La vuelta al cole

La semana pasada iniciaron las clases los grupos de Primaria y este lunes, 17 de septiembre, lo harán los de Secundaria y Bachillerato. Arranca el prometedor curso y todavía la cuestión educativa en España es una patata caliente. No importa que llevemos ya un par de siglos en los que el Estado se ha encargado de impulsar este pilar fundamental de la sociedad liberal y democrática, porque todavía hay muchas, tal vez, demasiadas deficiencias que subsanar y los retos a los que se enfrenta siempre son grandes, no acaban. Pero, no todo es debido a la falta de presupuesto debido a los recortes (Castilla y León, con una inversión un poco mayor a la media nacional, obtuvo muy buenas calificaciones en PISA, triunfo de la buena gestión), aunque influye. España se encuentra tan solo por delante de países como Rumania, Bulgaria, Irlanda e Italia, en los que menos invirtieron en el marco europeo. Si no fuera así, pensemos cuánto se lograría. Los recortes impulsados por el PP, en 2013, fueron un golpe tremendo para un sistema educativo que tuvo que ver como se perdía parte de su material humano más precioso. Pensemos en que se paralizó la restitución de profesorado que se jubilaba y se suspendieron las oposiciones, lo que derivó en que miles de futuros maestros y profesores vieran sus expectativas frustradas, los centros debían utilizar como buenamente podían sus menguados recursos y Educación solo permitía cubrir las bajas si estas eran superiores a los 10 días, independientemente de la labor que desarrollara el docente. Las tasas de interinidad alcanzaron la escalofriante cifra del 30% (en 2016).

La Ley Wert de calidad de la enseñanza fue, además, el epicentro de una polémica que no dejó contento a nadie, volviendo a mostrarnos la incapacidad de integrar visiones ideológicas contrarias cuando se trata de algo tan fundamental. No solo eso, subió la carga lectiva de los docentes, a 25 hora en Primaria y 20 en Secundaria, y se elevó un 20% el número de alumnos por clase, aunque ya las comunidades no lo aplican. Pero eso ha supuesto que el profesorado haya tenido que compensar con su esfuerzo y dedicación aquello que el Estado quería ahorrarse. En vez de dar un paso hacia delante, a la hora de dignificar y valorar la profesión, se ha dado un paso hacia atrás, poniendo incluso, a veces, en duda, la profesionalidad de tantos docentes ante sus quejas.

Así que el nuevo Gobierno pretende revertir parte de estas reformas que solo fueron apoyadas por el PP. PSOE y Podemos han encontrado cierto quorum para reimpulsar la enseñanza. Si bien, la ministra de educación, Isabel Celaá, ya ha advertido que la única manera de poder hacerlo y que sus efectos se puedan percibir en el curso que viene ya, es mediante un decreto ley. Sin embargo, algunas comunidades autónomas ya han tomado, por su cuenta, una serie de iniciativas. Navarra ha llevado a cabo una importante inversión para reformar sus centros este verano y multiplicado el gasto por cuatro para cubrir las necesidades de los alumnos más desfavorecidos.

En Valencia, paraíso del derroche sin par del PP en sus años de gestión (con el famoso circuito de Fórmula 1 y otras obras faraónicas que han dejado sus arcas arruinadas), se ha reducido a la mitad a los 8.000 alumnos que estudiaban antes en barracones. Aun así, otros 12.000 lo han empezado con obras en sus centros. Todavía, es verdad, el PIB que se dedica a Educación es menor que otros años, alcanzando tan solo el 3,8, aunque el Gobierno ha tomado la iniciativa de emplear parte de sus fondos para cubrir las becas. Pero los sindicatos se quejan de que la enseñanza concertada cuenta con una serie de ventajas, como unas tasas de matriculación de inmigrantes mucho más bajas que los públicos. La ministra ya ha expresado su intención de distribuirlos mejor. Pero esto es otra cuestión compleja, porque tales centros aportan su granito de arena y no se trata de enfrentarlos a los públicos. Ambos pugnan por lo mismo, en su vocación de lograr que una nueva generación de españoles se convierta en ciudadanos maduros, responsables y preparados para enfrentarse a sus respectivos futuros.

El Gobierno pretende que desaparezcan los itinerarios formativos que debían elegirse ya a los 13 años (según la ley Wert) y, de nuevo, sacar de las materias computables la Religión y añadir una asignatura de educación en valores, lo que todo apunta que hará que el PP se ponga a la defensiva. Recordemos lo que sucedió con la materia de Ciudadanía, se la reprobó porque se afirmaba, sin razón, que ideologizaba a los niños… ¿y la materia religiosa no?… Es hora de que la Religión salga de los centros públicos y que, si se quiere, sea una opción en los religiosos, es hora de que en España se disponga de una educación laica de verdad, que atienda a la pluralidad moral del país, y que el cristianismo se integre en el marco del estudio de la cultura europea, nada más, junto a otras religiones que están cobrando llamativa importancia como es la musulmana.

El balance final de cómo se encuentra el sistema educativo, sin embargo, seguro que es peor si vamos cuantificando los problemas, deficiencias y necesidades que se van dando en los miles de centros existentes. Aunque no todos son datos negativos, hay que pensar que muchos de nuestros jóvenes acaban trabajando fuera de España, eso implica que se siguen formando buenos futuros profesionales, aunque parte de esa riqueza intelectual acabe en otros territorios por falta de becas y proyectos de investigación autóctonos (o lo que es lo mismo, inversiones públicas para retener el talento). El bilingüismo y el trilingüismo avanzan poco a poco, al igual que la introducción de nuevas metodologías educativas, y para bien o para mal, nuestros chicos y chicas no dejan de ser una nueva generación tecnológicamente hábil y competente, y seguro que van a saber bandearse y adaptarse a los nuevos tiempos que les van a tocar vivir, como ya hicieron sus padres, sus abuelos y sus ascendientes… En suma, luchar y garantizar por una moderna y progresista educación en España es aún una tarea pendiente.

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El desastre sirio

Hace tiempo que el futuro de Siria se juega en los campos de batalla y no en la diplomacia internacional, donde se confiaba, sin mucho acierto, en poner fin a la guerra. Desde que estallara en aquella lejana primavera árabe de 2011, hasta la derrota del Estado Islámico (ISIS), ya han transcurrido cerca de siete años y todavía no se ha fraguado el fin de la tormenta. No solo, gracias a Rusia e Irán se ha apuntalado al régimen de El Asad, sino que cerca o pronto está su victoria. Claro que el término victoria ya sabemos que es un tanto ilusorio, más de medio millón de muertos, miles de desaparecidos y millones de refugiados, ante sí, se contemplan las ruinas de miles de edificios, de urbes arrasadas, como Alepo, de la pérdida de un patrimonio humano y económico irrecuperable e incalculable. La máxima preocupación del régimen es ahora despejar Palmira para el turismo y acabar con los últimos focos de resistencia rebeldes. El último acto será una gran celebración por haber logrado acabar con toda resistencia, pero aún quedan lugares en manos rebeldes.

Hace unos días, el presidente Trump, como ya es su costumbre, advertía en un tuit del “grave error humanitario” en el que podría convertirse el avance del ejército sirio sobre la provincia de Idlib, uno de los últimos bastiones en manos de las fuerzas insurgentes. Se estima que podría provocar el desplazamiento, nada menos, de 800.000 civiles hacia Turquía. En suma, una nueva avalancha de refugiados que generará una crisis de enormes proporciones. Sin embargo, nada parece que vaya a poder disuadir a Damasco de sus intenciones, restaurar su autoridad mediante la fuerza bruta en todas aquellas partes del país donde se ha producido y triunfado la rebelión. Las conversaciones de Ginebra no han sido sino una auténtica mascarada mientras se preparaba el ejército para la recuperación del territorio perdido.

Desde el punto de vista de El Asad, es una guerra contra el terror, en la paradoja de utilizar el contra-terror para ello, por lo que no ha reconocido ni aceptado a la oposición, ni tan siquiera a la más moderada y laicista, metiendo a yihadistas, salafistas y a los del Estado Islámico en el mismo saco. La ONG Observatorio Sirio para los derechos humanos ha advertido que se han retomado los bombardeos en la provincia y que se han concentrado fuerzas para proceder a un avance en varias fases. Como en Alepo, en que la superioridad material del ejército de El Asad es manifiesta, y eso le permite rodear e ir machacando cada núcleo urbano de forma sistemática, ahorrando vidas propias, pero sin importarle las civiles que quedan atrapadas en el fuego cruzado (y no todos ellos son rebeldes ni terroristas). La táctica se ha convertido en una estrategia global que le ha permitido liberar casi toda Siria, quedándose solo zonas marginales en manos del ISIS o ya el territorio kurdo, con el que se encarará más tarde.

En Idlib se concentra una población de tres millones de seres humanos, la mitad desplazados de otros lugares afectados por la guerra y empujados por el miedo a las represalias del régimen. Se estima en unos 30.000 los milicianos que configuran el núcleo central de resistencia, sin cohesión y unidad, ya que un tercio son yihadistas vinculados a Al-Qaeda, del grupo Hayat Tahrir al Islam, y otro grupo es del Frente de Liberación Nacional, de carácter democrático, apoyados por Turquía. El general Joseph Dunford, jefe del Estado Mayor conjunto de EEUU, ha señalado que una ofensiva general podría ser nefasta contra la población, por lo que ha recomendado que las tropas sirias y rusas desarrollen acciones puntuales antiterroristas. Pero dudo que esto se tome en consideración. Aunque lo que sí ha dejado muy claro la Casa Blanca es que no se va a permitir el uso de armas químicas. Sin embargo, la alternativa a una salida diplomática, aunque escasa, intenta ser reactivada por Staffan de Mistura, el mediador de la ONU en la zona, para evitar males mayores. En el mejor de los casos, se considera posible un acuerdo entre Ankara y Damasco respecto a las milicias no yihadistas, que podrían deponer las armas, lo que podría provocar el derrumbe de la provincia rebelde. Todo con tal de evitar una reedición de lo ocurrido en la mencionada Alepo, Homs o Guta oriental.

No obstante, el problema que se plantea a la larga reside en cuáles serán las consecuencias futuras de lo ocurrido en Siria. No solo se ha abierto una caja de los truenos, sino que se ha mostrado, una vez más, que los intereses geoestratégicos priman sobre los humanitarios. La defensa y garantía de la dignidad se ha mostrado tremendamente endeble, a tenor de que las ideologías, las simpatías regionales y, sobre todo, los intereses particulares han primado sobre cualquier intento noble de poner freno a la hecatombe belicista. Cualquier alternativa era mejor que la primacía de la guerra. No obstante, la única presión que podría haberse dado en este contexto habría sido que Rusia e Irán no hubiesen apoyado a El Asad, para lograr que su régimen se aviniera a negociar un acuerdo. Pero el miedo a la expansión del Estado Islámico, los kurdos o el yihadismo, en general, han sido más fuertes que la racional lógica que podría haber dado pie a buscar una alternativa menos abrasiva.

La cuestión del yihadismo sigue, además, ahí sin resolverse, como una quinta columna que no sabemos cuándo, de nuevo, volverá a convertirse en una seria amenaza, alimentada por la miseria, el resentimiento e ideologías subvencionadas por los países musulmanes, en su enfrentamiento religioso, suníes contra chiíes, o políticos, vinculados a ese aspecto, como es la búsqueda de la hegemonía en la región (tensión entre Arabia Saudí e Irán). La paz en este contexto de Próximo Oriente, si llega a lograrse, solo será un espejismo que será devorado por la próxima revolución, no sabemos si en Egipto, Jordania o de nuevo en Siria, en países cuya cohesión social es tan frágil. Pero lo que tenemos claro es que los conflictos no se alimentan solos y ahí es donde el papel de EEUU o Rusia es tan determinante en su fomento o extinción.

Símbolos de la resistencia palestina

Tras las humillaciones, vejaciones, ignominias y persecución, los palestinos se aferran como pueden a la esperanza de ver su tierra liberada… es difícil saber qué significa eso, aunque los israelíes lo tienen claro. No hay más Palestina que Israel. Y quien no es judío no es israelí, y quien no es israelí es un ciudadano de segunda, sin los mismos derechos que el conjunto de la sociedad. Los árabes y los cristianos son tratados como ciudadanos de segunda, en otras palabras, son discriminados. Pero desde la figura emblemática de Arafat en la ONU llevando su rama de olivo y su pistola han pasado demasiadas décadas sin que los palestinos no parecieran ser una caterva de organizaciones corruptas (Al Fatah) o terroristas (Hamás y la Yihad islámica), sin nadie que les devuelva una pizca de ilusión, salvo ciertas equívocas Intifadas (como la de los cuchillos) que lejos de haber impulsado el diálogo han permitido que el Israel más ultraconservador marque las directrices del Israel plural, imponiendo su fiereza y obligando a los palestinos, una vez más, a pelear con uñas y dientes por la dignidad arrebatada. Y entre las brumas de la intolerancia, la violencia y el radicalismo musulmán ha surgido un nuevo referente.

A finales del año pasado, una adolescente plantó cara a un soldado israelí al que abofeteó crudamente. Fue un 15 de diciembre. La escena fue grabada por su madre y subida a Internet, por lo que pronto se hizo viral, pero también fue una humillación para Israel que, rápidamente, sometió a un juicio militar a la joven y a su madre, y fueron condenadas a ocho meses de prisión. Este verano, en agosto, expiró su reclusión. Así, recién cumplidos los 17 años, Ahed Tamini se ha convertido en un símbolo cívico de la resistencia contra Israel. Para el Tel Aviv de Netanyahu no deja de ser una agitadora, sin darse cuenta de que la democracia israelí se ha pervertido, rechazando o negando la igualdad de los que viven bajo su manto y mostrando una total insensibilidad para quienes reivindican al pueblo palestino. El hecho de que la Justicia se haya militarizado y que una bofetada sea considerada como un delito tan grave, nos muestra el nivel de fascistización al que se ha llegado. De hecho, Ahed fue acusada de 12 delitos y solo gracias a un acuerdo con la fiscalía y la presión internacional, la condena resultó más leve… a pesar de todo, fue condenada por asalto y por incitación a la violencia.

Las circunstancias que rodearon su acto, acababan de ver como su primo Mohamed, de 15 años, recibía un impacto de una bala de caucho que le desfiguró la cara, o que tuviera tan solo 16 años, no importaron. Israel se muestra implacable, como si todo palestino, independientemente de la edad, fuera una amenaza a su seguridad. No se dan cuenta las autoridades de que respondiendo y actuando de esta forma indiscriminada, no solo se logra la animadversión de la población palestina, sino que más jóvenes se sumen a la rebelión y son fácilmente captados por grupos radicales, alimentando más esta sed de venganzas. Tales jóvenes ven como sus familias son maltratadas y en su ceguera juvenil se embarcan en esta batalla contra los israelíes, sufriendo las consecuencias y dando pie a que Israel actúe de forma más dura si cabe, como si fuese una guerra. Así que al verse amenazados por unos niños no dudan, incluso, en disparar con fuego real, generando, precisamente, una espiral de violencia y rencores que solo acabará con la destrucción del pueblo palestino, con el dolor y sufrimiento de miles de personas por parte de ambos bandos.

En unas declaraciones tras salir de la prisión, Ahed dejaba muy claro su punto de vista, ella no era una “agitadora profesional”, sino que sus actos y reacciones han venido motivados estrechamente por el contexto tan opresivo y oprobioso con el que vive cada día. Porque como ella señalaba, “a nadie le gusta ir a la cárcel”, pero si “hay un soldado dentro de mi casa, o me detienen en un control a cada paso que doy”, no podría quedarse quieta ni en silencio. “¿Quién puede vivir así?”, a lo que concluía reflexivamente: “No me dejaban vivir una vida normal. Por eso elegí la resistencia a la ocupación”. La joven ya había protagonizado otros actos semejantes, con 12 años, cuando intentó que su hermano no fuera detenido por las tropas israelíes. Su propia familia ha estado siempre muy implicada en la lucha palestina y varios han muerto en enfrentamientos con Israel. Su propio padre, Bassem, ha sido encarcelado varias veces. Cabría pensar si Ahed no refleja muy bien la realidad que viven tantos miles de jóvenes palestinos que envueltos por este clima de violencia, humillación y enfrentamientos acaban siendo contagiados por este espíritu de rebeldía. Una rebeldía, en todo caso, que no van más allá de una violencia coloquial, no terrorista, pero que Israel la asume de una manera exagerada. Control, sometimiento y una conciencia llena de prejuicios que asfixia de tal manera la vida de los palestinos que les convierte en enemigos irreconciliables, sin tender puentes entre ellos, refugiándose en un miedo que va más allá de los actos y la amenaza real terrorista de los últimos años.

Ahed se ha convertido en un icono porque desvela la indefensión palestina en todos los sentidos, el modo en el que Israel tampoco es capaz de atenuar o de apaciguar la tensión utilizando para ello toda la fuerza coercitiva a su alcance. La pugna de los palestinos por su dignidad se enfrenta a los temores de unos israelíes que eran, precisamente, cualquier intento de acercamiento y de diálogo entre las dos partes, viviendo en un perpetuo paroxismo. La paz y la convivencia deberían, sin duda, ser las claves prioritarias de todo gobierno ante esta realidad. Y, sin embargo, no solo no se dan, sino que se niega que sea posible. Hoy Israel es responsable de vejar a todo un pueblo, ya no es un pueblo víctima de la Historia, sino que se ha convertido en verdugo. Algún día los israelíes deberán enfrentarse a sus propios demonios, a la indicativa verdad de su incapacidad por haber reconocido a los palestinos como iguales y buscar una manera de poner remedio a tanto sufrimiento. Mientras tanto, toca enfrentarnos al problema y exigir a la ONU que cumpla su cometido en la diplomacia internacional.

El pasado de Alemania

Los alemanes son muy conscientes de que el nazismo no puede repetirse jamás. Es considerada, con razón, la época más oscura e irracional de su historia nacional y, por supuesto, se cuidan mucho de honrar la memoria de las víctimas y de evitar que pueda darse cualquier apología activa o pasiva del nazismo. Así, los símbolos nazis están completamente prohibidos a nivel público (salvo en los museos, se entiende), y puede ser sancionado con penas de cárcel, tres años, quien difunda material de propaganda nacionalsocialista. Pero esta norma alcanza a otros rincones de la cultura, en especial, a la industria del videojuego que hasta la fecha se ha cuidado y mucho de colocar elementos nazis. Por eso, la puesta a la venta del juego Through the Darkest of Times ha causado bastante revuelo porque, por primera vez, se pueden ver esvásticas y saludos fascistas.

Así, nada más presentarse en sociedad, tanto la clase política germana como Israel ha protestado airadamente por permitirse precisamente esto. Claro que hay que ver no solo el marco donde se desarrolla el juego, sino su enfoque, y este no es otro que el jugador forma parte de la resistencia (según un rol) con el fin de luchar, precisamente, contra el régimen de Hitler. El juego, por lo tanto, pretende ser un homenaje a todos aquellos que se resistieron a la odiosa dictadura. Sus creadores, Jórg Friedrich y Sebastian Schulz, expresaron su satisfacción por ver como la Autoridad Regladora del Software de Ocio aceptaba el juego sin censuras (aunque se había versionado el juego, uno para Alemania y otro para el mercado internacional), pero no las tenían todas consigo. No hay duda de que nos encontramos siempre en un terreno resbaladizo, pero hay que pensar en las características del juego y la importancia que cobra el conocer la simbología del pasado. Desde luego, las runas de las SS o bien las esvásticas nazis tienen un sentido terrible. Hay quienes todavía las utilizan de forma perversa para reivindicar aquellos años o, incluso, en el peor de los casos, falsificar lo ocurrido, idealizando el nazismo (solo viendo sus aparentes logros) o ya negando lo ocurrido en los campos de la muerte.

Ahora bien, el jugador solo puede elegir a un personaje civil cuyo fin es crear una red de saboteadores de los esfuerzos belicistas nazis… La perspectiva es no solo brillante, sino original. Se trata de un juego antibelicista y antinazi y, por ello, parece lógico que la presencia de esvásticas o de elementos de la simbología nazi sea parte de la fidelidad reconstructiva propia de tales recreaciones. La Historia, nos guste o no, está ahí, y nos toca enfrentarnos con su duro trauma de forma inteligente, como sucede con las comedias que ridiculizan el periodo nazi (como aquella obra maestra titulada El gran dictador). Desgraciadamente, los símbolos tienen su envés, son utilizados de nuevo por aquellos herederos de esas ideologías criminales, incapaces de entender su fría y descarnada brutalidad, o comprender la naturaleza de sus crímenes. Alemania, tristemente, fue el epicentro de aquella barbarie. Los alemanes lo saben y reconocen, y no les queda otro que llevarlo con ellos. Es una pesada carga moral, no pueden descuidarse a la hora de garantizar la dignidad de las víctimas y de conservar una imagen del país que evite pensar en las fantasmagóricas imágenes de lo ocurrido, porque hay grupúsculos que persisten en recuperar el legado nazi. Claro que hay que tener cuidado con llegar demasiado lejos a la hora de querer borrar ese pasado o de invalidar sus significados de tolerancia, convivencia, respeto, humanidad, etc.

El riesgo que se corre a la hora de censurar un elemento necesario para comprender la Historia es la ignorancia. Una cuestión es que la ley penalice la apología del nazismo y otra muy distinta que se censure o se critique una representación de la época únicamente por el uso de su simbología, cuando, en el fondo, el videojuego en cuestión nos coloca justo en el otro lado, en los alemanes anónimos que lucharon contra tan denostado proyecto criminal, y que ayuda a darle mayor veracidad. Las protestas por parte de Israel son excesivas y desmesuradas, y más debería preocuparse de entender mejor lo que supuso el nazismo y sus valores de discriminación y odio racial, respecto a sus políticas que aplica a los palestinos, antes de ser un celoso vigilante de todo lo que considera un oprobio a la memoria de la Shoah. Sin duda, no es comparable lo uno y lo otro, pero su reciente legislación, sin ir más lejos, evoca aquella en la que los judíos eran discriminados en Alemania en los años 30. No podemos encerrar la Historia ni su simbología en una urna de cristal, pensemos en la importancia trasgresora que supuso un filme como La vida es bella (1998), una exitosa comedia humanista frente al horror del Holocausto. El humor bien utilizado es la mejor arma para combatir los totalitarismos del signo que sean, de igual modo, los usos apropiados de los símbolos nazis no deben ser recurridos si su sentido es aleccionarnos.

En este caso, el videojuego es un acierto, se aleja mucho de los productos de carácter militar que se crean y que tan buena aceptación y mercado tienen entre el público sobre la SGM. Y, sin ir más lejos, muchas veces constituyen un halo romántico de lo que fue aquella contienda, donde rara vez se desvela (porque no es su función ni elemento principal), los horrores vividos por la población civil. La elección de los bandos suele ser la lucha de los buenos (los aliados) contra los malos (los nazis) es un esquema muy simplificado de lo que es la deshumanización que, en todo caso, comporta la guerra. Through the Darkest of Times, a mi parecer, es una iniciativa valiente y comprometida, porque son escasos los videojuegos o juegos que contribuyen de forma tan sutil al entendimiento de lo que supuso para tantas personas corrientes exponerse, en esta lucha silenciosa y clandestina, ante la misma incomprensión de amigos y conocidos, al convertirse en traidores contra un Estado que el nazismo pervirtió. Héroes anónimos frente al horror de Hitler y los suyos.

El verano de Franco

No hay duda de que este es y será el verano de Franco o, al menos, hacía mucho tiempo que nadie hablaba tanto y tan alto sobre su figura y restos. La propuesta presentada por el Gobierno de Sánchez de exhumar los restos del dictador se ha convertido no solo en una cuestión de Estado sino histórico-social. ¿Sabemos quién fue y comprendemos bien la naturaleza de su administración? En ocasiones, ciertos elementos ideológicos nos ciegan. Al PP no le importa subrayar la importancia de la nación española frente a los separatistas, pero esa misma identidad no se ha construido por azar, ni mucho menos es un ente abstracto sino una suma de realidades históricas que, para bien y para mal (la mayoría de las veces), nos ha traído hasta aquí. Mostrando, después de todo, ese cariz autodestructivo del ser humano. Comprender no es justificar, revisar el pasado no es inventarlo ni mucho menos falsificarlo, es hacer Historia, y observar con detenimiento ciertas épocas recientes y controvertidas configura la parte más importante de nuestro pensamiento democrático presente. Por mucho que nos cueste digerirlo, España vivió un periodo de tiempo muy distinto al de Europa. Y, sin embargo, Franco no puede disfrazarse, no fue un salvador de la patria, un caudillo victorioso por la gracia de Dios, sino de los hombres, y tuvo sus deslices y confluencias con el fascismo y el autoritarismo.

En suma, Franco tuvo sus habilidades políticas, a pesar de ser un militar colonialista, y su gobierno fue muy longevo. Esa misma longevidad ha llevado a favorecer a quienes son los defensores de su legado, que Franco fue la gran figura del siglo XX. No son capaces de ver que la victoria en la Guerra Civil y sus políticas de la venganza frente al vencido han sido las que tristemente han marcado el devenir de la sociedad española. Ahora bien, España ha podido constituir ya una Historia veraz e historiográficamente solvente, por lo que ha podido desvelar las luces y sombras de ese periodo.

No obstante, no hemos sabido interiorizar una compleja memoria, dividida, de forma muy artificial, entre los vencedores y perdedores de la misma. Esa fractura, todavía, no ha sido del todo bien soldada, aunque también es cierto que la mayoría de la sociedad, los hijos y nietos de los combatientes, no viven obsesionados con ella. Se ha criticado al Gobierno de que hay otras prioridades, como si Sánchez se dedicase, sobre todo, a hablar a todas horas de la inefable contienda. Y no es así. Según le reprochan, fallan las formas, un decreto ley no es la manera de proceder a la retirada de los restos de Franco, sus familiares están muy descontentos, así como la derecha que hace sangre de eso, como si los socialistas fueran los que buscan antiguas y falaces revanchas. Pero la lógica de tener a un dictador en un mausoleo que él mismo mandó erigir, no por la paz ni la reconciliación nacional sino como emblema inmortal de su victoria, parece que se les escapa a muchos.

Es hora de que las víctimas, las que quedan, y sus familias sientan que Franco no reposa de forma frívola en un santuario donde descansan los restos de tantos miles de personas asesinadas o caídas en su nombre. Es hora de que entendamos de que en la contienda murieron españoles, ni más ni menos, y que toda justificación de lo que sucedió es, a día de hoy, una afrenta a las instituciones y a la sociedad democrática que hemos sabido erigir a pesar del franquismo. Su negativa a reconocer la destrucción de Gernika, su política exterminadora y su justicia al revés, su odio visceral a quienes defendieron los ideales republicanos, nos desvela, claramente, la magnitud de las consecuencias de lo sucedido. La patria no se puede salvar con miles de muertos encima de la mesa sino con valores y política. Franco seguirá presente. Es Historia. Y la retirada de los restos del Valle de los Caídos no es una vendetta sino un proceso de dignificación de las víctimas de la Guerra Civil, incluidas las del bando nacional que creyeron defender a la patria en peligro, cuando a lo que se enfrentaban era a dos visiones de una misma realidad: España.

Franco y el franquismo encarnan hoy al vencedor de este brutal y despiadado enfrentamiento. Nadie puede cambiar eso, pero sí debemos pensar en lo ocurrido. ¿Cómo se puede justificar hoy una violencia de tal magnitud? Como ciudadanos de una democracia no debemos hacerlo porque se trataría de pretender imponer una verdad sobre otra. Y la sociedad española actual no se entendería sin la victoria de las corrientes liberales, el laicismo y la convivencia entre proyectos e identidades humanas que configuran la realidad histórica española. Tal vez, con el problema catalán todavía latente, la reflexión autocrítica es más relevante que nunca. La derecha no se puede parapetar solo en las formas sino que debe valorar el fondo, la necesidad que hay de traspasar esa ilusoria brecha, para acompasarnos como sociedad plural. No se trata de poner blanco sobre negro, ni negro sobre blanco, solo de observar en perspectiva que no podemos trasladar, sin entender el contexto, el pasado sobre el presente como si todavía las viejas rivalidades enconadas fueran el ser o no ser de la identidad española. Franco estará ahí, siempre, con nosotros, configura parte de nuestro devenir y ningún gobernante que lleve a sus espaldas el peso de tanta brutalidad puede ser considerado un héroe ni un referente del que sentirnos orgullosos, aunque soslayemos que los reyes del pasado fueron crueles y autoritarios, para hacerlos más respetables, hay que considerar que ninguno de nosotros viviría aquella época, no porque materialmente fuese mucho peor que la actual, sino simplemente porque los hombres y mujeres de entonces no tenían la misma conciencia que nosotros.

Terrorismo global

El peligro latente del terrorismo no ha acabado con el fin del Estado Islámico, como tampoco fue destruida Al-Qaeda tras la muerte de Bin Laden. Nos encontramos con una cultura de la violencia muy arraigada, a veces, vinculada a conflictos que se han prolongado tristemente en el tiempo (como el israelí-palestino) y otros unidos a una naturaleza compleja, sea porque viene relacionado con las diferencias materiales, o por la deriva de ciertas corrientes ideológicas o religiosas que se han acabado por mimetizar e imbricar de tal manera en ciertas sociedades que siempre cuentan con simpatizantes. Por lo tanto, la buena nueva de que, por fin, el Estado Islámico (o ISIS) solo es una sombra, no debe hacernos pensar que el fenómeno yihadista haya desaparecido por completo. Ya se ha advertido por activa y por pasiva que la amenaza ha venido para quedarse, es tenaz y muchas veces se escapa a la lógica que podamos intentar aplicar para explicarlo y, así, poder combatirlo con total eficacia.

El uso de drones tanto como de contingentes de tropas especializadas son un paso, pero no pueden detener por sí solo el fenómeno Es cierto que el terrorismo global ha afectado, principalmente, a países y a poblaciones árabes y/o musulmanas, pero que cuando se han producido en las occidentales su efecto mediático ha sido mayor, trayendo consigo, incluso una declaración de guerra al terror. Pero, ¿cuál ha sido el balance desde el 11-S? ¿podremos afirmar sin rubor que hemos vencido al EI? ¿o más bien se trata de un fenómeno endémico cuya manera de intentar erradicarlo es tan difícil como hallar la vacuna contra el ébola o el Sida sin la colaboración y el esfuerzo de todos? Terrorismo, pobreza, desigualdades, radicalismo, hambre, graves enfermedades infecciosas, presión demográfica, discriminación, feminicidios, inmigración, dictaduras… esta suma de factores que determinan la historia actual se ven acompañados, además, por la falta de madurez democrática de muchas de las sociedades afectadas, de su evolución, de su capacidad de resiliencia y sus perspectivas de futuro.

A la vista está que la aparición del Estado Islámico demostró las debilidades inherentes en países que parecían fuertes y consolidados, como era el caso de Siria. Pero, únicamente, los conflictos y guerras civiles regionales posibilitaron la creación de la nada de un estado embrionario gracias a la suma de extensos territorios en Irak y Siria, y la incapacidad de tales gobiernos por poder frenar esa expansión. Una debilidad que trajo consigo estupor, provocando duda y temor, y el apoyo final a milicias que no eran necesariamente moderadas o a grupos étnicos marginados, como los kurdos, cuyas reivindicaciones, autonomías o independencias, se convertían en amenaza para otros países (caso de Turquía). El surgimiento del EI fue coyuntural, tal y como se ha podido apreciar, pero mostraba como el yihadismo podía operar de una manera más regular y que sus bases sociales eran extensivas, incluso, afectaban a la vieja Europa, logrando, gracias a las redes sociales, la captación de miles de voluntarios para su guerra santa. Esta capitalización del EI de éxitos y triunfos afectó profundamente a Al-Qaeda, el grupo internacional más mediático, cuyas redes e influencia se habían extendido por África y Asia. Sin embargo, ni mucho menos, el fin del EI como entidad estatal nos hace olvidar su influencia ni su trasmutación, al constituir grupos autónomos en otros países y empleando las mismas estrategias de su homólogo Al-Qaeda, animando a células durmientes o a lobos solitarios a actuar en su nombre (o apropiándose, con todo descaro, de su autoría). A eso habría que sumar que los desequilibrios y tensiones que se dan en Oriente Medio no se han acabado, el resurgir de Irán, sin ir más lejos, gracias a Hezbolá y su apoyo a la dictadura siria, ha favorecido el romper su aislamiento internacional y volver a posicionarse en la zona. Algo que, por supuesto, no ha hecho gracia a Arabia Saudí, quien ha visto como el chiismo se apuntaba un tanto, debilitando su influencia. Y a esto habría que añadir, en la punta de este triángulo de rivalidades, el resurgir turco que, alejado cada vez más de Europa, ha encontrado en el liderazgo de Erdogán un nuevo mesianismo que pretende impedir que los kurdos puedan cobrar alguna clase de protagonismo, tras hacer frente al EI.

La inestabilidad de Libia, la guerra en el Yemen, la miseria de la zona del Sahel y la precariedad de otros estados donde operan grupos ultraviolentos islamistas (Nigeria o Afganistán), nos presentan una serie de escenarios tanto locales como globales altamente problemáticos que nos impiden afirmar que se ha obtenido una victoria absoluta, pues todavía está lejos de haberse exorcizado la amenaza terrorista global ni sus dañinos efectos. Sin ir más lejos, el pasado 17 de agosto, se rendía homenaje, en España, a las víctimas por los atentados yihadistas en Barcelona y Cambrils, producidos en 2017. Velar por su memoria es tan vital como el reforzar aquellos valores que nos distinguen de quienes creen que el terror es el camino de Alá. Como se ha apuntado antes, los factores que posibilitan el terrorismo son múltiples, en ocasiones, etéreos y heterogéneos. Pero sabemos bien que la capacidad del terrorismo de provocar daño y seducir para captar nuestros miembros es pesarosa y macabramente recurrente, superando incluso lo que el cine imagina.

Por eso, el terrorismo global se ha convertido en la madre de todas las batallas, ante los efectos morales, sociales y físicos que su devastación provocan a su paso. De ahí que los métodos que utilicemos para combatir tales radicalismos y que nos deben distinguir tan nítidamente de ellos (tolerancia, respeto, convivencia, libertades e interculturalidad) también son básicos sustentarlos. Las estrategias belicistas planteadas desde Occidente no son, ni mucho menos, las más eficaces a la larga, tampoco, por supuesto, la desconfianza hacia el otro (la población musulmana en general) y, por supuesto, el exagerar los miedos sociales que se están dando. No obstante, tampoco podemos vivir sin esperanza, concebir un mundo en el que podamos convivir en paz, sin perversos radicalismos, es también el máximo pilar que debe contener nuestras aspiraciones futuras.

Sionismo radical….

Hay que reconocer que el Estado de Israel surgió en unas circunstancias muy especiales, en un marco histórico sacudido por la terrible violencia provocada por la guerra mundial y, fundamentalmente, por la afección del Holocausto. Sin embargo, los judíos son los integrantes de una religión y, al mismo tiempo, los hay sionistas, nacionalistas que creen que su patria es Israel, lo que se conoce como Palestina. Esa especie de doble identidad religiosa-nacionalista ha articulado la realidad y cosmovisión, intrínsecamente unida a lo que ha sido su pugna por consolidarse como Estado desde 1948… Los israelíes han sido una sociedad que ha tenido que luchar con bravura en un entorno hostil contra los países árabes de su entorno. Tras varias confrontaciones, todas ellas exitosas, se ha convertido en uno de los estados más estables, ricos y desarrollados de la región. Pero su problema ya no es externo sino interno. Sus antiguos enemigos no plantean ninguna amenaza a la seguridad hebrea. Nadie puede enfrentarse a su moderno y pequeño, pero tremendamente eficaz y bien preparado, ejército.

Las relaciones con EEUU le permiten contar con el apoyo tecnológico y militar de la industria más poderosa del mundo. No obstante, Israel no es un país cohesionado, el 20% de la población es árabe, una minoría que vive discriminada. Son israelíes solo de nombre, pero no cuentan con los mismos derechos ni, por supuesto, libertades. Son muy críticos con la versión sionista más ultramontana que les niega la posibilidad de vivir con plenitud. Porque la discriminación no solo les impide formar parte del Ejército, como el resto de israelíes, sino tener acceso a los derechos posteriores que ello conlleva, amén de otras restricciones que les limitan su existencia. Pero lo que ha empezado a preocupar y mucho es que esta población es muy dinámica. Y eso implica que cada vez ha adquirido un mayor peso demográfico y, a la larga, se ve como una amenaza por parte de los sectores sionistas.

El otro elemento problemático son los territorios ocupados o bajo control de la Autoridad Palestina, pues su anhelo es fusionarlos con Israel. El Gobierno liderado por Netanyahu y sus aliados se ha empeñado en darle un giro totalmente sionista al país, no solo negándose a cualquier acuerdo con los palestinos, sino impulsando el gran proyecto de reforzar Israel destruyendo con ello al pueblo palestino. Su primer paso es, sin duda, convertir a Jerusalén en la capital indiscutible del país, y Trump le ha ayudado en esto. Pero se está yendo más lejos reforzando la intransigencia, frente a la pluralidad del Estado, con una ley básica (muy difícil de derogar) que acaba de ser aprobada: aquella que define a Israel como el Estado nación del pueblo judío. Así, los judíos son el único colectivo que puede autodeterminarse y se establece el hebreo como la única lengua oficial, relegando el árabe.

El texto ha sido secundado por 66 frente a 55 votos en el parlamento (Knesset). Aunque una mayoría ha sido suficiente para ratificarla, la estrecha diferencia de votos desvela la paridad de opiniones existentes, y que los conservadores están aprovechando su mínima ventaja para pervertir los equilibrios del país. De hecho, confirmada la ley, la minoría árabe abandonó sus escaños a modo de protesta porque esta relegaba más su existencia y la tildaban, no sin razón, de “apartheid”. Para algunos era la defunción de la democracia.

En cambio, para el político que la propuso, Avi Dichter, es “la respuesta a quienes piensan que la presencia judía en Israel es temporal”. Pero su obsesión con prevalecer, cuando nadie les amenaza, trae consigo el ensanchar la brecha que separa a ambas comunidades y, francamente, a menospreciar a la minoría árabe en Israel. La única modificación importante de dicha ley fue la que se refería a crear comunidades separadas, reformulándola por otra que prioriza el “establecimiento de los judíos como un valor nacional”.

Las duras críticas no se han hecho esperar, y reprochan que le ley no aluda ni a la democracia ni a la igualdad. Aparte de esta legislación, se han adoptado nuevas medidas que favorecen un mayor control contra cualquier reclamación territorial palestina, trasladando las competencias en esta materia del Tribunal Supremo a la Corte de Jerusalén, lo que dificulta el proceso para quien apele a la justicia y se ha aprobado también la ley Rompiendo el silencio (Breaking the Silence), que impide a las ONG que ofrezcan charlas que den una visión negativa del Ejército o criticar la ocupación. Y, en pleno proceso parlamentario, se halla otra que penaliza con 10 años de cárcel a quien grabe o fotografíe imágenes de soldados de servicio…

La política de Netanyahu es clara, fortalecer la base ideológica e impedir que se pueda ofrecer una imagen negativa del país, mientras actúan como si la población árabe no existiera o, más bien, fuera una amenaza para la propia integridad del país. Sin embargo, aunque sobre el papel Israel es una democracia, está claro que se ha convertido en un Estado ultramontano que se niega a reconocer todo aquello que va en contra de una visión de un rígido sionismo. Desde luego, los israelíes pueden tomar como referencia los horrores del pasado y rendir homenaje a todas las víctimas del nazismo o de las persecuciones que han sufrido, pero también deben ver que no han aprendido nada, actuando de una forma perversa, mostrando no solo una notoria incapacidad por sensibilizarse con otros seres humanos, sino enfatizando que los únicos que les importan son los judíos. Este nacionalismo religioso no es más que una peligrosa deriva que, sin ser igual que las políticas del nazismo, se asemeja en su negación de los árabes como personas con derechos plenos. No solo eso, ese control coercitivo de la información para evitar que se denuncien abusos militares o gubernamentales solo tiene un nombre: fascismo. Israel no avanza con los tiempos, al contrario, parece que no ha aprendido nada de su propia Historia.

Israel, prisionero de su historia

Aparte de todas las políticas discriminatorias que existen en Israel sobre la población árabe (de nacionalidad israelí, pero sin los mismos derechos), se debate una ley en la que se quiere aprobar que se pueda segregar a las poblaciones por sus creencias. Esto es, impedir que haya una convivencia y una integración de casi una quinta parte del país, legalizando que haya urbes únicamente judías… y pudiendo colocar un cartel en el que no se admitan a poblaciones no hebreas. El Gobierno de Netanyahu, en coalición con otros cinco partidos, es considerado el más ultraconservador que ha liderado nunca Israel, y no es para menos. Su negativa a volver a restablecer compromisos diplomáticos con la Autoridad Palestina se ha visto acompañada por una política en la que quieren volver a homogeneizar la sociedad y primar sus rasgos judíos, impidiendo que la población palestina israelí pueda ganar un mayor protagonismo, ya que la consideran una amenaza interna (ante su dinamismo demográfico).

Por una parte, la decisión de Trump de trasladar la embajada de EEUU a Jerusalén, simbolizando el reconocimiento de la capitalidad, ha venido acompañado por una política de colonizar los barrios palestinos expulsando a sus habitantes y sustituyéndolos por israelíes, lo que hace que su control de la ciudad sea cada vez mayor. Pero creando una fisura mayor con los palestinos que la reclaman también como capital. A eso hay que sumar los nuevos asentamientos ilegales en Cisjordania y las intervenciones del Ejército israelí en Siria. Es como si se quisiera volver a un momento en la historia de Israel donde los palestinos y todas las poblaciones árabes de los alrededores supusieran un peligro latente solo por el hecho de no ser judíos.

La decisión de Tel Aviv de adoptar una política tan restrictiva y tan prosionista solo se puede comparar a la que impulsaron los nazis en Alemania durante los años más tranquilos del Tercer Reich. Por descontado que toda comparación, y más siendo como es esta, es odiosa. Sin embargo, la actitud de la ultraderecha israelí no se aleja mucho de esos criterios en los que cualquier contacto, asimilación o reconocimiento de los palestinos se ve poco menos que como una aberración. En el escudo nacional se ha añadido el símbolo religioso del candelabro de siete brazos, además de imponer la lengua hebrea como la oficial del Estado, relegando el árabe (de tratamiento especial) y la norma en la que la ley religiosa judía suple aquellas lagunas que puedan darse en los principios del derecho ordinario. No solo eso, la limpieza que se está llevando a cabo de la población palestina es sistemática, ya sea mediante expulsiones y la aplicación de la ley de no retorno, además de disponer del cerrojo dispuesto alrededor de la Franja de Gaza y la fragmentación de Cisjordania como entidad territorial cohesionada (socavando, así, la posibilidad de que pueda constituir el núcleo de un futuro Estado palestino). Si a eso añadimos la destrucción de antiguas ciudades palestinas y su sustitución por nuevos núcleos de población israelí, nos damos cuenta de que el propósito de las autoridades no es buscar un modus vivendi, sino el allanar la senda para que toda Palestina sea Israel.

La postura del Ejecutivo tampoco ha gustado el presidente del país, Reuven Rivlin, que, sin tener unas funciones gubernativas, ha advertido de que esta ley solo puede beneficiar a los enemigos de Israel. No cabe la menor duda de que Israel parece ser prisionera de su propia historia, no es capaz de ver al otro ni mucho menos aceptar ni admitir que sus políticas semitas son inmorales y que se contradicen con lo que deberían ser algunas de las máximas enseñanzas inducidas por la Shoah. Pero en vez de valorar que la persecución de los judíos en Europa es un aprendizaje para no repetir actitudes y comportamientos semejantes (ni mucho menos iguales), por discriminatorios, se acerca a ellos a pasos agigantados y, lo que es peor, la memoria del exterminio le sirve como excusa para no tener que rendir cuentas, y que como pueblo que ha sufrido tanto (y eso sí hay que reconocerlo), solo puede actuar justa y sabiamente. Claro que, lejos de ello, la ultraderecha hebrea ha constituido una idiosincrasia fanática, en la que considera que todo lo que sea defender al pueblo y al Estado hebreo es bueno, sin valorar sus consecuencias. No son capaces de entender que son estas leyes y sus políticas religiosas las que alimentan los odios y resentimientos contra los israelíes (y no porque sean judíos), y que los peligrosos no son los palestinos, sino ellos mismos, que están actuando de una forma en la que lo único que les preocupa de forma obsesiva es preservar la esencia del sionista, aun violentando el derecho internacional de los pueblos a disponer de una condición digna. Y no solo provocan una desafección de la población árabe israelí, sino que se encaminan hacia un totalitarismo que van a sufrir en sus carnes los israelíes laicos o ya liberales. De tal modo que el gobierno de Netanyahu solo distingue a amigos de enemigos, sin medias tintas, y se atrinchera en unas políticas que están provocando que se enquiste la relación entre Israel y los países de alrededor.

Además, este fanatismo ultramontano solo favorece que la sociedad israelí se enfrente a sí misma. Y no me refiero a una reacción virulenta de los palestinos israelíes sino a los mismos hebreos que no comparten esa perspectiva dogmática y cerrada de cómo han de conducir sus vidas. La discriminación de la población de Israel por su religión o por su ascendencia es, en suma, muy preocupante, porque abre la puerta a que se den políticas injustas y arbitrarias contra poblaciones que viven afincadas como parte de la sociedad israelí. Da que pensar que los sionistas porten un temor pavoroso a que la realidad se vuelva contra ellos y que Israel pueda convertirse un día en un país tolerante y de acogida tanto para judíos como para árabes. Esperemos que algún día sea así.

Siria, la guerra inacabada

La máxima de vencer es convencer, es la que siguen, por el momento, las autoridades de Damasco. Lejanos días son los que El Asad estuvo entre la espada y la pared, en los que la rebelión civil se convirtió en una amenaza para su gobierno y sus aliados. Era otro tiempo, en el que Occidente barajaba la idea de apoyar a los rebeldes y los reconocía como la legítima voz del pueblo sirio, pretendiendo, además, juzgar al dictador por sus crímenes. Hoy por hoy, coquetea más bien con la perspectiva de que, revertida la ola de cambio, El Asad es la clave del presente-futuro de una Siria convertida en un mar de escombros. El régimen sirio prosigue con su labor de reconquistar todo el suelo patrio del dominio de los grupos terroristas… Tras la toma de Alepo, el control de todas las regiones más ricas y pobladas, así como la expulsión del Estado Islámico de Raqqa y de Palmira, se pretende acallar toda disidencia en el sur del país, en la provincia de Deraa. Con el apoyo de la aviación rusa, mientras Moscú celebra su paso a cuartos de final de su mundial (apología máxima del nacionalismo ruso), sus bombas provocan más de 270.000 desplazados.

El ejército sirio pretende destruir la resistencia en el sur, en una provincia donde el Ejército Sirio Libre (integrado por 54 grupos diferentes), milicias de Al-Qaeda y otras afines al Estado Islámico, intentan detener un avance que resulta ser imparable. En algunas aldeas, se acuerdan pactos que traen consigo la entrega de las armas a cambio de que no haya represalias. Pero la presión militar ha traído más refugiados a las fronteras de Jordania e Israel, y ya el 1,3 millón de sirios que hay en suelo de Amman es un problema para un territorio con escasos medios para ayudarles, salvo por la intercesión de la ayuda internacional. El gobierno jordano ha solicitado un alto el fuego a Moscú, clave para que El Asad detenga dichas operaciones militares. Sin embargo, el objetivo de tomar Deraa, importante nudo de comunicaciones, ocupada, por una parte, por milicias rebeldes y, por otra, por tropas leales al gobierno, es el horizonte. Tras más de siete años de guerra, de miles de muertos y millones de refugiados y desplazados, el gobierno de Damasco no parece dispuesto a dejar que se le escape la victoria contra sus enemigos mediante acuerdos. Y no tiene que rendir cuentas a nadie, porque sabe que tiene el total respaldo de Moscú y Teherán, lo cual le da una ventaja considerable frente a unas fuerzas rebeldes que, en sus frágiles reductos, han sido abandonadas a su suerte. Apenas reciben ayuda, nadie está interesado en garantizar su supervivencia y prolongar esta lucha encarnizada.

El triunfo, por lo tanto, está al alcance de la mano de El Asad, y le brinda la ocasión de aniquilar a los restos armados de la oposición interna. La política de represalias empleada por EEUU, cuando se han utilizado armas químicas prohibidas, solo ha servido para contemporizar y, al mismo tiempo, para no admitir el fracaso de una diplomacia que no ha podido, en modo alguno, concitar u obligar al consenso y la paz. No ha habido suerte y no se ha podido arrancar a Damasco ni una sola promesa de entendimiento con sus enemigos, mientras seguía avanzando en la recuperación del territorio. El fin del Estado Islámico, la intervención de Turquía en los territorios kurdos, la dejación por parte de Occidente de su apoyo al Ejército Libre Sirio, ante la desconfianza de que ganasen los integristas, y el absoluto y convencido apoyo de los aliados rusos e iraníes hacia El Asad, ha revertido hasta tal punto el colapso del régimen que le ha dado una inesperada victoria sin paliativos.

Así que la dictadura se dedica tan solo a restablecer su autoridad sobre toda Siria. Ha sabido jugar bien sus bazas y está viendo que la oposición se está desintegrando, y si meses atrás parecía que las fuerzas gubernamentales, agotadas, serían incapaces de ir más allá de sus posiciones defensivas, ahora, están más cerca de recuperar su amada Siria. La firme convicción de su propósito no parece ser la única explicación tangible de este logro. Hay que considerar que los alauíes y sus aliados son una minoría en el país, y aunque han contado con mejores medios logísticos, también han sufrido muchas bajas. Sabemos de la intervención de las milicias de Hezbolá, de tropas iraníes y rusas, pero posiblemente se haya dado una deserción considerable en el bando rebelde que se ha visto sobrepasado por el arsenal pesado con el que contaba Damasco.

No obstante, ante esta perspectiva, queda saber qué hará la ONU y en qué términos se planteará la paz. ¿Qué sucederá con los varios millones de sirios refugiados en los países vecinos? Su regreso no será sencillo. Las autoridades no permitirán que regresen aquellos elementos capaces de poner en duda la legitimidad de la dictadura y muchos menos de exponer la victoria al arbitrio de la población. Siria ha visto como ha consumido sus propias fuerzas sin sacar nada en claro, salvo comprobar como la protesta social vertebrada ante la falta de libertades y el deterioro económico vuelve a su punto de partida.

Damasco blandirá con orgullo el haber recuperado el control del país, tal vez, siendo los territorios kurdos los más inaccesibles a este respecto, pero acallando una rebelión que hubiese derribado los pilares de la privilegiada situación de la minoría alauí. En todo caso, ya no se trata de poder ni regocijarse en una falaz victoria sino de reconstruir un vasto territorio sembrado de horrores y devastación. Con un presidente que está siendo investigado por crímenes de guerra contra sus propios ciudadanos, a los que juró defender y proteger, y una sociedad golpeada por una tragedia a la que le costará interiorizar el trauma durante décadas, el balance final es catastrófico. Si encarar la muerte de familiares y vecinos es duro, el estigma para los que lo intentaron y fracasaron será aún mayor, en una dictadura que no estará abierta a la reconciliación, al perdón ni, mucho menos, al olvido…

Migrantes y la triste evidencia

El mundo no se vuelve cada día más oscuro, sino más necesitado. Eso lo demuestran los miles de personas que intentan alcanzar las costas de Europa para salvarse. Las podemos llamar refugiados o migrantes, las podemos denominar de muchas maneras, pero no dejan de ser seres humanos desesperados que huyen con lo puesto y, por lo tanto, bajo el paraguas protector de los valores y fundamentos que, en principio, sostiene la Unión Europea, tendrían que ser acogidos. Ahora bien, son muchos, son miles y los gobiernos se sienten desbordados. La política manda o determina en primer lugar la capacidad de maniobra de los gobernantes. El espíritu de la ley prioriza la protección y salvaguarda de los nacionales, aunque se produzca una hecatombe mundial, ante todo, hay que velar por los que son los nuestros. Perfecto. Nadie niega la necesidad de tener que partir de algo para garantizar la defensa de una sociedad constituida. Pero no cuando se consagra desde el prejuicio social, desde la cosificación del otro y, ante todo, la iniquidad, bajo la fórmula de que los inmigrantes cuanto más lejos estén mejor, cerrando los ojos a su sufrimiento. Ya acordó la UE con Turquía impedir que los refugiados pudieran llegar como una oleada al continente. Se le pagó mucho y bien a Ankara para que fuesen internados en campos de refugiados (sin preocuparnos de sus condiciones) y que eso nos sustrajera de tener que encarar el problema… la Vieja Europa, la misma que se apoderó del mundo, que hizo y deshizo a su antojo durante siglos, y que en esta heredad ha alcanzado un nivel de vida exitoso frente al resto de países, se lava, como no, las manos en su responsabilidad respecto a su legado, como si fuese cosa de otros. Pero hay seres lugares que no han tenido suerte, que viven atrapados o sojuzgados por la corrupción, la violencia, los desastres ecológicos, la inestabilidad, las enfermedades infecciosas del siglo XXI, terribles sequías y hambrunas, la efervescencia del yihadismo… y, así, un largo etcétera.

A muchos no les queda nada salvo la vida y con ella se dirigen a cuestas a otros parajes más benignos donde encontrar una oportunidad de sobrevivir. No buscan caridad sino vida. Sin embargo, la UE no los quiere. Se han convertido en un problema para la estabilidad interna porque proceden de regiones sin cultura democrática, portan otras mentalidades o religión. En suma, se les ve como una amenaza a nuestra comodidad y seguridad. Tal vez, Europa no pueda absorber tanta cantidad de personas, tal vez, y parece lo más evidente, ni quiera ni tenga intención de hacerlo. La única solución, a corto plazo, estimable es recluir a los migrantes en campos externos a la UE, que no pisen suelo comunitario, con el fin de que tampoco puedan acogerse a sus derechos y libertades. Y, sin embargo, mientras lanzamos un grito al cielo en protesta por las medidas antiinmigración que ha decretado Trump y el impulso de un muro para impedir que lleguen más mexicanos, nosotros nos volvemos insensibles con los que tenemos más cerca. Contamos, eso sí, con una barrera natural, el Mediterráneo.

Por eso, habría que pensar qué habría sucedido de no existir, si no habríamos actuado del mismo modo que Washington. Por desgracia, Europa no solo no quiere a los migrantes, sino que ganan cada vez más adeptos los inmovilistas, la ultraderecha, cuya ideología debería, por lo demás, asustarnos, a la vista de lo que está ocurriendo en Polonia y Hungría. No importa que hayamos padecido una serie guerras devastadoras gracias a las ideologías totalitarias y homicidas que prosperaron al calor de otras crisis, o que hayamos impuesto nuestro imperialismo depredador y hayamos dejado a la mayoría de esos países de origen de los inmigrantes como barcos a la deriva, sin timón, ahora cerramos los ojos a la Historia y nos centramos en nuestro recurrente egoísmo. Queremos vivir sin enfrentarnos a las nuevas realidades imperantes, ya tenemos nuestras problemáticas domésticas, nos decimos, pero que nada tienen que ver con la dignidad y la supervivencia. Para colmo de males, esta supuesta amenaza emigratoria sirve para que las perversas y viejas ideologías ultramontanas reverberen de nuevo, como si la xenofobia y la islamofobia fueran el único instrumento para detener esta ola de hombres y mujeres que vienen de África, Asia y Oriente Medio con el fin de ocupar nuestros hogares y destruir nuestros modos de vida… No nos importa sacrificar la dignidad ni nuestras libertades cegados por la cerrazón, el miedo y la ignorancia, ya lo hicimos por otros motivos con el fascismo, ¿por qué no de nuevo?

Así que cualquier reflexión que extraigamos debería partir de ver lo afortunados que somos, que resistir o impedir que los inmigrantes sean tratados de forma adecuada y digna es hipócrita e indecente, y que la falta de políticas activas para buscar ayudarles no solo es preocupante, sino que dé la espalda a un deber y una obligación moral. La parálisis de la ONU a este respecto llama la atención, los conflictos regionales, como las guerras civiles, el yihadismo y la violencia, en general, nos muestran un planeta con serias y profundas amenazas, y no podemos aislarnos geográficamente de ellas ni hacer como si no existieran hasta que se vean afectados directamente nuestros propios intereses personales. Porque si algo ha demostrado el ser humano es su inquebrantable afán de luchar en la adversidad. Pero el modo en el que otros lo hacen no debe ser ignorado.

Es paradójico o más bien lamentable que mientras se enciende el debate sobre el fracaso de la selección de fútbol en España, por ejemplo, no seamos capaces de mirar con ojos más críticos la cruda semblanza de quienes no conocen más fracaso que no alcanzar las costas europeas, muriendo y sufriendo en el intento. El futuro de Europa no está en peligro por los inmigrantes, sino precisamente por su negativa a aceptarlos como personas a las que debemos cuidar y proteger como iguales, ni más ni menos.