Actos ofensivos

Siempre nos será muy difícil establecer una delgada línea entre lo que significa la libertad de expresión y el grave insulto que deba ser condenado, por unas palabras o gestos hechos contra valores o creencias. Casos como las polémicas declaraciones antirreligiosas del actor Willy Toledo o el sketch de Dani Mateo, sonándose los mocos con la bandera española, no dejan indiferente a nadie. Mientras el Gobierno quiere sustraer del Código Penal los delitos relativos a las injurias a la Corona, la ofensa religiosa, el ultraje al Ejecutivo y a los símbolos estatales, lo que es lo mismo, estos que han provocado cierta polémica social, vemos como el contexto en el que vivimos se ha vuelto serio y grave, como si el humor estuviera en horas bajas. No es así, por supuesto, solo cierta clase de humor vinculado a unos temas concretos (porque hay otro humor inocuo que no trata temas de actualidad). Los 100 años del fin de la Gran Guerra han planteado discursos muy altisonantes contra la lacra del nacionalismo y en defensa de la hermandad entre los pueblos.

Sin embargo, el nacionalismo, a la vista está, no es cosa de risa, está muy presente, y algunos se lo toman como si fuese una sustancia sagrada. La furiosa movilización contra Dani Mateo, cuando se hizo viral lo ocurrido, trajo consigo cola, porque rápidamente vio como aquellas entidades que iban a financiar una obra que iba a presentar en Valencia le retiraban su apoyo. La ofensa a la bandera nacional se convertía en un estigma antes de que se pudiera explicar qué era lo que pretendía con ello el humorista. Tuvo que salir a la palestra y pedir perdón. Recordemos también lo ocurrido con los titiriteros en Madrid, se les acusó, y detuvo, nada menos de apologetas del terrorismo, por escenificar una obra teatral con las siglas de ETA y del ISIS… como si estos anagramas solo pudieran esgrimirse en un determinado contexto y no en otro. Más recientemente, se condenaba al escritor de un poema, que atentaba contra la dignidad de la política Irene Montero, con 50.000 euros una multa, a todas luces desproporcionada. Es cierto que hay actitudes, gestos y escritos que se alejan mucho del humor para resultar estridentemente ofensivos contra el que van dirigidas y hiere algunas o muchas sensibilidades. El efecto todavía es mayor cuando ese acto se vierte en las redes sociales y nos dejamos llevar por ese entusiasmo participativo, muchas veces sin escuchar bien la noticia, y nos sumamos a la ola de respuestas críticas de una forma desaforada.

En tiempos en los que la ultraderecha y el conservadurismo ganan cada vez más espacio en la vieja Europa, las injurias se vuelven más lesivas y los oprobios más latentes. Y el humor se convierte en una amenaza al orden moral, por su naturaleza crítica y reivindicativa de la necesidad de reírnos de nosotros mismos para no caer en el fanatismo o el totalitarismo…; se enfrenta a las verdades mayestáticas, a la gravedad de unos valores que se subliman en exceso, como los nacionalistas y de contenido religioso, y que han comportado guerras y conflictos inacabables. El humor esgrimido con maestría pinta todo con su atrevimiento con colores vivos y sencillos, desmontando esa suerte de crudeza dramática con la que el ser humano ejerce su domino en la tierra. Frivoliza la verborrea seudotranscendente para mostrar nuestra humanidad simple, imperfecta y desnuda. Pero a la vista está que el humor y el humor malo son cosas diferentes. En el primero se disfruta del artista y en el segundo debemos no tomarlo muy en serio ni actuar con estridente desmesura, como un ataque personal, sino con arrojado raciocinio. Corren tiempos malos cuando todo se judicializa y penaliza, cuando la línea entre la libertad y el humor acaba siendo tan estrecha que no podemos reírnos de los poderes para liberar tensiones; al contrario, esa misma burla se convierte en fuente de tensión y discusión públicas. Hacer chistes y sketches son esenciales para cualquier sociedad democrática sana que se precie. De hecho, no es casual que para celebrar la entrada del año nuevo siempre se cuente con un espacio humorístico. De todos modos, la libertad de expresión ideal es aquella que se ejerce desvelando nuestras ideas sin ofender a los demás, y cuando eso ocurre se trata de no rasgarnos las vestiduras dándole más trascendencia de la que tiene.

Queda claro que no todo sirve para hacer reír ni para expresar abiertamente lo que pensamos de personas, símbolos, hechos e instituciones, porque hay chistes perversos, como aquellos dirigidos contra las minorías, por ejemplo, pero no debería acabar todo ante los tribunales. Los chistes machistas, los que ofenden a colectivos de gitanos, gays y lesbianas, las provocaciones a las entidades y manifestaciones religiosas, la negación y denigración de hechos históricos serios, el menosprecio a las víctimas… todo ello configura un mundo complicado de gestionar que una vez que trasciende acaba por ser utilizado en una cruzada que acaba reforzando la inquietud de hasta qué punto somos tolerantes y sensibles, sin que se pueda cerrar el círculo definitivamente entre el respeto y la acerada ofensa. Hay unos límites éticos que estaría bien no traspasar porque hieren la sensibilidad de otros, sin que eso impida el humor sano. Recordemos, en su extremo más pernicioso, lo que implicaron la publicación de las viñetas de la revista francesa Charlie Hebdo, en la que unos integristas asesinaron a varios de sus trabajadores por sentirse ofendidos.

Estas reacciones fanáticas son inaceptables. Está claro que quien utiliza el humor tiene una intención desacralizadora. Y aunque esperamos que, como seres razonables, también actuemos en consecuencia, de forma sensata, no todos lo hacen. Reconvenir, expresar y manifestar nuestro disgusto en la ofensa es necesario tanto como aceptar y reconocer que hay un espacio que se abre a garantizar nuestras libertades a la hora de revelar nuestros pareceres con ironía, sarcasmo y gracia. Todo esto debería ser posible en un mismo espacio compartido, limitado, sujetado y gestionado por la sutil y hábil inteligencia.

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Inmigración y extrema derecha

Los datos que ofrece el sociólogo Javier Elzo (El Correo, 15-11-18) sobre el porcentaje de votos que recibe la extrema derecha en Europa son, sin duda, preocupantes: Un 26% en Austria, donde forma parte del gobierno; un 22% en Italia, también en el gobierno; un 21% en Dinamarca; un 20% en Hungría, un 18% en Suecia, un 14% en Polonia y Letonia; un 13% en Alemania; un 9% en Francia, un 7% en Finlandia y un 6% en Grecia. España se queda con un paupérrimo 3%, de momento. Pero estas cifras no deben hacernos ser optimistas ni pesimistas, sino que deben ser observadas con la cautela y hondura que se merecen, lo que implica y significa para la Unión Europea, ver cómo podemos reaccionar en consecuencia. Por una parte, son cifras que pueden desconcertarnos: ¿no hemos aprendido nada de las guerras mundiales? ¿por qué permitimos que en Europa la ultraderecha tenga un peso tan grande en las instituciones y en la toma de decisiones? Tal vez, porque esta nueva ultraderecha ya no propugna guerras sino soluciones.

Tenemos que considerar que la mayoría de los países no cuentan con partidos con un dominio claro. El bipartidismo de España era excepción. Lo común, más bien, es la fragmentación política. Así que estos porcentajes, no mayoritarios, cuentan con un buen puñado de escaños que son claves para configurar gobiernos y, por lo tanto, influyen en las políticas nacionales. Es cierto también que la extrema derecha, salvo grupúsculos muy concretos, se presentan siempre como partidos nacionales garantes de la cohesión y la identidad tradicional frente a lo que se presenta como una nueva amenaza: la migración extracomunitaria, fundamentalmente de Asia y África. La ultraderecha no es un fenómeno nuevo, nunca se ha marchado, conocemos la Europa de los fascismos, pues sus esencias son muy semejantes, definidas por su xenofobia, racismo y defensa de la civilización cristiana frente a la barbarie, antes comunista, ahora islamista. En tiempo de crisis, los partidos de ultraderecha se convierten en el refugio de los incautos que creen que estas formaciones van a defendernos de estas nuevas supuestas amenazas contemporáneas que, de no frenarlas, acabarán por destruir nuestro gran modelo de vida… A eso siempre hay que añadir, por supuesto, la debilidad de los partidos tradicionales que, en su desgaste, no pueden encontrar la receta para mitigar los temores sociales ni para desmontar las exageraciones exacerbadas de los demiurgos ultramontanos que prometen soluciones rotundas y claras. En las que acusan sin rubor de todos los males sociales a los migrantes, como si antes, a saber, las sociedades europeas hubiésemos sido un dechado de virtudes éticas, morales y cívicas. No es verdad, ni mucho menos.

Cierto es que las sociedades tienen su talón de Aquiles, y el más importante, es la incertidumbre. La falta de un debate serio sobre el efecto real de la inmigración en Europa deja un espacio muy amplio para la duda y las lecturas perversas. En este tiempo de la posmodernidad, tan denigrada por el conservadurismo por su carácter subjetivista, ha surgido la posverdad, que les ha servido para manipular las conciencias y para que la ultraderecha disponga de su mejor arma. Tampoco es un fenómeno nuevo, pues están los que niegan el Holocausto. Como no podemos recrear con exactitud la dimensión espantosa de lo sucedido, entonces, son capaces de inventarse afirmaciones falaces que ponen en duda los hechos, minusvalorando el papel de la historiografía y la dignidad humana (la suerte de los que sufrieron, sean pocos, muchos o millones, como es el caso). Pues bien, es este punto el que más me interesa: la dignidad. Se culpa a los migrantes de los males de la sociedad actual, de la delincuencia, de la pérdida de valores o del terrorismo porque vienen en tromba, o lo que es lo mismo, nos invaden. Es verdad que la presencia de migrantes en nuestras calles es cada vez mayor. Las sociedades evolucionan y cambian, siempre lo han hecho, nunca han sido así. Si antaño estos eran un exotismo social, hoy, ya son una realidad con la que compartimos espacios, lugares y valores. Al ser más visibles, también se les teme más porque son grupos sociales de extracción baja, en su mayoría. Por lo que la receta que consideran más adecuada es la hitleriana: impulsar políticas que les impidan entrar, que les estigmaticen y los condenen antes de cometer ningún delito.

En otras palabras, se les arrebate su dignidad como seres humanos por ser foráneos. Pero estas no son soluciones permanentes, rectificando lo que he señalado al principio, sino medidas lesivas e inhumanas. Porque por mucho que se cierren las fronteras y se le deje a la deriva, el flujo no va a cesar por estas medidas coercitivas hasta que no se atienda la raíz que provoca su huida. Aunque no nos podemos poner fácilmente en el lugar siempre del otro, es muy recomendable empatizar con el sufrimiento ajeno. Para la ultraderecha, la migración se ve como una sombra oscura, no como un conjunto de personas que lo dejan todo, se juegan la vida y vienen a Europa a labrarse un futuro, por desesperación. Huyen del abismo de la miseria que está engullendo muchos lugares y territorios del planeta. Tal vez, porque al nuevo bienestar y seguridad se fragua precisamente en la pobreza de estos. Y porque no nos queremos enfrentar a la verdad de que vivimos en un sistema capitalista que hace que unos lugares disfruten de un status superior y otros lo hagan en el extremo contrario. En suma, los migrantes actúan como lo haríamos cualquiera de nosotros en sus circunstancias: buscan esperanza. El problema es que sus rasgos, su lengua y su cultura religiosa no son europeas. Así que el peligro de la ultraderecha es doble, reactiva un nocivo nacionalismo étnico y un desprecio social contra los migrantes y aquellos colectivos, como el LGBT, que merecen todo el respeto, para imponernos unas pretendidas políticas de un orden moral superior que propugna, en esencia, el desprecio, la incomprensión y el odio.

Palestina: Tristes juegos de guerra

De igual manera que se temía lo peor, la violencia en Gaza, de pronto, ha cesado. La torpe o exitosa (según se mire) operación de infiltración que acabó con la vida de un jefe de Hamás, el pasado fin de semana ha traído consigo, en el balance final, la muerte de 14 milicianos palestinos, un soldado y un civil árabe de Israel. Sin contar con la serie de destrucciones que provocaron los 160 ataques de la aviación israelí en territorio palestino y los efectos de los 460 cohetes lanzados desde el lado gazarí. Todo parecía indicar que se iba a encender una chispa que provocaría una temible devastación y la intervención del Ejército israelí, como en 2014, en Gaza, la cual provocó un su día la friolera de 2.500 víctimas. Por fortuna, las aguas han vuelto a su cauce de manera inesperada el pasado miércoles. Hamás decidió aceptar una tregua que, finalmente, el Gobierno de Netanyahu ha decidido respetar. Las presiones internacionales y ciertas cuestiones internas de Israel han decantado la balanza hacia el lado de las palomas, por primera vez.

La Autoridad Palestina fue la primera que reaccionó inmediatamente ante los primeros ecos de tormenta y pidió proceder a una convocatoria extraordinaria en la ONU para abordar la cuestión. Y tanto Egipto como la ONU llevaron a cabo intensas gestiones para frenar la escalada bélica. Era lo sensato y se ha logrado lo impensable. Tal vez, porque ninguno de los dos bandos estaba preparado ni tenía entre sus planes este enfrentamiento. Antes de que se les fuera de las manos, tanto Hamás como Israel, tras responder con fuerza, han optado por la prudencia. De todas formas, las tensiones provocadas por estos enfrentamientos y los provocados por la Gran Marcha del Retorno, que ya ha costado la vida a 233 civiles palestinos por acercarse demasiado a la valla fronteriza con Israel, no han podido sustraerse a la presión internacional. Netanyahu está al frente de un gobierno considerado el más ultraderechista de los últimos tiempos, integrado por una coalición de seis formaciones políticas, unas laicas, ultraconservadoras, y otras de carácter ultraortodoxo. Por eso, la aceptación de la tregua ha traído su peaje político. Avigdor Lieberman, líder del partido Israel Beitenu (Israel es Nuestra Casa), integrado por inmigrantes rusos, y ministro de Defensa ha dimitido, retirando automáticamente el apoyo de sus seis diputados en el Kneset, al considerar que la decisión del primer ministro supone ni más ni menos que “rendirse al terrorismo”. Este acto ha debilitado a Netanyahu. Pero su decisión tiene un fin partidista ya que, de este modo, confía en obtener el favor del público, al presentarse como una formación dispuesta a aplicar mano dura con los palestinos. Por eso, ha exigido un adelanto electoral. Aunque el primer ministro se ha hecho provisionalmente con la cartera, Naftali Bennett, ministro de Educación, ha exigido la cartera de Defensa vacante, o de lo contrario, su grupo, Hogar judío (nacionalistas religiosos), retirarían su apoyo al Gobierno, lo cual le dejaría en franca minoría. A eso se le suma, que en breve aspira el tiempo dado por el Tribunal Supremo israelí para que revise la exención del servicio militar obligatorio a los ultraortodoxos, lo que haría que otras dos formaciones que componen el actual Ejecutivo, de invalidarse esta norma, romperían la coalición.

No hay duda de que Israel tiene sus propios problemas. No es una nación integrada sino segregada, entre israelíes judíos e israelíes palestinos, además de entre israelíes laicos y ultraortodoxos, con derechos y deberes diferentes. El enemigo común, los palestinos, es lo que une en una gran causa común a los israelíes más reacios a buscar el compromiso diplomático, pero eso no evita que haya una gran fragmentación política entre los conservadores, con ultraortodoxos y ultraderechistas laicos. En mayor medida son estos dos grupos los que imponen una idea de Israel rígida y esclerotizada, en la que prevalece la discriminación y el racismo hacia los palestinos, y en la que los elementos ortodoxos predominan, como las últimas medidas relativas a los símbolos del Estado de Israel y su incapacidad de reconocer otras minorías. A pesar de que los palestinos viven una situación asfixiante y terrible, agravada por el hecho de que formaciones como Hamás o la Yihad Islámica cuenten con tanto peso entre la población, Israel vive sus contradicciones de una forma compleja que pone en riesgo su entidad como Estado de derecho democrático, lleno de contradicciones y de valores peligrosamente retrógrados, teológicos e inhumanos.

La suerte del conflicto palestino no solo se dirime en el contexto del enfrentamiento entre Israel versus Palestina, sino entre Israel contra sí misma, Palestina contra sí misma e Israel contra el mundo árabe. El tiempo solo ha enquistado los miedos y los temores, los odios y los rencores, la fiereza del enfrentamiento que provoca la movilización contra un enemigo que se perfila con rasgos más imaginarios que reales porque hay una mutua y feroz incomprensión. En todo caso, Israel parece ser el actor que a la larga saldrá victorioso, limando poco a poco hasta acabar por destruir por completo la entidad del pueblo palestino, territorialmente, por un lado, e identitariamente, por otro. Pero sería una victoria tan pírrica como relativa porque será a costa de no saber encontrar un modus vivendi consigo mismo y sin canalizar previamente las tensiones y problemas que eso puede traer a la larga como sociedad. Es evidente que la constitución de Israel como Estado judío fue necesaria en el marco donde se subscribió, pero actualmente es el único Estado racial del mundo, lo cual es algo perverso e incoherente. De todas formas, el hecho de que la violencia no haya ido más lejos y que haya podido ser contenido es señal de sensatez. Aunque eso no evita preocuparse. Entre palestinos y hebreos hay demasiada gente a la que le gusta jugar a la guerra sin medir las consecuencias funestas que eso trae consigo tanto para la población civil como para salud mental de la gente. Ojalá ganase siempre el partido de la paz.

Tiempo de memoria vasca

Es evidente que no podremos hablar nunca de una sola memoria. La sociedad es plural y, por lo tanto, tenemos que referirnos siempre a memorias. Además, el significado y el recuerdo de ciertos hechos son individuales y colectivos, y su valor alcanza a obtener un simbolismo muy determinado según cómo sea interpretado. Está claro que todavía en Euskadi, debemos encarar con decisión, pero sin estridencias, lo sucedido en los fatídicos años de plomo provocados, principalmente, por ETA. Pero hay más memorias, de acuerdo, incluida la de la Guerra Civil, envuelta en otra agria polémica, los GAL, los grupos de extrema derecha y, por supuesto, las actuaciones policiales… Y el inscribir en una lista los nombres y los hechos de lo ocurrido es un deber objetivo de la Historia. Así, sabemos lo que sucedió. Hubo heridos y asesinatos, víctimas y verdugos. Pero, a partir de ahí, más allá de la cuantificación y descripción, está la interpretación que hacemos y el modo en el que la sociedad debe interiorizarlo. Y esta memoria, dependiendo del valor que tenga para cada uno de nosotros y cómo la hayamos constituido, es compleja y variada. Puede ir de una lectura superficial a otra más profunda y matizada.

El carácter de la sociedad nos lleva a que se busquen respuestas fáciles, muchas veces se escoge una visión manida, porque es lo que nos permite identificar más fácilmente a ciertos culpables que capitalizan el daño, los agentes del miedo o del terror. Pero al hacerlo así, hay quien no está de acuerdo con esa visión y tenga otra alternativa. Y ahí es donde entran en juego otros elementos implicativos, como es la influencia de las ideologías y, en consecuencia, la justificación del terror. Recientemente, el lehendakari Iñigo Urkullu se expresó, este pasado fin de semana, en los actos celebrados para homenajear a las víctimas (con ausencia del PP, que tuvo su propio acto en Irún), pidiendo “no diluir, legitimar ni excluir”. Y tales términos vinieron acompañados de una autocrítica sobre el papel de las instituciones al no condenar ni implicarse desde el principio abiertamente contra ETA.

Ahora bien, es un término muy concreto el que llama la atención, “no excluir”, que trae consigo una inherente confusión. ¿No excluir? ¿A quiénes? ¿A las otras víctimas? ¿a los que sufrieron a los GAL, el extremismo y a la policía? Sí. A estos últimos. Cuando hablamos de memoria y no de Historia el terreno se hace más blanco. ¿La memoria de quién? Empeñados en recordar no podemos hacerlo de todos ni de todo por igual, hay colectivos, grupos e individuos que copan la centralidad de la reflexión histórica porque son claves. Cuando se habla de la Guerra Civil caemos en la tentación de trazar una gruesa línea entre los bandos enfrentados, españoles, después de todo, y ahí hay que tener cuidado en la manera en cómo lo hacemos, por no excluir a miles de asesinados. No por buscar una equidistancia, sino por olvidarnos de que el valor de la memoria, para ser válido, debe portar un componente, además de histórico, ético y moral. Ahora bien, ese mismo planteamiento no es aplicable exactamente igual a todos los afectados por el furor homicida terrorista y menos cuando se trata de referirnos a ETA y su mundo. Hemos pasado de ignorar a las víctimas, que se sentían avergonzadas de serlo (como tantos judíos tras el exterminio), a darles una visibilidad y protagonismo muy latentes. Esa visibilidad se ejerce desde un compromiso ético reconociendo la dignificación de su sufrimiento, y no es baladí. Hay mucho que lamentar y mucho que decir y explicar aún.

Por de pronto, hay 300 asesinados sin resolver, hay un partido, el PP, que se autoexcluye de los actos de recuerdo, protagonizando otro en paralelo. Hay una visión sesgada de la izquierda abertzale ensimismada en su conflicto y una ETA que, a pesar de todo, ya disuelta y derrotada, solo ha aceptado reconocer una parte de ese sufrimiento injusto. Todos y cada uno de estos elementos son importantes para entender a la Euskadi actual. Reflejan tanto idiosincrasias nacionalistas como constitucionalistas, sentimientos difusos o muy concretos respecto al repudio directo o ambiguo de ETA. Y todo ello debiendo concurrir siempre en recordar el laborioso trabajo de impedir que la violencia terrorista determinara, en sus aspectos más nocivos, nuestras esperanzas y aspiraciones de futuro. Porque deberemos vivir teniendo que aceptar y reconocer una serie de contradicciones sobre lo que ha sido el efecto tan corrosivo y dañino que trajo consigo el fenómeno de ETA. El simbolismo de las víctimas ha de permanecer activo en nuestro presente continuo.

El devastador resultado que la banda trajo consigo ha de valorarse, así mismo, en perspectiva y entender que hubo otros afectados por las violencias derivadas de su influjo homicida. Y aquí es donde hay que plantear el matiz. Las víctimas de ETA no deben ocupar una centralidad del discurso en detrimento de las demás porque sí, sino por lo que ha implicado ETA. Todas las víctimas merecen ser reconocidas, asistidas, ayudadas y, por supuesto, comprendidas. Y, sin embargo, no podemos entrar en una lógica de que, por eso mismo, todas son iguales, porque corremos el riesgo de difuminar los aprendizajes selectivos que debemos extraer de todo esto. Como no todas las víctimas de la SGM son iguales, tampoco aquí. Las víctimas de ETA deben ser un referente desmarcado de esas otras por el sentido de la violencia que codificó ETA.

La violencia causa un mismo efecto devastador sea quien sea el que la sufre, pero en su especificidad el carácter de esta violencia es lo que diferencia a las víctimas, en este caso, pretendiendo imponer una idea de país y sociedad. Tener esto claro no concita que las otras víctimas, GAL, extremismos o la Guerra Civil, no sean merecedoras de un reconocimiento, sino que no se las puede igualar a las de ETA, pues las reflexiones que hay que extraer de cada violencia y colectivo contribuyen de forma diferente a destruir las bases del proyecto homicida que lo sustentaron. En nuestro caso, desmontar el mito de ETA, pienso, que es hoy, nuestra gran prioridad.

Palestina: tierra de violencia

Como si se tratara de una de esas películas americanas, una unidad de fuerzas especiales del Ejército israelí se infiltró en Gaza y segó la vida de un líder de Hamás. En el enfrentamiento, fue alcanzado y muerto un oficial israelí. Pero, por desgracia, ahí no ha quedado la cosa, la acción se ha convertido en la yesca que aguardaba a ser prendida en hierba seca. Como respuesta, Hamás lanzaba a Israel 300 proyectiles… la escalada de la violencia ha sido in crescendo en el trascurso de las horas ya que las fuerzas israelíes respondieron con misiles Qasam y morteros, así como el empleo de unidades aéreas de helicópteros y cazas contra objetivos señalados: campos de entrenamiento, tres túneles, una fábrica de armas y una lanzadera de misiles. Además, se bombardeó la sede del canal televisivo Al Aqsa y el hotel Al Amal, vinculados a Hamás.

A pesar de los sistemas de defensa israelíes, uno de los proyectiles de Hamás acertó a dar a un autobús, dejando a uno de sus pasajeros gravemente herido. Según fuentes israelíes la unidad que se había adentrado en Gaza buscaba información, mientras que Hamás ha dado una versión muy distinta, señalando que fueron específicamente a matar a Nur Baraka, comandante de las Brigadas Ezedin Al Qasam, el brazo armado de Hamás. Tras el choque, el comando se retiró por las calles de Gaza, mientras aviones y drones, que lo les protegían de sus perseguidores, causaron otros siete muertos palestinos. El temor a que se vuelvan a recrudecer los enfrentamientos y a que las conversaciones, ya difíciles, entre Tel Aviv y Ramala, acaben rompiéndose, han llevado al enviado especial de la ONU, Nickolay Mladenov, a buscar una manera de impulsar un alto el fuego. Lo más paradójico es que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tuvo que represar precipitadamente de París, el pasado domingo, donde se conmemoraba el centenario del final de la Gran Guerra, para reunirse con su Gabinete de Seguridad ante la crisis. ¿Dónde quedaba ese espíritu de concordia, paz y aprendizaje histórico? Tras los enfrentamientos en la frontera de Gaza, meses atrás, con más de 200 muertos, muchos de ellos adolescentes o niños, que se manifestaban de forma pacífica para conmemorar la Nakba y exigir la petición de retorno de los exiliados, esta aparente calma posterior ha sido engullida por el fragor de los acontecimientos.

Irónicamente, Netanyahu, preguntado por la cuestión en Francia, antes del incidente, expresó que su Gobierno está buscando impedir por todos los medios una “guerra innecesaria”, aunque también remarcó que no habrá una solución política para Gaza mientras haya potencias que quieran destruir Israel, como Irán o el ISIS. Tristemente, esto es la pescadilla que se muerde la cola. Israel no ha tomado nunca la iniciativa de atraer a los sectores más moderados y acordar un reconocimiento del Estado palestino. Será un aspecto que no satisfará jamás a los sectores más radicales palestinos ni a los más integristas hebreos que solo apelan a la destrucción del otro.

Pero la realidad es que Israel controla de forma asfixiante Gaza y Cisjordania. La colonización de barrios de Jerusalén y de otras ciudades árabes es un hecho, mientras reduce o bien discrimina a esta minoría árabe, que no tiene los mismos derechos que los ciudadanos israelíes judíos. No pueden cumplir el servicio militar, obligatorio para todo israelí de pleno derecho, y eso comporta no acceder a ciertos empleos o recibir ayudas económicas del Gobierno… la distancia entre la población árabe y hebrea es notoria. Además, la estrategia que sigue Israel con los palestinos es la de divide y vencerás. Estos también están muy debilitados por sus propios problemas internos, aparte de la división entre la Autoridad Palestina, moderada, y Hamás y la Yihad Islámica (integristas), el Gobierno de Ramala es poco eficaz, corrupto, clientelar y cuenta con unas instituciones poco democratizadas. Pero tampoco se les permite gestionar su propia realidad interna, con amplias zonas de Cisjordania bajo control directo de la administración hebrea, con la ruptura de la cohesión del territorio mediante creación o expansión de colonias ilegales y, por supuesto, los muros que ahogan y asfixian su economía, controlada por entero por Tel Aviv. Además de esto, Gaza es una ciudad sitiada bajo el gobierno autoritario de Hamás y que vive al borde de una crisis humanitaria permanente, ante el fuerte bloqueo israelí. Solo la ayuda internacional, que llega con cuentagotas, permite la subsistencia de la población con nulas aspiraciones.

En esta escalada de los hechos, la verdad siempre es la gran sacrificada. Israel no reconocerá el error cometido y la reacción belicista palestina da rienda suelta a que el ejército hebreo actúe de manera autojustificada. Todo para dejar las cosas bien claras. Ojo por ojo, y diente por diente. Ante tal actitud, no cabe la paz, ni el diálogo ni nada que se le asemeje. Por eso, la gran pregunta es: ¿para qué fue Netanyahu a París si no creía en lo que allí se iba a conmemorar ni en los compromisos morales que este acto reafirmaba? El acto ceremonial por el final de la primera gran tragedia europea procuró melifluos discursos antibelicistas, nada más. Así, el presidente francés, Macron, señalaría: “La lección de la Gran Guerra no puede ser la del rencor de un pueblo contra otros ni la del olvido del pasado”. Está claro que sí, que las palabras se las lleva el viento cuando los rencores se desnudan y provocan una respuesta ciega y sorda hacia los valores que debiéramos defender con uñas y dientes. Porque, aunque en modo alguno podemos justificar la respuesta violenta de Hamás, tampoco se puede hacer lo mismo con la israelí. Israel no es una mera víctima de la violencia sino su inductora en este caso y en muchos otros. Y es la responsable principal de no dar los pasos para un entendimiento necesario, ahogando la bestia del resentimiento, ni dar un paso al frente para buscar un acomodo a ambas poblaciones en ese pequeño trozo de tierra llamado Palestina. Y esto es así, porque simplemente es quien ostenta la mayor fuerza y quien puede cambiar esta terrible singladura.

Un siglo no es nada

La conmemoración de los cien años desde que se pusiera fin a la Gran Guerra, aquella que quiso convertirse en una línea roja infranqueable, para acabar con todas las guerras, se ha convertido en una actualidad reflexiva. Un siglo, se dice poco. Pero hay ciertos males que parecen ser los mismos, o parecidos, una sombra acechante, una amenaza que cobra forma en la ideología nacionalista. La vieja Europa ha aprendido muchas lecciones por las malas. Pero nunca son suficientes para pensar, sentir o creer que hemos podido exorcizar todos los demonios de los conflictos y la violencia por completo.

En los años 90, albergamos una guerra civil en la extinta Yugoslavia, hace unos pocos años, en la cuenca del Donetsk, todo ello configura una parte de la Europa geográfica, aunque políticamente no ha implicado en un enfrentamiento generalizado. Un 11 de noviembre de 1918, ocho mandatorios y militares se sentaban, con gesto serio y circunspecto, en un vagón de tren en la localidad gala de Compiègne. Allí se ponía fin a casi cuatro años de guerra total y miserable, en un balance de muertos sin igual, nueve millones, en un enfrentamiento jamás conocido y de dimensiones globales. En aquel diminuto espacio se ponía significativamente fin al Imperio alemán y las potencias vencedoras se repartían sus despojos. Francia exigió unas duras reparaciones, un fuerte castigo a la potencia que consideraba responsable de los hechos. No miró más allá, no supo valorar las consecuencias.

La rivalidad y la angustia vividas fueron suficientes para no buscar una manera de no humillar a los alemanes. Sin embargo, es verdad que tuvieron una importante responsabilidad esencial en lo ocurrido. Y todo porque un anarquista decidió asesinar al heredero al trono de un imperio austro-húngaro que a la sazón acabaría desmembrado. Triste y macabra ironía. Militarismo, capitalismo, imperialismo y, ante todo, un nacionalismo exaltado en el que se creía incluso que una buena guerra de vez en cuando era saludable para la salud de la nación… Pues, nada nuevo inventaron los nazis, ni Hitler, después. Bebió, absorbió e hizo suyos esos nefastos elementos vinculados a lo que se denomina chovinismo ultramontano. El sufrimiento que padeció en las trincheras no fue suficiente lección para él. Las ásperas lecciones de la Gran Guerra no fueron suficientes para nadie, para evitar la siguiente.

Las viejas inercias ganaron a las nuevas mentalidades antibelicistas que se consideraron antipatrióticas. Pero aquella Europa salió mucho más debilitada de lo que se creía tras la victoria aliada. Los gobiernos democráticos que surgieron, tras las ruinas, no aguantaron la crisis de los años 30, provocada por el derrumbe del sistema financiero. El temor al comunismo se convirtió pronto en un aderezo perfecto para atraer a una sociedad conservadora, dando forma a los movimientos fascistas o al autoritarismo. En unos lugares triunfó y, en otros, solo se necesitó una Guerra Civil, como en España, para que lo hicieran. Mussolini lo hizo pronto gracias al favor del populismo y la debilidad del sistema parlamentario italiano y Hitler abrazó el poder de forma legal, utilizando para ellos los más hábiles instrumentos de la demagogia y la propaganda política frente a las viejas élites.

Todos y cada uno de estos acontecimientos están encadenados e interconectados. No son casualidades que se han ido precipitando sin que el ser humano no pudiera hacer nada para evitarlos. Francia y Gran Bretaña, por ejemplo, no cayeron en las garras de ese totalitarismo. Y, aún así, encarnaban dos imperios coloniales sin igual, imperialistas y nacionalistas, solo su decadencia final, tras la SGM, hizo que tuvieran que abrigar la descolonización. Todos y cada uno de los países de lo que entonces era el epicentro de las relaciones internacionales y el poder económico tenían que lavar sus trapos sucios. Pero el nacionalismo sigue siendo una ideología del presente. Nunca se ha llegado a ir.

Las sociedades se han democratizado en mayor medida, no hay riesgo, o eso creíamos, de que surgiera un fascismo homicida. Pero puede que ese mismo fascismo adquiera otros registros. Los Estados se han democratizado, hemos ahondado en la dignidad y en los derechos humanos, pero no todo está resuelto. La inmigración y los problemas en el Tercer Mundo nos han afectado, y aquí es cuando para algunos se ha convertido en una amenaza externa que hay que detener. No relacionan el pasado con el presente. No se dan cuenta de que la riqueza de Europa no fue fruto de la casualidad sino del imperialismo depredador y del nacionalismo ultramontano. El primero ha mutado hasta convertirse en un imperialismo económico, no militar, y el segundo se ha transfigurado, otra vez, en un populismo ultraconservador dominante en algunos países (en otros de ultra izquierda), que pretenden volver a las andadas discriminando a la población por su origen y dando a entender que los foráneos son una amenaza. Pero la amenaza es este nacionalismo étnico evolucionado, que busca la manera de desmarcarse de su identificación con el fascismo tradicional, pero reproduciendo unos discursos racistas y xenófobos semejantes.

Una aguda crisis de identidad global, la desilusión de ciertos grupos sociales y el espejismo de un bienestar idealizado (pero egoísta e inhumano) se han alineado en este orden de cosas para ofuscarnos y creer que el ultranacionalismo es la solución. ¿Lo ha sido alguna vez? No, al contrario. Pero una parte de la incauta sociedad se deja llevar por sus miedos, creen que el rechazo furibundo a ciertas minorías y a los fundamentos del liberalismo democrático de tolerancia y respeto a las diferencias sociales, culturales o identitarios, puede ayudar a detener esta presunta decadencia. No. Solo arrastrarán por el fango nuestros valores tan arduamente conseguidos. Hoy, Europa y América despiertan recordando lo que sucedió hace un siglo, pero nadie puede evitar pensar en si podría repetirse. No lo hará de la misma forma y, sin embargo, la crueldad humana nunca se extingue.

Estado islámico y crímenes de guerra

La tendencia del ser humano a olvidar, a pasar página enseguida a ciertos hechos traumáticos o a ignorar las consabidas experiencias adquiridas lleva siempre a pensar que la Historia se repite. No es verdad. Pero tampoco es cierto que aprendemos la cruda lección de que los fanatismos (del signo que sean) solo traen consigo amargura, tragedia y desolación.

En un reciente informe de la misión de la ONU en Irak (UNAMI) y la Oficina de la ONU para los Derechos Humanos se recoge un balance provisional de los asesinatos cometidos por el Estado Islámico en la parte iraquí: 12.000 muertos repartidos en 200 fosas comunes. La mayoría de estas se encuentran en la provincia de Nínive, epicentro de su poder, con su capital, Mosul. No hay duda de que mientras los primeros estudios serios sobre el EI estuvieron ligados a comprender la naturaleza de sus éxitos, así como su compleja capacidad para captar voluntarios en las redes sociales y publicitar sus hazañas por el mundo musulmán y no musulmán, el EI dejaba su sangrienta huella por todo el territorio. No solo aplicaba la sharía con firmeza salvaje, haciendo que la mujer viviera escondida, sino que se produjo una concisa y recurrente violación de los derechos humanos fundamentales. La guerra declarada por el EI contra los enemigos de la fe no solo estuvo dirigida contra el denostado occidente sino contra otros musulmanes, especialmente las minorías religiosas y los chiíes, todos ellos considerados como herejes que había no tanto que desterrar como exterminar a sangre fría. Poco a poco, gracias al esfuerzo de la ONU y de la Fundación de Mártires de Irak se están desvelando las escalofriantes cifras de esta limpieza homicida. De momento, se han exhumando 1.258 cuerpos, y el proceso continúa. Todo apunta a que la campaña de terror del EI para someter a la población civil vino acompañada por otra de exterminio físico de todos aquellos que consideraban perturbadores de la sociedad islámica perfecta e idealizada que pretendían erigir. En esta depuración se asesinó a mujeres, niños, ancianos, discapacitados y miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes, así como trabajadores extranjeros. Si bien, hubo otros colectivos afectados en mayor grado, como la minoría yazidí (de origen kurdo y cuyas raíces religiosas son preislámicas, basadas en el zoroastrismo), la cual sufrió en sus carnes la inhumanidad yihadista, que asesinó sin contemplaciones a 5.000 civiles de género masculino y utilizó a 7.000 mujeres, de este mismo grupo, como esclavas sexuales. Actualmente, derrotado el Califato, la dificultad de las familias para conocer el paradero de sus parientes no es nada sencillo por los trámites burocráticos a los que se enfrentan. Pero también la victoria contra EI es demasiado reciente y todavía no se ha erradicado del todo en la región, así que el proceso de identificación y cuantificación no será sencillo.

Irak se enfrenta a un futuro incierto y complejo, ha de sanar las heridas dejadas por diferentes duros periodos, desde la dictadura de Sadam, la posguerra, que dejó a un país desgarrado por la violencia sectaria, al integrismo, siendo toda una suma de experiencias que han dejado muy maltrecho al Estado iraquí. Actualmente, vive su primera experiencia democrática, con todas las dificultades que eso conlleva. Sin embargo, no es descartable que el efecto tan espantoso que provocó el avance del EI (amenazó hasta la propia Bagdad) pueda alentar el nada sencillo entendimiento entre suníes y chiíes, clave para la estabilidad del sistema. Pensemos que, tanto para una comunidad como para otra, el integrismo del EI significó una amenaza. Las milicias yihadistas, convencidas de su misión divina, y compuestas por muchos voluntarios extranjeros, pero también iraquíes, avanzaron de una forma imparable, ante la endeblez de las tropas gubernamentales. Hubo que militarizar la sociedad y profesionalizar al ejército pero, sobre todo, buscar el apoyo de las milicias chiíes. Cambiar la suerte de la guerra no fue nada fácil, debido a que el EI se organizó bien (no solo eran unos locos fanatizados), gracias a sus políticas del miedo. Por todo ello, el fuerte impacto que trajo consigo el advenimiento del EI no debemos minusvalorarlo, ya que todavía subsisten grupos que operan afines a su proyecto de constituir un Califato universal.

Por desgracia, tras este ensueño utópico, no solo hay un proyecto integrista, sino un mensaje de crueldad criminal sin precedentes. Hoy día, respiramos más aliviados porque parece que se ha ido apagando el fenómeno. El grado de amenaza terrorista ha disminuido, y es una buena señal para valorar que no todas las comunidades islámicas europeas ni del mundo eran afines a este nihilismo homicida. Pero ese síndrome en cualquier instante puede resurgir y sabemos que toda sociedad es vulnerable. Es imposible blindarlas a estos mensajes de odio y terror, pues buscan hacer el mayor daño posible, tanto da si son buenos creyentes como infieles. Este fanatismo es difícil de combatir y, sobre todo, de disuadir una vez pone en marcha su furia destructiva.

No obstante, la derrota del EI no debe quedarse tan solo como una guerra ganada al yihadismo y eso nos haga caer en un falso estado de ingenua seguridad, aunque tampoco se trata de vivir en estado de alerta permanente, lo que favorece a los islamófobos y xenófobos de turno. La derrota del EI debe servirnos de punto de partido para entender, eso sí, que la mayoría de los fenómenos del siglo XXI no son casuales y están interconectados. Lo ocurrido en Irak y Siria nos ha acabado por afectar, ya sea por el tema de los refugiados y por los atentados, como por la marcha de miles de voluntarios europeos a luchar a Oriente Próximo en la yihad. Europa no puede quedarse en un limbo acomodaticio, sino implicarse en políticas de integración más activas, con el fin de desactivar los prejuicios de la derecha ultramontana. El futuro depende de que ningún fanatismo o radicalismo se empodere de las instituciones ni pervierta el sentido religioso de la existencia, en esta triste propensión humana hacia la barbarie.

Legislativas en EEUU

Por primera vez, Donald Trump ha visto como sus discursos altisonantes y antiinmigratorios no le han reportado sino una sonora derrota. No es suficiente para convertirlo en una debacle, eso sí, ha perdido el control de la Cámara de representantes, por un pequeño margen, pero mantiene firme el control del Senado, lo cual le permite invalidar cualquier legislación demócrata. No hay duda de que estas elecciones a medio mandato para su reelección son indicativas. No determinantes, pero sí que una parte del electorado norteamericano, el más progresista, se ha movilizado de una forma contundente contra las políticas sociales y sectarias de Trump. La economía va bien. Mejor que nunca. Todos los indicadores son increíblemente positivos. Las guerras comerciales contra China y la Unión Europea, o los amagos que se han dado, solo han reportado que la locomotora norteamericana prospere, aunque tanta riqueza siga sin estar bien repartida. Sabemos quién es Trump. Un hombre hecho a sí mismo, que ha sabido cumplir con el sueño americano, a costa, eso sí, de que no haya trabas a impulsar un capitalismo salvaje, hasta que la burbuja estalle de nuevo y la especulación o el fraude hagan de nuevo temblar a las bolsas de medio mundo. Es cíclico, lo sabemos, para entonces, es posible que Trump se haya retirado ya de la política, recordando sus glorias efímeras. Otro factor favorable para este crecimiento reside en que EEUU no ha tenido que lidiar en sangrantes guerras en el exterior, a diferencia de la época de Reagan y Bush. El apoyo a los rebeldes sirios o a las milicias kurdas no ha implicado un gasto tan desmesurado como las políticas internacionalistas de los dos presidentes anteriores, mientras se rebajaban los impuestos y la carga principal de un ingente déficit público recaía sobre las arcas del Estado y era absorbido por el siempre fuerte valor del dólar. Pero también la pobreza se extendía. Trump ha tenido en la economía un valor que no ha sabido aprovechar, dándolo por supuesto, y ha querido ganar en el otro terreno clave: la ideología.

Ningún gobernante pasa a la historia tan solo por ser un buen gestor de las cuentas públicas, sino por la trascendencia de sus actos y decisiones. Y ahí es donde Trump ha mostrado una política errática y nada hábil, bloqueando la apertura de las relaciones diplomáticas con Cuba, buscando un enemigo exterior que le permite mostrarse como un hombre de acción fuerte y resolutivo, en un contexto en el que, precisamente, tras el fin de la amenaza nuclear de Corea del Norte, se iba quedando sin enemigos potenciales. Así que ha seguido manteniendo las sanciones a Irán y ha permitido que Rusia siga ostentando una fuerte influencia internacional, ante las buenas relaciones que mantiene con Putin. Pero, en general, Trump no ha podido capitalizar muchos triunfos a nivel exterior. El traslado de la embajada de EEUU de Tel Aviv a Jerusalén, o las presiones a la Autoridad Palestina, no han comportado más que tensiones, invalidando toda posibilidad de restablecer las negociaciones entre israelíes y palestinos, hace tiempo congeladas. Pero en el discurso ultraconservador y ultramontano los enemigos son siempre un factor decisivo de pervivencia y, por lo tanto, ante la aparente falta de amenaza terrorista inmediata, el foco se ha vuelto contra la inmigración y los grupos minoritarios de EEUU, a los que se les ha reprobado sus actitudes o a los que se les pretende cercenar derechos como si fuesen entre una lacra social y un síntoma de la decadencia del país. Claro que Trump ha tocado ahí la fibra sensible de una gran masa crítica de población que no se pliega ni mucho menos a estos planteamientos racistas y retrógrados.

En la paradoja, Trump se presenta como el hombre modélico de familia, aunque hayan quedado bien claros sus escarceos con prostitutas y su matrimonio de pantomima, amén del origen fraudulento de parte de su fortuna personal. Esa otra América, progresista y heterogénea ha sabido movilizarse contra un misógino de manual, dando como resultado un Congreso en donde por primera vez hay más mujeres y diversidad racial y religiosa que nunca entre sus representantes. Ahora, con esta victoria, los demócratas podrán investigar los trapos sucios del presidente, sin vetos, o incluso emplazar, en el caso de que hubiese suficientes pruebas, un impeachment, aunque para eso necesitarían dos tercios positivos de la cámara, lo cual se antoja difícil. No obstante, confiando en que no sea flor de un día, las elecciones han desvelado aspectos novedosos que muestran que algo está cambiando en el seno de la sociedad estadounidense en el mejor de los sentidos al ser elegido el primer gobernador homosexual, en Colorado, Jared Polis, o la llegada del primer congresista musulmán, Rashida Tlaib, a la cámara baja. Si en esta era Trump se creía que las posturas más recalcitrantes y la América profunda iba a reforzarse, vemos que ha habido una reacción de otro EEUU dispuesto a visibilizarse, a mostrar que la realidad es mucho más compleja y liberal. Estos grupos son los únicos que puede servir de contrapeso a un conservadurismo mesiánico que busca traer la grandeza al país, a costa, eso sí, de que prevalezca una mayoría blanca, rica y acaparadora.

Queda, por lo tanto, valorar si los demócratas han extraído de esta victoria alguna importante lección que pueda incidir en las (múltiples) debilidades del presidente republicano de cara a los comicios a la Casa Blanca del 2020. Contar con un candidato de peso y que pueda contrarrestar la demagogia barata del multimillonario sería crucial pero, al mismo tiempo, que sea capaz de movilizar de forma convincente, como ya ha sucedido en estas elecciones, a aquellos sectores que se han sentido fieramente atacados, despreciados, descalificados o ninguneados por el actual mandatorio presidencial, y que representan esa parte de la sociedad comprometida con el mundo en el que vivimos, con un ejercicio responsable de la diplomacia, con el cambio climático, el respeto por los derechos humanos y la dignidad humana.

Educar la conciencia en Euskadi

Educar la conciencia. Parece quedar bien claro que el propósito del programa Herenegun de servir como base para que nuestros jóvenes comprendan y sepan la naturaleza y efecto del terrorismo de ETA, de momento, no va por buen camino. Este ha suscitado muchas dudas acerca de su valor ético y didáctico entre los partidos constitucionalistas, las asociaciones y fundaciones de víctimas e, incluso, entre el colectivo de historiadores, que consideran que el programa flaquea en algunos aspectos de relevancia interpretativa. Aunque el responsable del proyecto, Jonan Fernández, insiste en que lo importante del mismo reside en que lo que debe conducir es a que los alumnos/as entiendan que “matar fue una barbaridad y que violar los derechos humanos nunca está justificado”, no todos piensan que ofrece ese inequívoco sentido. Diferentes expertos han ofrecido sus valoraciones, tras analizar a fondo la unidad didáctica.

El filósofo Martín Alonso Zarza, por ejemplo, considera que se omiten las respuestas de dos grandes cuestiones cruciales: “¿Por qué mataron los terroristas de ETA? ¿Por qué tardamos tanto en llamarles asesinos?”. Por su parte, la profesora de periodismo María Jiménez cuestiona no tanto lo que se cuenta como lo que se omite, que es la ausencia de los amenazados, extorsionados y los que se vieron obligados a irse de Euskadi y a vivir con escolta, cuando se produjo la socialización del dolor por parte de ETA. Para Antonio Rivera, catedrático de Historia Contemporánea, otro gran problema de la unidad es que “no explica lo ocurrido” y que provoca “frialdad y falta de empatía”. Y para la Fundación de Víctimas del Terrorismo se “alimenta la falsa teoría del conflicto”. Otra aportación que lleva a cabo otro insigne catedrático de Historia Contemporánea, cuyos estudios sobre la historia vasca son de obligada referencia, José Luís de la Granja, incide en otro aspecto: hay un exceso de protagonismo de ETA, seguido del nacionalista, donde los sectores no nacionalistas apenas obtienen un espacio significativo, al igual que las víctimas. Otras dos aportaciones más se refieren a la interpretación de los hechos. De la Granja valora que se mantiene la vieja tesis de que ETA nació como una expresión antifranquista, dotándola así en el imaginario, de una aureola seudorromántica de grupo que se rebelaba contra una dictadura infausta y, con ello, se le dota de cierta justificación, cuando actualmente la mayor parte de la historiografía apunta a que ETA nunca dejó, en esencia, de ser antiespañola. Mientras que otro especialista, José Antonio Pérez, señala que la decisión de ETA de matar no vino dada por la supuesta represión del Estado, sino que lo hizo libremente, desmontando otro mito muy extendido. La discusión está servida.

El programa se llevará a las aulas en abril del curso que viene, y aunque hay tiempo de subsanar los errores, no parece que las aguas bajen muy calmadas para valorar en frío cada una de estas aportaciones y se rectifique. Pues, al ser elementos de calado, implicaría tener que reconfigurar en profundidad el texto. Además, Rivera ponía de relieve una cuestión crucial, como que no son los gobiernos los que han de escribir la Historia, sino los especialistas, ante el riesgo de que aquellos la utilicen para sus propios fines ideológicos. Es verdad que no hay una imparcialidad total y absoluta, los programas educativos están sujetos a las instituciones públicas y, por lo tanto, son estas, los partidos, las que aprueban sus contenidos a su criterio.

La enseñanza de la Historia de España, sin ir más lejos, ya causó polémica, cuando se vio que cada una impartía una visión troceada de nuestro pasado común. Volviendo a la cuestión, hay que admitir que, al ser un tema tan actual y, sobre todo, una materia tan sensible, su impacto e interés suscita una mayor atención. Las organizaciones que representan a las víctimas no están dispuestas a ser humilladas, por lo que están vigilantes en este terreno que es tan esencial para ganar la batalla contra quienes pretenden construir una memoria falseada y peligrosamente autojustificativa del terrorismo. Ahora bien, ¿encontraremos unos puntos de acuerdo para que la iniciativa no acabe antes de empezar? Nadie duda del trabajo que hay detrás de este proyecto. Y estamos todos de acuerdo en la necesidad de que se enseñe en las escuelas lo ocurrido, pues es la única manera que se tiene de erradicar los mitos de ETA y comprender la naturaleza totalitaria de su proyecto criminal. Si partimos de ahí, tendremos un espacio ganado. Pero enseñar bien Historia es bastante más complicado de lo que se cree. No nos limitamos a listar nombres y fechas de acontecimientos que se van disponiendo de forma cronológica, como sería el narrar desde los primeros atentados de ETA hasta los últimos, deteniéndonos en algunos de ellos más por su significancia, sino, ante todo, incidir en el modo en que esta afectó a la sociedad civil, mostrando la incidencia de la kale borroka, la dificultad que se tuvo de ir desmontando su organización, así como el nocivo efecto que tuvo en las víctimas y los amenazados. Todo ello para acabar entendiendo el efecto tan duro, perverso y devastador que tuvo para los que sufrieron en sus propias carnes lo ocurrido. Los chicos y chicas no necesitan saberlo todo, porque no todos van a ser especialistas, sino que, al menos, comprendan y juzguen lo más objetivamente el fenómeno, activando una conciencia grave y crítica contra los violentos. Así que la visión que se vaya a ofrecer desde la Secretaría dirigida por Jonan Fernández, difícilmente llegará por desgracia, nunca tan lejos.

El objetivo esencial, por tanto, que debe perseguir toda sociedad democrática y que ha vivido un fenómeno de estas características es, sin duda, combatir la ignorancia sobre lo ocurrido, destruir la visión idealizada de la organización y, por supuesto, fundamentalmente, señalar la relevancia y dignificación de las víctimas. Los hechos están ahí, queda encajar las piezas y, sobre todo, que nuestros jóvenes adquieran una conciencia adecuada contra ETA y el fanatismo. Esperemos que se logre.

Libros: La batalla por los puentes (2018), de Antony Beevor

Una vez más, el historiador británico Antony Beevor, como en sus anteriores estudios sobre Stalingrado, Creta, El día D, Ardenas o La Guerra Civil española, entre otros, nos deleita con unas sabrosas páginas de historia militar. Reconstruye con intensa prosa uno de los episodios más controvertidos de la SGM como fue la decisión, en 1944, de lanzar la que, hasta entonces, fue la mayor operación aerotransportada de la guerra. Las intenciones eran ocupar varios puentes estratégicos, entre Eindhoven, Nimega y Arnhem, destruir el XV Ejército alemán y entrar en Alemania, acortando con ello, en la ilusionaría previsión, varios meses la guerra. Los acontecimientos, por supuesto, fueron de otra manera y los aliados sufrieron una dolorosa derrota en lo que, sin duda, como subraya Beevor, fue una operación mal concebida y que nunca debió haberse llevado a cabo por los numerosos imponderables geográficos y tácticos que suponía. En ella no solo entraron en juego las rivalidades entre los mandos aliados, sobre todo, entre Montgomery y los norteamericanos. Montgomery, que se había revelado como el mejor comandante británico, cauto y hábil, decidió arriesgar, por una vez, en una operación de enorme envergadura que iba a resultar un fracaso, a pesar de que se afirmase lo contrario, tras sufrir un enorme número de bajas, tres de las unidades especializadas más relevantes eran vapuleadas por los alemanes, la 1º división aerotransportada británica y las míticas 82º y 101º aerotransportadas estadounidenses, sin haber logrado el objetivo principal.

El buen pulso de la narración nos va mostrando, así, las primeras disputas a la hora de diseñar Market-Garden, como se acabaría llamando, y los ambiciosos objetivos que se tenían en una geografía holandesa particularmente beneficiada para la defensa y no para los avances rápidos y menos por una sola vía, la conocida como la “Carretera del infierno”. Beevor nos adentra en la batalla, en el pensamiento de los soldados, en las acciones heroicas y no tan heroicas, en las malas decisiones y en los fallos cometidos, y resalta la tenaz y hábil defensa germana (que los aliados minusvaloraron). Hay que pensar que la Wehrmacht estaba ya bastante lejos de ser aquel ejército victorioso que ocupó de forma brillante Holanda, Bélgica y Francia en la primavera de 1940, sino muy debilitado, con mucha tropa o muy veterana o imberbe.

Además de la perspectiva del soldado, también nos ofrece el sufrimiento de la población civil que se encontró en medio del fuego cruzado en esta batalla que se desarrolló en ciudades clave. Urbes como Nimega, Arnhem o Oosterbeek fueron casi arrasadas por completo ante los duros enfrentamientos entre las unidades paracaidistas y alemanas. Aparte de esto, habría que sumar las políticas de represalia contra la población civil (3.000 ejecutados), incluso, la toma de rehenes para frenar la huelga de los ferrocarriles holandeses, amén de miles de holandeses enviados a Alemania como mano de obra esclava (400.000 a lo largo de toda la guerra), que tuvo poco de ejemplar. Las consecuencias posteriores fueron todavía peores, ya que los ciudadanos de la Haya, Ámsterdam y Amberes pasaron una crisis humanitaria espantosa ante la falta de alimentos, en aquel invierno, hasta su posterior liberación (entre 16.000 a 20.000 muertos). Lo que quedaba en manos de los alemanes de los Países Bajo, no se rendiría hasta el 5 de mayo de 1945. También se destaca la importante labor que tuvo la resistencia holandesa durante el trascurso de los acontecimientos a la hora de ayudar a los aliados y poniendo en muchas dificultades a los alemanes. Hubo actos, a su vez, de caballerosidad con los heridos y el enemigo vencido, pero también de crueldad y dureza, no solo protagonizados por las fanáticas SS, la 9º y 10º divisiones blindadas (aunque mayormente eran de nombre), sino también, aunque en menor medida, por los propios aliados.

Beevor aborda la descripción de todo este escenario con una precisión digna de destacar, día a día, jornada a jornada, hora a hora, en la medida en que casi podemos ver las olas de aviones de trasporte y planeadores llegando a las zonas de aterrizaje y cómo a mediada que estas unidades avanzaban por un territorio hostil se iban enfrentando a las distintas unidades que los alemanes organizaban como podían, con el mariscal Model al mando de la defensa, iban destinando para frenar su avance. También, realiza un incisivo retrato de los mandos aliados, su comportamiento, errores y actitudes, rescatando de un inmerecido olvidado general Sosabowski, al mando de la brigada polaca. Y el único con redaños para observar críticamente algunas de las decisiones, que se mostraron equivocadas, tomadas por sus superiores.

Ahora bien, tal vez, cabría incidir en dos aspectos importantes a la hora de evaluar más críticamente la obra. Uno de ellos es la falta de un capítulo introductorio en el que se analicen las fuentes o la historiografía existente sobre esta batalla, que sería un punto interesante de referencia para valorar las nuevas aportaciones que realiza. Y el otro reside en que no se observa mejor el escenario general de la guerra en Europa y la incidencia de Arnhem en ella. Esto nos hace pensar que la lucha por los puentes se convierte en un microcosmos, excelente e incisivamente pormenorizado, pero sin saber, salvo a nivel de orgullo herido por parte aliado, de los efectos reales en el cuadro general de la guerra, con una Alemania que ya se encontraba en las últimas, aunque todavía daría su último coletazo en las Ardenas, en el invierno de ese año. Beevor ahonda y clarifica muy bien la situación en el bando aliado, pero menos en el alemán, no sabemos si por falta de fuentes disponibles o porque le interesa menos. Viéndose mucho más el heroísmo aliado que el alemán, en muchos casos, sin mostrar tampoco el porqué de esta lucha tan encarnizada, o bien evaluando la amarga realidad del soldado corriente exponiéndose en una guerra que ya se sabía perdida.