casas hebreas. Y no digamos ya la labor que se ha hecho contra los palestinos de los territorios de Gaza y Cisjordania, cuyas aspiraciones no son solo políticas sino humanas dañadas por la actitud impositiva de los israelíes. Cuando se levantaron altos muros de hormigón de Cisjordania nadie se preocupó de recordar lo sucedido en el gueto de Varsovia, donde los judíos polacos fueron discriminados y, más tarde, asesinados cuando plantearon una fuerte resistencia a los nazis.

¿De qué nos sirve Auschwitz si no somos capaces de mirar el presente? A Israel le ha servido la coartada moral del exterminio judío para que la comunidad internacional, a pesar de las denuncias, hiciera oídos sordos al maltrato sistemático de la población palestina. No son hechos semejantes, desde luego, pero sí tiene un elemento común: su fría inhumanidad. Tendemos a defender la importancia de la memoria, de recordar, e incluso, en ocasiones, se defiende la necesidad de tener que olvidar para, de este modo, sobrellevar mejor el pasado. Pero no se trata de olvidar, ya que es consustancial al ser humano, sino de activar una buena memoria, recordar bien. Una memoria que, tal vez, no nos haga saber de todos los graves acontecimientos que han afectado a la Humanidad sino de comprender su base, de saber distinguir entre la hipocresía y la razón, entre lo justo y lo injusto. Que Israel sea consciente de los horrores que vivieron sus antepasados es necesario (pero incluso sus supervivientes malviven en la miseria). Es un acto de pura conciencia. Y eso les debe hacer pensar si sus actos son los adecuados.

El fanatismo no tiene un color de piel determinado ni una religión concreta está en todas partes. Nos ciega, nos anula el sentido del juicio, nos niega la capacidad de discriminar entre lo que es actuar con decencia y coherencia y desterrar los odios. Porque se trata de eso, de que la memoria nos invita a ser mejores personas, no solo a arrastrar con nosotros antiguas vendettas o falsas exoneraciones. ¿De qué nos sirve la historia si no somos capaces de escucharla? La Shoah no se reduce a una conmemoración ni tampoco a un gesto de solidaridad y simpatía, sino a un compromiso que implica respetar a otros seres humanos. La actitud de desprecio y de fría discriminación contra los palestinos contradice todo lo que debería ser la verdadera enseñanza del exterminio, ninguna verdad, por sagrada que sea, puede ignorar el sufrimiento ajeno. Si lo hace, entonces, se pierde el sentido de la realidad y nos convertimos en meros verdugos. Los israelíes no se dan cuenta de eso. La memoria sirve para que pensemos moralmente en los actos del pasado y para que seamos conscientes de los actos que cometemos en el presente, para no volver a equivocarnos y errar de nuevo y hacer sufrir a otros cuando podemos evitarlo, compartir y convivir en un mismo espacio común.