Memoria, franquismo y sociedad

La petición del secretario general de la Conferencia Episcopal, Luis Javier Argüello, rogando encarecidamente que no se reaviven las llamas de las dos Españas por la cuestión de la exhumación de los restos de Franco resulta un poco paradójica. Y arguye: “Han pasado 80 años de la guerra y hay que mirar hacia delante desde un espíritu de reconciliación, sin hurgar en las heridas y abordando juntos los desafíos grandes que afectan a la sociedad”. Pero se equivoca, la sociedad no vive solo pendiente de su futuro sino de su pasado, y la reconciliación, a la vista está, no deja de ser una especie de mito, porque si se hubiese cerrado durante la Transición, no se daría el caso de hurgar en las heridas si estas hubiesen ya cicatrizado hace tiempo. Algo falla en esta lógica. Es verdad que la Iglesia ha cambiado mucho desde entonces.

Pidió perdón, asumió su responsabilidad en la guerra y en la dictadura, pero también sabemos que sigue siendo un gran adalid de aquellas corrientes ultraconservadoras que defienden un status quo de la dictadura, impropio de lo que es una institución vinculada a la democracia. El secretario general de los obispos valoró que el tema de sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos compete a los tribunales, y eso es perfecto. Pero si llega el caso de que estos fallen en favor del Gobierno socialista, queda saber si la Iglesia aprobará que sea llevado el féretro del dictador a la catedral de la Almudena, en pleno corazón de Madrid, y hacerlo más visible si cabe. Por mucho que cueste asumirlo, hay que adoptar una postura firme ahora. Los eclesiásticos no pueden ser reos de su tradicionalismo olvidándose del papel que tuvieron en la justificación de la dictadura de Franco, tal vez, sin eso, este no habría podido gobernar hasta la tumba. Todavía hay quien recuerda al caudillo entrar bajo palio en rituales religiosos, como si fuese un hombre investido por Dios y la providencia para salvar a España de la barbarie comunista y el ateísmo.

Así que la cuestión no es que se puedan rearmar ideológicamente las dos Españas, sino que hay que impedir que eso ocurra. La Transición fue un proceso imperfecto, aunque necesario, para que España pudiera alcanzar la democracia sin sufrir una quiebra interior, integrando a los sectores ultramontanos del franquismo y procediendo a un derribo esencial de sus instituciones, para alcanzar el ansiado sueño democrático. Se sacrificó el modelo republicano y se optó por la monarquía. No hubo reconciliación sino una suerte de conciliación, pero que abandonó a las víctimas y su memoria a su suerte. Se pudo sacar a colación una memoria pública de la contienda y de los vencidos, pero no fue institucional, ni completa, ni restitutiva ni nada. Franco murió de viejo y sus restos fueron llevados con gran pompa y boato a su lugar de entierro final, ese mausoleo que se había construido en plena sierra de Madrid. Sin embargo, no es lo mismo que su nombre esté vinculado de forma inexorable a la historia de España, a que sus restos reposen como si hubiese sido un gran hombre, un líder que salvó a la patria de sus enemigos.

El único gran problema reside en que tales enemigos no eran entes del espacio sino otros españoles… La Iglesia española tuvo que aguardar hasta el Concilio Vaticano II para permitir una entrada de aire fresco y admitir que la sociedad se merecía otra clase de régimen. El nacionalcatolicismo había sido el armazón central del franquismo, tras la derrota del Eje en la SGM, y el fascismo, y sirvió para educar a millones de españoles. Sin embargo, los nuevos vientos cálidos de Europa que entraron con el desarrollismo y el turismo nos hicieron ver que España no era Europa y que faltaban libertades.

Aun con todo, el régimen nunca reconocería que su historia era perecedera y se negó a admitir un hecho tan terrible como devastador y clave: la guerra civil y la represión. Pero frente a las palabras de Luis Javier Argüello, una sociedad no es nada sin memoria. Y aquí es donde hay que hacer una apelación general. No solo para que se implique la Iglesia de forma oportuna sino el PP, quien siempre se ha distanciado o mirado con hondo desagrado la ley de memoria histórica y todo lo concerniente a revelar la política asesina del franquismo durante y tras la contienda. Todo apunta a que siempre habrá dos Españas, la de los vencedores y la de los vencidos, dos memorias, dos realidades antitéticas que ni la historiografía ni, por supuesto, el bien común serán capaces de unir de nuevo. Solo queda lograr que, al menos, aquellos que sostienen un manido y mítico discurso neofranquista sean los menos. Sin embargo, la importancia del futuro de la ubicación del féretro con los restos de Franco no nos puede pasar tan desapercibido por su simbolismo.

Para algunos encarna a un ilustre jefe de Estado que nos salvó de los rojos, para otros un vil asesino. Pero lo que si está claro es que fue un dictador y que como tal no representaba a los españoles legalmente. Su sitio no está en un lugar privilegiado en un monumento que mandó construir aprovechándose del esfuerzo y del sacrificio de miles de españoles esclavizados, ni tampoco junto a los miles de hombres que fueron muertos en esta maldita cruzada que destruyó al país de parte a parte. Hoy la memoria crítica debe servirnos para darnos cuenta de que hay hechos que hay que mirar de frente con descarnada desnudez y lucidez. No cabe otra manera de verlos, de interiorizarlos y, ante todo, de comprenderlos. El debate sobre los restos Franco puede ser intrascendente a nivel práctico, no ayudará a que se rebaje el paro, ni que las familias lleguen sin apreturas a fin de mes, ni que mejore la educación o la sanidad, pero ayuda a configurar mejor lo que somos como sociedad cívica. Y la memoria democrática es una de las mejores armas posibles contra los fanatismos del signo que sean, para los extremismos que tienden a enfrentar a la gente y dividir las sociedades de forma peligrosamente abrupta, como Vox en Andalucía.

Por eso, Franco importa. Importa que sea llevado a un lugar apartado y sus restos olvidados para siempre… no su infausta memoria ni su aprendizaje.

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Advertencias

Si damos por hecho que la ultraderecha española ha venido para quedarse, del mismo modo que la ultraizquierda o los nacionalistas irredentos, lo que sí nos vamos a encontrar es un nuevo factor de riesgo en la España invertebrada. Y, por eso, hay que andar con ciertas cautelas o, por lo menos, no reducir el lenguaje a una mera catarata de insultos o desprecios, ignorando el hecho de que la gente piensa, vota y decide, muchas veces, empujada por lo que ella cree que es justo y adecuado, sin medir el alcance de lo que esto puede derivar. Y la ultraderecha de Vox ha sido capaz de movilizar a un electorado, si no muy amplio, sí lo suficientemente significativo para valorarlo como una amenaza latente, que puede atomizar un poco más nuestra ya fracturada democracia.

Así que el reto es no caber en una cacofonía de insultos que nos impidan apreciar el hartazgo social y los temores ciudadanos a los que hay que dar una respuesta. Es cierto que antes de nada hay que advertir la capacidad seductora del extremismo que sabe hilar el discurso que la gente quiere escuchar, aunque sin ser muy consciente de lo que ello comporta para otros colectivos. La ultraderecha es, en este caso, peligrosa porque primero lanza sus cantos de sirena y después, cuando uno confía en ellos, están dispuestos a traicionarnos para imponer su ideal que no es otro que pretender homogeneizar la sociedad mediante su tiranía ideológica. Ya lo vivió el PNV con la izquierda abertzale, ya lo está padeciendo ERC con los sectores más estridentes del catalanismo, ya otras formaciones europeas han visto como el neofascismo ha sabido catapultarse a la primacía política e imponer su orden natural para disgusto de aquellos que han visto recortados sus derechos, libertades o han acusado el golpe de ver cómo se intenta controlar y domesticar a la sociedad (EEUU, Venezuela, Hungría o Polonia). En este caso, Vox es hijo de su tiempo. Ha triunfado de forma tardía, respecto a Europa, e inesperada, pero eso no es óbice para ignorar los efectos tan perniciosos que puede traer consigo si se le cede espacio o se confía en ella. Por de pronto, el PP se ha girado hacia la derecha, compartiendo algunos de sus postulados, pero ignorando otros que no hay que perder nunca de vista. Su idea de España se nos antoja resbaladiza, hosca y mezquina, incapaz de entender los tiempos que vivimos ni los procesos de modernización que nos han traído hasta aquí. Quieren que demos un paso atrás como si el aborto, el liberalismo, el autonomismo, el feminismo, el librepensamiento y la pluralidad fueran un contrasentido a lo español, cuando son los artilugios que lo configuran.

Aunque en esa lógica retorcida se habla de volver a un tiempo pasado mejor, y aunque nadie sabe exactamente a qué se refieren (porque todo lo que ha caracterizado a España ayer fue un cúmulo de regímenes fallidos y de realidades amargas), esa apelación al orgullo patrio prospera en momentos en los que la ciudadanía está falta de confianza y los partidos tradicionales son incapaces de ser creíbles. Claro que la ultraderecha es como un mago que nos presenta en una mano un objeto y, luego, nos lo cambia de forma perversa para hacernos creer que ha sido magia, y solo es un truco engañoso lo que hemos visto. Pero en esa trasmutación del objeto convierte en el arte del birlibirloque el oro en barro, o lo que es lo mismo, nos hace creer que antes existía un mundo perfecto y que, ahora, debido a diversos males sociales (ateísmo, migración y posmodernidad), se ha hecho polvo. Sin embargo, no es así.

La inmigración no es una amenaza y esta no se soluciona con más policías o unas vallas más altas, ni leyes más restrictivas, sino con un mayor compromiso internacional y aceptándolos como iguales. La crisis de la natalidad o de la familia no se evitan con una legislación más restrictiva y dando a la familia un peso social que no le corresponde, ni devolviendo el cristianismo a los hogares, sino con convicciones y actitudes que nos lleven a ver este cambio social como una oportunidad de evitar mayores sufrimientos para quien posee poco o nada. Por desgracia, votar a Vox es hacerlo a una formación engreída que cree defender verdades como puños, con una retórica falaz y mezquina, que promete recuperar el orgullo a costa de invalidar a otros su derecho a pensar y actuar de un modo diferente. En vez de aportar puntos de vista abiertos y plurales, una mejor educación sexual o valorar el respeto a las comunidades de gays y lesbianas, garantizando la suerte de la mujer maltratada, lo que hace es reforzar el tradicionalismo que, precisamente, es lo que ha creado esta situación de indefensión para estos colectivos, mintiendo a la hora de explicar el problema y ofreciendo argumentos falsos. Pretende, por lo tanto, convertir el disgusto social en odio y rencor. Negar la mayor y obviar que el nacionalismo periférico no se puede contraponer a más nacionalismo español, igual de rancio, sin enfangarnos en un debate más emocional que político de pésimas consecuencias.

Con todo, pretenden convencernos de que la dictadura fue buena y permitir que Franco siga donde está y que la ley de memoria histórica que, incluso en sus lagunas, ha hecho tanto por recuperar la dignidad de los asesinados por el franquismo, sea sustituida por otra que no ha acertado a definir, supuestamente, de conciliatoria. Aunque ya vemos que Vox no concilia, sino que bucea en la parte más oscura de esos seudovalores patrios para retornar a la esencia ultramontana de España. Por todo ello, aún tenemos tiempo como ciudadanos de rectificar, de no cegarnos por este brillante, pero falso sol, que nos quemará si le dejamos. Puede que sintamos un cierto desengaño por los partidos, pero Vox es un lobo disfrazado con piel de cordero, una amenaza a nuestra convivencia y valores conquistados. Haría más mal que bien darle nuestra confianza, porque resquebrajaría más el país con un discurso grave y obsesivo. Es más, aunque nuestra democracia sea inmadura e imperfecta, el permitir un renacer neofascista es la peor de todas las opciones.

Trump y la democracia

Queda claro que hay sistemas de gobierno que, a pesar de su arraigo y fuerte tradición, no sirven. O, por lo menos, no se saben enfrentar a los nuevos desafíos que representa esta nueva caterva de mandatorios ávidos de imponer su voluntad. La aparición estelar del presidente de EEUU, Donald Trump, en las principales cadenas de televisión, concitando a los demócratas y al pueblo norteamericano a que apoyen su proyecto de construir el muro con México, es el culmen de las fake news, de la extorsión y un intento de manipulación comunicativa del gran público. Ha sido tal y como las mismas cadenas temían. Por de pronto, no le ha temblado el pulso a la hora de dejar a 800.000 funcionarios sin sueldo, justo en las emblemáticas fechas de Navidad.

Trump está empeñado en que el Congreso apruebe su presupuesto de 5.000 millones de dólares para levantar un muro de acero que impida el paso de los migrantes ilegales. Es la única forma, según él, de detener esta “reciente crisis humanitaria y de seguridad” en la frontera. No duda en echar la culpa a los demócratas y reprobarles que su negativa está provocando una supuesta ola de crímenes perpetrados por estos inmigrantes. “¿Cuánta más sangre de estadounidenses hay que derramar para que los congresistas hagan su trabajo?”, les recriminó retóricamente. Y añadía: “Se trata de una elección entre lo correcto y lo equivocado, entre la justicia y la injusticia. Se trata de si cumplimos nuestro sagrado deber con los ciudadanos estadounidenses a los que servimos”. Dejando claro que apoyar sus planes es obrar con justicia y no hacerlo, lo contrario, es muy indicativo que el presidente no necesitaba voces críticas sino corderitos que se avengan a sus pretensiones sin chistar.

Al mismo tiempo que utiliza la demagogia más emocional, le dotaba de una serie de argumentos falsos para que su engaño fuese lo más completo posible, al señalar que los inmigrantes son los responsables de los 300 muertos por heroína de norteamericanos a la semana. Lo que es lo mismo, los señalaba como los culpables de una de las mayores lacras sociales que padece el país. Aunque no sea verdad, este pueril argumento fue escuchado por millones de estadounidenses, y seguro que más de uno piensa que es cierto. Pero cargar más las tintas, indicaba que el muro sería, a la postre, sufragado indirectamente por México… aunque su promesa fue que lo haría. Y, además, dejaba caer que por la frontera se están infiltrando terroristas, algo que el Departamento de Estado ha negado. Rápidamente, el partido demócrata le ha respondido de forma tajante y muy crítico destacando que “el hecho es que el presidente Trump ha elegido tomar como rehenes a servicios críticos como la salud, la seguridad y el bienestar de los estadounidenses y retener las nóminas de 800.000 trabajadores inocentes”.

En otras palabras, Trump no busca dialogar con la oposición, sino que utiliza argumentos falaces para descargar sobre los demócratas toda responsabilidad. Y esta presión no logra su propósito inmediato, aún puede adoptar otra medida como proceder a una declaración de “emergencia nacional”, para actuar en consecuencia. Sí es verdad que la situación en la frontera se ha complicado, a causa de medidas restrictivas que la nueva Administración ha implantado, lo que ha llevado a la saturación de los centros de acogida.

Como consecuencia han muerto dos menores. Ríos de tinta está provocando la caótica y ególatra Administración Trump, aunque eso no evita que sostenga unos índices de popularidad en la opinión pública elevados. Ha sabido esconder bien la ropa sucia y como la economía va en viento popa que es lo que, en general, interesa a los norteamericanos, eso, y garantizar que EEUU sea lo primero, anunciando la salida de las tropas de Siria y la retirada parcial de Afganistán, el pueblo americano está contento. Sin embargo, es de temer a aquel que retuerce la realidad para hacerla encajar en sus medianías, mientras se investe como el mesianismo patriótico. Todavía, no se ha tenido que enfrentar a una crisis grave ni demasiado seria. Pero cuando lo ha hecho, como es el caso, no le importa pisar a amigos y a conocidos, si estos se le ponen por delante. No es natural que un presidente utilice como rehenes de sus obsesiones a funcionarios. ¿Quién debe pagar su dichoso muro? ¿México o los ciudadanos que ven cómo el poder presidencial quiere salirse con la suya a cualquier precio? No es la primera vez que sucede y, desde luego, no será la última.

Pero donde más relevancia tiene esta polémica es el modo en el que Trump distorsiona la verdad, inventa historias y expone hechos que no son ciertos o son, en todo caso, muy dudosos, lo cual implica que está mostrándose como un oportunista, falaz y mentiroso. Y que el peor muro que se puede crear no es uno hecho de acero sino lleno de prejuicios. EEUU se contradice a sí mismo. Hay que recordar que es un país de inmigrantes, y que lo únicos indígenas como tales son los indios norteamericanos. Y que la migración fue el motor de la prosperidad del país. Todo cambia, sin duda, pero la identificación de los migrantes con criminales, narcotráfico (cuando este procede de Canadá o atraviesa la frontera mexicana por los pasos fronterizos oficiales) o, incluso, con el terrorismo es tremendo. Una democracia se articula en torno a unas elecciones y una delegación del voto, en unas instituciones representativas y en unos medios de comunicación críticos y solventes. Pero el sistema también puede caer en las garras del fascismo democrático, de la subordinación de los poderes a una demagogia patriótica y altanera, que deshumaniza a las personas que son o piensan diferente a las autoridades pertinentes. Pensemos en Vox y en su exigencia de retirar las ayudas a los migrantes ilegales en España, ayudas humanitarias, todo lo más… EEUU se precipita hacia su propio cisma interior. Trump no va a devolver la grandeza al pueblo norteamericano lo va a arrastrar por el fango de la distorsión y del narcisismo autocomplaciente, injusto y cruel.

Reverte y Auschwitz

Vivimos en una sociedad llena de sensibilidades y controversias. Y no nos es fácil navegar en ellas. La presencia y protagonismo de las redes sociales se han convertido en un elemento indiscutible porque lleva a que presidentes, políticos, literatos, intelectuales y cualquier persona con cierta influencia pueda expresar en unos pocos caracteres una opinión. Su opinión. En un estado de derecho democrático hay libertad para hacerlo si no se incurre en una ofensa grave penalizada por la ley. Ahora bien, los tuits pueden ser también utilizados como armas arrojadizas, arpones venenosos o peligrosas andanadas. El último caso ha sido el que ha generado el reputado periodista y novelista Arturo Pérez Reverte. Con más de dos millones de seguidores colgaba este comentario en la red: “Iba a escribir una novela sobre Auschwitz, pero ya no quedan personajes libres: La bibliotecaria de Auschwitz, La bailarina de Auschwitz, El tatuador de Auschwitz, El farmacéutico de Auschwitz, La enfermera de Auschwitz, El mago de Auschwitz, El violinista de Auschwitz…”. La respuesta en Twitter del Memorial de Auschwitz no se ha hecho esperar y unas horas más tarde le respondía: “La historia de Auschwitz es la historia de sufrimiento de 1,3 millones de personas. Su tuit parece desencadenar comentarios que tristemente se están convirtiendo en una burla irrespetuosa a la memoria de esas personas”.

Así que Reverte matizó su anterior tuit con otro: “(…) Mis tuits se burlan de lo mucho que, por modas literarias comerciales, se manosea un asunto que debería tratarse con más rigor y respeto”. Memorial de Auschwitz no se dio por aludido e insistió en reprobar a Reverte que frivolizase sobre este tema en vez de alzar la voz “en favor de las víctimas”. Por lo que Reverte, en un alarde de giro intelectual, volvió a responder como en su primer tuit, pero esta vez señalando que también había sobreabundancia de novelas escritas sobre otros campos de la muerte como Mauthausen o Treblinka. Y acababa irónicamente señalando: “Rediós. Qué difícil se está poniendo esto de la literatura”.

A la vista está que Reverte y Memorial de Auschwitz no se han entendido. Reverte ironizaba sobre las modas literarias que dan paso a innumerables títulos, pero al versar sobre un tema muy sensible y resbaladizo incurrió en minusvalorar las repercusiones que podría traer consigo. Y Memorial, encargada de velar por la dignidad de las víctimas, ha creído entender que se frivolizaba sobre el sufrimiento humano, cuando se trataba solo de literatura.

Tal vez, con otra temática habría sido diferente. Separar para este caso entre lo puramente literario y lo moral es muy difícil, por no decir imposible. Pero también hay que considerar si no hay cierta exagerada sacralización de todo lo concerniente al exterminio. Y ahí es donde debemos tener cuidado porque no siempre ayuda esta celosa actitud a comprender mejor lo sucedido, ni a constituir una conciencia más adecuada frente al fanatismo. Hay que ser críticos y responsables. El ejemplo más paradigmático es La vida es bella (1998), de Roberto Benigni. Es una comedia sobre Auschwitz. Pero nadie se fijó en si la recreación del campo de exterminio era real o adecuada, sino el estilo sublime del director italiano por desdramatizar algo impensable hasta la fecha. Reverte no pretendía deslegitimar lo sucedido en Auschwitz, al contrario, sino resaltar la ingente pésima literatura que se ha constituido a su alrededor, como indicando que si un libro lleva la palabra Auschwitz rápidamente sale a la luz, frente a otras obras rechazadas por editores, de mucha mayor calidad, pero sin tanto interés, por no ser una temática de moda.

Por su parte, Memorial de Auschwitz se ha convertido en el guardián de la dignidad de todas y cada una de las víctimas del campo. Las cifras de los hombres y mujeres que murieron en sus cámaras de gas son escalofriantes (más de un millón de personas). Si hubo un campo de la muerte que representó como ningún otro esta industria del Holocausto fue este. Sin embargo, eso no evita pensar que no toda la memoria es igual de válida y que, en ocasiones, ha habido quienes se han aprovechado de esta victimización para lucrarse. Por desgracia, hay de todo en la viña del señor. Reverte hablaba de literatura, Memorial de víctimas. Así que el criterio de ambas partes era diferente.

En defensa de Reverte destacar que todo apunta a que no pretendía, de ningún modo, indisponerse con el sufrimiento de quienes padecieron en Auschwitz, nada hay en sus tuits sobre eso. Memorial, en ese sentido, reaccionó de manera demasiado celosa. En una crítica a Reverte reprobarle que su mordacidad era muy inoportuna porque en una Europa en donde la ultraderecha está avanzando a pasos agigantados, donde hay un núcleo duro de negacionistas del Holocausto y se han producido tantos ataques antisemitas, su tuit es puro alimento para estos grupos que frivolizan o ignoran nuestro pasado. Desde luego, el rigor es importante. Y la literatura no deja de ser, así mismo, un fenómeno comercial que, de otro modo, no sobreviviría. Reverte mismo es un autor comercial, de eso vive, aunque le dé un poco lo mismo. Sin embargo, sus opiniones generan espacios de discusión, debate y/o conflicto, por lo que debería ser consecuente con lo que escribe. Vulgarizar la mala literatura sobre un tema no es desdeñable, sino adecuado, configura parte de la necesidad que tenemos como sociedad de ser autocríticos con nosotros mismos, pero hasta un límite.

Su manera de desvelar el amplio mosaico de obras escritas sobre Auschwitz puede, y lo ha hecho, malinterpretarse. No descalifica una obra en sí sino un fenómeno editorial concreto vinculado a un hecho terrible, y ahí es donde se adentra en un territorio en el que puede despertar muchas respuestas airadas. Lo que significa y encierra Auschwitz, sin duda, va mucho más allá de la buena o mala literatura, es nuestra Historia. Reverte puede hablar de literatura, de historia y de la sociedad libremente, pero debe cuidar bien cómo lo dice, el tema lo exige.

Sociedades de cristal

Todo apunta a que nos encontramos, sin quererlo, ante el reto de un nuevo ciclo histórico. Esta vez, no ha sobrevenido por algún hito concreto el fin del franquismo o el derrumbe de la URSS, sino impulsado por una serie de factores que se han ido acumulando, casi sin darnos cuentas, unidos entre sí como son: el cambio climático, la crisis económica y la inestabilidad política. Todos y cada uno de ellos se van desglosando en realidades más complejas que, desmenuzadas, nos ofrecen un perfil muy contradictorio del mundo en el que vivimos.

La mayor riqueza no nos reporta una mayor seguridad, ni tampoco un alto nivel de vida, cuando perdemos la confianza en las instituciones… incluso, en los países democráticos. Los populismos de derechas han alcanzado parcelas de éxito en EEUU, Brasil, Polonia y Hungría, amén de ostentar también una presencia importante en otros. Han prometido revertir la situación, devolver a sus respectivos países su orgullo nacional, como si fuese un bien tangible ((y no lo es) no sin antes buscar un enemigo al que convertirlo en una amenaza (real o imaginada) al modelo de vida idealizado prometido. No es algo nuevo. Es un ciclo que acabará, que no podrá ser eterno, aunque no ayudará, sin duda, a que podamos encarar con mejores perspectivas de éxito los graves problemas que nos aquejan como Humanidad. La verdad se retuerce o se inventa, y los países involucionan refugiándose en sí mismos, en los nuevos autoritarismos, cuando antes era la globalización el punto de referencia de todos ellos. Pero la globalización se ha convertido en una corriente de agua sin control. Los países ricos se han hecho más ricos y los pobres más miserables.

Así que, en una solución lógica y razonable, en un afán de mejorar sus vidas, los habitantes de estos últimos cruzan desiertos y mares para intentar alcanzar una promesa de futuro. Pero junto a este ciclo migratorio sur-norte se han sucedido otros acontecimientos como conflictos y guerras civiles que han empujado a más población a ponerse a salvo. Y estos hombres y mujeres, ancianos y niños que llaman a nuestras puertas no solo han sido vistos como una amenaza sino como peligrosos intrusos, ya que portan otras culturas muy diferentes a la nuestras. En este marco tan incierto, las sociedades se han refugiado en un rancio y equívoco conservadurismo como si se pudieran detener las agujas de la Historia; como si nuestra crisis del bienestar tuviera que ver, en buena medida, con esta invasión silenciosa de extracomunitarios, empujándonos en brazos de la vieja retórica nacionalista, en la que se esgrime el pueril argumento de que la patria es lo primero. Sin embargo, ¿qué es la patria? El refugio cómodo de ciertas élites frente a la corriente de la globalización. Una globalidad que ha sido pensada para el enriquecimiento, pero no para desvelar los males que nos aquejan, para atenuar las desigualdades o para ayudar frente al sufrimiento humano. La base del desarrollo de la Humanidad no es virtuosa sino obscena, porque la riqueza no se reparte entre iguales sino entre diferentes. Europa no cuenta con grandes recursos naturales, así que ¿de dónde los extrae para diseñar sus nuevos aparatos y tecnología?

De algún otro lugar remoto donde los trabajadores viven sin derechos y en condiciones miserables… estos son los mismos que buscan en Europa una oportunidad. En todo caso, no hay respuestas fáciles. Las recetas mágicas que esgrimen muchos movimientos populistas, tanto de izquierdas como de derechas, han de ser contempladas con acritud. El autoritarismo o la merma de nuestras libertades no puede ser a cambio de actuar de una forma injusta e inhumana contra miles de migrantes a los que se les quiere dejar en tierra de nadie. Europa ya compró su tranquilidad con los refugiados sirios pagando a Turquía miles de millones de euros para que estos no llegaran a nuestro continente. Pero fue como ignorar el problema y acallar la conciencia con dinero, confiando en que acabara por resolverse, a costa, eso sí, de que los refugiados acabaran malviviendo en saturados campos de refugiados.

Cuanto más confortables hemos constituido nuestros modos de vida más nos molesta que la miseria, la delincuencia y las desigualdades sociales nos estropeen nuestra placidez, ignorando que esta se erige sobre el padecimiento de millones de seres humanos que no acceden a unas cotas mínimas de dignidad. Tal vez no seamos responsables directos de todo esto, pero no podemos mirar hacia otro lado porque alguien ha de asumir la responsabilidad de exigir a las instituciones llevar a cabo una labor de integración y atención. No hacerlo implica desatender nuestros principios básicos, volver a las viejas bases de un nacionalismo egoísta y tramposo que, en el fondo, solo busca garantizar el status social de ciertos grupos, desdeñando a otros o ignorándolos porque son diferentes a nosotros. Hasta que se produce la rebelión de los miserables. Yihadismo, terrorismo, populismos, inquietud social y extremismos no son realidades nuevas, sino que han mutado y se han alimentado en su faceta más perversa y brutal de la realidad, a la cual pertenecen. Son elementos que no podemos desdeñar, ni encauzar tan solo con el uso de la represión policial o militar porque puede acabar alimentando a otra legión de gentes desesperadas que no vean más salidas que huir hacia delante. Empieza 2019, no sabemos lo que deparará este futuro inmediato, pero, sin duda, nuestro gran reto no es acabar con esos problemas endémicos sino, en primer lugar, entenderlos, conocer su naturaleza y causas, porque es la única manera de actuar de forma adecuada para buscar el modo de resolverlos a largo plazo. En segundo lugar, nuestras sociedades deben tomar conciencia de algo importante: no debemos escondernos sino comprometernos. Y esos compromisos se dan cuando se impulsan políticas en positivo, no cerrando fronteras o refugiándonos en dogmatismos o nacionalismos, sino valorando que todos somos personas que anhelan un futuro en paz y libertad…

Año nuevo

Mientras tomamos las uvas para celebrar el año que entra, siempre se suelen expresar, antes o después de estas, con firme convencimiento, una serie de promesas y deseos que aspiramos a lograr y conseguir para el siguiente. Desde los más básicos y naturales, dejar de fumar o adelgazar, a aquellos más generales y universales como son la paz, el amor y la felicidad, u otros más tangibles, como pedir que se acabe con la lacra de los feminicidios de una vez por todas o de la pederastia. Sin embargo, esta cultura festiva no es igual en todas partes, sin duda, no todas las sociedades comparten la misma fecha señalada ni los mismos rituales, sean paganos o cristianos, a lo largo de estas vacaciones.

El 1 de enero se ha convertido ya en una especie de frontera imaginaria entre el ayer y el hoy, entre ese recordatorio de lo que hemos hecho a lo largo del año vencido y el convencimiento de lo que queremos que sea el siguiente. Es una línea invisible, frágil y perfectamente olvidable, salvo que nos dediquemos a constatar y recoger por escrito estas valoraciones y prospecciones. Así, 2019 surge como una especie de terreno abierto e inexplorado, en el que solo falta dar un pasito hacia delante, casi irremediable, para adentrarnos en él para ir calibrando y observando qué nos deparará. Claro que la percepción del tiempo es muy relativa. Pero los hechos que quedan sumergidos ya en las aguas del año anterior no son tan lejanos, ni el futuro que nos guarda tan inmediato, uno y otro puede que acaben de suceder o vayan a ocurrir en breve. Aunque los grandes retos o proyectos sí que se harán esperar, como se hace aguardar todo lo que merece la pena, hasta que pasa y ocurre. Pero eso no evita pensar en cada una de nuestras propias acciones a la hora de determinar su resultado.

Al observar lo que ha sido el año anterior es posible que lo idealicemos. Pensemos que no fue tan malo porque, en la retrospectiva, lo vemos todo de una manera diferente, lo percibimos de una manera concreta, dependiendo de la ideología o simpatías políticas que ostentemos.

El Gobierno socialista creerá que ha sido su año. Ha aguantado más de lo que algunos auguraban y ha conseguido más de lo que podría haberse creído, a pesar de los escándalos y la debilidad que porta en el parlamento. Espera proseguir con sus políticas sociales y económicas y, finalmente, cumplir con su gran promesa, retirar de su mausoleo particular a Franco. El PP lo calificará, por el contrario, de horrendo, porque Rajoy fue apartado de la Moncloa, según ellos, de mala manera y eso ha traído consigo una mayor inestabilidad y un fracaso en las políticas que deberían haberse aplicado para el bien de la ciudadanía y de la nación. Pero, tal vez, uno y otro estén totalmente equivocados a este respecto, ni fue un curso político bueno ni malo, sencillamente, cada uno ve la botella media llena o media vacía, según sus expectativas colmadas o no.

No obstante, la entrada de Vox en el parlamento andaluz sí ha abierto una puerta que hasta la fecha nos diferenciaba de la vieja Europa dejando entrar a través de ella a la más recalcitrante ultraderecha. El enfrentamiento con el catalanismo y la polémica en torno a los restos de Franco, así como contra el populismo de izquierdas, han movilizado a esa otra España tradicionalista. Y ello refleja que hay un cierto hartazgo ciudadano. El bipartidismo ha dado paso a una realidad más fragmentada y plural, lo cual debería servir para forzar a acuerdos, para alcanzar compromisos y para mostrarnos que la consabida dualidad derechas versus izquierdas no solo no favorece la convivencia, sino que nos arrastra sin remedio hacia un deterioro en la confianza de las instituciones dando entrada a formaciones ultras que no pueden traernos más que pesares para encarar los grandes desafíos del siglo XXI.

Francia, Alemania, Austria, Hungría, Polonia… ahora EEUU y Brasil, y así un largo etcétera de países cuyas sociedades pretenden encerrarse en sí mismas en un mundo cada vez más globalizado donde la injusticia y la iniquidad humana están a la orden del día. 2019 va a convertirse en una etapa preocupante, en un marco social en el que el resurgir de la ultraderecha marcará los compases de una falsa cantinela que restará entidad a los valores universales compartidos. En el caso de España, el factor que ha jugado el nacionalismo catalán a la hora de este resurgir de un nacionalismo español ultramontano tampoco ha de desdeñarse, aunque nunca sabemos si es antes el huevo o la gallina.

Tristemente, cada nacionalismo se cree encomendado a defender las esencias de la patria, a arrastrar con sus discursos incendiarios e intransigentes a la ciudadanía para que sus premisas sean respaldadas por el fervor de la calle (y si es de las urnas tanto mejor) presentándolas como únicas garantías de futuro válidas. Se presenta su alternativa como un choque de voluntades, del bien (ellos) contra el mal (los otros), con una rancia obcecación y un dogmatismo sectario que no puede deparar nada bueno, porque antepone el colectivo a las personas, porque busca crear un clima de excitación, convicción y negación del otro que impide valorar lo que tenemos en común y lo que estamos sacrificando a la hora de descalificar a quien no piensa como nosotros.

Por eso, si dicha ecuación no cambia, si este enfrentamiento institucional no rebaja su tensión y los ciudadanos no optamos por valorar a las candidaturas moderadas, entonces, es posible que buena parte de los goznes de la democracia se resientan de una manera peligrosa y desacertada.

Así, la aplicación del artículo 155, como defiende que hará el PP si llega al Gobierno, y que puede hacer creer a muchos españoles que es la respuesta adecuada, es solo el último de los recursos para no quemar más los puentes que nos unen. En suma, España no debería verse como un trozo de hierro soldado de manera inquebrantable por los fuegos de la Historia, sino como un crisol de identidades, un paraje abierto en donde el respeto, la pluralidad y la democracia prosperen de forma firme y sensata.

Derechos y libertades

La celebración del 70º de la Declaración de los Derechos Humanos nos deja, sin duda, con un cierto sabor agridulce. La realidad nunca es sencilla de explicar. Ha transcurrido mucho tiempo desde su aprobación y hemos conseguido avanzar en una misma dirección, aunque no de forma suficiente porque, en algunos lugares, esa Declaración es como un gran misterio engullido por las aguas profundas de la Historia de las que no han oído ni tan siquiera hablar ni saben, por lo tanto, lo que implica. Sus valores, en principio, deberían ser universales, compartidos, defendidos y garantizados por todos (independientemente de las nacionalidades) y en cualquier momento, porque son la base para que los habitantes de la Tierra podamos ostentar una vida digna y plena.

Sobre el papel es así, se perfilan en ellos un mundo en paz y seguridad, donde prevalece la justicia y la dignidad, pero cuando nos fijamos con detenimiento lo que sucede, entonces, nos damos cuenta de lo lejos que estamos de ellos. En 1948, todavía se sentían las secuelas de la SGM. Europa, la más afectada, junto a Japón y China, se recuperaba lentamente de aquella hecatombe bélica. Aun así, muchos eran países y territorios que no existían como entidades independientes, sometidos al imperialismo europeo todavía. A partir de ahí, y junto a los procesos de descolonización, la ONU (creada en 1945) se fue convirtiendo en un organismo con la suficiente capacidad de influencia para garantizar las relaciones internacionales, para ayudar y facilitar las transiciones y el desarrollo de estos nuevos estados, e impedir que nada parecido a lo ocurrido en Europa se repitiera. Pero sobrevino la Guerra Fría y otros intereses sustituyeron a los anteriores. Las dos ideologías triunfantes frente al fascismo, capitalismo y comunismo, se encararon en un duelo mundial, en el que se ignoraron los derechos humanos y las libertades para lograr el fin propuesto: impedir el triunfo del otro.

Aquellas décadas que abarcaron desde 1946 hasta 1991, merecerían una revisión para dejar en evidencia tanto a los EEUU, paladín del mundo libre, como a la URSS, defensor de la revolución proletaria, en sus muchos desatinos y obsesiones. Sin embargo, los tiempos de la Historia no se detienen por nadie ni por nada, y en ese devenir, tras esa lamentable carrera armamentística, sobrevino el agotamiento de uno de los modelos antagonistas y, en diciembre de 1991, la muerte anunciada de la URSS y un cambio de rumbo. Pero la victoria moral de EEUU no se tradujo, ni mucho menos, en una realidad sin conflictos. Emergieron otros que habían permanecido ocultos. Y aunque muchos países se han ido democratizando desde entonces, buena parte de América Latina, la Europa del Este e, incluso, algunos países africanos y asiáticos, que antaño eran regidos por sangrientas dictaduras, todavía queda mucho por hacer.

La guerra civil siria es un ejemplo a tener en cuenta, como lo es el sempiterno conflicto palestino-israelí, un conflicto que arrancaba en 1948, con la creación de Israel y el olvido de los palestinos hasta hoy. Cierto es que, en lo positivo, a la agenda se ha sumado el reconocimiento de nuevos derechos universales que hasta la fecha no se tenían en cuenta, como son los de la mujer (frente a su discriminación y menoscabo), los de ciertos pueblos indígenas y aquellos ligados a otras identidades sexuales. Y, sin embargo, a pesar de tales avances, el conservadurismo y el tradicionalismo arcaizante impiden un mayor progreso. Pues, a pesar del reconocimiento de la mujer en ciertos lugares del mundo, todavía padece una fuerte indefensión y maltrato, y esta batalla por la igualdad todavía está lejos de haberse ganado.

Además, el atraso social se interpone al empoderamiento femenino, tanto como las viejas y rancias mentalidades que establecen unos roles rígidos y determinados para los papeles que ha de jugar cada sexo en la sociedad. A todo eso se le suma otro punto importante como es la aceptación de la diversidad sexual, en la que la familia no se reduzca solo a un mero cliché, centrado en la pareja heterosexual, estigmatizando a quienes aman y se sienten de un modo diferente a la costumbre imperante, el colectivo LGTB, que algunos ven con pavor, sin darse cuenta de que siempre ha estado ahí, aunque invisible, por la persecución que padecía (y no por ser ninguna moda ni una enfermedad).

Cierto es que los actos conmemorativos pueden ser cansinos y vacuos, porque se acaban por reducir a meros actos protocolarios, salvo si los observamos como una apelación a un deber que nunca podemos dar por cumplido ni satisfecho del todo. El terrorismo global y la inmigración ocultan lo que hay detrás de ese denso bosque: las profundas desigualdades e injusticias reinantes. Hacia la vieja Europa se encaminan hombres y mujeres porque en sus países de origen acabarían encarcelados y/o ajusticiados. Su delito es amar a otro ser humano de igual sexo. Otros lo hacen empujados por la simple y mera desesperación, por querer ser libres o tener unas ideas. De los más emblemáticos a los considerados más básicos, todos los derechos humanos son igual de significativos porque contribuyen de una forma ineludible a constituir la base de un mundo mejor y un planeta más justo donde poder vivir. Por ello, queda mucho por hacer todavía.

Pues las libertades políticas y sociales, la dignidad, el respeto, la tolerancia, la igualdad, todos ellos son conceptos utópicos que rara vez se consigue implementar de forma permanente, ni tan siquiera en las sociedades aparentemente más desarrolladas. Sin embargo, en este mundo global, esos déficits cada vez nos afectan más, y no podemos ignorarlos como Humanidad comprometida con ellos. En general, no apreciamos el valor de nuestras libertades hasta que se nos arrebatan, o hasta que nos damos cuenta del dolor y la angustia en los ojos de otros, lo cual significa que se les han arrebatado sus derechos esenciales y, por lo tanto, huyen para intentar salvar la vida. De ahí que su garantía y defensa es y debe ser siempre cosa de todos nosotros.

Futuros lejanos

A pesar de toda la acumulación de saberes y conocimientos, a pesar de todo esa suerte de hechos insólitos y trágicos, la Humanidad sigue contemplando la realidad, la vida en este planeta, con escasa responsabilidad hacia ella, hacia sí misma y, por supuesto, hacia su propio futuro. El Cambio Climático es para algunos gobernantes una suerte de engaño, de fake news que se utiliza para frenar el progreso o una mayor acumulación de riqueza, para utilizar el miedo social e impedir que las empresas puedan actuar como impulsoras de la economía. Y considerar que el mundo que habitamos es finito y que cuando la vida en el planeta tierra se haga imposible podremos viajar a otros lugares para colonizarlos es, ante todo, una suerte de autoengaño y de fantasía.

Es tiempo de reconsiderar muchas cuestiones, y hacerlo ya, no mañana, sino hoy, porque mañana puede que sea tarde para revertirlo. De replantear incluso los valores que ostentamos, de dejar de negar lo evidente: la utilización de mares y el subsuelo como una suerte de vertedero que arrasa con especies y contamina la tierra. Se acumulan plásticos y residuos altamente nocivos, los gases de efecto invernadero no se han reducido drásticamente como se exigía, hay más cánceres de piel, alergias y otras enfermedades vinculadas a los aires poco menos que irrespirables en nuestras grandes urbes masificadas. Se nos acaba el tiempo y no nos damos cuenta. Tampoco sabemos cuánto tiempo podremos continuar malgastando los recursos como las fuentes de energía y minerales.

Llegará un día en el que estas se agoten y la civilización material que hemos construido se hará pedazos, porque no habremos podido llevar a cabo la transición de una forma adecuada para que nos afecte de forma conveniente a todos por igual. Los peores augurios especulan con los conflictos del futuro por la posesión del agua o de otras energías para seguir manteniendo ciertos niveles de vida. Habrá paisajes que se desertizarán por un uso abusivo del suelo y otros que se inundarán debido al clima que se vuelve muy inestable e impredecible. La solidaridad y las aportaciones para ayudar a estas catástrofes naturales menguarán hasta que ya la ONU sea una organización vacía, en la que los países opten a establecer sus propias alianzas y estrategias frente a otros enemigos. Llegará el día en el que los países del Golfo Pérsico dejen de vivir del petróleo y que su riqueza artificial se clausure.

Si no son hábiles a la hora de replantear una alternativa, sus economías se encontrarán desasistidas y tendrán que rescatar los miles de millones de dólares invertidos en terceros países. Los equipos de fútbol quebrarán en cuando los jeques árabes consideren que ya han derrochado suficiente y, así, estas entidades no podrán pagar a sus figuras ni fichar, ni nada. El futuro se ve siempre demasiado lejano e inoportunamente incierto, como si nada dependiera de nosotros y sí de dioses antiguos que juegan con nosotros caprichosamente, en los que delegamos el devenir. Pero ni tan siquiera cuando destacamos en abordarlo con un rasgo de seria racionalidad, nos paramos a valorar qué estamos legando a las siguientes generaciones. No hablo de aquello en lo que nos convertiremos en unos años, en ese paso de niños a adultos, sino dentro de un siglo, cuando la revolución tecnológica se enfrente a su agotamiento y las desigualdades sociales entre los países sean el epicentro de una serie de conflagraciones imposibles de detener y de predecir. Igual ya no hablaremos del Estado Islámico, ni del yihadismo, y la amenaza sea otra bien distinta, pero no serán unos hechos tan azarosos como pensamos, las causas y las consecuencias de nuestros actos están ahí, aunque no nos demos cuenta de ello. La vida se puede teñir de falos espejismos y de ficciones que creemos verdaderas, de esperanzas que son más un brindis al sol que un planteamiento o estrategia que pueda dar solución a los males que nos aquejan y que depende de nosotros arreglarlos.

Pues, aparte de las tácticas depredadoras también nos encontramos con la miseria, el hambre y la pobreza endémica en el mundo. De estados que lo son solo de nombre, de marcos sociales en que millones de seres humanos viven en campos de refugiados y que subsisten gracias a unas ayudas que, de agotarse, serán su perdición, su muerte física, cruel y desgraciada. El mundo desarrollado no es insensible a lo que sucede a su alrededor, pero tampoco hacemos lo suficiente. No estamos abiertos a apretarnos el cinturón, ni a aceptar a los inmigrantes que, en muchos territorios, se perciben como una amenaza a nuestra civilización. Compartir, ayudar, ofrecer y buscar una manera de colaborar para que tales sociedades puedan ser como nosotros se nos antoja un imposible. Habitamos, cierto es, un mundo complejo. Nada es sencillo en él.

Hemos pasado por diferentes etapas que nos han permitido progresar, en algunos lugares, no en todos, instaurando gobiernos democráticos, libertades y cierta justicia social, pero antes hemos padecido toda una caterva de fascismos, totalitarismos y fanatismos, a los que hemos vencido, pero que son perfectamente reversibles, porque no hay una cura para ellos. Hemos puesto remedio a cuestiones cruciales, pero hemos dejado otras desatendidas, porque creemos que todos son como nosotros y si no lo son, es porque no quieren. No es verdad. Somos muy diferentes los seres humanos unos de otros, colectiva e individualmente, identitaria, cultural, religiosa y nacionalmente. Reconocer dicha obviedad no nos ayuda a superar los prejuicios, recelos e inquina que se generan constituyendo barreras que nos separan a las personas por dichos motivos, o por otros que nos inventamos, para reclamar nuestro espacio singular, la exclusión de los otros a los que observamos con resquemor y desconfianza, o a los que culpamos de nuestros males. Y el futuro se nos presenta como una suerte entrelazada de maldición y esperanza que debemos mirar de frente con valentía, pero con sentido común, diligencia y, ante todo, con la suficiente madurez humanitaria.

La retirada de EEUU

La decisión del presidente Trump de replegar el pequeño contingente de tropas que, ilegalmente, mantiene en Siria está trayendo cola. Discrepan tanto senadores republicanos como su aliado en Oriente Medio, Israel, porque, en términos generales, parece expresar con eso que cada cual aguante su propia vela. Es verdad, y parece que se nos olvida, que en su campaña política reiteró que en su mandato los jóvenes norteamericanos no morirían en conflictos en tierras lejanas, y este, por consiguiente, es el paso lógico. Sin embargo, ha habido otros precedentes que, por diferentes motivos, han acabado por tener que lamentar esta estrategia tan conservadora para acabar embarcándose en costosos conflictos en el exterior en la “guerra contra el terrorismo internacional”.

Los 2.000 soldados que tiene desplegados en el país no son excesivos, pocos para ser decisivos, en la cuestión numérica, pero sí esenciales para refrenar cualquier ofensiva que pueda darse en la zona donde operan. Ni Turquía puede intervenir sin tenerlos en cuenta, ni tampoco el régimen sirio, por el mismo motivo: nadie quiere granjearse la ira del amigo americano y despertar a un gigante dormido. Aunque el interés de la opinión pública y del congreso sobre este asunto era escaso, Obama autorizó, sin beneplácito del Congreso, el envío de estas unidades en 2015, ahora sí son tenidas en cuenta. Se han convertido, después de todo, en los ojos y los oídos del Pentágono sobre el terreno y aparte de eso ofrecen apoyo táctico a las milicias kurdas, más concretamente, al YPG (Unidades de Protección Popular), así como a la coalición de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), integrada mayormente por kurdos. El repliegue implica abandonarles a su suerte frente a los turcos. Pero, aunque EEUU puede retornar a la zona con la misma presteza con la que puede salir, no hay duda de que es un hecho muy simbólico esta impulsiva decisión.

Con esto Trump demuestra, en primer lugar, una falta de compromiso con sus aliados menores. Así que los hombres y mujeres del FDS se sienten traicionados por Washington. En segundo lugar, desvela una falta de interés en la región, permitiendo que sea Moscú quien desarrolle sin oposición sus políticas y estrategias. Y, en tercer lugar, se muestra que EEUU solo se preocupa de sí misma… La retirada, en todo caso, no hay que confundirla con debilidad, sino con un planteamiento equívoco de un presidente cuya vanidad es tan grande que en cuanto se aburre de un problema pasa a otro. Salvo uno, su obsesión por la construcción de un nuevo muro con México, más alto, más ancho, más grande e impermeable a la inmigración ilegal. Lo cual resulta ser una paradoja que el país de las libertades se convierta en una prisión cuyos muros miran hacia el exterior. No le importa parar media administración para conseguir, como un niño, su capricho. Seguro que hay muchos ciudadanos que aplauden la medida, aunque no todos la comparten, porque eso solo incrementará el poder de las mafias en los pasos fronterizos o en los puntos imposibles de garantizar una frontera impermeable. Sin embargo, volviendo a Oriente Próximo queda ver cuáles pueden ser a corto y largo plazo las consecuencias que este abandono (que es como debería calificarse) pueda traer consigo.

Ankara, por de pronto, se frota las manos. Sus intenciones de llevar a cabo operaciones de seguridad más allá de la frontera, para atacar las bases militares del YPG, ya no tienen cortapisas. No piensa permitir que los kurdos cuenten con un ejército lo suficiente poderoso capaz de auspiciar un Estado kurdo, aun cuando sea llevar a cabo una injerencia en un país soberano. Hay antagonismos que solo pueden mantenerse a raya con la decisiva actuación de la ONU o de terceros países y, en este caso concreto, sin el dique de contención de EEUU, es difícil que Turquía actúe de forma más razonable. No teme la presión internacional porque tiene como moneda de cambio a tres millones de refugiados dentro de sus fronteras.

Al mismo tiempo, Trump va a ignorar a los rebeldes sirios, arrinconados en una fracción de Siria que todavía resisten los envites del régimen. Y salvo un error garrafal de El Asad de aprobar matanzas indiscriminadas (o usar agentes químicos), lo más natural es que la balanza se incline a su favor y que la coalición de fuerzas insurgentes se acabe desintegrando, para su regocijo. No solo ha salido victorioso de la cruenta guerra civil, sino que, en consecuencia, ha dado un golpe tan duro a sus enemigos que podrá dormir tranquilo, al menos, durante toda la próxima década, si no más, hasta que el país se haya recuperado mínimamente de tales sangrantes heridas. El otro temor restante derivado de la retirada de EEUU es la posibilidad de que el Califato se recupere, pero parece la más improbable de todas. No se dan las mismas circunstancias que lo promocionaron, al haber recuperado tanto los gobiernos de Bagdad y Damasco parte de su autoridad perdida, aunque eso no quiere decir que no puedan surgir otros grupos armados ultramontanos. Cierto es que debería empezar a apreciarse un cierto agotamiento de las fuerzas implicadas. La guerra siria ha traído consigo un peaje muy alto en vidas y recursos, si en Siria el impacto ha sido más tremendo, también Irak ha visto arrasadas varias de sus ciudades a la hora de liberarlas del ISIS, caso de Mosul, que tuvieron que proceder a un asalto directo, provocando su destrucción. Por eso, la presencia táctica norteamericana, más disuasoria que decisiva, es importante. Desde luego, todo despliegue comporta un costo, como su presencia en Afganistán, pero es mínimo y puede ser bien asumido perfectamente por Washington.

Ahora bien, nadie quiere que se repita un nuevo Irak, un nuevo Afganistán, una nueva emergencia del ISIS, ni que Turquía entre a sangre y fuego en el Kurdistán, ni que El Asad tenga vía libre para actuar con impunidad en la parte de Siria que todavía no está bajo su control. Por eso, le guste o no la presencia de EEUU, es imprescindible para evitar nuevos sobresaltos.

Nostálgicos de la URSS

Es bastante habitual que como seres humanos miremos atrás y creamos que todo pasado fue mejor. Pero no es cierto. Y aunque lo fuera, no nos queda más que vivir un presente que viene determinado por nosotros mismos y esos hechos pretéritos (y sus herencias e inercias, no siempre positivas).

Recientemente, en un sondeo impulsado por el Centro Levada entre la ciudadanía rusa, un 66% de los encuestados expresaba su añoranza de los tiempos soviéticos. La alta cifra deja en bastante mal lugar al Gobierno de Putin, pero refleja, en realidad, lo que las autoridades se niegan a admitir: una gran ola de descontento. A pesar de los intentos del presidente de recuperar los laureles perdidos de superpotencia, los grandes problemas endémicos no se han resuelto y ahí está el quid de la cuestión. Rusia continúa siendo un gran gigante con pies de barro que ha mostrado sus ínfulas imperiales de mala manera: pacificó Chechenia a sangre y fuego, se anexionó Crimea y ayudó a los separatistas del Donetsk. Y cuando se produjo la guerra civil en Siria, envió allí a lo más granado de sus fuerzas aéreas para ayudar al tambaleante régimen de El Asad.

Pero todas y cada una de tales intervenciones han supuesto un ingente gasto para una economía que no puede rivalizar, ni de lejos, con la de EEUU, y que depende de las coyunturas favorables a los precios en el mercado internacional de aquellas fuentes de energía o materias primas que exporta al exterior, ya sea el petróleo o el gas, u otros minerales. Los indicadores muestran que Rusia está en declive, no es una sociedad dinámica en expansión, al revés, hay una fuerte contracción demográfica, los servicios sociales básicos, educación y sanidad, están a varios puntos por debajo de los países desarrollados, se dan, además, grandes bolsas de pobreza y un abismo de desigualdades sociales. Los intentos de Putin de revitalizar el espíritu nacional, mediante esta política exterior agresiva, chocan con esta otra en la que los ciudadanos viven preocupados por la degradación que se está produciendo de la vida cotidiana. La impopular, aunque, tal vez, necesaria reforma de las pensiones solo ha dejado traslucir de forma más evidente tales realidades que, a pesar de esas ínfulas chovinistas, el presidente no puede ocultar.

El otro problema sigue siendo que Putin es humano, finito, y, por lo tanto, el futuro de Rusia se presenta poco halagüeño. Si no hay un relevo continuará al frente del Estado ruso hasta que él quiera, en esta democracia controlada, en la que la oposición y los periodistas caen víctimas de extrañas enfermedades o de acusaciones repentinas por graves delitos. Con todo eso, es lógico pensar que buena parte de los rusos miren atrás con un idealismo mitificado. La URSS se presenta como una época en la que formaban parte de una superpotencia, en la que el nivel de vida era aceptable, obviando que el declive de la utopía socialista anticipaba ya su desmoronamiento. Sin embargo, cuando la sociedad se siente preocupada y sin un modelo determinado claro, ha de echar mano a lo que ha conocido antes, aunque se encubran sus grandes defectos. Y la URSS es ese referente. Cuando Putin subió al poder en 2000, Yeltsin había consumido casi todo el crédito que había ganado cuando se enfrentó a los golpistas en 1991, encaramado en un tanque. El reformismo estaba en su hora más crítica y entonces era el 75% de la población el que añoraba el rígido, represivo y esclerotizado régimen comunista, con una nomenclatura que vivía mejor que la mayoría de los ciudadanos y una gerontocracia incapaz de revertir la crisis del sistema. Pero también, en Alemania, hay quien añora los tiempos de Hitler o, en España, los de Franco, no percatándose de que para muchos esas épocas fueron tiempos de persecución e impiedad y que sus regímenes de terror, desgraciadamente, ocultaban sociedades frágiles, que solo habrían traído la ruina generalizada. Putin ha hecho todo lo que ha podido por recuperar el esplendor ruso, incluso, no sin cierta habilidad, ha sabido conjugar aspectos de la época zarista y soviética, en un híbrido de retórica nacional e ínfulas gloriosas que, a pesar de todo, no hay atacado la raíz de un grave problema endémico como es una economía de cristal, falta de garantías democráticas y un tejido empresarial tan vinculado al poder y a sus intereses como para resultar del todo innovador, competitivo y rentable.

Moscú padece el gran lastre del peso muerto de su pasado, de sus extensas fronteras, de sus afanes de potencia internacional que le impiden concentrarse en su propia gente. Es por ello que los resultados del sondeo no son ni mucho menos extraños. Las recientes elecciones nacionales ganadas, de nuevo, por Putin ya revelaron un cierto desengaño con unos índices de participación muy bajos, aunque favorables a su continuidad. Claro que, si en casi dos décadas al frente del Estado ruso no ha sabido encarar unas reformas capaces de garantizar una cierta igualdad y calidad de vida suficientes, es difícil que pueda implementar recetas que reviertan esta crisis interna.

A Putin se le puede agradecer la estabilidad de un régimen que tras el fin de la era soviética parecía descomponerse a pasos agigantados, con el peligro que podía traer consigo la aparición de alguna clase de autoritarismo extremista. Pero, ahora, todo apunta a que los rusos ya no pueden soportar esta inercia, puesto que ninguna de las victorias alcanzadas en el exterior por Putin les ha repercutido directamente, salvo en lo negativo.

Rusia sigue buscando su futuro. Y cuando ese devenir no parece más que un callejón sin salida, solo queda la añoranza. Sin embargo, han de recordar que si la URSS se vino abajo fue por causas mucho más profundas que un mero deshielo o por una iniciativa caprichosa de Gorbachov, los propios rusos acabaron pidiendo a gritos la transformación del obsoleto sistema soviético. Por desgracia, no se hizo bien el proceso de cambio, y han vuelto a la casilla cero, no les gusta, pero son ellos los que pueden revertir esa inercia buscando a otros líderes que revitalicen a Rusia, algo que la URSS jamás habría logrado.