Israel, prisionera de su historia

Aparte de todas las políticas discriminatorias que existen en Israel sobre la población árabe (de nacionalidad israelí, pero sin los mismos derechos), se debate una ley en la que se quiere aprobar que se pueda segregar a las poblaciones por sus creencias. Esto es, impedir que haya una convivencia y una integración de casi una quinta parte del país, legalizando que haya urbes únicamente judías… y pudiendo colocar un cartel en el que no se admitan a poblaciones no hebreas. El Gobierno de Netanyahu, en coalición con otros cinco partidos, es considerado el más ultraconservador que ha liderado nunca Israel, y no es para menos. Su negativa a volver a restablecer compromisos diplomáticos con la Autoridad Palestina se ha visto acompañada por una política en la que quieren volver a homogeneizar la sociedad y primar sus rasgos judíos, impidiendo que la población palestina israelí pueda ganar un mayor protagonismo, ya que la consideran una amenaza interna (ante su dinamismo demográfico).

Por una parte, la decisión de Trump de trasladar la embajada de EEUU a Jerusalén, simbolizando el reconocimiento de la capitalidad, ha venido acompañado por una política de colonizar los barrios palestinos expulsando a sus habitantes y sustituyéndolos por israelíes, lo que hace que su control de la ciudad sea cada vez mayor. Pero creando una fisura mayor con los palestinos que la reclaman también como capital. A eso hay que sumar los nuevos asentamientos ilegales en Cisjordania y las intervenciones del Ejército israelí en Siria. Es como si se quisiera volver a un momento en la historia de Israel donde los palestinos y todas las poblaciones árabes de los alrededores supusieran un peligro latente solo por el hecho de no ser judíos.

La decisión de Tel Aviv de adoptar una política tan restrictiva y tan prosionista solo se puede comparar a la que impulsaron los nazis en Alemania durante los años más tranquilos del Tercer Reich. Por descontado que toda comparación, y más siendo como es esta, es odiosa. Sin embargo, la actitud de la ultraderecha israelí no se aleja mucho de esos criterios en los que cualquier contacto, asimilación o reconocimiento de los palestinos se ve poco menos que como una aberración. En el escudo nacional se ha añadido el símbolo religioso del candelabro de siete brazos, además de imponer la lengua hebrea como la oficial del Estado, relegando el árabe (de tratamiento especial) y la norma en la que la ley religiosa judía suple aquellas lagunas que puedan darse en los principios del derecho ordinario. No solo eso, la limpieza que se está llevando a cabo de la población palestina es sistemática, ya sea mediante expulsiones y la aplicación de la ley de no retorno, además de disponer del cerrojo dispuesto alrededor de la Franja de Gaza y la fragmentación de Cisjordania como entidad territorial cohesionada (socavando, así, la posibilidad de que pueda constituir el núcleo de un futuro Estado palestino). Si a eso añadimos la destrucción de antiguas ciudades palestinas y su sustitución por nuevos núcleos de población israelí, nos damos cuenta de que el propósito de las autoridades no es buscar un modus vivendi, sino el allanar la senda para que toda Palestina sea Israel.

La postura del Ejecutivo tampoco ha gustado el presidente del país, Reuven Rivlin, que, sin tener unas funciones gubernativas, ha advertido de que esta ley solo puede beneficiar a los enemigos de Israel. No cabe la menor duda de que Israel parece ser prisionera de su propia historia, no es capaz de ver al otro ni mucho menos aceptar ni admitir que sus políticas semitas son inmorales y que se contradicen con lo que deberían ser algunas de las máximas enseñanzas inducidas por la Shoah. Pero en vez de valorar que la persecución de los judíos en Europa es un aprendizaje para no repetir actitudes y comportamientos semejantes (ni mucho menos iguales), por discriminatorios, se acerca a ellos a pasos agigantados y, lo que es peor, la memoria del exterminio le sirve como excusa para no tener que rendir cuentas, y que como pueblo que ha sufrido tanto (y eso sí hay que reconocerlo), solo puede actuar justa y sabiamente. Claro que, lejos de ello, la ultraderecha hebrea ha constituido una idiosincrasia fanática, en la que considera que todo lo que sea defender al pueblo y al Estado hebreo es bueno, sin valorar sus consecuencias. No son capaces de entender que son estas leyes y sus políticas religiosas las que alimentan los odios y resentimientos contra los israelíes (y no porque sean judíos), y que los peligrosos no son los palestinos, sino ellos mismos, que están actuando de una forma en la que lo único que les preocupa de forma obsesiva es preservar la esencia del sionista, aun violentando el derecho internacional de los pueblos a disponer de una condición digna. Y no solo provocan una desafección de la población árabe israelí, sino que se encaminan hacia un totalitarismo que van a sufrir en sus carnes los israelíes laicos o ya liberales. De tal modo que el gobierno de Netanyahu solo distingue a amigos de enemigos, sin medias tintas, y se atrinchera en unas políticas que están provocando que se enquiste la relación entre Israel y los países de alrededor.

Además, este fanatismo ultramontano solo favorece que la sociedad israelí se enfrente a sí misma. Y no me refiero a una reacción virulenta de los palestinos israelíes sino a los mismos hebreos que no comparten esa perspectiva dogmática y cerrada de cómo han de conducir sus vidas. La discriminación de la población de Israel por su religión o por su ascendencia es, en suma, muy preocupante, porque abre la puerta a que se den políticas injustas y arbitrarias contra poblaciones que viven afincadas como parte de la sociedad israelí. Da que pensar que los sionistas porten un temor pavoroso a que la realidad se vuelva contra ellos y que Israel pueda convertirse un día en un país tolerante y de acogida tanto para judíos como para árabes. Esperemos que algún día sea así.

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Siria, la guerra inacabada

La máxima de vencer es convencer, es la que siguen, por el momento, las autoridades de Damasco. Lejanos días son los que El Asad estuvo entre la espada y la pared, en los que la rebelión civil se convirtió en una amenaza para su gobierno y sus aliados. Era otro tiempo, en el que Occidente barajaba la idea de apoyar a los rebeldes y los reconocía como la legítima voz del pueblo sirio, pretendiendo, además, juzgar al dictador por sus crímenes. Hoy por hoy, coquetea más bien con la perspectiva de que, revertida la ola de cambio, El Asad es la clave del presente-futuro de una Siria convertida en un mar de escombros. El régimen sirio prosigue con su labor de reconquistar todo el suelo patrio del dominio de los grupos terroristas… Tras la toma de Alepo, el control de todas las regiones más ricas y pobladas, así como la expulsión del Estado Islámico de Raqqa y de Palmira, se pretende acallar toda disidencia en el sur del país, en la provincia de Deraa. Con el apoyo de la aviación rusa, mientras Moscú celebra su paso a cuartos de final de su mundial (apología máxima del nacionalismo ruso), sus bombas provocan más de 270.000 desplazados.

El ejército sirio pretende destruir la resistencia en el sur, en una provincia donde el Ejército Sirio Libre (integrado por 54 grupos diferentes), milicias de Al-Qaeda y otras afines al Estado Islámico, intentan detener un avance que resulta ser imparable. En algunas aldeas, se acuerdan pactos que traen consigo la entrega de las armas a cambio de que no haya represalias. Pero la presión militar ha traído más refugiados a las fronteras de Jordania e Israel, y ya el 1,3 millón de sirios que hay en suelo de Amman es un problema para un territorio con escasos medios para ayudarles, salvo por la intercesión de la ayuda internacional. El gobierno jordano ha solicitado un alto el fuego a Moscú, clave para que El Asad detenga dichas operaciones militares. Sin embargo, el objetivo de tomar Deraa, importante nudo de comunicaciones, ocupada, por una parte, por milicias rebeldes y, por otra, por tropas leales al gobierno, es el horizonte. Tras más de siete años de guerra, de miles de muertos y millones de refugiados y desplazados, el gobierno de Damasco no parece dispuesto a dejar que se le escape la victoria contra sus enemigos mediante acuerdos. Y no tiene que rendir cuentas a nadie, porque sabe que tiene el total respaldo de Moscú y Teherán, lo cual le da una ventaja considerable frente a unas fuerzas rebeldes que, en sus frágiles reductos, han sido abandonadas a su suerte. Apenas reciben ayuda, nadie está interesado en garantizar su supervivencia y prolongar esta lucha encarnizada.

El triunfo, por lo tanto, está al alcance de la mano de El Asad, y le brinda la ocasión de aniquilar a los restos armados de la oposición interna. La política de represalias empleada por EEUU, cuando se han utilizado armas químicas prohibidas, solo ha servido para contemporizar y, al mismo tiempo, para no admitir el fracaso de una diplomacia que no ha podido, en modo alguno, concitar u obligar al consenso y la paz. No ha habido suerte y no se ha podido arrancar a Damasco ni una sola promesa de entendimiento con sus enemigos, mientras seguía avanzando en la recuperación del territorio. El fin del Estado Islámico, la intervención de Turquía en los territorios kurdos, la dejación por parte de Occidente de su apoyo al Ejército Libre Sirio, ante la desconfianza de que ganasen los integristas, y el absoluto y convencido apoyo de los aliados rusos e iraníes hacia El Asad, ha revertido hasta tal punto el colapso del régimen que le ha dado una inesperada victoria sin paliativos.

Así que la dictadura se dedica tan solo a restablecer su autoridad sobre toda Siria. Ha sabido jugar bien sus bazas y está viendo que la oposición se está desintegrando, y si meses atrás parecía que las fuerzas gubernamentales, agotadas, serían incapaces de ir más allá de sus posiciones defensivas, ahora, están más cerca de recuperar su amada Siria. La firme convicción de su propósito no parece ser la única explicación tangible de este logro. Hay que considerar que los alauíes y sus aliados son una minoría en el país, y aunque han contado con mejores medios logísticos, también han sufrido muchas bajas. Sabemos de la intervención de las milicias de Hezbolá, de tropas iraníes y rusas, pero posiblemente se haya dado una deserción considerable en el bando rebelde que se ha visto sobrepasado por el arsenal pesado con el que contaba Damasco.

No obstante, ante esta perspectiva, queda saber qué hará la ONU y en qué términos se planteará la paz. ¿Qué sucederá con los varios millones de sirios refugiados en los países vecinos? Su regreso no será sencillo. Las autoridades no permitirán que regresen aquellos elementos capaces de poner en duda la legitimidad de la dictadura y muchos menos de exponer la victoria al arbitrio de la población. Siria ha visto como ha consumido sus propias fuerzas sin sacar nada en claro, salvo comprobar como la protesta social vertebrada ante la falta de libertades y el deterioro económico vuelve a su punto de partida.

Damasco blandirá con orgullo el haber recuperado el control del país, tal vez, siendo los territorios kurdos los más inaccesibles a este respecto, pero acallando una rebelión que hubiese derribado los pilares de la privilegiada situación de la minoría alauí. En todo caso, ya no se trata de poder ni regocijarse en una falaz victoria sino de reconstruir un vasto territorio sembrado de horrores y devastación. Con un presidente que está siendo investigado por crímenes de guerra contra sus propios ciudadanos, a los que juró defender y proteger, y una sociedad golpeada por una tragedia a la que le costará interiorizar el trauma durante décadas, el balance final es catastrófico. Si encarar la muerte de familiares y vecinos es duro, el estigma para los que lo intentaron y fracasaron será aún mayor, en una dictadura que no estará abierta a la reconciliación, al perdón ni, mucho menos, al olvido…

Migrantes y la triste evidencia

El mundo no se vuelve cada día más oscuro, sino más necesitado. Eso lo demuestran los miles de personas que intentan alcanzar las costas de Europa para salvarse. Las podemos llamar refugiados o migrantes, las podemos denominar de muchas maneras, pero no dejan de ser seres humanos desesperados que huyen con lo puesto y, por lo tanto, bajo el paraguas protector de los valores y fundamentos que, en principio, sostiene la Unión Europea, tendrían que ser acogidos. Ahora bien, son muchos, son miles y los gobiernos se sienten desbordados. La política manda o determina en primer lugar la capacidad de maniobra de los gobernantes. El espíritu de la ley prioriza la protección y salvaguarda de los nacionales, aunque se produzca una hecatombe mundial, ante todo, hay que velar por los que son los nuestros. Perfecto. Nadie niega la necesidad de tener que partir de algo para garantizar la defensa de una sociedad constituida. Pero no cuando se consagra desde el prejuicio social, desde la cosificación del otro y, ante todo, la iniquidad, bajo la fórmula de que los inmigrantes cuanto más lejos estén mejor, cerrando los ojos a su sufrimiento. Ya acordó la UE con Turquía impedir que los refugiados pudieran llegar como una oleada al continente. Se le pagó mucho y bien a Ankara para que fuesen internados en campos de refugiados (sin preocuparnos de sus condiciones) y que eso nos sustrajera de tener que encarar el problema… la Vieja Europa, la misma que se apoderó del mundo, que hizo y deshizo a su antojo durante siglos, y que en esta heredad ha alcanzado un nivel de vida exitoso frente al resto de países, se lava, como no, las manos en su responsabilidad respecto a su legado, como si fuese cosa de otros. Pero hay seres lugares que no han tenido suerte, que viven atrapados o sojuzgados por la corrupción, la violencia, los desastres ecológicos, la inestabilidad, las enfermedades infecciosas del siglo XXI, terribles sequías y hambrunas, la efervescencia del yihadismo… y, así, un largo etcétera.

A muchos no les queda nada salvo la vida y con ella se dirigen a cuestas a otros parajes más benignos donde encontrar una oportunidad de sobrevivir. No buscan caridad sino vida. Sin embargo, la UE no los quiere. Se han convertido en un problema para la estabilidad interna porque proceden de regiones sin cultura democrática, portan otras mentalidades o religión. En suma, se les ve como una amenaza a nuestra comodidad y seguridad. Tal vez, Europa no pueda absorber tanta cantidad de personas, tal vez, y parece lo más evidente, ni quiera ni tenga intención de hacerlo. La única solución, a corto plazo, estimable es recluir a los migrantes en campos externos a la UE, que no pisen suelo comunitario, con el fin de que tampoco puedan acogerse a sus derechos y libertades. Y, sin embargo, mientras lanzamos un grito al cielo en protesta por las medidas antiinmigración que ha decretado Trump y el impulso de un muro para impedir que lleguen más mexicanos, nosotros nos volvemos insensibles con los que tenemos más cerca. Contamos, eso sí, con una barrera natural, el Mediterráneo.

Por eso, habría que pensar qué habría sucedido de no existir, si no habríamos actuado del mismo modo que Washington. Por desgracia, Europa no solo no quiere a los migrantes, sino que ganan cada vez más adeptos los inmovilistas, la ultraderecha, cuya ideología debería, por lo demás, asustarnos, a la vista de lo que está ocurriendo en Polonia y Hungría. No importa que hayamos padecido una serie guerras devastadoras gracias a las ideologías totalitarias y homicidas que prosperaron al calor de otras crisis, o que hayamos impuesto nuestro imperialismo depredador y hayamos dejado a la mayoría de esos países de origen de los inmigrantes como barcos a la deriva, sin timón, ahora cerramos los ojos a la Historia y nos centramos en nuestro recurrente egoísmo. Queremos vivir sin enfrentarnos a las nuevas realidades imperantes, ya tenemos nuestras problemáticas domésticas, nos decimos, pero que nada tienen que ver con la dignidad y la supervivencia. Para colmo de males, esta supuesta amenaza emigratoria sirve para que las perversas y viejas ideologías ultramontanas reverberen de nuevo, como si la xenofobia y la islamofobia fueran el único instrumento para detener esta ola de hombres y mujeres que vienen de África, Asia y Oriente Medio con el fin de ocupar nuestros hogares y destruir nuestros modos de vida… No nos importa sacrificar la dignidad ni nuestras libertades cegados por la cerrazón, el miedo y la ignorancia, ya lo hicimos por otros motivos con el fascismo, ¿por qué no de nuevo?

Así que cualquier reflexión que extraigamos debería partir de ver lo afortunados que somos, que resistir o impedir que los inmigrantes sean tratados de forma adecuada y digna es hipócrita e indecente, y que la falta de políticas activas para buscar ayudarles no solo es preocupante, sino que dé la espalda a un deber y una obligación moral. La parálisis de la ONU a este respecto llama la atención, los conflictos regionales, como las guerras civiles, el yihadismo y la violencia, en general, nos muestran un planeta con serias y profundas amenazas, y no podemos aislarnos geográficamente de ellas ni hacer como si no existieran hasta que se vean afectados directamente nuestros propios intereses personales. Porque si algo ha demostrado el ser humano es su inquebrantable afán de luchar en la adversidad. Pero el modo en el que otros lo hacen no debe ser ignorado.

Es paradójico o más bien lamentable que mientras se enciende el debate sobre el fracaso de la selección de fútbol en España, por ejemplo, no seamos capaces de mirar con ojos más críticos la cruda semblanza de quienes no conocen más fracaso que no alcanzar las costas europeas, muriendo y sufriendo en el intento. El futuro de Europa no está en peligro por los inmigrantes, sino precisamente por su negativa a aceptarlos como personas a las que debemos cuidar y proteger como iguales, ni más ni menos.

Polonia y el Holocausto

La polémica ley aprobada por el Gobierno de Mateusz Morawiecki, del ultraconservador Ley y Justicia (PiS), sobre el Holocausto, aunque parezca mentira ha sido suavizada. La ley penalizaba a todo aquel que vinculase a los polacos con esta terrible tragedia humana, incluido el hecho de denominar a los campos de exterminio como polacos, aunque la mayoría de estos estuvieran en su territorio. Finalmente, tras muchas presiones, ha tamizado la ley, introduciendo una enmienda que deja las penas sin efecto. El PiS justificó esta legislación al considerar que preservaba “los intereses de Polonia”, su “dignidad y verdad histórica”, a costa, contradictoriamente, de sacrificar la posibilidad de que esto sea posible, porque impedía que los investigadores pudieran adentrarse en el tortuoso mundo del colaboracionismo y la participación de polacos en la Shoah. Sin embargo, allí donde la lógica humana y la razón no parecen encontrar sus puntos de apoyo, se imponen los intereses políticos, como es el caso. Varsovia no esperaba que la reacción de EEUU y de Israel fuera tan fulgurante y crítica con esta medida, países con quienes mantenía buenas relaciones. Y, tras verse censurada por la Unión Europea en su giro autoritario y, a falta de aliados, no le ha quedado más remedio que dar un paso atrás para no encontrarse todavía más aislada. Pues para EEUU e Israel la Shoah no es un tema baladí y la ley se convertía en poco más que un ataque a la Historia. No estamos hablando de un tema menor, sino de un capítulo complejo y ominoso de los que más escuecen en la conciencia europea. Ante la necesidad virtud, pero esta estrategia de pulir el pasado para imponer una memoria determinada, utilizando como coartada la dignidad nacional, es un acto peligroso. Porque hace que la Historia se convierta en un instrumento al servicio del poder y no sirva como una advertencia hacia los horrores que este puede traer aparejado en caso de pervertir de nuevo las conciencias, como hizo el Tercer Reich en su momento. Sin embargo, a pesar de la rectificación, el considerar que es inadmisible que se implique a los polacos en el Holocausto desvela la incapacidad de este conservadurismo polaco de asumir los hechos y utilizar la Historia como un territorio de aprendizaje. Vivimos tiempos delicados.

El pasado no llega a repetirse, no, al menos, de la misma manera, pero el ser humano tiende a girar sobre sí mismo y perderse en el horizonte, volviendo a cometer los mismos conscientes o inconscientes desaires sobre los valores que ha de extraer de su (dolorosa) experiencia. Y este caso es un vivo ejemplo de ello, no el único, por supuesto, pero sí trata de un tema sensible. La dignidad nacional, insisto, no puede estar por encima de los derechos humanos porque fue esta actitud la que condujo a la política nazi a actuar con tanta brutalidad y crueldad sin una reacción negativa de la población.

El PiS formula una política muy parecida en actitud (que no en actos) a los de los que llevaron a la muerte a millones de polacos inocentes. No es esta la manera con la que mejor nos comprometemos con las víctimas y mucho menos es la fórmula para entender, con profundidad y aplomo, las dimensiones tan descomunales que alcanzó la Solución Final. No solo no hubo una activa resistencia por parte de la población, sino que muchos polacos aprovechando el contexto favorable de la guerra sacaron a relucir su antisemitismo. Algunos se convirtieron en cómplices denunciando a judíos escondidos o a los vecinos que lo hacían, no todos, no fue general, otros los ocultaron, pero sí se dieron delaciones, y eso hay que tratarlo de forma justa y conveniente porque nos induce a seguir pugnando por la verdad.

Asumir esa parte de culpa, desde luego, no exonera a los nazis de ser los máximos inductores de lo ocurrido. Pero las historias nacionales no deben ser bonitas ni heroicas, porque serían falsas y tras la falsedad se produce una corrupción inmoral y, por lo tanto, se invita a desfigurar a los verdugos, a ignorar la importancia que cobra la conciencia cuando cambiamos los roles. Polonia, como Rusia, Ucrania, Holanda, Francia, Hungría, Italia… cada país que fue engullido por la guerra tuvo sus propios capítulos de horror y colaboración con el ocupante, en los que se sacaron a relucir honorables actos de generosidad, entrega y compromiso, pero también otros que fueron lo contrario, y derivaron en avivar viejos odios y prejuicios, utilizando al nazismo como coartada para desahogar iras y frustraciones.

Así que enfrentarnos a tales hechos con rigor, objetividad y justicia es una necesidad para el historiador y una responsabilidad para las sociedades cívicas y democráticas, pues nos toca aprender de ello. Por eso, la rectificación del PiS es un gesto, pero no deshace la perversa visión que se pretende ofrecer al querer reescribir el ayer de una forma equívoca, negando la auténtica naturaleza humana. Es verdad que los ciudadanos votamos al partido que mejor representa a nuestros intereses, pero no podemos permitir que se exima, en el culmen de la arrogancia ideológica, de admitir la verdad histórica y, en consecuencia, la garantía y respeto de los derechos humanos.

Falsificar la Historia, manipularla en aras de pretender ocultar o ya distorsionar lo ocurrido, como hizo el mismo nazismo, es un mal síntoma porque nos señala que la sociedad no estará preparada para reaccionar de forma razonable y sensible cuando se violen o violenten los derechos de ciertos colectivos o grupos humanos menospreciados. El nazismo no embrujó a la sociedad alemana, sino que, aprovechándose de sus virtudes, acabó por pervertir su conciencia -no hemos de olvidarlo-, convirtiéndola, mayormente, en una sociedad dócil y plegada a sus intereses de perpetuarse en el poder e imponer una mirada cruel y distorsionada del mundo. Los nazis no han sido ni serán los primeros en engañar a las masas. Europa y Polonia deben a no repetir caer en los mismos burdos errores…

Rusia, fútbol y SGM

El mundial de Rusia de 2018 ha puesto sobre la mesa los vínculos tan estrechos que trae consigo el fútbol y el nacionalismo. No es novedoso, en el libro Una patria posible: fútbol y nacionalismo en España, Juan Carlos de la Madrid desgranaba sus elementos para el caso peninsular. Y ahora que la selección ha sido eliminada caen los sudores fríos de un país que siente que no ha estado a la altura de las circunstancias por expectativas, juego y resultados, y eso ha traído un cierto halo de amargor y desencanto. Ni qué decir lo que ha ocurrido en Argentina, visto como un duelo nacional. Y mientras que en España caía ese velo de las expectativas frustradas, tras haber conquistado un campeonato del Mundo en 2010, los rusos, por el contrario, organizadores del evento, se sentían eufóricos, como si hubiesen obtenido una gran victoria militar… ojalá fuesen así de incruentas todas ellas de aquí en adelante.

El triunfo, inesperado, ante España, ya que Rusia no era una de las favoritas, a pesar de jugar en casa, ha traído a colación las victorias de la guerra mundial contra el Tercer Reich, incluso, aludiendo a la mítica batalla de Stalingrado… Igualmente, la derrota de Alemania en la fase de grupos (algo que no había sucedido nunca en su historia mundialista) provocó, por supuesto, un regocijo sin igual, y el gobernador de Lipetsk, Oleg Korolev, publicó un tuit en el que habló de la “venganza de la historia”, afirmando que se merecía lo que les había ocurrido por “haber desatado dos guerras mundiales” (aunque después, ante la polémica suscitada, tuvo que borrarlo). Está claro que el fútbol desata pasiones, es una religión en algunos países, hay jugadores sacralizados de tal manera que provocan a su paso un fervor y un eco multitudinario. No hay duda de que es un espectáculo de masas sin parangón, en el que todos juegan en igualdad de condiciones en el campo de fútbol, 11 contra 11. Es un deporte extraño, en ocasiones, no siempre el que juega mejor es el que se lleva el triunfo, y su épica está vinculada al gol, a un instante mágico. Cuando sucede, en los estadios es tal el impacto que es casi como si se hubiese producido un terremoto. Las repercusiones que tienen la victoria y la derrota son absolutas, de alegría o tristeza, devastadoras en ambos sentidos. En este caso, está muy claro ya que el mundial ha entrado en su hora decisiva, en la que solo puede quedar un equipo. Todo lo que se ha hecho en la fase de grupos no sirve para nada, o no mucho. Hay que regular las fuerzas y se sabe que no hay rival pequeño. Sin embargo, en los momentos de crisis o malos, las sociedades se refugian en el deporte rey, les ofrece consuelo y una sensación de bienestar irracional. No ha cambiado el mundo, solo se trata de pura autosugestión que deriva en que se da un fuerte componente de identificación entre la nación y la selección (y, por extensión, con la Historia).

Así, para los rusos, en su memoria colectiva, la SGM es, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes de su pasado contemporáneo. Tras la descomposición de la URRS, vista como la derrota en la Guerra Fría, es uno de los hitos que más se destacan al haber alcanzado una victoria decisiva contra uno de los regímenes más perversos de la Historia, la Alemania nazi. Y este logro se ha consagrado en su imaginario como una fórmula de la unidad y defensa de la patria frente a una amenaza exterior. En la Rusia de Putin, con todo, el nacionalismo se ha convertido en un elemento tremendamente vertebrador y consolador (frente al deterioro general del nivel de vida) de esta democracia controlada, a pesar de que su presidente, el zar, no se hallara en el palco de las autoridades. Sin embargo, la victoria a penaltis, tras un partido no demasiado brillante por parte de ninguna de las dos selecciones, es recogido como una gran gesta histórica. No deja de ser este su mundial, una manera de publicitar el país, aunque en las odiosas comparativas eso mismo hizo Hitler en las Olimpiadas de 1936. Mientras que un año antes aprobaba las ominosas y perversas leyes de Nuremberg, mostraba ante el mundo los logros de la raza aria gracias al documental Olympia, de Riefenstahl, éxito de la propaganda. Putin no ha tenido entre ceja y ceja a los judíos, sino a los homosexuales, a los que se les silencia y discrimina en el país. Al mismo tiempo, mientras Hitler urdía sus planes de conquista militar, Putin ya se ha salido con la suya en otros escenarios, anexión ilegal de Ucrania, participación en la guerra en favor de los rebeldes del Dombás y, por supuesto, el apoyo a la dictadura de El Asad, en Siria. Recuerdo que, en España, tras darse cierta polémica sobre la actitud de ciertos jugadores de la selección en apoyo del proceso catalán, se enfatizó que el fútbol no debería meterse en política. Pero este deporte no deja de ser un animal político. Es innegable que no puede entenderse sin él al combinado nacional aquí y en cualquier otro lugar.

Los triunfos deportivos siguen siendo una manera enaltecer los ánimos patrios y de identificarnos con una serie de colores. El mismo lenguaje periodístico, sin ir más lejos, no ha dejado de reforzar esa apuesta utilizando para ello términos procaces para hablar de hazañas, heroicidades, lucha… como si fuesen los nuevos gladiadores del siglo XXI. Al menos este pan y circo es inocuo, no muere nadie sobre el terreno de juego ni se permite la violencia, y, sin embargo, tampoco está de más tener cuidado con las implicaciones que trae consigo sobredimensionarlo, porque ahí están los temibles hooligans que han provocado algaradas y muertes. El mayor problema de todo esto no radica en que el fútbol levante pasiones y haya un fervor casi religioso y patriótico, sino que nos haga adentrarnos en un túnel en el que se sacralice por encima de la Historia y acabemos por sustituirla. Rusia ganó un partido, bien, y los aficionados rusos pueden disfrutar de un nuevo encuentro, pero no frivolicemos el ayer, ni ocultemos las desgracias del presente.

Derechos humanos

A tenor de lo que sabemos, de la situación en muchos países que, incluso, sosteniendo un marco (real o aparentemente) democrático, no cumplen de forma escrupulosa con las garantías de los derechos humanos; a tenor de que, en los conflictos activos en medio mundo, la violación de estos es casi una constante, la retirada de EEUU del Consejo de Derechos Humanos de la ONU es un lamentable error. Creado en 2006, con sede en Ginebra, está integrado por 47 países (con 14 de ellos no considerados libres, como Arabia Saudí, China, Venezuela y Cuba), cuyo objetivo principal está dirigido a “fortalecer la promoción y protección de los derechos humanos en todo el mundo” y “hacer frente a situaciones de violaciones de los derechos humanos y formular recomendaciones sobre ellos”. EEUU, siguiendo los mismos pasos que ya ha hecho en la Unesco, ha preferido aislarse que actuar reconociendo la importancia de una estrategia multilateral. Decisión, según ha querido justificar, motivada porque este organismo ha lanzado una “campaña patológica” contra Israel…

Aunque el Consejo cumple un papel menor como regulador y cancerbero de las injusticias (puesto que a diferencia del Consejo de Seguridad de la ONU sus actuaciones no tienen un rango de resolución), lo cierto es que la retirada de EEUU no ayuda para nada a mejorar y/o a canalizar de una forma adecuada las tensiones internacionales. La idea de que Israel es víctima del rencor que suscita en otros países es demencial, como si esa persecución no estuviera acompañada de razones fundadas. Por supuesto, la disposición ha provocado el aplauso de Netanyahu, pues según este “durante años, el Consejo ha demostrado ser una organización sesgada, hostil y antiisraelí que ha traicionado su misión de proteger los derechos humanos”, en vez de preocuparse por otros países. Así, sentenciaba que “se centra obsesivamente en Israel, la única democracia genuina en Oriente Medio”. Si bien, la gota que ha colmado el vaso para Washington ha sido, aparte de su intención de abrir una investigación por los sucesos en Gaza, la crítica a la política migratoria activada por Trump.

El secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, denunciaba que este organismo actúa de forma hipócrita, encubriendo abusos mientras se pone en el punto de mira a Israel. Como si lo ocurrido en Gaza, los miles de muertos y heridos palestinos, no fueran asunto suyo. En sus orígenes, EEUU ya estuvo alejado de este organismo bajo la Administración de George Bush, aunque con Obama, en 2009, se volvería a incorporar. Es verdad que el Consejo ha querido ser reformado sin mucho éxito para mejorar su funcionamiento interno. Pero no ha sido posible. Ahora bien, resulta un tanto llamativo que un organismo que se define por defender y garantizar los derechos humanos no sea capaz de encarar con garantías sus propios problemas, priorizando más sus rivalidades que sus compromisos. Sin embargo, su inoperancia es un lujo que no nos podemos permitir tal y como vemos que marcha el mundo. Desgraciadamente, la salida de EEUU responde a la misma hipocresía que afirma no poder soportar, ya que, a la vista está, el gigante norteamericano no está tampoco dispuesto a que nadie juzgue y califique sus políticas y no digamos sus abusos en Irak o Guantánamo. Ser una democracia, como afirma el primer ministro israelí, no significa ni garantiza necesariamente que no se puedan cometer graves violaciones de los derechos humanos, hay demasiados amargos ejemplos de ello.

En lo tocante al tema de Israel y su relación con los palestinos, es cierto que es un conflicto muy mediático. Pero Israel cree que actúa con todo el derecho, sin percibir ni reflexionar si el uso que hizo de la violencia en Gaza es cruel y excesivo. Lo patológico no es la actitud contra las políticas de seguridad israelíes, sino pensar que hay una conspiración de otros países en su contra. Ningún Estado debería poder justificar actuaciones violentas, pero sucede, incluso cuando estas se producen contra su propia población. Pero, en todo caso, no parece razonable ni adecuada la decisión norteamericana. El daño de credibilidad que provocará a un Consejo que, por mal que funcione, persigue un fin legítimo (acabar con la indefensión humana) es desaconsejable, ya que viciará todavía más las endebles relaciones internacionales.

Por todo, parece que, en pleno siglo XXI, no hemos sabido encontrar las claves para encarar y garantizar la dignidad humana. Esta es una herida abierta y sangrante, sin cura aparente, como si el que sufre lo hace porque quiere. Israel se empeña en deshumanizar a los palestinos, los palestinos demonizan a los israelíes, y todo redunda negativamente en afectar siempre al eslabón más débil: la población civil. Ejemplos sobre la violación de los derechos humanos incluyen a tantos países, Israel, EEUU, Arabia Saudí, Venezuela, Rusia, Somalia, Italia, Nigeria, Nicaragua… la lista es tan larga y tremenda que es difícil que algún país se libre por entero, por eso hay que estar y ser vigilantes. Y la importancia de unas violaciones y otras de los derechos humanos viene establecida por la cantidad de muertos y el carácter del encarcelamiento o las persecuciones. Es imposible llegar a todas. Y, aunque cada país busca el modo de no ser el foco de atención, e incide en los males ajenos, en esta ocasión, EEUU por su responsabilidad como primera potencia mundial actúa, en este sentido, de una manera peligrosa. Se inhibe, una vez más, y ofrece un pésimo ejemplo. Lamentablemente, el populismo, el radicalismo, el integrismo, el chovinismo, el conservadurismo, el fanatismo y todos estos ismos perversos están volviendo a reverberar de forma tan furibunda en estos tiempos de confusión, posverdad y crisis vinculados a la pérdida de derechos humanos, que parece que han venido para quedarse. De nuevo, la voluntad de hablar de Humanidad se desintegra y el hombre se convierte en un lobo para sí mismo.

Migrantes

Los ecos de lo que está sucediendo en el Mediterráneo nos llegan a los ciudadanos europeos con tristes casos como los del navío Aquarius, pero no son los únicos. Desde África, miles de seres humanos pugnan por llegar al viejo continente, es su sueño, su frágil esperanza de una vida mucho mejor de la que dejaron atrás. Y el miedo a que se produzca una avalancha está ahí, animado por las mentes recelosas y recalcitrantes. Europa se aferra a sus defensas, a ese Mediterráneo que antaño fuera un lugar de desavenencias y conflictos, forja de imperios, y que es ahora lo único que nos defiende de un trasvase de población incontrolado. De hecho, el canciller austriaco, Sebastián Kurz, anunciaba la constitución de un eje Viena, Berlín y Roma que algunos han querido comparar con aquel que, en 1939, iniciara la SGM (al que se añadiría Tokio). Pero no debemos sacar a colación, en este sentido, socorridas y maledicentes comparativas, sino realizar una dura crítica contra una Unión Europea falta de perspectivas.

Es cierto que este tripartito ha sido constituido por Matteo Salvini, presidente de la xenófoba Liga italiana, el austriaco Herbert Kick, al frente del ultranacionalista Partido Liberal Austriaco (fundado por antiguos nazis) y el alemán Horst Seehofer, de la Unión Socialcristiana, que defiende cerrar las fronteras a los extranjeros. Pero tildar la situación de amenaza es falsificar lo que está sucediendo. La realidad es que el desplazamiento de población es un hecho histórico. La frontera de Europa no se encuentra en las aguas azules y apacibles del mítico mar, sino en el Sahel, más allá incluso, de donde proceden miles de hombres y mujeres. Europa vive mirándose al ombligo. Busca una solución fácil, aunque retorcidamente inhumana, para no ser molestada en su bienestar.

El nacionalismo ha constituido esas fronteras artificiales que tantas veces se han señalado como falsas. Los seres humanos las transgreden, a veces, por motivos belicistas y egoístas, otras, en cambio, tan solo porque no creen en ellas y necesitan huir hacia lugares donde haya paz. Pero estos, léase Europa, no los quieren porque no pertenecen a su identidad común, no son blancos, no son cristianos y, sobre todo, no son europeos…

En otro tiempo, los mismos europeos anduvimos a la gresca por los mismos hechos, pero entre nosotros. Las dos devastadoras guerras mundiales son el vivo y lamentable ejemplo de lo que digo. Sin embargo, cuando valoramos estos conflictos nos aferramos a sus elementos superficiales y no caemos en el más profundo de ellos: el narcisismo. Todos los países se jactan de ser únicos y diferentes, configurar un espacio con una lengua e identidad comunes, pura y mejor que ninguna otra, aunque no sea cierto, aunque a la hora de la verdad, internamente, haya tensiones, dramas y delitos. No hay sociedades perfectas. Pero lo característico de nuestra conciencia como europeos es que defendemos valores universales hasta que la necesidad nos llama a la puerta y la cerramos. Atajar la presión demográfica en las fronteras de Europa no es una tarea fácil.

Los gobiernos se quejan de falta de medios por el simple hecho de que no les damos prioridad. Hay muchas necesidades, desde luego, pero ninguna como el mirar hacia un Mediterráneo que se ha convertido en una tumba de miles de personas desvalidas. El pasar la patata caliente de un país a otro, el modo en el que se atajó la acogida de refugiados sirios, mediante acuerdos con Turquía, solo para que no llegasen, no solo nos desvela que no aceptamos nuestra responsabilidad, sino que no entendemos cómo está cambiando el mundo. La ONU se ha convertido en un organismo totalmente ineficiente. Palía males, nunca los resuelve. Busca el mejor modo de evitar que las catástrofes bélicas no sean más demoledoras para la población civil, como la ayuda enviada a Siria o Yemen, pero no es capaz de cortar los males de raíz ni activar políticas globales coherentes. El ejemplo más claro es que tras 70 años de conflicto, ha sido recientemente cuando la Asamblea General ha solicitado protección para el pueblo palestino, tras lo ocurrido en Gaza (y tras el veto de EEUU en el Consejo de Seguridad de la ONU de lo mismo), como si fuese una causa recién abierta. En cuanto a Europa, su actitud y su reacción con los inmigrantes es deplorable. Solo le faltaría sacar sus respectivas armadas y desplegar el ejército para evitar que estos, con sus débiles pateras o sus endebles embarcaciones, pudiesen tomar el viejo continente… esto no es una película de ficción, los migrantes no son marcianos venidos de otros planetas, sino personas normales.

Las fronteras del mundo han sido constituidas de forma caprichosa. Por eso, cerrar los puertos, impedir que los barcos con migrantes lleguen a nuestras costas, y allá se las compongan, es delito grave de dejación, como quien ve a un hombre ahogarse y cuenta con los medios para salvarlo y no hace nada… Si no queremos que la llegada de inmigrantes ilegales sea una amenaza debemos activar protocolos y mecanismos de actuación, esto es, posibilitando que los que se han lanzado al mar, en condiciones tan precarias y penosas, sean acogidos debidamente y, así mismo, ir a los lugares de origen y ayudarles. Nadie se marcha de su propio país por capricho y se va a otro totalmente desconocido en lengua y costumbres por pasatiempo. Hoy, más que nunca, se trata de configurar una política trasnacional que garantice la vida digna a cualquier país o poner los medios que se tienen disponibles para ello. Europa cierra los ojos a lo que es la situación en el Magreb. Mientras crece la xenofobia y el racismo, y los partidos que defienden leyes más estrictas antiinmigración se posicionan con fuerza, no nos damos cuenta de que este proceso hay que regularlo, y que no se puede detener. Quien intente detener esta rueda solo provocará más sufrimiento y logrará que el viejo fascismo encuentre un nuevo enemigo en el sur…

Jerusalén, cruda realidad

La victoria en el pasado Festival de Eurovisión de la cantante israelí pone sobre la mesa un espinoso tema político. ¿En qué ciudad se va a celebrar la gala? El país que gana el concurso se convierte en el anfitrión para la siguiente edición y, en esta ocasión, el problema es serio. ¿Tel Aviv o Jerusalén? Recientemente, un amistoso de fútbol, preparatorio para el Mundial de Rusia, entre Argentina-Israel, fue suspendido por amenazas contra ciertos jugadores argentinos. El encuentro iba a ser disputado en Jerusalén, en vez de en Haifa, como se tenía previsto. Pero si este suceso ha tenido su impacto, no digamos lo que supondrá la celebración, con su aún mayor carga simbólica, del mencionado festival. El imprudente traslado de la embajada de EEUU a Jerusalén vino acompañado por los sucesos que, tan tristemente, han empañado la conmemoración del 70º aniversario de la fundación de Israel (que, para los palestinos, es la Nakba), con cientos de muertos y miles de heridos palestinos. Así, la tensión entre ambas comunidades se halla, ya, por de pronto, a flor de piel. A la incapacidad de la ONU por actuar, ante el bloqueo sistemático interpuesto por EEUU, se le suman unas políticas israelíes dictaminadas por un marcado conservadurismo y que ha visto favorecidos, una vez más, sus intereses, al ver reconocida Jerusalén como su capital, al menos, por dicha superpotencia.

Ahora bien, volviendo al tema que nos ocupa, si Israel decide celebrar Eurovisión en Jerusalén, ¿qué decisión tomarán los países que no la reconocen para no menoscabar los esfuerzos de los palestinos para que la sagrada urbe no sea solo israelí? Esto no va a afectar mucho su ya precaria realidad, indefensos como están, pero sería una victoria más de los israelíes. Es verdad que Europa se ha negado a seguir los pasos de Washington a este respecto y se ha reafirmado en mantener ese status internacional para no horadar los esfuerzos de los palestinos en su reconocimiento como Estado (cuya aspiración también es convertirla en su futura capital). Eurovisión, paradójicamente, es un festival cuyo interés ético es hermanar a través de la música a los diferentes países de un continente que vivió la hecatombe de dos guerras mundiales. La canción es un bien cultural que en su lenguaje armónico universal revindica el respeto a la diversidad. Sin embargo, en este caso, no caben las medias tintas. Hay que tomar una decisión que no solo tiene que ver únicamente con cuestiones musicales sino con consecuencias políticas. Es curioso pensar que los ultraortodoxos judíos no hayan visto con buenos ojos este evento, al revés, ni la ganadora de este año, Netta, ni cuando lo hizo Dana, encarnan los valores tradicionales hebreos que ellos defienden. Pero, en la paradoja, el concurso les ofrece la posibilidad de reafirmar la capitalidad de Jerusalén. Otra cuestión es que estos éxitos musicales, que nos desvelan una sociedad israelí más abierta y plural, no haya favorecido a los partidos más liberales y tolerantes en el parlamento, al revés, se han encaramado al gobierno los que desarrollan una estrategia más reaccionaria; extendiendo las colonias ilegales en Cisjordania, imponiendo un cerrojo en Gaza, que impide que se pueda dar un desarrollo económico y social, que refuerza el radicalismo palestino.

Todo esto solo ha favorecido la cerrazón y la intransigencia por ambas partes. Una cerrazón que, a la vista de las circunstancias, solo beneficia a largo plazo a la estrategia seguida por el sionismo, que aspira a configurar (sin importar el coste humano) los territorios de la Palestina histórica como parte de un mismo país, Israel, menospreciando y maltratando, además, a la minoría palestina pacífica que coexiste en su interior. Así mismo, en este conflicto que es cosa de dos, los palestinos no han sabido tampoco plantear un escenario diferente, que vaya más allá de las Intifadas, ni conseguir un respaldo internacional, pues, incluso la solidaridad de los países árabes ha estado socavada por sus rivalidades tanto estratégicas como religiosos. Así, la propia debilidad intrínseca de los palestinos les ha resultado un lastre harto pesado, con grupos integristas radicales que operan como organizaciones terroristas, generándoles mala prensa, o con una Autoridad Nacional Palestina debilitada y corrupta. Y no digamos el elemento que determina con más fuerza este marco, junto a la suma de los factores negativos anteriores, como es la compleja realidad interna de la sociedad israelí que ve como en su misma fragmentación política favorece el liderazgo de los partidos conservadores y ultraortodoxos que en coalición determinan el rumbo del país, minusvalorando, orillando o atacando con suma dureza a aquellos grupos u organizaciones pacifistas israelíes o que abogan por un entendimiento entre ambas poblaciones, y que también se empeñan en luchar contra el racismo que ha arraigado con fuerza en sectores de la sociedad hebrea.

La violencia de Hamás o la Yihad, tan equívoca, sin duda, ha favorecido una manida propaganda del miedo en la que se etiqueta negativamente a todo lo palestino y se les presenta o como hambrientos de sangre o quintacolumnistas, en referencia a los que viven en Israel, mientras que no se hace nada por impulsar un plan de paz, que imposibilite que muchos de estos jóvenes, fácilmente influenciables, acaben siendo seducidos y guiados por los discursos más radicales… Tampoco la diplomacia de Tel Aviv, en Oriente Medio, ha sido diseñada para consolidar un modus vivendi con los países árabes del entorno, a quienes los consideran un peligro en potencia para su supervivencia. Israel se postula, por lo tanto, sola ante el peligro, casi sin amigos (salvo EEUU), alentando con sus rígidas y autocomplacientes políticas nuevas confrontaciones y siendo el máximo responsable de que se mantenga viva esta endémica violencia en la zona. Celebrar Eurovisión en Jerusalén no cambiará la crudeza del conflicto y humillaría, una vez más, a los palestinos.

Siria y el informe César

Testimonios y documentos sobre la violencia y los crímenes generalizados que se han practicado en estos años de guerra en Siria parecen formar parte ya de este paisaje. La tortura sistemática de detenidos, el ataque a núcleos de población civil con armas prohibidas (químicas y bombas de fragmentación) por la Convención de Ginebra y, en suma, un sinfín de horrores que no solo han protagonizado las fuerzas de El Asad sino también los propios rebeldes, se han convertido en denuncias corrientes. Sin embargo, lo que sí se está conociendo es la profundidad de la despiadada represión realizada por Damasco contra sus enemigos (pues solo son estimaciones especulativas).

Recientemente, Francia enviaba a la ONU un informe para activar la Corte Penal Internacional (CPI). En él se recogían más de 55.000 fotografías que un antiguo miembro del Ejército sirio realizó y archivó clandestinamente, entre 2011 y 2013, y con las que huyó el año pasado. En ellas se ejemplifica testimonialmente los cientos de cuerpos torturados, maltratados y malnutridos de aquellos hombres y mujeres que acababan en manos de El Asad. Todo apunta a que las imágenes no han sido manipuladas y, por eso, se presiona para que con tales pruebas pueda ser juzgado. El problema es el veto de Rusia, el principal aval del régimen del dictador en la región, junto a Irán. Independientemente de los juicios que se puedan realizar, está claro que la violencia que se ha dado en Siria va más allá de una simple operación antiterrorista.

Rusia ha tenido que enviar a una fuerza aérea y un apoyo logístico ingente, y también en la misma guerra han intervenido las milicias de Hezbolá y batallones iraníes. Está claro que El Asad cuenta ya con las mejores cartas para sentirse seguro y convencido de que ha ganado. Controla la mayor parte más rica y poblada del país y ha consolidado sus frentes. El único motivo de inquietud sigue siendo la actitud de EEUU en todo esto, aunque con el apoyo de Moscú las posibilidades de una intervención aérea aliada parecen prácticamente descartadas. Los ataques de castigo, presuntamente exitosos, como respuesta al lanzamiento de armas químicas, solo han servido para maquillar la incapacidad de Occidente de meter mano a una guerra que nunca ha llegado a controlar. Hasta Turquía, integrante de la ONU, inició una campaña, afín a sus propios intereses, contra los kurdos en el norte sin que fuese penalizada. El futuro de Siria es ya una incógnita. Se contabilizan unas 400.000 víctimas mortales y 11 millones de desplazados.

Los efectos a largo plazo y el verdadero alcance destructivo del conflicto todavía es inclasificable, con ciudades arrasadas, la economía destruida y, ante todo, hay una generación de niños marcados por el dolor y la tragedia, que no ha podido ir a la escuela y que ha sufrido el horror de la violencia en su propia carne. Dichos traumas los acompañarán para siempre. Y no digamos todo ese caudal humano de refugiados que ha ido a parar a otros países y que, posiblemente, no quiera regresar, en algunos casos, a un país en ruinas y con una dictadura que, por supuesto, solo va a reconocer su victoria total y absoluta contra los rebeldes. Las posibilidades de que se pueda juzgar a El Asad son, lamentablemente lo de menos, porque no van a compensar lo ocurrido, frente al ingente reto al que se enfrentan: reconstruir un país arrasado. Y no solo me refiero al hecho de reconocer a las víctimas y posibilitar una vida digna a los supervivientes, sino a la probabilidad más que segura de que este brutal régimen no procederá a curar las heridas de una manera sana. Es, en este punto, donde es necesario apartar a El Asad del poder, pero se torna difícil, porque su gobierno está apoyado por numerosas familias que también se han empeñado en esta guerra y han formado parte activamente de sus crímenes.

Está claro que la sociedad siria no puede volver sobre sus pasos como si no hubiese sucedido nada, sino que tendría que hacerlo sobre otros en que la tiranía se ha negado, y se niega aún, a reconocer la diversidad del pueblo sirio y la barbarie sin precedentes que ha sufrido por ello… Cuando acabó la guerra en la extinta Yugoslavia muchos de los líderes políticos y militares de los diferentes bandos huyeron y se ocultaron tras ser acusados de crímenes de guerra. Costó encontrar a la mayoría de ellos al contar con amigos, pero se logró y, más tarde, los procesos judiciales se abrieron y el Tribunal Penal Internacional de la antigua Yugoslavia, condenó a los responsables. Hubo una cierta justicia reparadora que, al menos, ha permitido que los países afectados se hayan reconstruido y la paz y la convivencia hayan regresado a la zona.

En Siria, la cuestión es más delicada todavía porque, aparte de las cuestiones internas, Arabia Saudí o Qatar tienen un interés mayúsculo en que el régimen sirio desaparezca. No quieren un frente chií entre Irán, Siria y Hezbolá, al que podría sumase Irak, aunque, de momento, no parece probable. Claro que, ahora mismo, la cuestión de la justicia es un asunto menor, aunque sea duro escribirlo, frente a la necesidad imperiosa de que se ponga fin al conflicto y que de la experiencia siria se pueda extraer algo positivo a nivel internacional, como es la necesidad de que los países no encubran o apoyen regímenes criminales. Sin embargo, hay que admitir que el régimen de El Asad está firmemente aposentado. La victoria y continuidad de Putin al frente de Rusia le ofrece al dictador sirio una coartada para seguir actuando como si el mundo estuviera a sus pies y todo este informe quede, por de pronto, en agua de borrajas. Nos toca considerar que, más tarde o más temprano, serán los propios sirios los que exijan una justicia suprema que impida que otro gobernante actúe de este modo y que cosifique a la oposición política. Ahora, insisto, lo urgente es la paz y permitir que los millones de sirios que malviven como refugiados puedan volver a su país y comenzar poco a poco a reconstruirlo.

Abismos humanos

La realidad no es lamentable, es catastrófica. Al problema de los refugiados, atajado de mala manera cerrando los accesos a Europa, se le suman los inmigrantes que quieren pasar de África al viejo continente huyendo de los horrores que viven en sus propios países, buscando un lugar donde poder vivir en paz. Y son miles y miles los que intentan atravesar el Mediterráneo cada año. Unos lo consiguen y otros se quedan en sus aguas, como si fuese una gran tumba silenciosa, que escasamente preocupa a los europeos mientras se bañan en sus cálidas y tranquilas orillas. En este trasiego de personas se han constituido redes de traficantes que se aprovechan de la necesidad para embarcarles en frágiles esquifes o lanchas que no todas llegan a su destino, pues ninguna reúne las mínimas condiciones para encarar tal desafío.

Los acuerdos alcanzados por la UE con varios de estos países norteafricanos para impedir este tráfico suelen acabar en poco, ya que no controlan sus propias costas. Y, así, muchos de tales botes naufragaban, otros quedan a la deriva cuando fallan sus motores o incluso vuelcan, por un golpe de mar, al ir sobrecargados; si no sufren los pasajeros los rigores ambientales. Ante este intenso trasiego, la labor de los guardacostas se ve superada. Países como Italia se enfrentan cada día a una crisis humanitaria seria, debido a la cercanía de sus costas a África, contra la que no pueden hacer frente por falta de medios y recursos, pero también porque no interesa priorizar este drama. Es por eso que las ONGs intentan cubrir ese hueco, ayudadas por voluntarios en estas tareas de rescate. Pero si en la cuestión de los refugiados Europa no respondió con coherencia y equidad, tampoco lo está haciendo en este caso. Más preocupada por la posible guerra comercial con EEUU que por actuar de forma coherente con sus valores y principios sociales, Bruselas parece no querer tomar cartas en el asunto.

El caso más sangrante, en la actualidad, es el del barco Aquarius, fletado por Médicos sin Fronteras y SOS Mediterránée, que embarcó a medio millar de migrantes en su cubierta recogidos a lo largo y ancho de las costas cercanas a Libia. Pero al dirigirse con su carga humana hacia el puerto seguro más cercano se encontró con la negativa de las autoridades italianas a aceptarlo… Finalmente, el nuevo presidente de Gobierno español, Pedro Sánchez, se ofrecía a acogerlos en el puerto de Valencia. Aunque los italianos cantaron victoria (menuda victoria), el problema es que la nave está a 1.300 kilómetros del puerto, por lo que han de navegar esta considerable distancia hasta alcanzar territorio español, en unas precarias condiciones de vida a bordo.

El Aquarius es un pequeño navío no preparado para tal cantidad de pasajeros. Además, entre los migrantes hay nada menos que siete mujeres embarazadas y 123 niños que no están acompañados. Es curioso pensar que cuando Europa se ve amenazada por un enemigo exterior, tradicionalmente, ha movilizado a sus fuerzas armadas para garantizar la defensa de sus fronteras. La amenaza rusa trajo hace unos meses consigo que EEUU pidiese a sus aliados de la OTAN que incrementasen su gasto militar como si eso fuese lo más natural del mundo, sin mirar en qué otras áreas habría que recortar para encarar tales desmesurados gastos. Tampoco se cuestiona, sin ir más lejos, el despilfarro que supondrá el mundial de fútbol de Rusia, como las primas a los futbolistas… pero cuando hay que dar un paso al frente y comprometerse de verdad con seres indefensos, con personas a las que no conocemos, la solidaridad y los derechos universal se olvidan. Estos hombres y mujeres anónimos intentan llegar a Europa a la desesperada (784 han fallecido intentando llegar) solo para encontrar una oportunidad de vida digna. Pero la reacción de los gobiernos, temerosos de la opinión pública, es, en general, timorata, fría y desconfiada. Son miles, de acuerdo, pero la sociedad europea puede acogerlos, contamos con recursos y lo que está en juego en nuestro código moral. No se trata de acoger a todos los que vengan.

El miedo al efecto llamada siempre está ahí, es una alocución falsa de las corrientes ultramontanas y derechistas. Pero con ello negamos nuestro pasado, el hecho de que tales países los hemos constituido nosotros, que durante siglos han configurado parte de nuestra historia. Su situación es consecuencia del modo en el que nos apoderamos de África y Asia, del modo en el que nuestras idiosincrasias dividieron de forma artificial y arbitraria junglas y regiones enteras… y de cómo, todavía, la dependencia de tales países de sus metrópolis establece su imposibilidad de que puedan desarrollarse de forma plena. Y si no nos hace reaccionar la cuestión de responsabilidad histórica, lo es la ética y la moral. No podemos permitir que la gente muera de forma totalmente cruel e injusta cuando es posible rescatarlos, cuando las verdaderas guerras del siglo XXI no son en campos de batalla, sino ante nosotros, ante la necesidad de demostrar que nuestra cultura democrática y liberal es algo más que una pose nacionalista y que incluye a otros seres humanos iguales a nosotros.

La reflexión está encima de la mesa.

Pero cada gobierno actúa a su libre albedrío. Los medios de comunicación, en ocasiones, nos sensibilizan con estas personas, otras veces, provocan miedos ante el temor a una invasión y al yihadismo… la propaganda negativa explota nuestros prejuicios.

En la paradoja, Europa vive preocupada por mantener viva la memoria del Holocausto, recordamos con viveza los hechos que tanto desgarraron el viejo continente en la época del nazismo para que jamás vuelvan a repetirse. Pero nadie se fija en que, en la comparativa, no hemos cambiado, si entonces eran los judíos los que se consideraban una molestia, hoy lo son los migrantes africanos, el Aquarius, pues este se puede comparar con aquel navío, el St. Luis, con 900 judíos alemanes a bordo y que nadie quiso acoger, en 1939…