Una Intifada pacífica

Nos esperábamos lo peor. Una vez más, la actuación de Israel cerrando y controlando con fuertes medidas de seguridad la entrada a la Explanada de las Mezquitas, Al Aqsa, el tercer lugar sagrado de los musulmanes, no parecía presagiar nada bueno a mediados del pasado mes de julio. El atentado contra tres policías drusos en la ciudad vieja de Jerusalén, tiroteados por tres árabes israelíes, que fueron a su vez abatidos, tenía todas las trazas de encender la mecha que hiciese explotar un nuevo barril de pólvora. La violencia siempre engendra más violencia. La cual siempre ha justificado a Israel para adoptar las medidas coercitivas más firmes, en vez de aplacar los ánimos, los soliviantan al sentir los palestinos que pisaban sus derechos. En esta ocasión, el temor era todavía mayor por el carácter que cobra Al Aqsa, ya que es el mayor símbolo identitario de los palestinos.

En el año 2000, la aparición de Ariel Sharon provocó tal sentimiento de agravio que daría lugar a la segunda Intifada. La posibilidad de que pueda darse otra estaba, sin duda, en el aire. Además, el actual gobierno israelí, dirigido por el ultraconservador Benjamín Netanyahu, en vez de atenuar la crispada situación retirando los controles de seguridad, que tanto disgusto habían provocado, no cedió y optó por mantener las medidas coercitivas, bajo la máxima de que con los palestinos solo sirve la mano dura. Si bien, el problema radica en que Netanyahu solo aplica la misma estrategia una y otra vez, fuerza y amenaza, como si solo así pudiera tratarse debidamente a los palestinos, lo que ha hecho que las relaciones entre su gobierno y la Autoridad Palestina se hayan enfriado. E, incluso, se ha enfrentado con los organismos internacionales, al rechazar la condena implícita que se ha hecho de los asentamientos y colonias ilegales en los territorios ocupados, viéndolo como un ataque a su integridad, cuando lo que ellos estaban cometiendo era un crimen.

Tras los hechos acaecidos en Jerusalén, aunque hubo algunos otros brotes de violencia, con dos palestinos y tres colonos muertos más en Cisjordania, nadie sabía si eso iba a volver a quebrar la endeble tregua existente. La decisión de los palestinos de impulsar una desobediencia civil boicoteando pacíficamente el rezo en la Explanada ha forzado, esta vez, a las autoridades israelíes a rectificar y retirar los controles allí establecidos (que al no haber nadie rezando no servían para nada). No hay duda de que este nuevo proceder de los palestinos israelíes, apoyado por sindicatos y partidos, fue un acto espontáneo revolucionario. Porque cambia la dialéctica de la violencia y, de proseguir en esta línea, permitirá dar un paso de gigante para derribar una parte muy significativa de los muros que los ultraconservadores han sabido levantar alrededor de los israelíes más liberales, quienes ante la supuesta amenaza palestina, solo podían aceptar la respuesta militar y policial. Esta manera de proceder ha ofrecido un nuevo punto de vista: otra manera de responder es posible. Eso ofrece un rayo de luz lleno de esperanza, aunque haya muchos resentimientos que disolver porque un posible y deseable proceso de entendimiento será largo y prolongado. Pero significa que los palestinos han empezado a entender que con los actos de desafíos violentos no solo no se consigue nada, sino que provocan una reacción contundente que autojustifica la actitud brutal de las fuerzas hebreas. Y esto conlleva a que los ciudadanos israelíes respalden de forma automática a su gobierno, por cuestiones de unidad nacional, sin pensar si, en realidad, no es desmedida la reacción. Así, solo ganan aquellos que defienden la respuesta coercitiva.

Y, sin embargo, como se ha comprobado, la mayor debilidad de esta postura es cuando no hay una acción violenta contra la cual responder… Del mismo modo, no solo pierden los halcones de Tel Aviv, porque los israelíes dejan de tener miedo y pueden optar a votar otras opciones, sino los radicales de Hamás y la Yihad Islámica, que se quedan sin mártires, y ven como la población palestina es capaz de movilizarse sin depender de la respuesta terrorista. Han podido comprobar que un acto cívico es mucho más eficaz que todos los misiles, bombas o atentados para convencer a Israel de su actitud errónea. Por supuesto, esta primera gran victoria social es solo un conato de ilusión. Todavía nada ha cambiado para los palestinos que viven sometidos a la autoridad arbitraria de Israel que busca, en su fuero interno, expulsarles de los que consideran sus tierras bíblicas. Lejos está de que se den las condiciones favorables para una pacífica y armoniosa convivencia, ya que para que eso sea posible habrá que acabar con la primacía de los radicales y los halcones.

Solo con ellos fuera de juego, se podría lograr un reconocimiento mutuo que alumbre, finalmente, la única solución posible para ambos pueblos: la constitución de dos Estados. Solo desde el más firme convencimiento ciudadano de que es posible el devenir de esta historia, que sería muy diferente a como se ha ido tejiendo hasta la fecha. Los palestinos, al menos, han aprendido una gran lección ante su indefensión política, como es que unidos con una estrategia cívica pueden lograr más que si actúan de forma desorganizada o con terror. Claro que los ciudadanos israelíes, también, han podido comprobar que no todos los palestinos actúan como sanguinarios terroristas, que la violencia solo es provocada por los exaltados y que estos son muy pocos y escasos entre los palestinos. Y que el respeto, ya sea en temas religiosos como identitarios o sociales, es la clave a la hora de buscar una manera de normalizar el diálogo institucional.

No obstante, las dificultades son muchas. La violencia no desaparecerá sin más ni tampoco las posturas intransigentes, ya que están muy enquistadas. Pero en cuanto dejen de ser estas las que dictaminen las estrategias a emplear, en cuanto los ciudadanos sean conscientes de que ellos son los auténticos protagonistas, sin dejarse arrastrar por los discursos del miedo o del terror, las dinámicas serán otras y permitirán que haya una fisura en ese muro de incomprensiones. Lograda la parte más difícil, este maldito sitio acabará.

Una conciencia social

Las sociedades nunca aprenden del todo, olvidan y recuerdan. El debate de la sociedad acerca de la importancia que cobra la Historia como fuente de aprendizaje, del temor al olvido (o a ciertos olvidos, ya que todo tampoco se puede recordar) y el modo en el que recordamos el pasado (a veces, de forma distorsionada, acomodada a intereses ideológicos y políticos) es permanente. No podemos evitar tener que lidiar con esas constantes: aprender, olvidar y recordar. Sin recuerdo, se afirma, no hay aprendizaje social, sin ese aprendizaje social se olvidan ciertos hechos y, por lo tanto, se corre el riesgo de que las sociedades repitan sus errores. Sin embargo, nos toca relativizar los hechos porque las sociedades son complejas e imperfectas. No hay un aprendizaje total, ni un olvido absoluto ni podemos recordarlo todo, por mucho que los historiadores seamos los primeros en garantizar que eso no suceda. Pero invariablemente cada sociedad tiene múltiples retos y prioridades. Eso no significa lanzar un mensaje pesimista. Como que aprender del pasado es imposible o que, finalmente, habrá ciertos hechos, aunque trágicos, que acabarán presos del olvido para ignominia de las víctimas. Tales aseveraciones, sin duda, son completamente falsas, no son verdad. Pero tampoco debemos, o al menos, vista la actualidad española sobre la Guerra Civil y las víctimas de ETA, ignorar que hay ciertos referentes que no invitan al optimismo. Así que relativizar, no despreciar ni minusvalorar, ayuda.

El tema de la Guerra Civil sigue tratándose como una herida abierta, a veces, su debate se ve contaminado por las ideologías, por las visiones que tenemos de esos relatos que nos han contado, y por una historiografía neofranquista que algunos utilizan como fuente de validación. Por fortuna, los españoles logramos extraer algunas importantes lecciones. Al menos, en la Transición, aunque no fuera tan tranquila ni modélica, la clase política sí se atuvo a la convicción de que no podíamos repetir lo ocurrido en 1936. La mayoría de los militares, por ejemplo, entendió que un golpe de Estado no era la solución. También, las fuerzas políticas democráticas asumieron que la mejor actitud era el consenso y la moderación de sus reivindicaciones. Aprendimos una parte de la lección, pero no pudimos enjuiciar el franquismo, como hicieron otras sociedades, tras una prolongada dictadura. En 1977, se produjo una amnistía general que ayudó a los verdugos del régimen a salir impunes. Se olvidó parte de los crímenes de la dictadura, pero no por completo. Porque todavía hay quien persigue esa justicia postrera. Del mismo modo, recordamos la Guerra Civil, pero cada vez menos, o de forma más ponderada. El cine, la literatura y la historia dieron un salto estimable a la hora de tratar ese capítulo, y lo sigue haciendo, pero, aunque hay una fuerte demanda, la sociedad democrática tiene más intereses y necesidades. Sin ir más lejos, ha brotado el debate del secesionismo catalán.

Si los nacionalistas catalanes fueran capaces de comprender o, por lo menos, relativizar la sujeción que tenemos con respecto al pasado, sin duda, habrían comprendido una buena lección a la hora de saber actuar, olvidar los agravios que no son reales y aprender que el proceso constituyente que quieren llevar a cabo no se puede realizar a costa de subvertir el Estado de derecho.

En cuanto al otro tema, las víctimas de ETA, hemos de ser sensatos en el modo en que encaramos esta cuestión. Un reciente informe del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, encargado al Euskobarómetro, mostraba datos singulares. El 43% de los vascos apoyaba abiertamente la importancia que tiene la memoria de las víctimas y un 44% opinaba que debíamos pasar página. No perfila, por lo tanto, una memoria dividida. Además, un alto porcentaje de encuestados opinaba que habían sido los movimientos de resistencia cívicos los que habían propugnado el fin de ETA, muy por encima, incluso, del esfuerzo y empeño de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Aun así, el 59% de los mismos confesaba que nunca había acudido a ninguna concentración o marcha contra ETA, lo cual desmentía la idea de que el civismo había sido quien, en verdad, había acabado con el terrorismo. Considerados estos datos en rasgos generales, reflejan muy bien que, pese a todas las políticas realizadas por impulsar una conciencia contra ETA, hay quien prefiere olvidar (no enfrentarse a los hechos) antes que encarar el problema, o recordar equívocamente su final.

La Historia, por supuesto, es la que nos permite corregir tales equívocos. Pero la Historia pura no nos sirve para esta misión, sino que requiere ser procesada para que llegue en forma de relato adecuado a la sociedad. Y aunque se están llevando a cabo esfuerzos ímprobos en esta dirección los resultados solo van a cambiar si los ciudadanos damos un paso hacia delante a la hora de tomar su propia conciencia. Por eso, hay que contar con la variable de que los valores supremos de aprendizaje social, recuerdo y no olvido, nunca son una constante absoluta, sino que se muestran endebles, frágiles e inseguros ante el paso del tiempo. Debemos, por tanto, brindarnos unas políticas institucionales y un compromiso que permita que no se debiliten de forma extrema. Pensemos que los movimientos xenófobos, racistas y antisemitas, los partidos de corte fascista o regímenes de corte dictatorial y autocrático siguen cobrando su importancia en las sociedades democráticas, confundidas con la reclamación de que se nos garanticen nuestros derechos, libertades y bienestar. Y que no se vean como males tales prejuicios sino como necesidad es peligroso ante su deriva inhumana.

Como ciudadanos podemos interiorizar erróneamente las experiencias del pasado, recordar de forma vaga y olvidar aquello que es importante, determinados por el miedo. Las sociedades, por lo tanto, no dejan nunca de enfrentarse a sí mismas. Preguntarse qué recordar y qué olvidar representa un diálogo incesante que nos ayuda a aprender. Podremos equivocarnos en nuestras decisiones y rectificar, pero nunca lo haremos por haber traicionado nuestras conciencias.

Dunkerque (2017), de Christopher Nolan

Este reputado cineasta se atreve a llevar a la gran pantalla uno de los capítulos más importantes de los inicios de la SGM. El cine, una vez más, encara desde un punto de vista singular el drama de la guerra. No es tanto el contexto histórico lo que pretende recrear, apenas si sabemos nada de lo que han sido las operaciones previas, sino el retrato coral de cómo fue aquella encarnizada lucha por la supervivencia, desde el mar, desde el aire y desde la tierra. Utiliza así tres perspectivas lo más realistas posibles que nos permiten observar, a través de una serie de secuencias, aquel mundo golpeado por la guerra. El 10 de mayo de 1940 Hitler dio luz verde para dar inicio sus operaciones en el oeste. La Wehrmacht se adentró por Holanda y Bélgica, engañando al Ejército francés y al BEF, cuerpo expedicionario británico, haciéndoles creer que iban a repetir una maniobra similar a la Gran Guerra.

Sin embargo, en una hábil maniobra militar, los ejércitos panzer irrumpieron por las Ardenas rompiendo su flanco derecho. La ruptura total del frente, con el apoyo de la Luftwaffe, desbordó a los aliados que acabaron siendo copados en una gran bolsa de espaldas la mar. Solo les quedaba luchar a la desesperada, huir o rendirse. Sin embargo, el Alto mando alemán tuvo muchas dudas en cómo acabar con la bolsa. Y eso permitió que los aliados recompusieran sus líneas y pudieran organizar una gran evacuación por el único puerto que les quedaba para proceder a ello, Dunkerque. Aquello se llamaría Operación Dinamo.

¿Fue un error estratégico de Hitler permitir que huyera el cuerpo expedicionario inglés?

De haberlo hecho prisionero, sin duda, Inglaterra habría quedado más indefensa de lo que estaba. Con el tiempo y la perspectiva que nos ofrece la Historia se observa que el “milagro de Dunkerque” fue una combinación de factores. La eficacia alemana era un mito. La famosa blitzkrieg en el oeste fue favorecida por un cúmulo de errores del mando francés que no supo detectar a tiempo la amenaza. Sin embargo, Hitler dio la oportunidad de huir a un ejército contra el cual tuvo que luchar denodadamente en África o en las costas normandas más tarde. La guerra, de todas formas, no responde a una lógica concreta. La victoria alemana fue tan fulgurante como inesperada y los mandos germanos no supieron gestionarla. Además, la bolsa tenía un gran agujero, el mar, donde los alemanes no tenían dominio.

Pero Nolan se fija ante todo en las personas, en esa suerte de soldados anónimos (en esencia británicos), principalmente, que se vieron atrapados, que buscaron o anhelaron de forma desesperada huir, en sus comportamientos guiados por la desesperación, cambiando de uniforme, como el soldado francés, los esfuerzos que se hacen por salir adelante en esta adversidad aferrándose a la vida, activando para ello mecanismos negativos como el egoísmo, la desesperación o el shock del estrés de combate, o positivos como la generosidad, el compañerismo y la entrega. Además, Nolan nos ofrece la perspectiva de los pilotos que ven como luchan hasta la extenuación con la Luftwaffe para evitar que destruyan los buques, pero que reciben incomprensión por parte de sus propios compañeros de armas. Porque cada cual ve un trozo de la batalla. Sin embargo, el factor más decisivo en la salvación del BEF y parte de las tropas francesas fue la ayuda y colaboración prestada por miles de embarcaciones civiles que ante la llamada de las autoridades no dudaron en atravesar el Canal de La Mancha e ir en ayuda de sus compatriotas. Entrega, pundonor, valor sencillo y deber se unen por lo tanto en unas escenas que nos recuerdan los diferentes dramas individuales que componen un conflicto, con tantos matices y sensaciones que no hay duda de que el espectador parece estar ahí soportando y siendo testigo directo de los angustiosos momentos que viven los protagonistas.

Nolan articula la trama con su característico virtuosismo visual (demostrado en su mítica Memento), ya que hay unos recurrentes flash-back, que nos ofrecen un trozo de realidad histórica desde la pura ficción. Tal vez, como contrapunto crítico, cabría señalar, aunque era la intención del director, la invisibilidad del enemigo. No aparecen retratados los alemanes, lo cual impide valorar su punto de vista. Pues las intenciones del filme son llevar a cabo un soberbio homenaje a todos los hombres y mujeres (aunque sean menos protagonistas) que formaron parte de esta historia. Aunque cabría realizar una valoración negativa, ya que le falta convertirlo en un retrato más universal contra la guerra.

Al cierre, cuando, finalmente, los soldados protagonistas logran, tras tantas vicisitudes, llegar sanos y salvos a Inglaterra (ese objetivo tan inalcanzable a pesar de lo cerca que está), se encuentran con un recibimiento inesperado. Están desmoralizados, uno de ellos piensa que les recibirán con vergüenza y reproches por haber huido y haber sido derrotados tan estrepitosamente, hasta que llegan a una estación y les reciben como si fuesen tropas victoriosas. Han sobrevivido y eso es lo que celebran. El más joven lee el emblemático discurso de Churchill conminando, a pesar de todo, a los ingleses a luchar en el aire, en los puertos y en las playas hasta vencer al nazismo por completo…

Lástima que, tras el Brexit, los ingleses no sean conscientes de que las nuevas guerras del futuro no son iguales a las del pasado y que la solidaridad y el mismo compromiso que les unió para salvar a sus soldados de Francia, en 1940, debería haberles empujado, no solo a ellos, sino a todos los europeos, a comprometernos con los refugiados, pues con el mismo ideario podíamos haberles ayudado. Dunkerque es, sin duda, un magnífico filme, tremendo, sugestivo y realista, pero le falta alcanzar a ver un presente en el que estamos, otra vez, comprometidos contra la tiranía y la opresión. Esta vez, se trata de civiles indefensos, eso sí, pertenecientes a países no europeos…

Memoria franquista y despropósito

A falta de alguna política estatal que, por fin, ofrezca una solución el monumento del Valle de los Caídos todavía sigue regido por la misma idiosincrasia del pasado. De otro modo, no se explica la expulsión del lugar del profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Alfredo González-Ruibal, y director de las excavaciones de las trincheras de la Ciudad Universitaria, por retirar un ramo de flores de encima de la tumba de Franco. Según se puede leer en su blog, fue de visita con un grupo de alumnos norteamericanos y vio a un señor mayor que depositaba el mencionado ramo de flores y que, a continuación, realizaba el saludo fascista. Al verlo, se acercó y retiró las flores. Sin embargo, cuál fue su estupor cuando no fue este homenaje al dictador lo que hizo reaccionar a los responsables de vigilancia del lugar, sino su acto democrático. Al verle, una empleada se le acercó para reprenderle, a lo que el docente le replicó que el acto que acababa de presenciar era ilegal. Sin embargo, la mujer, negándose a aceptar dicha razón, le reprobó que aquel era un lugar de culto (de Franco, parece ser) y que había que mostrar respeto y si no para qué iba. El tono de indignación de la empleada fue tal que el arqueólogo, finalmente, fue expulsado por la seguridad…

Esta anécdota vuelve a colocarnos sin querer en el foco del huracán de la consabida polémica ¿Qué representa el Valle de los Caídos? ¿la memoria de la Guerra Civil, el franquismo o la indecencia fascista? De momento, el templo sigue pudiendo ser un lugar de culto para los pocos y recalcitrantes franquistas que hay en España, pero ignora flagrantemente la Ley de la Recuperación de la Memoria Histórica e implica que todavía la autoridad de Franco sigue vigente. Hay que destacar, una vez más, la incapacidad de los distintos gobiernos de este país por encarar la cuestión. No es un tema que vaya a cambiar la vida de los españoles, desde luego, pero ninguno, ni socialistas ni populares, ha querido suscitar ninguna polémica, sin atreverse a mover ficha. Pero es hora de que se dé un paso. El Valle de los Caídos es el mausoleo particular de un dictador y todavía no hay modo de quebrar esta realidad. Somos el único país de la Europa democrática incapaz de enfrentarse a su propia infamia.

Para las víctimas de la Guerra Civil y sus familiares es su oprobio particular. ¿Cómo es posible? Ni tan siquiera, a pesar de las supuestas intenciones, se han extraído los restos del dictador para que se haga cargo su familia. No. Ahí siguen, rodeados de unos fieles guardianes que no entienden que la sociedad española exige o, al menos, debería exigir que Franco no pudiera recibir tales gestos de reconocimiento todavía. Si aún quedan heridas e historias por cerrar de la contienda y el franquismo, no hay duda de que será imposible hacerlo si no somos capaces de entender, de una vez, quién fue realmente Franco, y que su memoria y su historia deben ser parte de un recordatorio de los errores que no debemos repetir.

Además, el hecho de que quien decide a título individual rendir pleitesía fascista a Franco, en el lugar, no fuera amonestado y el que cuida y desvela la Historia fuera expulsado dice poco de la cultura histórica existente. Por fin, hemos podido enseñar a nuestros alumnos, gracias a los cambios en los manuales escolares, qué fue la guerra, quién fue el responsable de los muertos y asesinados que hubo, qué consecuencias sufrimos los españoles, pero no somos capaces de mirar todavía a los ojos del régimen que se implantó a sangre y fuego y desmontar su sagrado símbolo. Porque, tal vez, otro gran problema de la memoria es que hemos separado a los muertos de un lado y de otro con una línea abrupta que parece imposible de borrar. Pero, mayormente, hemos de pensar que los asesinados de forma brutal, por los motivos que fueran, son igual de importantes a la hora de descalificar lo sucedido. No se trata de poner etiquetas de quiénes fueron los malos o los buenos sino de comprender la brutalidad que se dio.

Dicho así, tampoco debemos pensar en igualar a los asesinatos y caer en un frío eclecticismo, al contrario, hay que comprender la naturaleza de tales horrores. Por lo tanto, pensar que Franco fue un héroe antológico porque salvó a España de una supuesta dictadura roja, es inefable, porque él mismo impuso otra, que no fue imaginada sino real, cuya naturaleza homicida es bien conocida. Pero la clase política actúa de forma equívoca interpretando el pasado y, en verdad, son los historiadores los que han de juzgar los hechos, y los gobiernos, en cambio, impulsar políticas de la memoria que garanticen de una vez la dignidad de los fallecidos y la reconciliación ciudadana. Tristemente, el régimen franquista impidió, en la posguerra, toda clase de reconciliación y mantuvo su visión maniquea de la contienda hasta el final… impidió que los asesinados del bando republicano pudieran reclamar justicia y abrió una brecha considerable entre los españoles que lucharon en un bando y en el otro, contraponiendo sentimientos. Solo con la muerte del dictador fue posible impulsar una memoria reparadora insuficiente. Ahora, lamentablemente, enquistado el problema, Franco todavía pervive como el símbolo para algunos del salvapatrias, aunque, en el fondo, fue quien más hizo por negar la pluralidad de los españoles, generando una sima enorme entre quienes perdieron la contienda y la ganaron, algo que tampoco parece hemos sido capaces de superar.

Las autoridades, en este caso, deben reaccionar ya. Sabemos que este suceso acaecido en el Valle de los Caídos no deja de ser anecdótico, por lo tanto, pasará desapercibido. Pero habría que impedir que el lugar sea el último refugio de los nostálgicos de tal inefable régimen y, para ello, nos toca asumir que aquella tumba encarna no las glorias del régimen, sino su tragedia, el modo en que se despreció la libertad y la humanidad, a cambio de sembrar el odio, el desprecio, la humillación e imponer una dictadura atroz.

Rusia y los mitos

Con el fin de la URSS, en 1991, surgía un nuevo contexto histórico para los rusos. Primero había sido el zarismo con siglos de existencia, después había sobrevenido la Revolución de Octubre y, finalmente, quedaba solo el cascarón de un imperio vacío, tras el fracaso del sistema soviético. Ni un régimen ni otro, aparentemente modelos opuestos, por diversas circunstancias habían sostenido el nacionalismo como una bandera de enganche integradora. Después de todo, el zarismo era una autocracia que había logrado instituir un imperio multicultural, multinacional y multirreligioso… que iba desde Europa hasta Extremo Oriente. Su entidad territorial vino no por un gobierno justo sino por la autoridad dispuesta por la tradición, el ejército y la policía. Ahora bien, el fin de la URSS se tradujo en el despertar de las naciones.

Rápidamente, los países bálticos exigieron su independencia y le siguieron otros como Ucrania, Bielorrusa, los países del Cáucaso y Asia. El viejo imperio se descomponía para quedarse configurado por los rusos. Su vano intento de rusificar los demás territorios, durante los siglos anteriores, solo había logrado generar unas situaciones difíciles con una minoría rusa en tierra de nadie, como se ha visto en la cuenca del Donetsk, y el recelo y la actitud de rechazo de las nuevas identidades dominantes. Rusia ha ido poco a poco levantando la cabeza.

Después de todo, sigue controlando un poderoso arsenal militar, es una potente industria y cuenta con unos recursos naturales inmensos. Y la mayoría de los países que se habían convertido en soberanos quedaban dentro de su esfera de influencia, a un paso de las nuevas fronteras establecidas. Desde Moscú se controlaba la política exterior, el desarrollo económico y las alianzas militares de tales naciones. Nada, en el fondo, parecía haber cambiado. Sin embargo, el proceso tras el shock sufrido por la mala suerte de la historia estaba muy presente. Los rusos habían pasado de ser ciudadanos de una superpotencia a integrantes de una sociedad conmocionada y rota. Tuvieron que trasfigurar una economía dirigida y planificada, a otra de libre mercado, y pasaron de ser dueños de los medios de producción del Estado (aunque fuera poco eficiente) a meros empleados. La nueva sociedad emergía condicionada por la corrupción, el nepotismo y las mafias. Pero Rusia ha vuelto a encontrar su camino gracias al uso del nacionalismo como baza política. Ha recuperado su pasado, distanciándose de Europa, bajo la batuta del nuevo zar, Putin. Aunque los índices de desarrollo humano han descendido, ha bajado la calidad de la enseñanza y amplias capas de la sociedad viven en malas condiciones, entre otras cosas significativas, los rusos han visto como han recuperado el valor de su identidad nacional. Putin ha logrado restablecer la confianza en sí mismos.

Las intervenciones en Chechenia, Georgia, Ucrania y Siria, le han devuelto a Rusia su peso en la esfera internacional, a pesar del enorme costo que esto ha supuesto. También ha rescatado los viejos oropeles del imperio, recuperando, así, el poder centralizado de un Estado que veinte años atrás parecía haberse descompuesto. Y ahí, para reforzar ese proyecto, se ha idealizado y falsificado la historia, Putin se ha encargado, para ello, de restaurar algunos de los símbolos más importantes y destacados con los que se identifican los rusos. Y, por supuesto, el más fundamental es el nacionalismo. La nueva Rusia heredaba, por tanto, los valores del imperio zarista como una sociedad fuerte (en apariencia) cuya influencia y realidad llega más allá de sus fronteras. Además, todavía conserva algunos elementos positivos del comunismo, como la etapa de Stalin que hizo posible la victoria en la Gran Guerra Patriótica, que acabó con los ejércitos nazis (a pesar de la brutalidad del dictador georgiano). Y, así mismo, se ha recuperado la figura de antiguos representantes de los Ejércitos blancos, desde Nicolás II y su familia (canonizado por la Iglesia ortodoxa) al almirante Kolchak, que encarnan el espíritu de la Rusia tradicional y rancia (de ahí que cargue las tintas contra los homosexuales).

De tal manera que, tras ese barniz democrático que pretende ofrecer Putin a su gobierno, solo hay un endémico autoritarismo. Así, la figura del almirante Kolchak encarna bien esta reescritura impostada del pasado. Almirante de éxito, explorador y aventurero, se convertiría en el Gobernante Supremo de una Rusia dividida, en 1919, tras la revolución que pugnaba por imponer dos modelos de gobierno. Uno era la dictadura del proletariado bolchevique, que todavía nadie sabía que deriva podía adoptar (puesto que debía, de momento, actuar con mano de hierro contra sus enemigos para sobrevivir) y el otro el orden tradicional, defendido por Kolchak y otros generales que luchaban por su cuenta, tras el trágico fin de la familia imperial. Kolchak se convertiría en un dictador que pretendía restablecer la autoridad sin ofrecer más que mero continuismo. Rodeado de oficiales que actuaban de forma caprichosa y corrupta, vio como poco a poco sus fuerzas se fueron menguando y que no encontraba apoyos entre los propios campesinos rusos, que desertaban al mismo ritmo que eran enrolados por la fuerza en sus ejércitos. A pesar del apoyo que recibiría de las potencias occidentales, que temían a los revolucionarios, el brutal régimen de Kolchak no duró más que unos pocos meses, siendo ajusticiado en 1920… con él se descabezaba el más serio intento de restablecer un poder autocrático en Rusia.

Actualmente, hay una estatua de él, de 15 metros, en Irkutsk, lugar donde fue muerto y otra en San Petersburgo donde nació. Y a este se unen, otros personajes que han sido rehabilitados tras la era poscomunista, pero hay que tener con cuidado qué valores encarnan y representan. La Historia no está al servicio del poder sino está dispuesta para que la escuchemos y aprendamos a no equivocarnos. Y Rusia no va por el mejor camino.

Palestina o el bucle melancólico

Era de esperar. Y no porque queramos que ocurra ni porque seamos buenos agoreros sino porque no se están dando los pasos ni las soluciones adecuadas para calmar los ánimos, para activar mecanismos que eviten estos enfrentamientos, para intentar, al menos, hallar una fórmula que les permita convivir, respetarse y ser tratados de igual a igual, asumiendo que deben compartir un mismo espacio geográfico y religioso. Así que la violencia, una vez más, ha vuelto a golpear a israelíes y palestinos. Esta vez, a causa del control de acceso a la Explanada de las Mezquitas, el Monte del Templo para los hebreos, un lugar santo para los musulmanes, en donde colocaron arcos de seguridad, tras el asesinato de dos agentes israelíes. Ello ha provocado un fuerte descontento entre la población palestina que iba allí a rezar, puesto que tanto los imanes como el Waqf, la autoridad islámica jordana que lo administra, reprobaron que eso era modificar el statu quo del lugar sagrado. Y, de este modo, se produjeron varios llamamientos desde Gaza y otros líderes religiosos para que acudiera a rezar cerca de la Explanada la mayor cantidad de fieles, para ello cerraron las mezquitas de otros puntos de la ciudad. Además, solo se permitía el acceso a mayores de 50 años y a las mujeres, por ser lo grupos menos radicalizados o activos en la violencia.

El resultado de la protesta ha derivado en tres muertos y en 19 heridos de bala, aunque la policía israelí niega haber usado munición real para disolver a la población. Incluso, la policía israelí intentó apoderarse de uno de los cuerpos de los fallecidos, en el hospital donde había sido llevado para intentar salvarle la vida. Irrumpieron en él pero los familiares se lo llevaron, todavía con el pecho abierto por la intervención, envuelto en sábanas, a la carrera. Según la policía, lo hizo para investigar las causas de la muerte. Testigos afirmaron que uno de los fallecidos fue abatido por un colono israelí. Así mismo, la violencia se ha extendido, una vez más, como un reguero de pólvora por Jerusalén y Cisjordania, y, en total, 450 personas fueron atendidas por causas de la intervención policial. Las fuerzas de seguridad israelíes desplegaron a 8.000 agentes, lo cual parece que lejos de disuadir solo enardeció más los ánimos.

El Gobierno de Netanhayu valoró la decisión de retirar los detectores, ante la enorme movilización, pero la policía presionó para que continuaran. Así, como si eso provocara un efecto dominó, la tensión y los disturbios se han extendido y tres israelíes han aparecido asesinados por arma blanca en Cisjordania, en un asentamiento en Halamish, al norte de Ramala. De nuevo, la incapacidad de las autoridades israelíes por dar una respuesta adecuada, mediante castigos generalizados, a los efectos de la violencia palestina ha hecho saltar la chispa que ha traído aparejada una nueva crisis. El Gobierno de Netanyahu se ha visto incapaz de resolver el asunto con coherencia y sentido común, buscando el compromiso con las autoridades religiosas y políticas palestinas, para imponer, una vez más, a discreción medidas que han sido vistas e interpretadas por los palestinos como una flagrante humillación. Y, a partir de ahí, en vez de controlar la situación, se les ha ido de las manos de forma fulgurante. Por supuesto, la causa que ha provocado la reacción israelí es terrible. La acción de asesinar a dos agentes de policía es deleznable. Sin embargo, lo es más que Tel Aviv no haya entendido que no se puede encauzar de una manera coercitiva los hechos. Y el control de un lugar sagrado solo ha provocado la reacción airada de todos los palestinos, ante la ofensa de verse controlados por los israelíes. La decisión ha sido un grave error. Por supuesto, todos estos odios y rencores vienen de lejos. La incapacidad por parte de Israel de admitir que ha de aceptar y reconocer un Estado palestino es uno de ellos. Pero también sus políticas represivas que han dado pie a que la arbitrariedad y la fuerza hayan sido sus máximos argumentos a la hora de dar respuesta (que no solucionar) cualquier situación que viene, precisamente, generada por el malestar ante su difícil convivencia. Hay que insistir que ninguna violencia está justificada.

Pero hay que saber explicarla. Si es verdad que la policía ha utilizado fuego real, o bien lo han hecho colonos desaprensivos que han decidido actuar al margen de la ley, mal. Y deberían adoptar medidas. Del mismo modo que deben encontrarse y ser juzgados los asesinos de los dos colonos israelíes. Pero, está claro que resolver la cuestión palestina no vendrá únicamente dado por estos gestos de justicia y reparación moral, sino por la capacidad que tenga el Gobierno israelí de cambiar sus políticas con respecto a los palestinos. Y ahí sí que la situación es inamovible. Nunca permitirán, al menos, con el dominio conservador y ultraortodoxo actual, que eso ocurra. Para bien o para mal, Israel tiene la sartén por el mango, aunque no debería ser así. Su poderío militar y capacidad coercitiva son los que determinan la suerte de los territorios palestinos y en ello está el quid de la cuestión.

Actúa como una potencia colonial ya dentro como fuera de sus fronteras con respecto a los palestinos y eso favorece los intereses de los radicalismos musulmanes.
La desesperación o bien la situación de opresión que viven concita a que muchos jóvenes crean que la única salida es hacer daño a los israelíes con esta nueva Intifada de los cuchillos, cuando la realidad es que solo fortalece las medidas más retrógradas de Israel y permite que las políticas de los halcones sigan adelante.
Así que mientras Israel esté protegido por el manto de EEUU y no se condenen sus políticas desde las instancias internacionales y se tomen medidas efectivas contra su desprecio a los derechos humanos, este bucle seguirá provocando muertes, generando el enquistamiento de una problemática que no hemos sabido confrontar durante décadas y que está permitiendo que todo un pueblo viva sometido y sufra.

Irak y la conciencia

La capital del autoproclamado Estado Islámico, por fin, ha caído. Meses de sangrienta lucha han dado lugar al final de la ciudad más emblemática de los integristas, donde Al-Bagdadi reveló al mundo, el 29 de julio de 2014, el restablecimiento del Califato. El proceso hasta la consecución de su derrota ha sido complejo y las secuelas profundas. Ahora, queda suponer que Irak habrá sabido aprender de buena parte de sus errores y encauzar el futuro devenir que le aguarda, pero es difícil pronosticarlo. Irak es un Estado, pero no un país cohesionado; kurdos, chiíes y suníes componen la mayoría de la población, donde prima más la etnia de pertenencia y la adscripción religiosa que el que sean ciudadanos de un mismo territorio.

Aproximadamente, el 20% son suníes y el 60% chiíes. Tras la caída de la dictadura de Saddam Hussein los chiíes que ocuparon los cargos del gobierno impulsaron una política sectaria. Eso favoreció el surgimiento y consolidación del Estado Islámico en las regiones de mayoría suní. Cuando las aguerridas milicias yihadistas entraron en los pueblos, eran recibidos con alegría, como libertadores, por el maltrato recibido, pero no se podían imaginar que lo que se les venía encima era mucho peor. La corrupción, la incompetencia y la falta de formación de las nuevas unidades de defensa iraquíes hicieron que las estructuras del poder se desintegraran a su paso rápidamente. Cundió el pánico, las milicias yihadistas controlaban un extenso territorio que ellos gestionaban como si fuese un Estado medieval. Petróleo, secuestros, contrabando de armas y de antigüedades, se convirtieron en la base de su nueva economía, amén de imponer, por supuesto, el rigorismo de la sharia y declarar a los chiíes sus enemigos, asesinando y matando sin piedad, esclavizando a otras etnias o corrientes religiosas.

El EI se expandió hacia Siria e, incluso ante sus éxitos, otros grupos se afiliaron al mismo, desde Libia a Europa. La imagen cruel y triunfal, a la vez, que supo granjearse en las redes sociales, atrajo a miles de voluntarios que, pronto, engrosaron sus ejércitos, incluso sedujo a mujeres que fueron allí a convertirse en esposas de mártires. No sabían lo que hacían ni lo que les aguardaba… Porque tras su fachada religiosa pura y altruista, había un paraje frío, despótico y deshumanizado. La población suní, que había recibido, al principio, con entusiasmo a las milicias, pensando con ingenuidad que traerían consigo una época de prosperidad y seguridad, no fue consciente de lo que se les venía encima. Como todo totalitarismo, este con su carácter religioso, impulsó con celo y furibundo rigor sus obsesivas y rígidas normas.

Para los hombres era obligatoria la barba, se les prohibía jugar a cartas o se les imponían sanciones por mil y otros aspectos que restringían su vida cotidiana hasta la más absoluta opresión. La mujer volvía a convertirse en un objeto. No solo hacía falta ser simpatizante del EI y suní, sino además tener que aceptar sus imposiciones a riesgo de acabar torturado, pagar multas, recibir severos castigos o bien desaparecer… la arbitrariedad se adueñó de Mosul, no había posibilidad de protesta, moción y, ante todo, de dialogar con las nuevas autoridades que eran las que monopolizaban con brutalidad todo el orden social e institucional. Los combatientes obraban a su antojo. Podían aparecer en un inmueble y apropiarse de lo que quisieran en nombre de Alá. El mundo anterior era malo, pero con los yihadistas se ensombreció. Cuando las tropas de Al-Bagdadi entraron en Mosul fueron apoyadas por la mayoría de la población con su salida y huída, ni el 3% siente simpatía por ellos.

Los duros combates y los destrozos que han ocasionado los propios yihadistas en su derrota como la destrucción de la emblemática mezquita de Al Nuri, donde Al-Bagdadi proclamó el Califato, ha mostrado su terco nihilismo. No querían que cayese en manos de los infieles, si no era de ellos, tampoco para nadie. Ese es el símbolo que mejor los describe: su afán destructivo. Ahora, con el fin del EI queda reconstruir no solo Mosul sino la convivencia en Irak. Los chiíes son la mayoría de un país en el que las distintas facciones están enfrentadas entre sí. El EI ha dejado hondas huellas que cicatrizar, los sacrificios hechos por las unidades militares iraquíes no han de malograrse estableciendo una política del rencor y la venganza con una población que ya ha sufrido por partida doble.

Irak, además, se enfrenta a un futuro incierto porque los rescoldos de brasas del yihadismo no se han apagado de forma completa. Puesto que el movimiento no se produjo por generación espontánea sino que es una corriente ideológica, el wahabismo, que tiene sus raíces en una sociedad desencantada y que es alimentado y apoyado de forma singular por Arabia Saudí. Y aunque el EI desaparezca, Al-Qaeda u organizaciones recogerán su testigo.

El fanatismo, cuyo origen y pervivencia es complejo, después de todo, es un mal endémico. Surge del enfrentamiento y pugna entre la sociedad tradicional musulmana y la modernidad del siglo XXI, en la contradicción e incapacidad de dotar al conjunto del Islam, en su visión más integrista, una mirada contemporánea, donde la democracia, los derechos humanos, las libertades, el respeto y la pluralidad promuevan unos fundamentos más abiertos y flexibles. Irak encara una realidad llena de peligros y dificultades, pero de saberla encauzar bien puede servir de modelo para el impulso de políticas de conciliación y reconocimiento, que guíe, después de todo, a los iraquíes y otros países que comporten un modelo parecido, hacia una ciudadanía común, abierta y compartida. Es una tarea inmensa y ardua, por supuesto, porque no hay una base política ni social madura, como en Occidente, porque sus idiosincrasias son diferentes y habrán de elaborar sus propias estrategias hasta lograr lo que Europa tardó en configurar tras dos devastadoras guerras mundiales: una plena conciencia de la dignidad humana.

El espíritu de Ermua

Un 12 de julio de 1997, era asesinado por ETA el joven concejal del PP Miguel Ángel Blanco, ante la negativa del Gobierno de aceptar sus pretensiones… entonces, ante tamaño crimen, se produjo una movilización sin precedentes en Euskadi y en España. Hubo una repulsa general ante la actitud, acto y decisión final de ETA de asesinarlo. La izquierda abertzale, una vez más, se negó a asumir la responsabilidad de la banda y señaló al Gobierno por no haber querido cumplir sus exigencias. Sin embargo, hoy actuaríamos igual. No porque la vida de este concejal no mereciera la pena conservarla, toda vida es igual de válida y esencial, sino porque no se podía cometer el error de aceptar el chantaje, de ser así, no hubiese sido posible acabar con ETA y habría querido imponernos con mayor brutalidad, si cabe, nuevas obligaciones. Han transcurrido 20 años. No es mucho tiempo, si Miguel Ángel hubiese estado vivo todavía, habría podido ver como la violencia iba remitiendo hasta desaparecer. Y el efecto tan demoledor que tuvo su memoria en nosotros para acabar con ella. Habría podido observar la derrota de ETA.

No obstante, la encrucijada sobre como digerir los malos tragos del terror todavía no se han logrado mimetizar en Euskadi de una forma clara y rotunda. De nuevo, la izquierda abertzale se ha desmarcado de los comunicados de condena de los ayuntamientos principales de Euskadi, como si todo esto no fuera con ellos. O lo que es peor, reprobando el uso partidista del homenaje al concejal vasco. Triste argumento cuando su actitud, entonces, tan indigna fue la de quien afirma estar comprometido por la lucha por este pueblo, pero permitiendo que se asesine en su nombre. Porque ahí la izquierda abertzale demostró que para ellos las ideas (totalitarias) eran más importantes que las personas, unas ideas, además, pervertidas que ni tan siquiera vistas hoy día pueden justificar por qué no fueron capaces de condenar esta acción de ETA, las anteriores y las que les siguieron todavía. Fuimos miles de vascos, fuimos millones de españoles los que salimos a las calles a protestar, a recriminar a la banda terrorista que su acto era abominable, que no merecía consideración alguna. La angustia que siguieron a los tres días de tensa espera, desde que lo secuestraron, hasta que acabó el plazo señalado para que el Gobierno moviera ficha, fue terrible.

No nos podíamos creer cuando la prensa informó de que habían encontrado su cuerpo y que ETA había tenido la insensatez de llevar a cabo su amenaza. Tal vez, éramos ingenuos al creer que la banda daría su brazo a torcer, que su frialdad deshumanizada no llegaría a ese punto tan crítico. Pero lo hizo, y fue un acto moral devastador. De algún modo, la impresión fue mayor porque cada uno de nosotros nos imaginábamos estar en la piel del joven concejal sabiendo que ETA le había condenado a muerte. Soportaría tres días que serían los más lentos y agónicos de su vida. Solo sus asesinos, si acaso se dignaron a tratarle como un ser humano, pudieron conocer su estado de ánimo y lo que se le pasaría por la cabeza. Ni tan siquiera le permitieron una carta de despedida para los suyos, como cuando los reos sabían que su suerte estaba echada y se les iba a llevar ante el patíbulo. Al menos, hasta el franquismo dio, en algunos casos, visos de tener un poco más de consideración hacia ellos. Aunque tampoco eso habría sido ningún consuelo.

Por todo, aunque 20 años dan para mucho, la sociedad vasca no ha completado todavía la cuadratura del círculo, convivir con la normalidad y la tragedia terrorista, asumir en la memoria colectiva el trauma causado por ETA y, a la vez, buscar el modo de superarla sin olvidarse jamás de la dignidad de las víctimas. Incluso, los mismos que mostraron una actitud iracunda y despreciativa, siguen sin mostrar una pizca de sensibilidad y pudor para quien simboliza, después de todo, la verdadera faz de ETA. Que fuera del PP Miguel Ángel es lo de menos, o, incluso, es más relevante porque desvela muy bien la política de destrucción de la pluralidad vasca que ETA pretendió imponer mediante su política del miedo, el terrorismo.

La acción social, judicial, policial y política ha obrado para lograr lo que, entonces, parecía impensable, conseguir que la historia de la banda vea sus últimos capítulos. Pero no debemos dar por suficiente tal evidencia. Y aunque es muy difícil que se pueda reproducir, las raíces de ETA se establecieron en el franquismo y en la actualidad la sociedad vasca es muy diferente, eso no evita pensar en sus efectos en nosotros. Por eso, no debemos obviar la dimensión amarga de su locura. Miguel Ángel siempre nos recordará que nos empujó a reaccionar de una forma masiva y coherente. Pero que, todavía, no somos capaces de consensuar, ni mucho menos, las memorias que han de constituir, junto a la misma historia, la parte fundamental de este relato que nos guíe de cara al futuro. Los programas que han impulsado de llevar el testimonio de las víctimas a las aulas son esenciales.

Ha nacido una nueva generación de jóvenes vascos que no han conocido a la verdadera ETA, porque no había nacido todavía, otros, ni tan siquiera saben qué o quién era ETA… la historia nos sirve para obligarnos a mirar atrás, para comprender la naturaleza de la acción humana y, sobre todo, sus complejidades. Y, sin embargo, debemos mostrar que hemos sido capaces de cambiar, que Miguel Ángel, es un símbolo que necesitaremos comprender siempre. Puede que las asociaciones de víctimas no quieran que nadie se singularice porque consideran que todas son iguales. De acuerdo. Pero incluso para tratar el tema del nazismo son necesarias figuras como Ana Frank que nos permitan identificarnos con las víctimas en primera persona. Miguel Ángel Blanco, sin duda, es esa figura en Euskadi que se singulariza no porque fuera su asesinato más cruel que otros, sino porque nos permitió enfrentarnos a ETA con arrojo. Todos nos convertimos en Miguel Ángel aquellos días y los siguientes.

Tensión nuclear

La provocación de Corea del Norte, en su nuevo intento de demostrar su capacidad estratégica nuclear, vuelve a convencernos de que la política internacional es cosa de niños. Mientras King Jong-un se felicita del exitoso lanzamiento del Hwasong-14, cuya capacidad de vuelo es de 7.000 a 8.000 kilómetros de distancia, lo suficiente para amenazar a Japón y para alcanzar Hawai, en EEUU rumian la respuesta contundente que valoran ha de darse. Para Washington, está claro que el régimen coreano está desafiándolo abiertamente. A pesar de las posibles consecuencias que advertía Trump, King Jong-un ha demostrado a los suyos que el poder imperialista yanqui no puede decirles como actuar. Sin embargo, hay que mirar esta nueva tensión desde todos los ángulos, sin caer en tremendismos ni simplezas.

En los años 50, de hecho, sirva de ejemplo, los estrategas de EEUU recomendaron al presidente Ike Eisenhower que lanzara un ataque preventivo contra la URSS al saberse que todavía no tenía capacidad nuclear y, de esta manera, conjurar la amenaza que se cernía sobre el mundo de la expansión del comunismo. Desde luego, sensatamente, este lo rechazó.

Pues bien, de nuevo, la presión que ejerce parte de los mandos seguro que es parecida. Pero, ¿entendemos la dimensión humana, política y económica del problema? Corea del Norte tiene armas nucleares, no muchas, pero sí lo suficientes para provocar una hecatombe nuclear en la región, sobre todo, en la cercana Corea del Sur. El riesgo es demasiado grande para considerar tan siquiera que podemos jugar con ese fuego. Porque, pese a todo, la posibilidad de que ese misil alcance objetivos lejanos con una carga nuclear útil está lejos de darse. Han de miniaturizar la carga y eso es un proceso complejo. Pero, en todo caso, es cierto que con solo un misil de estas características dejándolo caer en Tokio supondría un efecto devastador en la economía mundial, amén de la consiguiente tragedia humana.

Ahora mismo, hay muy pocos países que disponen de capacidad nuclear. EEUU, Rusia, China Pakistán e India, y posiblemente Israel, todos ellos se han ido armando hasta los dientes en respuesta a una supuesta amenaza que ellos mismos provocaron. Es un equilibrio que, nos guste o no, es disuasorio, pero también terriblemente amenazante. Nadie tiene ningún derecho a controlar ni limitar el impulso militar de los países, pero es cierto que EEUU siempre se ha erigido como el policía internacional. Claro que con este nuevo poder disuasor, de confirmarse, el equilibrio militar se rompería en Oriente Medio. La cuestión principal es que Corea del Norte es una dictadura impredecible, impermeable y agresiva, y aunque desde la guerra de Corea no se ha lanzado a ninguna aventura militar, nunca se deshecha esta posibilidad de querer reunificar la península. Y, ahí, está EEUU para impedirlo. Por eso, para Corea del Norte el imperialismo yanqui es el gran Satán, el que amenaza su forma de vida… artífice de la división del país, se alimenta viva la llama de un enemigo que garantiza que la sociedad norcoreana se mantenga movilizada y alerta. Es un recurso propagandístico muy efectivo para evitar que nadie se pregunte si este derroche militarista tiene algún sentido y evitar fisuras en el rígido sistema establecido. Cierto es que el desarrollo de un misil balístico intercontinental es una nefasta noticia, pero todavía no está operativa para portar material nuclear. Proceder a construir este tipo de armas es caro y requiere de una ingente cantidad de recursos que pueden consumir parte de las energías internas de una ya debilitada economía norcoreana.

Con un mísil de estas características se puede hacer mucho daño, pero también puede suponer el fin del propio régimen. Una acción de la represalia militar por parte de EEUU es, de todas maneras, inviable porque quien recibiría con mayor contundencia el posible mazazo de respuesta sería Corea del Sur. Corea del Norte está situado en un punto de la geografía favorable para Washington, porque no es una amenaza directa para su territorio y seguridad, pero sí para sus aliados. Seúl está a escasos kilómetros de la frontera con su enemigo.

Claro que no todo se reduce a la pugna entre Washington y Pyongyang, porque el papel de China en este marco es crucial, ya que es el país que sostiene la dictadura y buena parte de su tecnología y asistencia procede del gigante asiático. Pero aunque, aparentemente, son dos regímenes de ideología comunista similar, uno es una mezcla de comunismo-capitalismo y el otro es un comunismo hereditario, un Estado autocrático cerrado al servicio de los caprichos de un joven inmaduro. Hemos de pensar que nadie tiene interés, por ello, en comenzar un conflicto. Porque cuando se poseen armas atómicas, lo preocupante es que nada ni nadie está a salvo frente a ellas. Su efecto es demoledor y sus consecuencias inimaginables, salvo en el cine.

EEUU ahí solo puede hacer un papel amedrentador y disuasorio, con el fin de que la tensión sea contenida. Enfrentarse a una sociedad hiperfanatizada que no dudará en seguir a su líder hasta la muerte si cree que se amenaza el régimen, al único que han conocido, no es una tarea sencilla. Pero aunque King Jong-un sea un joven imberbe, tampoco hay que minusvalorarle, porque es cínico y letal; si bien, lamentablemente, su homólogo, el presidente Trump, es un pésimo estadista, un multimillonario con ínfulas, vanidoso y sin escrúpulos. China y Rusia pueden ser la clave, solo con su ayuda, colaboración y presión efectivas se puede apaciguar esta pugna tan infantil como peligrosa. Se han constituido en estas décadas una red de intereses y de relaciones que nos permiten desde la diplomacia solventar toda clase de litigios, salvo que, desde luego, haya un empeño en querer provocar otra guerra. Pero el terrorífico e inviable coste en vidas humanas que eso acarrearía nos indica que sería la peor opción posible.

La derrota del Estado Islámico

Aunque la información que recibimos de la región es mucho menor que hace un año, todo apunta a que Mosul tiene los días contados. La que fuera otrora la orgullosa capital del Estado Islámico, hoy, solo es escombros. Todavía resisten unos 300 o 400 integristas, que retienen, según las cifras, a unos 50.000 rehenes. La presión de la fuerza internacional y el reconstruido ejército iraquí ha sido como un martillo pilón. Y aunque ha habido bajas civiles por fuego amigo, todo apunta a que los datos reales y el devenir de los acontecimientos se conocerán más adelante, cuando se levante el velo informativo, para que la opinión pública no sepa sobre los efectos negativos de esta campaña militar. En Raqa, la otra gran ciudad en su poder, situada en Siria, las milicias kurdas han cercado la urbe. Su suerte, también parece echada.

Pronto, de seguir así, olvidaremos que el devenir del mundo parecía estar decidiéndose en Irak y Siria y el foco de atención se desplazará hacia otras regiones calientes del planeta (como Corea del Norte). Sin embargo, la suerte de Siria todavía está en juego. La región de Raqa, Deir Al Zor, es un botín muy importante de cara a controlar el país, porque dispone de yacimientos de petróleo, y la carrera por su control ha comenzado. Por eso, a pesar de que el EI está viendo como ha pasado su época de esplendor, la desconfianza sigue muy presente, ante la composición de este nuevo tablero de ajedrez donde los intereses de los distintos países es tan esencial. Hay que sustituir a un poder totalitario por otro de fuerzas que hasta el momento tenían un enemigo común, los yihadistas, y que cuando acaben con ellos se quedarán en el terreno con sus armas. Además, el cáncer del EI no ha remitido, puede hacer metástasis en cualquier otro territorio, el califato ha cobrado una influencia muy grande a la hora de convocar a nuevos militantes y de golpear donde menos lo podemos esperar (caso de Europa).

De momento, el EI ha perdido el 60% del territorio que controlaba, además, más relevante aún, ha visto como se reducía el 80% de sus ingresos. El control de las redes sociales y otros factores han permitido evitar que capte a nuevos voluntarios y ha visto rotas sus rutas de suministros principales. En ese sentido, sin cantar victoria todavía, se especula sobre el colapso del régimen. Porque los efectos secundarios que pueda tener su final tampoco son desdeñables. Sin ir más lejos, las milicias kurdas han constituido no solo un ejército experimentado en el norte, el Kurdistán, sino que han liberado muchas zonas con su propia sangre. Han instituido su control del territorio alejados de los núcleos tradicionales de poder de los países donde se integraban. En esencia, Siria, rota en varios pedazos, no tiene la suficiente entidad para recuperar esos territorios, ni mucho menos cuando todavía no se han dado auténticas garantías de paz y de entendimiento entre el Gobierno y las milicias rebeldes (en ello están). La misma desconfianza puede obrar en un deseo de independencia, porque los kurdos, apoyados por EEUU, nunca han sido bien tratados ni en Siria ni en Irak. Pero que surja un Kurdistán como Estado puede suponer un foco de conflictividad con su vecina Turquía, algo que esta siempre ha temido. Desde luego, en unos conflictos tan devastadores como los que han sacudido estos países, no es de extrañar que no podamos volver sin más al punto de partida inicial.

La Historia nunca se detiene, no se cierra por mucho que los países acuerden establecer fronteras si la realidad, a la vista está, les estalla en las manos y muestra que tales estados fueron entidades artificiales. Si en Europa, todavía los nacionalismos, aunque en otra dimensión, son foco de tensiones y conflictos, no me quiero ni imaginar como será en Oriente Medio en donde los desencuentros se enquistan, los odios y recelos tribales son pan de cada día y las etnias y las divisiones religiosas son indicativas de la posición de poder que se ocupa. El mediador de la ONU para Siria, Staffan de Mistura, buscará, este mes de julio, una salida negociada al conflicto que asola al país. Ante el cese indefinido de las hostilidades, miles de refugiados (se cifra en casi medio millón) están retornando a sus hogares desde los países vecinos (Jordania, Línea y Turquía), según informa Acnur. Si bien, todavía aguardan otros cinco millones, aproximadamente, a que, por fin, se den las condiciones, al menos en las regiones donde no opera Al-Qaeda ni el EI (que no participan del alto el fuego), para retornar a su país, asolado por el drama bélico. El futuro de Siria, a pesar de lo que suceda con el EI, es muy incierto. Los acuerdos de paz, por supuesto, son la clave para que millones de seres humanos dejen de sufrir, pero ante todo el sufrimiento, odios y víctimas, las posibilidades de reconstruirlo de forma adecuada son un tanto complicadas. Desde Damasco, El Asad cuenta con la ventaja de que hasta la fecha el régimen se ha mostrado sin fisuras, unido y rígido en sus convicciones, y que tras la conquista de Alepo cuenta con que controla la parte más rica del país y la más poblada. Su incapacidad por reconocer su responsabilidad en la suerte de hechos que han traído la desgracia a Siria es, en todo caso, el mayor lastre que podría impedir que Siria volviera a encontrar su propio equilibrio nacional.

La contienda civil no se inició por nada, no estaba compuesta por un grupo de terroristas desalmados, como afirmaba el régimen, ni se había levantado en armas con el fin de destruir el país, sino porque una parte importante de la población no podía soportar más el perfil opresivo de la tiranía y la discriminación que padecían. Solo conociendo las causas se podría dar cabida a una solución, promover una transición política en el país que derive en que Siria se construya desde abajo y no como hizo la dictadura, con nepotismo, crueldad y arbitrariedad. Veremos qué sucede. La derrota del EI es un gran paso, sin duda, una buena señal para proceder a que las aguas vuelvan allí a su cauce.