Sudán, violencia e incertidumbre

El movimiento ciudadano que logró forzar el derrocamiento del dictador Omar al Bashir, el 11 de abril, lejos está todavía de haber conseguido su sueño de constituir un nuevo gobierno de garantías democráticas. El Ejército, presto a no perder sus privilegios, asumió el papel principal rector de la transición, lo que provocó el recelo y temor de la Alianza para la Libertad y el Cambio, la coordinadora opositora, que pretendía llevar en volandas al país hacia un régimen de libertades. Pero la decisión de los militares de prolongar la transición y de dirigirla a su manera, ha traído consecuencias nefastas, ante la perspectiva de que se constituya otra dictadura que sustituya a la anterior. Así, los opositores tomaron la difícil decisión de volver a movilizarse y, desde el pasado domingo, iniciaron una campaña de desobediencia civil y huelga indefinida, tras una semana de fuertes enfrentamientos entre el Ejército y la población que, según el organismo Comité de Médicos sudaneses, produjo 118 muertes y 500 heridos, aunque las cifras oficiales se las reduce a 61 fallecidos.

Finalmente, la intervención del ministro etíope, Abiy Ahmend, quien ya mostró sus buenas cualidades mediadoras impulsando un acuerdo de paz entre Etiopía y Eritrea, ha permitido rebajar la crispación. Como gesto de buena voluntad, los militares han liberado a tres opositores. De hecho, la excarcelación de Yasser Amran, un jefe del Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLM), era condición sine qua nom para retornar a la mesa negociadora. Y otro gesto de conciliación de los militares, que ha acompañado al anterior, ha sido el detener a varios soldados que participaron en la matanza del 3 de junio. Aunque lo que se pide es que se juzgue a los oficiales responsables de haber dado la orden de actuar de manera tan indiscriminada y brutal. Ese día los trabajadores del aeropuerto de la capital, Jartum, a instancias del Sindicato de Profesionales Sudanés, se declararon en huelga. Y allí aparecieron los milicianos del Janjawid, para conminarlos a punta de pistola a que volvieran a sus puestos de trabajo para recibir tres aviones cargados de armamento procedente de Arabia Saudí, al mismo tiempo, se provocaba en las calles un auténtico baño de sangre, reprimiendo con suma dureza a todos los manifestantes de la huelga (lanzando, incluso, muchos cadáveres al Nilo).

De momento, el mediador Ahmend ha propuesto constituir un gobierno de transición compuesto por ocho civiles y siete militares, con una presidencia rotatoria; queda saber si las partes están de acuerdo en aceptarlo. No hay duda de que tanto la presión interna como externa ha tenido éxito. La misma Unión Africana (UA) suspendió la semana pasada a Sudán como país integrante, exigiendo una transición impulsada por civiles. Esta suspensión acarrea que Sudán no pueda participar en ninguna actividad de la UA. Pero el papel del ejército y los apoyos que recibe este desde Egipto, Arabia Saudí (Sudán secunda su intervención en Yemen) y Emiratos árabes, al mantener la sharía y por sus inclinaciones islamizadoras, es muy determinante para valorar por dónde van, nunca mejor dicho, los tiros. Uno de los hombres fuertes del país es el general Mohamed Hamdan, mano derecha del presidente de la junta militar presidida por Abdelfatá al Burhane, quien comanda las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), Janjawid, la misma unidad que cometió la represión sobre la población.

El RSF es una fuerza paramilitar cuyos antecedentes son bastante negativos, porque es responsable de otros hechos violentos, como la matanza en Darfur, sus fuerzas se hallan además desplegadas en Jartum y las principales ciudades de Sudán, y se las acusa de asaltar a viandantes y comerciantes. La RSF es una herencia del presidente depuesto, por lo que su desarticulación sigue siendo una de las principales demandas de los opositores. Sin embargo, frente a la visión tradicionalista de los militares que pretenden imponer un modelo muy tradicional y arcaico de sociedad tradicional, lo cierto es que la imagen más icónica de la revolución sudanesa, la que permitió que tuviera impacto en los medios occidentales, fue la de una mujer subida en un coche arengando a la gente a participar en la marcha contra el derrocado régimen. En ella se ve a Alla Salah, con el dedo alzado, en una postura reivindicativa y noble, rodeada de miles de personas, la mayoría mujeres, alzando sus móviles grabándola. Era todavía un 8 de abril. La autora de la fotografía fue Lana H. Haroun quien, sin pensar en las repercusiones, la subió a las redes sociales (Facebook y Twitter), y declararía más tarde: “tuve la suerte de poder reflejar lo que estaba pasando realmente en mi país. Eso es lo más honroso para mí y la cosa más importante en toda mi vida”. La imagen se hizo viral, convirtiéndola en símbolo de lucha por la libertad. Algunos vieron en esta mujer de la fotografía a las nuevas Kandaka del siglo XXI, las antiguas reinas nubias. Y mostraban la importancia que todavía cobra la fotografía a la hora de retratar, en una instantánea, sencilla pero poderosa, lo que es el despertar de la voz de un pueblo contra la tiranía. Sin embargo, su futuro es muy incierto.

Sudán se ha convertido en una pieza clave en esta geoestrategia global y, aparte del interés de los países del Golfo, sobre todo, la influencia de Riad, también tiene estrechos lazos con Rusia, China y Turquía. Tanto es así que, en 2017, Putin y el depuesto Al Bashir negociaron abrir una gran base naval rusa en el mar Rojo. Y los militares han reafirmado su compromiso de seguir adelante con el proyecto. Por otro lado, Pekín es uno de los principales suministradores de armas a Sudán. El 4 de junio, tras la matanza producida en Jartum, Rusia y China bloqueaban una condena por parte del Consejo de Seguridad de la ONU. Y Turquía tenía firmado un acuerdo de colaboración por valor de 650 millones de dólares. En Sudán se cuecen aires de libertad, confiemos en que tal empeño no acabe como la revolución en Egipto o en Siria…

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La amenaza yihadista en África

El patio trasero de Europa, el Sahel, es una tierra ignota para los europeos. Se lucha contra el yihadismo, los grupos vinculados al Estado Islámico y Al-Qaeda, pero son combates contra un enemigo que parece reproducirse con facilidad y es complicado combatir en un contexto de miseria y debilidad estatal. Entre estos países destaca la pésima situación reinante en Burkina Faso (La tierra de los hombres dignos), influida directamente por la situación de Malí. La antigua colonia francesa, Alto Volta, independizada el 5 de agosto de 1960, no tiene acceso al mar, y se encuentra enclavada entre Mali y Níger, por el norte, dos líneas fronterizas imposibles de controlar. Y aunque hay mayor cohesión étnica que en Nigeria, donde opera Boko Haram, la situación se está volviendo bastante precaria y peligrosa debido al avance del yihadismo.

La comunidad cristiana, un 25% del país, es la más afectada por las razias terroristas que aparecen y desaparecen dejando tras de sí un reguero de muertos, siendo las iglesias cristianas y sus creyentes sus principales objetivos. Parte de los problemas que se han ido sucediendo en el país han venido ligados a dos factores determinantes: la crisis en Malí (2012) que ha traído consigo la infiltración de grupos radicales en varias regiones del norte y, aunque parezca una paradoja, el fin de la dictadura. En 2014, se logró, gracias a la presión popular, acabar con el odiado presidente Blaise-Compaoré. Pero esto solo trajo como consecuencia el debilitamiento del aparato militar y los servicios de inteligencia afines al depuesto presidente. Quien, a su vez, mantenía acuerdos no escritos con los yihadistas del norte que quedaron en nada, tras su derrocamiento. Y posibilitó que el Frente de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), una coalición de fuerzas diversas, junto al Estado Islámico en el Gran Sáhara ((ISGS), cobraran un mayor protagonismo. Y aunque se considera que tales grupos proceden allende de sus fronteras, hay que destacar que, en 2016, nació un grupo autóctono, Ansarul Islam, que opera en las regiones del norte, liderado por el iman Malam Ibrahim, y que pretende imponer a sangre y fuego, desde el rigorismo más arcaico, la fe musulmana.

Así, los asaltos se han sucedido por todo el país, incluso en la propia capital, Uagadugú, tanto contra intereses turísticos, como hoteles, restaurantes, así como la embajada francesa o, ya, el cuartel general del Ejército, demostrando su audacia y temeridad. Desde enero de 2018, por ejemplo, se han producido nada menos que 332 ataques, con un saldo de 376 asesinados. A eso habría que sumar 136.000 desplazados y 11.000 refugiados. La presión de los yihadistas se ceba, sobre todo, en las escuelas, porque las consideran una de las mayores amenazas, así, más de 119.000 alumnos, de 954 escuelas, han visto como se les impedía estudiar, ante el temor a las represalias; puesto que los yihadistas reniegan de toda enseñanza que no sea la lengua árabe y el Corán. Tales partidas entran en los pueblos, toman las escuelas y asesinar a los docentes, o queman los mercados a modo de castigo. La pobreza, en este caso, sí es un factor muy determinante para explicar la expansión que han cobrado estos grupos por el país. El 45% de sus habitantes (de 20 millones) vive por debajo del umbral de la pobreza, se estima en un millón de burkinabeses los que no saben qué comerán al día siguiente. Además, las tensiones entre las comunidades ganaderas y agrícolas por el control del agua y la tierra son otro factor que explica que haya un terreno abonado para que engrosen en las filas de estos grupos ultramontanos (pues la presión sobre los recursos se ve agravada por la dureza del clima, debido al avance del desierto y la falta de lluvias).

A los peul o fulani, pastores, minoría maltratada, se les reprocha el colaborar e integrar estos grupos yihadistas, y los comités de autodefensa les atacan, con lo que se reproduce el odio y la violencia. En todo caso, la estrategia yihadista es más ambiciosa y alcanza a querer introducirse en los países adyacentes, fundamentalmente, en dirección al Golfo de Guinea (Costa de Marfil, Ghana, Togo o Benín). Esta pugna se ve favorecida por otros dos factores que debilitan aún más al gobierno: la represión indiscriminada de los militares, que ha traído consigo que la población se haya retraído aún más y amplios recortes sociales para poder combatir al yihadismo.

A pesar de todo, las fuerzas armadas son muy débiles, cuentan con pocos medios y cerca de la mitad del Ejército combate en Malí contra otros grupos terroristas o ya los mismos (pero que operan allí) con mejores sueldos sufragados por la ONU. Y aunque los países del Sahel constituyeron el ejército del G-5, con el fin de pugnar contra esta amenaza global, su capacidad operativa es muy limitada. Solo una eficaz y comprometida ayuda internacional les permitiría enfrentarse a tamaña empresa, pero Europa lo está haciendo de manera timorata (Francia es el único que ha enviado unidades militares allí, aunque no ha conseguido acabar con los terroristas), y los proyectos de desarrollo y resiliencia contra el cambio climático, impulsados por la ONU y otros organismos, son insuficientes para revertir esta compleja situación. Por el momento, los yihadistas prosiguen con su escalada de violencia con el fin de sembrar la división en un escenario en donde hasta la fecha se daba una convivencia pacífica entre confesiones religiosas. Sin ir más lejos, en febrero de este mismo año fue asesinado el salesiano español Antonio César Fernández, en la frontera con Togo; y en mayo se producía el ataque a dos iglesias y a una procesión cristiana, dejando tras de sí casi media docena de muertos y la quema de uno de los templos y varios edificios. La situación tanto en Burkina Faso como en el Sahel es muy peligrosa, a la dificultad de combatir de forma eficaz a estos grupos terroristas se le suman las degradadas condiciones de vida existentes. Pero no se debería ignorar esta amenaza que puede agravar aún más los problemas de África y repercutir, en consecuencia, en Europa y en el mundo.

John Wayne, el eterno cowboy

En una reciente encuesta desarrollada en EEUU en la que se recogían los personajes más reconocidos por los norteamericanos, en primer lugar, se hallaba el presidente Lincoln y, en segundo lugar, un actor de cine: John Wayne. Nacido en Iowa, aunque criado en California, este mozo de 1,93 metros de altura, que llegó al cine casi por casualidad (debido a una lesión de rodilla cuando jugaba al rugby), iba a encarnar al hombre del oeste, el espíritu de la frontera, al típico americano que lucha por sus valores y defiende las libertades frente a quien los amenace. La filmografía de Wayne está trufada de películas buenas y malas, pero hay que reconocer que es ingente y envidiable, ha hecho de mongol y detective, de soldado (en diferentes guerras), de aviador, de aventurero, pionero o boxeador, ha sido marino e, incluso, ha dirigido un circo, son tantos títulos, 142 actuaciones como protagonista (de 153 películas), que ostenta el récord. De hecho, nunca fue un hombre tranquilo.

Conocido como The Duke (el duque, por un perro que tuvo, ya que le gustaba más que su propio nombre), ganó un Oscar, ya al final de su carrera, a modo de homenaje postrero a toda su emblemática carrera, con la mítica Valor de ley (1969), un western crepuscular, que recogía perfectamente la semblanza de aquellos personajes que fue interpretando y que le valieron tanto reconocimiento, granjeándole el respeto y afecto de tantos aficionados que crecieron con él, icono del cine norteamericano. Eso sí, muy alto, delgado y con un pelo envidiable, al principio, aunque luego la alopecia hizo que tuviera que llevar peluquín y cogiera peso, con una mirada tierna y algo ruda, se consagró en la tan competida industria gracias a un joven director con el que acabó por rodar nada menos que 19 largometrajes: John Ford, director egregio donde los haya. Fue ahí, en La Diligencia (1939), en Centauros del desierto (1956), uno de sus papeles más acabados e impactantes, o en Misión de audaces (1959), entre otros, donde Ford cinceló la figura de un actor que con sus torpes y desgarbados pasos lucía como nadie la pistolera de auténtico americano, unas veces haciendo de sheriff, oficial nordista, y otras de romántico pistolero que lucha en favor de los débiles o la justicia… Río Rojo (1948), Ford Apache (1948), La legión invencible (1949), Hondo (1953), El Álamo (1960), Los cuatro hijos de Katie Elder (1963), El Dorado (1966), Río Lobo (1970) y Ladrones de trenes (1973), es una muestra de toda una serie de emblemáticos filmes del oeste que protagonizó a lo largo de tantas décadas.

Bien es cierto que Wayne fue un firme republicano y activo defensor de la Asociación Nacional del Rifle. Hombre de hondas y profundas convicciones conservadoras, aunque no dudo en casarse tres veces, ni en hacerlo con mujeres de origen mexicano, y él mismo de origen irlandés, lo que debería advertir al presidente Trump de que EEUU no se puede entender sin la migración. Sin embargo, hay algunas facetas poco conocidas del Duke imperial, también mostraba un agudo sentido del humor (y aunque en su filmografía no abundaban las comedias como tales, en todas ellas había siempre una pizca de humor sardónico, como en La taberna del irlandés (1963), junto a otro duro del cine, Lee Marvin), incluso capaz de reírse de su alopecia y aparecer en un programa de televisión imbuido en un disfraz de conejo azul. Trabajó con muchos de los grandes actores y actrices de su época, incluso estableció amistad con Kirk Douglas o Paul Newman (aunque con este no coincidiría en el plató) en las antípodas de su forma de pensar. Siempre consideró, por ejemplo, que la película Solo ante el peligro (1952) era irreal, porque un pueblo nunca puede dejar desasistido a un sheriff contra os malos de turno. Sus ideales patrios fueron firmes (grabó un disco hablado con proclamas muy americanas que fue un éxito tras el 11-S).

Era un actor que podía mostrar una mirada tierna y acerada, una calidez entremezclada por su apariencia de hombre viril hecho a sí mismo, troquelado por la experiencia y hondos ideales, no exentos de firmeza y simpatía (aunque también podría haber interpretado a personajes de malo). Aunque, como todo actor, sus papeles evolucionaron, si bien no dejó de representar el mismo talante aguerrido y aventurero, desde el jovencito imberbe Ringo Kidd, que quería vengarse de unos odiados hermanos a los que perseguía deteniendo una diligencia con su wínchester, al tuerto comisario federal de ademanes rudos y simpático borrachín, Rooster Cogburn, que no duda en lanzarse de frente cabalgando contra sus enemigos valientemente con su pistola y rifle.

Wayne también rodaría como director un puñado de películas, aunque ninguna de ellas tan destacable como Boinas Verdes (1968), un panfleto propagandístico en favor de la intervención en Vietnam, a pesar de que ya se sabía que era una guerra cruel y absurda. Pero ese desliz no desluce una carrera trufada de grandes momentos y de un infinito recordatorio de ese cine de sobremesa televisiva que nos ha acompañado y que todavía sigue haciéndolo (incluso, actualmente, cuando el género del western ha declinado tanto). Wayne, en realidad su nombre era Marion Robert Morrison, simboliza como nadie el sueño americano, el icónico héroe, generoso y aparentemente corriente, ya sea luchando contra los sudistas, los indios y los nazis, por supuesto. Además, en su lado más sensible, junto a la actriz Mauren O`Hara formó un tándem cinematográfico inigualable, muy querido por el público, destacando entre estas colaboraciones en filmes como Río Grande (1950), El hombre tranquilo (1952) y El gran McLintock (1963), manteniendo hasta su fallecimiento una gran y reconocida amistad. Wayne, tristemente, murió prematuramente un 11 de junio de 1979, debido a un cáncer de estómago que le fulminó. Tenía 72 años.

En su lápida se podían leer estas palabras que quiso que escribiesen sobre ella, no sin cierto humor, “Feo, Fuerte y Formal”. The Duke, en todo caso, siempre nos será querido, gallardo e inmortal.

Realidades y ficciones

La exitosa serie televisiva sobre la tragedia de Chernóbyl (TV, 2019) y la película Kursk (2018) nos recuerdan dos dramáticos episodios sucedidos en la antigua Unión Soviética y en la Rusia actual. El primero de ellos sucedió en 1986, uno de los reactores de la central nuclear explotó, provocando una enorme emisión de radiactividad que trajo consigo unas consecuencias devastadoras para la región, tanto para las personas como para la propia naturaleza. Las autoridades soviéticas, inmersas en la Glasnost y la Perestroika, lideradas por Gorbachov, no pudieron, ante las pruebas evidentes y la constatación de que algo había sucedido, sino reconocerlo. Y Europa entera se puso en alerta ante los efectos nocivos de la nube radioactiva. A partir de ahí, las autoridades de Moscú buscaron, por un lado, adoptar medidas de urgencia para paliar el desastre, enviando a equipos de contención, aún a riesgo de sus vidas (no hay cifras oficiales, pero cientos de personas murieron expuestas a las altas dosis de radioactividad y otras recibieron la invalidez por el mismo motivo) y, por otro, ocultar una parte de la verdad sobre la negligencia encadenada que trajo consigo el desastre. Todavía, en la actualidad, hay muchas lagunas informativas en relación a Chernóbil. Pero su referencia en el imaginario está muy presente. Así que ante el interés y el atractivo que sigue despertando (inspirando numerosas películas de terror de serie B), la cadena HBO (norteamericana), en coproducción con Sky (británica), levantaron este proyecto. La serie de cinco capítulos ha generado muy buenas críticas y ha recibido un notorio éxito de audiencia en medio mundo. Además, salvo algunas puntualizaciones, se considera que la trama es muy rigurosa. Sin embargo, la reacción de la prensa rusa (afín al Gobierno) no ha sido tan favorable y la han descalificado, incidiendo en que la serie es una mancha a la imagen de Rusia como potencia nuclear y que no deja de ser una “caricatura” en la que solo faltan el oso y el organillo.

Como contraprogramación, la cadena rusa NTV prepara su propia visión, en la que, cargando la tintas, sacará del cajón una teoría en la que se acusa a la CIA de estar tras el sabotaje de la planta… En una misma línea convergente, el filme Kursk es una producción franco-belga. En este se recrea lo que fueron los hechos y las circunstancias que trajeron consigo el hundimiento del submarino ruso en el año 2000, justo con la subida al poder de Putin, incidiendo en la negligente actuación de las autoridades. Aunque el largometraje no es, ni mucho menos, un calco exacto de la tragedia del submarino, ya que no hubo supervivientes, y es una reconstrucción con sus licencias, no deja de ser un sincero homenaje a las familias y a los hombres que perdieron allí la vida. Y aquí es donde el drama cobra sus más valiosos registros. Pero para las autoridades rusas es oprobioso que otros traten su Historia, aunque lo hagan de forma tan digna, por lo vetaron (censuraron), sin dilación, su estreno en los cines (como sucediera con la ácida comedia La muerte de Stalin). Estos dos ejemplos nos muestran la relevancia que ostenta el medio cinematográfico aún hoy día.

El cine y la televisión son dos grandes instrumentos de difusión y propaganda. Su lenguaje universal concita a que sea un producto de enorme repercusión y que pueda llegar y ser accesible a todos los rincones del mundo. Pero también es un contraanálisis de la sociedad, esto es, una mirada crítica a las historias oficiales. El recelo y las respuestas contrarias de la Rusia actual a que sean otras filmografías las que saquen a colación su pasado reciente más vergonzoso implican que han dado en la diana. Y que, por eso mismo, estas producciones son tan necesarias. No se trata de sustituir a la Historia sino de completarla. Más importante que lo que se cuenta en ellas (por veraces que sean no dejan de ser ficciones) es la reacción tan exagerada de Moscú, incapaz de aceptar la mirada hacia unos hechos que preferiría que nunca hubieran tenido lugar. Pero sucedieron. Tras este rechazo a reconocer que puedan darse visiones fuera de sus fronteras (aunque tampoco se ha preocupado de impulsar producciones propias) está implícita su negativa a admitir y reconocer el daño y los errores cometidos. Pues las historias de ficción no solo deben presentar actos heroicos y llenos de nobleza, loas patrias, victorias o logros épicos y triunfos sin paliativos frente al enemigo, sino los muchos horrores y negligencias cometidas.

Cuanto más despótico es un poder, más se enrocará en obviar su responsabilidad y achacársela a otros. Es muy importante la cultura a la hora de confrontarnos con la realidad, para no olvidar a las víctimas, para que su silencio no configure un olvido que nos impida ser autocríticos con nuestros gobiernos y estados, aunque esa mirada provenga de otros países. Es como si Alemania reaccionara de forma obtusa y criticara toda película sobre el nazismo, a modo de materia sacra, sobre la que solo ellos, por haber parido ese totalitarismo, pudieran tratar. Sería absurdo. Es evidente que la historia de Rusia está llena de logros y progresos, pero también, como el de muchos otros países, de terrores. Y si las propias autoridades o si los productores rusos no pueden encarar un proyecto que saque a relucir tales episodios, entonces, alguien tendrá que hacerlo. Y en lo que deberían fijarse no es en sacar a relucir tales controvertidas temáticas, sino en cómo retrata a los de a pie, a esas víctimas inocentes e involuntarias tan ignoradas por las glorias nacionales. Muchos fueron héroes anónimos, a los que habría que reconocer más que ignorar su sacrificio y abnegados padecimientos.

Las historias nacionales no son privadas, de hecho, cuanto más celosos se vuelven los estados de su pasado, más se encargan de distorsionarlo, más falsos se tornan, y hasta la ficción se vuelve más real, porque es capaz de mostrarnos la faz desnuda de las víctimas con dignidad, y hacernos entender que debemos exigir a nuestros gobernantes responsabilidad y verdad. Solo así se pueden prevenir tragedias futuras.

El Día D

La noche del 5 al 6 de junio de 1944, hace 75 años, las tropas aliadas se pusieron en marcha. Fueron las jornadas más señaladas. Miles y miles de hombres, aviones y vehículos se prepararon. Había sido larga la espera desde que el Tercer Reich derrotara a Francia, en 1940, y los ejércitos anglofranceses tuvieron que retirarse al otro lado del Canal. La preparación había sido ardua y compleja. Desde que EEUU entrara en la guerra, el 7 de diciembre de 1941, habían transcurrido muchos meses, pero no era tarea fácil enviar cientos de millones de toneladas de material bélico y hombres entrenados al otro lado del Atlántico, a Gran Bretaña, la plataforma para iniciar el ataque al continente.

Tras muchos meses de discusiones y dudas, de experiencias fallidas y exitosas, en el norte de África, tras la derrota del Afrika Korps y la invasión de Italia, unidades aerotransportadas británicas iniciaban Overlord. Ingleses, polacos, estadounidenses, canadienses, francesas, miles y miles de hombres eran transportados en barcos de trasporte sigilosamente atravesando el canal cuyo objetivo era tomar la costa normanda y establecer una cabeza de playa que permitiera destruir a los ejércitos de Hitler. Los planes habían sido desarrollados al detalle, se habían identificado casi todas las unidades desplegadas en la región, realizado un hábil servicio de contrainteligencia de desinformación para engañar al OKW alemán (Estado mayor de la Wehrmacht), que no tenía nada claro dónde iba a ser el punto exacto del desembarco y dónde concentrar sus mejores unidades. Todo apuntaba a Calais, allí estaban desplegadas las unidades de élite de las SS panzer.

La historia y el cine han contado muchas veces esta célebre operación, considerada como la mayor operación de desembarco conocida hasta la fecha, libros de enorme interés como el clásico El día más largo, de Cornelius Ryan, o los más recientes de Stephen Ambrose y Antony Beevor, quien, este último, incide en el excesivo celo destructivo aliado que causaría la muerte de más de 40.000 civiles, y clarifica los entresijos de la gigantesca operación y los días que la precedieron. No hay duda de que no había certezas y sí un enorme temor a que fracasase. Recuperarse de un mazazo así, a nivel anímico, podía ser difícil, en la peor de las circunstancias y, además, existía el temor a que la URSS pudiera acabar ocupando Europa ella sola. Hitler estaba, por su parte, convencido, tan alejado de la realidad militar, como lo estuvo desde el inicio de la contienda, de que podría echar a los aliados al mar y ganar un año más de plazo para derrotar a Stalin, en el frente del este, donde se desarrollaba la lucha más cruenta y desesperada. Falló en ambos cálculos, trayendo consigo, un ingente sufrimiento. Alemania no podía hacer frente a tantos enemigos, no tenía capacidad industrial ni humana, y la voluntad, a pesar de todo, ese refugio del fanatismo nazi, solo trajo consigo más desolación y muerte.

El Tercer Reich perdió más hombres en los campos de batalla en 1944 que en todo el resto de la guerra. En el oeste, los aliados arribaron a las playas, hubo una fuerte resistencia, pero nada se podía hacer contra la maquinaria bélica aliada dueña absoluta del cielo y del mar, y que contaba con ingentes fuerzas y medios. Los alemanes respondieron mal y tarde, muchos de sus oficiales, incluido el mítico Rommel, comandante de la franja defensiva de la costa francesa, se hallaban de permiso. No pensaron que los aliados atravesarían el canal con mal tiempo. Erraron. Hasta Hitler se encontraba en la cama, durmiendo, por lo que no se pudieron cursar las órdenes para desplazar a las unidades panzer a la costa. Tal vez, ni con esas hubiesen podido devolver al mar a sus enemigos. Rommel, el mítico Zorro del Desierto, a pesar de que había hecho lo posible por reforzar las defensas, sabía que era poco probable frenar esta avalancha. Y aunque los ejércitos alemanes pudieron contener durante unas semanas el estrecho terreno ganado por los aliados, su incapacidad por echarlos al mar corría en paralelo a una guerra de desgaste que la maquinaria bélica germana no podía igualar.

Finalmente, llegó la ruptura del frente y los ejércitos mecanizados aliados iniciaron su inapelable proceso de liberación del suelo europeo. Tristemente, las odas militares siempre priman sobre las reflexiones pertinentes y críticas sobre los hechos. Nadie niega la importancia de tales acontecimientos y la necesidad de que así sucedieran, pero se pasa por alto el esfuerzo y sacrificio del Ejército rojo que, poco después, el 22 de junio, lograría la mayor victoria militar de la guerra contra la Wehrmacht, en la operación Bagration, destruyendo el Ejército centro alemán, que sería el golpe de gracia casi definitivo para que el sueño continental de Hitler se hundiera.

A partir de ahí, el Tercer Reich fue un moribundo sostenido por los delirios de un megalómano que creía en armas milagrosas para cambiar el signo adverso de una guerra hace tiempo perdida. Y sin embargo, la vieja Europa, liberada del yugo nazi, sigue enfrascada hoy día en su propia guerra, esta vez, contra la invasión de los inmigrantes, contra una realidad que le resulta adversa ante un envejecimiento de la población y el resurgir del ultraderechismo que solo puede traer consigo el mismo fascismo (aunque con otro rostro y formas) al que se derrotó en 1944 en Normandía. Porque las victorias militares son efímeras, son otros factores los que determinan de forma más profunda la Historia y marca el signo de los tiempos. Europa ha de celebrar no los éxitos sino las derrotas y fracasos, pues es la única manera de comprender y obtener conclusiones válidas que nos lleven a poner encima de la mesa no solo a los héroes sino a las víctimas, el recordatorio de los valores humanos por los que se luchó, sufrió y murió, ante uno de los regímenes más atroces que ha constituido la Humanidad (junto al estalinismo). Así que hoy más que nunca debemos consagrar esta memoria a valorar ese pasado y a tender un puente adecuado con nuestro presente, aprendiendo de todos los errores que cometimos.

Sacralidad, arte y respeto

Recientemente, la Diputación Provincial de Córdoba impulsaba una exposición bajo el título Maculadas sin Remedio, en donde se mostraban las visiones de 14 artistas sobre la “feminidad más profunda”. Hasta ahí, todo bien. Hasta que una de las obras de la muestra, Con flores a María, de Charo Corrales, dio lugar al escándalo. El motivo simple y claro. El cuadro mostraba a una Virgen sin ropa, pudorosamente tapado su cuerpo con una larga tela azul. Hasta ahí todo bien, hasta que uno se fija que su mano derecha levanta ese atípico atuendo virginal y la izquierda cubre su sexo, en una actitud irreverente e inusitada, nunca contemplada hasta la fecha. La estampa derivó en que tanto PP, como Ciudadanos y Vox pidieran que se retirara de forma inmediata la obra porque lo consideraron una “ofensa al sentimiento religioso”. El mismo PP presentaría una denuncia ante la Fiscalía al considerar que podía aplicarse el artículo 525 del Código Penal, al hacer escarnio de los “dogmas de la Iglesia Católica”.

Finalmente, un desconocido atacó y rajó la obra. Para el ministro de Cultura, José Guirao, era inadmisible actuar de un modo tan destructivo. La historia, de momento, no ha dado para más, pero sí se deben considerar varios aspectos importantes. En primer lugar, la importancia que, sin duda, cobra respetar todas las sensibilidades religiosas y humanas. En segundo lugar, hay que defender la libertad artística, pues el arte no solo ha de ser casto, puro y digno, sino rupturista, impactante y lleno de un simbolismo creativo que vaya más allá de las formas acordadas. De otro modo, no habríamos tenido Renacimiento, Barroco ni, sobre todo, Vanguardias y Contemporaneidad. Y, en último lugar, vivimos en un mundo complejo, lleno de miradas e interpretaciones.

Pero también donde la libertad se contrapone al rancio conservadurismo, donde el fanatismo se encara con la democracia, no solo como sistema político, sino contra sus valores abiertos. Dicho esto, para Carmen Ferreras (La Opinión de Zamora, 17-5-19) la exposición no es más que el reflejo de los ataques sistemáticos que sufren los cristianos en esta “España aconfesional de mayoría católica”. Y yendo más lejos, valoraba que tal obscenidad era el sumun de quienes desean y aspiran a “la abolición del cristianismo y eso, a sabiendas de las profundas raíces cristianas de Europa y por ende España”. En definitiva, la periodista cae en una ya recurrente exageración donde porfía en que las raíces cristianas de la vieja Europa están amenazadas solo por un cuadro (recuerda un poco a los ataques que hacía el nazismo al arte degenerado), aunque se esté reivindicando a una mujer diferente. Si Europa está perdiendo sus raíces es, en todo caso, por voluntad propia. Y no porque una artista decida arriesgar en su visión de una Virgen, símbolo de la castidad y de la feminidad pasiva, como si solo pudiera ser representada con mantilla y corona dorada…

Con ello, no quiero decir que esta imagen tan subida de tono, para los puristas, no escandalice ni impacte, sino que tampoco hay que llegar tan lejos de considerarla pornográfica (de hecho, no se muestra nada de su anatomía). Si molesta, pues no se mira y basta. No nos tiene por qué gustar, pero esto de convertirla en un anatema sacrílego son, a mi entender, palabras mayores, como si encarnase una cruzada contra la fe. ¿Qué nos diferencia de los fanatismos ultramontanos del integrismo que tanto rechazamos? A veces, el hecho de que no matamos por ello. Todavía hay una línea que no nos damos cuenta que siempre estará ahí, entre la creación, la tolerancia y el respeto.

Claro que la pregunta clave es ¿no es, ante todo, la espiritualidad el aspecto más sagrado del fundamento del buen cristiano? Si es así, ante tal desatino, no hay como impulsar una actitud virtuosa, paciente y elegantemente displicente. El verdadero valor del credo cristiano son sus valores, no es la imagen, los iconos o las representaciones que se hacen (a pesar de que Europa esté llena de ellas), sino cómo se vive la religión. Tiempo ha que hemos perdido la ruta. Hemos hecho que la identidad religiosa se confíe en una serie de normas, rituales y objetos sacralizados hasta el extremo de olvidar que lo importante no es esto sino el vivir y comportarse siguiendo el modelo de Jesús. Y así, tanto en presente como en retrospectiva, la vieja Europa cristiana poco tiene que vanagloriarse. Y si los movimientos artísticos de vanguardia nos aportaron algo fue mostrarnos que los fanatismos y totalitarios son absurdos.

¿El buen cristiano no ofrece la otra mejilla?

En vez de judicializar el arte, lo que habría que hacer es aplaudir el hecho de que se vea a una Virgen como cualquier otra mujer, de carne y hueso, que es corpórea (no un ente, un halo de luz), o lo que es lo mismo, que comprende la tersa y dura realidad de todas las mujeres del mundo que tanto sufren. Ferreras tacha de “aberración” la pintura y saca a colación lo ocurrido relacionándolo con los atentados en París, en la revista Charlie Hebdó, por las caricaturas que hicieron de Mahoma y señala que “por menos atentaron” … Claro, porque aquellos eran unos fanáticos, porque es contra lo que pretendemos luchar y erradicar. Y no solo la comparativa está fuera de lugar, sino que no responde a la realidad de una sociedad europea cada vez menos creyente. No por eso se ha de ser menos respetuoso con la religión. Pero tampoco mostrar una intransigencia de tal calibre que desvele la falta de equidad y juicio de quienes consideran que es un acto ofensivo contra la fe.

Esto solo nos revela una cosa: la exagerada importancia que se da todavía a las formas y no a los hechos, cuando el perdón, la piedad y la misericordia, supuestamente, son otros de los fundamentos del cristianismo. Mientras tales representaciones hagan sacar de las cavernas a ciertos partidos y grupos, más nos daremos cuenta de su rancia mirada sobre una realidad que necesita de más valores cristianos como integración, aceptación de los otros y atención a los inmigrantes, y menos barreras, muros y atalayas de intransigencia egoísta.

La Europa responsable

La Europa responsable. Si el termómetro político sobre el interés, entusiasmo o/y confianza que nos generan las instituciones europeas fuesen los datos de la participación en las elecciones que se han ido dando a lo largo de estos años nos mostraría un clamoroso desencanto. Si en 1979 fue todo un hito con una participación del 61,8%, aunque con menos países y, sí más comprometidos, en 2014 se redujo al 42,6%. Elección tras elección (1984, 59%; 1989, 58,3%; 1994, 56,7%; 1999, 49,5%; 2004, 45,6%, y 2009, 43%), se iba revelando, con claridad, un cierto desengaño o escepticismo que se ha visto agradado por el apoyo que han recibido los partidos euroescépticos. Pero en este 2019 algo ha cambiado, y el porcentaje de participación ha subido al 50,5%, revirtiéndose la mala tendencia. A eso hemos de añadir que, si bien los grandes bloques europeístas que han controlado la cámara, populares (PPE, Partido Popular Europeo) y socialdemócratas (S&D, Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas), han perdido fuelle, con 180 y 152 escaños, respectivamente (232 entre ambas, lejos de la mayoría de 376 escaños), no pudiendo pactar o acordar una nueva alianza como antes, la subida de ALDE (liberales) y los Verdes, con 105 y 67 escaños, impide que las fuerzas antieuropeas puedan bloquear las políticas comunes.

Formaciones euroescépticas que hay que tener muy en cuenta de cara al devenir de los acontecimientos, como son Reagrupamiento Nacional (RN), de Marine Le Pen, que, sin mejorar los resultados de las anteriores elecciones, lograba el 22,47% de los votos; la Liga, en Italia, de Matteo Salvini lograba ser la lista más votada; en Hungría, la ultraderecha de Viktor Orban, Fidesz, lograba 13 de los 21 escaños (52%), mientras que en Polonia, el PIS (Ley y Justicia), obtenía un 42,4% de los votos. El otro punto más sangrante, sin duda, fueron los resultados en Gran Bretaña, dando el apoyo al Partido del Brexit un tercio de los británicos, con una representación de 29 escaños, aunque no defendió ningún programa y se haya demostrado de forma flagrante que parte de las promesas y denuncias que esgrimieron eran falsas. Si bien la participación fue bastante baja (37% frente al 72% que lo hicieron en el Brexit), la estimación muestra que 5,9 millones de ciudadanos ingleses votaron a partidos del Brexit mientras que 6,8 millones lo hicieron a formaciones contra el mismo. Sin embargo, no parece que el líder conservador, Nigel Farage, tras la dimisión de Theresa May, vaya a permitir que se pueda dar otra consulta a la población británica. A pesar de todo, corren tiempo difíciles. La cámara europea está más pluralizada que nunca y eso es bueno para impulsar una legislación y unas instituciones capaces de satisfacer y atender las demandas de las diferentes sensibilidades de Europa. Pero eso también implica debilidad cuando hay tantas amenazas de países que están resueltos a no permitir que su soberanía se vea comprometida por Estrasburgo. Pues la UE no deja de ser un conglomerado de países que buscan una serie de políticas integradoras (que no fusionadoras), unitarias (frente a la debilidad de su fragmentación ante grandes potencias como EEUU, China, Rusia o Japón) y comunes (frente a problemas que nos afectan a todos).

Nunca ha sido fácil el acuerdo, todo ha dependido de la buena voluntad de nuestros gobernantes a querer entenderse, pues los países que nos hemos ido sumando a este supra Estado europeo somos muy diferentes, con experiencias y situaciones históricas distintas. Y ahí, en su fortaleza está su debilidad. Cuando las políticas europeas, en su vertebración, tuvieron un positivo impacto económico nadie se quejó, al contrario. Todo era bonanza, riqueza y desarrollo. Hasta que Bruselas fue activando medidas que interfirieron y determinaron las políticas internas de los países. Sin embargo, la nueva legislación que ha llevado a regular diversos aspectos de la sociedad en positivo (agricultura, industria pesada, telefonía móvil o automoción), no ha gustado, y esto ha traído resistencias y tensiones nacionales.

Así mismo, la política exterior de la UE, más que hacernos sentir seguros, ha aparejado lo contrario, las políticas migratorias han traído consigo una sensación de inseguridad y amenaza. Y ahí es donde el conservadurismo y populismo de derechas se ha visto reforzado, exprimiendo los viejos recelos y prejuicios intolerantes existentes. Nadie dijo que el futuro de la UE iba a ser sencillo ni cómodo. No solo por los problemas con los que tiene que lidiar permanentemente, dando satisfacción a las demandas de los europeos, sino por las fuertes resistencias internas de estados que no están dispuestos a renunciar a sus prerrogativas en aras de un bien mayor. Podemos ser críticos con Bruselas, como lo somos con nuestros gobiernos, pero no debemos desconfiar, puesto que esto solo trae miedos y temores autodestructivos.

Para algunos las instituciones europeas son un grupo de burócratas que no entienden ni se preocupan por las personas, pero lo mismo se suele decir de los gobiernos cuando Europa no era el catalizador de todas las quejas. Europa no es el problema sino la solución. Las tensiones con Rusia o EEUU, la crisis migratoria, las económicas, la multiculturalidad, el nacionalismo ultramontano y el terrorismo son realidades que han venido para quedarse y no pueden verse solo como males ajenos precipitados por la constitución de la UE. Son hechos que están ahí, que no se alejarán de nuestras costas hasta que hayamos logrado un mundo perfecto. Y sabemos que eso no es posible. Por eso, aunque no sea fácil admitirlo, la única manera o fórmula para acometer estos grandes desafíos es sostener una política lo más común y unitaria posible. Solo así seremos fuertes. Individualmente, siempre seremos vulnerables.

Nos toca asumir realidades que no son gratas ni cómodas (envejecimiento o cambio social), pero son parte del mundo global que hemos ayudado a construir. Europa debe ser nuestro hogar, la casa en la que debemos cobijarnos, lo más abierta y plural posible para todos nosotros.

Incierta Europa…

La celebración de las elecciones europeas debería ser un gran acontecimiento, un retrato, en positivo, de lo que la UE se ha convertido en los últimos años. Y lo es aunque, lamentablemente, en un sentido contrario. En España se percibe bien cierta desazón. Frente a los grandes mítines y espacios electorales televisivos, frente a las polémicas o las movilizaciones sociales, la campaña de los grandes partidos ha sido mínima (aunque no es igual en todos los lugares). También, los comicios nacionales y municipales han llegado a la vez, sin mucho respiro, coincidiendo, lo cual ha hecho que el tren europeo se haya descafeinado. Sin embargo, la llave de lo que vaya a suceder en las próximas décadas está en Bruselas. Gran Bretaña, con la enorme paradoja que eso entraña, participará en ellas porque todavía no se ha resuelto el Brexit, aunque sin ganas ni mucho entusiasmo, pero otra caterva de partidos antieuropeos pretende sacar escaños en las elecciones y hacer que Europa sea un imposible.

Los grandes líderes que en los años 80 y 90 empujaron la locomotora europea han desaparecido. Ha crecido la decepción y, sobre todo, los europeos seguimos siendo demasiado europeos, con tantos miedos, prejuicios y egoísmos sociales, que el apoyo a partidos ultramontanos, que solo velan pérfidamente por sus intereses nacionales con las viejas recetas de buscar enemigos externos, el inmigrante, nos hacen olvidar lo mucho que sufrimos por todo ello en el pasado. En Francia, el ultraderechista Reagrupamiento Nacional, de Marine Le Pen, ha convertido las elecciones en una batalla contra Macron, quien no ha sido capaz ni de refundar Europa ni, claro está, atender a los asuntos domésticos. No hay duda de que saldrá beneficiada, porque aglutinará todo el voto del descontento. Los franceses no se dan cuenta de que Europa también es una realidad que está en peligro. A diferencia de su homólogo francés, en Alemania, la percepción que se tiene de lo importante que es la UE es mucho más positiva, un 55% considera que esta ha traído ventajas, frente al 10% que piensa lo contrario.

El temor a los populismos y la alta sensibilización hacia el cambio climático son dos factores que influyen mucho en el pensamiento alemán. La juventud germana considera que el futuro de Europa debe ser su apertura y solidaridad, frente a los euroescépticos y los partidos islamófobos que están enraizados en algunas partes del país. Los verdes son los que presentan una mayor intención de voto, seguidos de los conservadores de la Canciller, Angela Merkel, del SPD, seguidos más atrás por los ultraderechistas del AfD. En otro país relevante para la configuración de Europa, Italia, domina la Liga Norte, con el temible euroescéptico y populista de Matteo Salvini, que ha sido el martillo pilón de los inmigrantes provenientes allende del mar Mediterráneo. Aunque las encuestas le son favorables, la alta abstención puede penalizarle.

En el este, la pugna entre los defensores de la UE y aquellos que están dispuestos a refrenar sus avances, está en dura liza. En Polonia, el PiS, Ley y Justicia, el partido ultranacionalista del gobierno, busca contrarrestar el efecto de la Coalición Europea, unión de diferentes fuerzas de izquierdas y verdes. Pero todo indica en las encuestas que habrá un reparto equitativo de escaños. Y su vecino, Hungría, el Fidesz, liderado por Víctor Orban, no parece tener rival. Sus políticas antiinmigratorias han sido bien valoradas por toda la ultraderecha europea e, incluso, ha recibido el respaldo de Trump. Tal es su éxito que no parece que vaya a dar su beneplácito al candidato del Partido Popular Europeo, porque considera que sus políticas son demasiado timoratas. Al menos en Grecia, la situación del partido xenófobo y fascista Amanecer Dorado está en sus horas más bajas y su presencia es testimonial. Habrá una alta participación porque las elecciones son un anticipo a las nacionales, y el europeísta Alexis Tsipras, Syriza, bastante desgastado, tras haber superado una dura crisis (y varios rescates) parece que tendrá un duro rival frente a Nueva Democracia, una formación de centro-derecha.

En Holanda, la primera que votará, y en Bélgica, el voto estará más disputado y donde crece cierto descontento hacia la EU, también entre aquellos grupos que propugnan seguir el ejemplo de Gran Bretaña, y los que son ultraderechistas, con un perfil marcadamente antiinmigratorio. Aunque si hay un elemento compartido es la llamada a la sensibilización con el medio ambiente que atrae al voto joven. España, rara avis, como siempre, parece recoger el testigo de las pasadas elecciones, dando lugar a que los socialistas sean los que consiguen una mayoría de parlamentarios europeístas. A grandes rasgos, parece que el gran sueño de paz, seguridad y prosperidad que constituyeron los pilares de la UE se va agotando. Todo iría bien si la UE fuera una locomotora imparable que procura riqueza y bienestar a manos llenas. Pero no ha sido así, la grave crisis económica de 2008 lo complicó todo. Mostró la debilidad de muchos países y la fortaleza de otros, o lo que es lo mismo, varias Europas que no se han integrado lo suficiente. Luego vino la crisis migratoria que solo ha hecho despertar a un fantasma dormido, el fascismo, encarnado en una ultraderecha que propugna una defensa de las fronteras como si fuésemos el Imperio Romano frente a los bárbaros. Pero lo cierto es que la vieja Europa, aunque ha perdido su relevancia en el mundo, frente a EEUU, China o Japón, sigue siendo un territorio rico y atractivo para quienes viven en unas condiciones de inseguridad y de miseria social enormes. Y ahora, en vez de tender puentes, abrir el mundo, la vastedad y complejidad de la realidad nos invitan a lo contrario. A desconfiar. A creer en quienes nos prometen seguridad a cambio de renunciar a una parte de nuestras libertades y menoscabar la dignidad humana.

Europa, bien es verdad, no puede acoger a todos los desamparados y desarraigados del planeta, pero tampoco debe negarles el pan y la sal, porque la ingratitud solo trae consigo odios y conflictos.

El valor del cine animado

Aunque podría decirse que el género del dibujo animado está destinado al regocijo y gusto del público infantil, y los adultos se ven obligados a acompañar a sus hijos, tal vez no seamos tan conscientes de que muchas temáticas reflejan inquietudes y codifican un cambio social de roles y sensibilidades muy actuales, y que comportan otra manera de educar de forma saludable a estas maleables mentes infantiles y, como no, a nosotros mismos.

Los cuentos de princesas salvadas por príncipes, desde luego, son clásicos, pero han dado paso a una nueva hornada de perfiles que no son tan duales como antaño. Películas como Pocahontas (1995), Anastasia (1997), Simbad: la leyenda de los siete mares (2003), Enredados (2010), Brave (2012), Frozen (2013), Vaiana (2016) y Los increíbles 2 (2018), donde los personajes femeninos dan un paso adelante, mostrándose seguras, valientes, inteligentes y, sobre todo, aventureras, frente a la pasividad o maternalismo que solía brindárseles, son elementos cada vez más recurrentes que configuran la importancia que adquiere el papel femenino en la sociedad. No solo las mujeres toman, por ello, una singular relevancia en la gran pantalla, sino que se desvelan sus actitudes y una complejidad psicológica más rica y compleja, donde la duda, la afección y las indecisiones, ya no se presentan solo como debilidades típicamente femeninas, al contrario, se conjugan con las respuestas de sus homólogos masculinos, mostrando que son rasgos humanos universales, y que no atienden a la tipificación de los géneros. También este cine ha recurrido mucho a una alta sensibilización con el reino animal, hasta humanizarlo casi por completo, un aspecto que es positivo, si tenemos en cuenta que configuran una parte esencial de la Naturaleza, la misma que nos empeñamos en destruir.

Desde los clásicos Fantasía (1940), Dumbo (1941), Bambi (1942), pasando por 101 dálmatas (1961), El libro de la selva (1967) -y sus muchas versiones- o Los aristogatos (1970), hasta llegar a los más recientes como El rey León (1994), Bichos (1998), Chicken run (2000), Spirit (2002), Buscando a Nemo (2003), Ice Age (2003), Tierra de osos (2003), El espantatiburones (2004), Madagascar (2005), Chicken Little (2005), Valiant (2005), Vecinos invasores (2006), Happy Feet (2006), Bee movie (2007), Ratatouille (2007), Bolt (2008), Kung Fu Panda (2008), Horton (2008), El gato con botas (2011), Turbo (2013), Canta (2016), Buscando a Doris (2016) o Mascotas (2016) entre algunas de las más importantes, sin contar con que muchas han tenido sus posteriores secuelas. La lista, por supuesto, es interminable.

Además, aparte de las historias tan familiares de Pinocho (1940), Cenicienta (1950) o Peter Pan (1953), se ha impulsado la producción de filmes de Disney como La Bella y la Bestia (1991), Aladín (1992), El jorobado de Notre Dame (1996), Hércules (1997) o Tarzán (1999), a las que se han añadido nuevas narrativas como Shrek (2001), en el que un ogro y un burro son los héroes de la función y el príncipe es el villano, rompiendo así los estereotipos generados hasta la fecha. También, otra gran muestra de la necesidad de no dejarnos llevar por las apariencias y de que siempre podemos entendernos con el otro (por malo o terrible que nos parezca), queda bien trazado en Lilo y Stitch (2002), Como entrenar a tu dragón (2010) o en Gru (2010), en el que otra vez, el aparente malo de la función es un tipo que se hace simpático y tierno, al igual que ocurre en Megamine (2010). Y no digamos Monstruos S. A (2001) u Hotel Transylvania (2012), y sus posteriores entregas, geniales metáforas contra los prejuicios. Sin olvidarnos tampoco de la personalización de objetos inanimados como Robots (2005), Cars (2006), con sus tres entregas, Aviones (2013) o Gnomeo y Julieta (2011). Sin duda, otras sugerencias que han encandilado al público infantil y adulto han sido el humanizar también a los juguetes, como en la saga de Toy Story (1995) que, en el particular, no solo nos divierten, sino que lanzan un mensaje sobre la amistad y el paso del tiempo, en el que los niños han de ir entendiendo que se harán mayores y que todo cambiará para ellos.

Hay filmes que también lanzan discursos más comprometidos y directos como Walle (2008), donde se nos sensibiliza sobre el modo por el que estamos convirtiendo este mundo en un vertedero. Pero también es curioso pensar que el cine de dibujos no solo está destinado al público joven con abejas parlanchinas o pingüinos que saben bailar, sino que incluye a los ancianos, caso de UP (2009), un tierno homenaje a la tercera edad que nos conmueve y también nos ayuda a entender el valor de las relaciones humanas.

Algunas producciones más recientes, han tenido que ver, por ejemplo, con el mundo de los videojuegos o la nueva era digital, como Rompe Ralph (2012) y Ralph rompe internet (2018) que también lanzan mensajes oportunos de amistad, generosidad y solidaridad. O ya simplemente relatos de aventuras, como El planeta del tesoro (2000), Atlantis (2001), Pinocho 3000 (2004), El número 9 (2009) o Planeta 51 (2009), con diseño futurista y otros más tradicionales como El príncipe de Egipto (1998), El gigante de hierro (1999), Camino hacia el dorado (2000), Los pitufos, Las aventuras de Tintín (2011), Tadeo Jones (2012), Epic. El reino secreto (2013), etc. Como punto y final, por supuesto, cabe destacar Del revés (2015), una magnífica película que explora los sentimientos del paso de la niñez a la adolescencia de una manera sutil y brillante.

Por todo ello, la amistad, la sinceridad, el compromiso, la lealtad, la familia, el respeto, la libertad, la tolerancia, la imaginación, la ilusión, la emoción, la solidaridad, el espíritu de la aventura, el valorar al otro, la ecología, todos ellos son solo una pequeña parte de los valores que implícitamente traen consigo esta diversidad de filmes de dibujos y que configuran el imaginario de los niños y niñas. Aprovechemos de sus virtudes y recordémoslos nosotros como adultos, nos harán mejores personas.

Llega el invierno…

Simplistamente podría afirmarse que el mundo se divide en dos grandes ideologías, la conservadora y la progresista, aunque en ellas haya diferentes familias. En los polos opuestos de estas nos encontraríamos a los ultraconservadores y a los ultrarradicales. Unos y otros nos quieren imponer a los demás unas verdades taxativas, que no admiten otra réplica que su reconocimiento y admisión y que deben ser generales, aunque no creamos en ellas, aunque haya múltiples líneas grises y contradicciones que muestran que las sociedades, en cuanto se polarizan, son conducidas a la tensión y al desastre. Quienes se arrogan estas firmes e inequívocas convicciones son gente que vive para y por la misión que ellos mismos se han autoarrogado, son pocos, pero si logran ostentar el mando en plaza, se convierten en sujetos muy peligrosos que pueden acabar por destruir las bases del respeto, la convivencia y la pluralidad tan difíciles de conseguir, incluso en sociedades que, aparentemente, portan un sistema democrático consolidado desde hace siglos.

Bien mirado, en tiempos de crisis, en donde el ambiente político-social está más agitado, es donde mayor predicamento encuentran. Es su hora. El momento en el que los ciudadanos desesperados o aturdidos por la turbia e incomprensible realidad se convencen de que son los salvadores, que estos ultramontanos o revolucionarios son la respuesta para los males que aquejan al país y se equivocan. Porque los extremismos no sueltan la yugular de su presa, no hasta que logran acabar con ella y ese gusto a sangre les invita a seguir adelante, a no ceder y querer imponer su visión cerrada del mundo a todos los demás, sin importarles las consecuencias. Por lo que, solucionan un problema y crean otros miles. El caso de lo que acaba de suceder en Alabama es un aviso. El martes 14 de mayo se aprobaba la ley del aborto más oscurantista desde hace medio siglo. Se prohibía literalmente abortar. Solo caben dos excepciones, la mujer que no conociera su embarazo o que este pueda poner en riesgo su vida. Se excluyen, incluso, aquellos en los que esta ha quedado preñada por una violación o incesto. Triste, pero cierto. Aunque algunos tildan la ley de anticonstitucional, la estrategia es más ambiciosa. Alabama es el punto de partida para que se pueda revertir la ley de 1973 que ha permitido en el país la interrupción voluntaria del embarazo. Para eso, los conservadores han movido ficha previamente, no es una maniobra alocada ni estéril.

El Tribunal Supremo es la máxima institución judicial que determina si la ley prospera o no, pero allí, la elección de Trump de dos jueces conservadores dispone que sean mayoría. A todo eso, otros 28 estados han introducido medidas restrictivas. La campaña es lenta e inexorable. Un texto que ampara la ley señala que el aborto causa más muertes que el holocausto nazi…

En general, la población norteamericana opina de manera diversa. El 29% considera que el derecho al aborto debe ser libre en cualquier circunstancia y el 50% en determinados supuestos, así que tan solo el 21% es defensor recalcitrante de esta normativa. Pero el problema que se debate es más complejo. Porque el aborto es una gran victoria de la revolución feminista ya que hace a la mujer que sea dueña de su cuerpo, pudiendo elegir no continuar con un embarazo no deseado, dejando de ser un mero organismo reproductor.

Para los ultraconservadores abortar es un asesinato, se criminaliza la conducta de la madre, se la convierte en reo de unas convicciones morales sobre un nonato. De esta manera, se les instiga a un sentimiento de culpa como si actuaran así por capricho. Pero, ¿hasta dónde alcanza nuestra libertad de elegir? La libertad adquiere una connotación política, somos libres para elegir a un partido político, somos libres para creer y pensar, si es así, nuestras creencias determinan nuestra forma de enfocar este problema concreto. Y hay quien lo impide, quien coarta el derecho de otros a plantearse otras opciones. La sociedad exige que se regulen ciertas conductas porque el ser humano puede actuar de forma criminal, empujado por el odio, un impulso asesino, por codicia o por un brote paranoico, pero la decisión de una madre de no querer concebir un hijo es algo sagrado para ciertos círculos. No para todos. Y no porque sea una persona insensible o inhumana, sino porque no se siente preparada, o por mil motivos distintos que la sociedad debe si no entender sí respetar.

Ahora bien, el aborto se ha convertido en un campo de lucha mediática entre ultraconservadores y progresistas, y también hasta donde alcanzan nuestras libertades. Para los primeros la libertad es un instrumento de control social, de lo que consideran bueno para ellos, sin admitir que haya otras maneras de pensar diferentes. El aborto no es una elección sencilla para una madre, pero debería ser una opción. La vida humana, todos estamos de acuerdo, es un bien preciado, pero también hay que vivirla con dignidad y eso no siempre sucede. Hemos constituido un mundo de ricos y pobres, de niños que padecen raquitismo y hambre, que son esclavizados, que soportan males e injusticias. Y son estos niños nacidos por los que deberíamos preocuparnos, por hacer de este planeta un lugar acogedor, adecuado para que maduren y crezcan. Nacer no es suficiente e impedir que nazca no es un asesinato ni es igual que la Shoah, comparación aberrante y moralmente extorsionadora.

Es más criminal la conducta de Trump que estigmatiza a los inmigrantes, personas dignas e íntegras que solo buscan un lugar mejor para sus familias, que una madre amarga y dolorosamente decida interrumpir su embarazo. El ser humano es contradictorio. No duda en embarcarse en conflictos armados y valorarlo como un acto noble y heroico, cuando son jóvenes los que pierden la vida prematuramente. En fin, a EEUU se considera la tierra de las oportunidades y las libertades. No es verdad. Los muros de la intransigencia comienzan a despuntar y a ser tan opresivos y asfixiantes como los de cualquier dictadura que se precie.