La ONU y Palestina

La decisión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU de investigar las muertes acaecidas en Gaza ha sublevado a los israelíes. Para su primer ministro, Benjamín Netanyahu, este organismo “ha demostrado una vez más ser un organismo hipócrita cuyo objetivo es dañar a Israel y respaldar al terrorismo” … y la misma embajadora en la ONU, Aviva Raz Shechter, alegó que Israel “solo se defiende a sí mismo, como lo haría cualquier otro Estado”. Y como cualquier otro Estado debe cumplir el derecho internacional, aunque pocos estados en el mundo, salvo que se encuentren en una guerra abierta, pueden alegar que la autodefensa puede acarrear medio centenar de muertos y más de dos millares y medio de heridos. Y añadía que el responsable de todo esto era Hamás y que había utilizado a la población civil como escudos humanos, de ahí el alto número de bajas. Pero si es así, ¿qué miedo tiene el Estado hebreo de que se descubra la verdad? Si la Comisión desvela que todo es una campaña de Hamás, entonces, estaría confirmando sus tesis. Pero, ¿y si no es así? Aunque Israel actúa como si todo lo que hace respondiera de forma taxativa a su derecho de defenderse de una agresión exterior, su situación como Estado es privilegiada frente a un pueblo palestino al que se le niega ese mismo derecho a existir.

Para Israel está claro que las marchas por los 70 años de la Nakba es un desafío. Solo lo ven con sus propios ojos, cualquier acto de los palestinos es leído como un ataque a la identidad de Israel. Y tanta aguda y pervertida sensibilidad solo provoca un tipo de reacciones desmedidas y exageradas, etiquetando a todos los palestinos como terroristas o, bien, como muñecos que pían al son que toca Hamás. Netanyahu da por hecho de que las marchas convocadas por los palestinos son actos terroristas. Pero no hemos escuchado que se haya provocado ni una sola baja por su parte, nada. Eso solo puede suponer o que las fuerzas de seguridad israelíes son muy hábiles, los terroristas palestinos muy torpes o, bien, que hay algo más detrás de todo esto. Si bien, el Consejo depende de la buena voluntad de los israelíes, por lo que tampoco se trata de ninguna caza de brujas, ni nada parecido. La comisión investigadora deberá tener acceso a Gaza, cuyos accesos están controlados por Israel y Egipto, y su misión, nada sencilla, por no decir imposible, es identificar a los autores de los “asesinatos deliberados” … el problema es si Tel Aviv lo permitirá y si esto servirá para algo más que inocuo y peregrino rapapolvo.

La visión conservadora y cerrada israelí es muy llamativa. No parece que reconozca la imparcialidad de la ONU, sino que vive sujeto a sus propias normas, como si la única realidad válida fuera la que pretende establecer e imponernos a los demás, como si todo fuese una gran conspiración para desacreditarles (y eso que ya hemos visto que a los israelíes no se les deja de apreciar tras ganar Eurovisión recientemente). Así, un portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores hebreo consideraba insidiosamente que “el propósito del Consejo no es investigar la verdad, sino violar el derecho a la autodefensa de Israel y demonizar al Estado judío”, puesto que “Israel actúa legalmente en la protección de su soberanía y la prevención de un asalto en masa en la frontera para llevar a cabo ataques terroristas dirigidos por la organización terrorista Hamás”. Y, sin embargo, esa misma afirmación, el derecho de autodefensa, les otorga a los israelíes la carta de la impunidad. Porque lo que ellos no se plantean es que los que les atacan son unos sujetos que reclaman un lugar donde vivir y existir, el retorno de los palestinos exiliados y vivir en paz. Ni qué decir que tampoco vamos a considerar que los palestinos son todos unos santos. Hamás es una organización radical que no reconoce a Israel como Estado y cuyo afán es luchar y combatirlo hasta el fin de los tiempos. Pero no todos los palestinos son Hamás, y Hamás, precisamente, encuentra en este escenario de intransigencia, violencia exagerada, discriminación e inmovilismo, el caldo de cultivo perfecto para que parte de la población palestina se incline a su favor. Sin solución al conflicto no hay más que espiral de violencia.

El hecho en sí no puede ya solo determinar la excusa que siempre utiliza Israel para negarse a abrir las puertas a una mesa de diálogo que disponga de una vez un trazo de fronteras, un reconocimiento del otro, aunque este se niega a hacerlo. Israel se escuda en su derecho a la autodefensa, pero sin haber actuado y respondido de acuerdo a la naturaleza de la amenaza. No es esta la primera vez que Israel reacciona de esta forma tan furibunda ante la reacción internacional. Cuando se condenaron los asentamientos ilegales en Cisjordania también se expresó como si esto fuese una grave ofensa contra la dignidad del pueblo israelí. Pero los hechos, incluso aquí del todo comprobados y ciertos, tampoco son admitidos. Porque Israel se considera dueño y señor del territorio de Palestina, porque nadie le puede decir cómo debe actuar ni qué hacer. A pocos gobiernos les gusta que les tiren de las orejas, pero este no es un problema cualquiera, sino de extrema gravedad. Hay muertos y miles de civiles heridos encima de la mesa, y eso es un hecho trágico.

La fría actitud de Israel al respecto nos clarifica que su postura es deshumanizada. Ya no se trata tan solo de justificar la defensa por encima de todo, sino de no querer poner rostro a las víctimas, meterlas en un mismo saco y cosificarlas. Aunque fueran víctimas por haber sido utilizadas como escudos humanos por Hamás, ¿no merecen una investigación? Para demostrar el crimen de Hamás, si lo hubo, o el exceso de fuerza israelí, como parece ser lo más probable. Israel vive sumergida en su propia idiosincrasia, como si estuviera solo y fuera un país incomprendido, como si nadie más (salvo EEUU y Australia) pudiera entender la cruda semblanza de su realidad y ese énfasis persecutorio se denomina paranoia…

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Palestinos

Mientras Israel puede celebrar el reconocimiento de EEUU de Jerusalén como su capital eterna, coincidiendo con los fastos del 70º aniversario de su fundación como Estado, los palestinos no pueden protestar por lo que consideran un acto de injusticia y van viendo como cada vez se quedan con menos territorio. No solo no pueden manifestar su rechazo, sino que, como consecuencia, el ejército israelí ha actuado de una forma brutal causando una desproporcionada cifra de muertos y heridos entre la población civil… para colmo de males, el Consejo de Seguridad de la ONU, ante el veto de Washington, no puede investigar lo ocurrido. ¿Qué lógica es esa? ¿Pueden más las alianzas que la autocrítica y la defensa de los derechos humanos? ¿Que Siria utilice armas químicas contra su población es terrible, pero en cambio, el asesinato de civiles desarmados por parte Israel no son sino incidentes? Nos encontramos ante un contexto en el que posicionarse a favor del pueblo palestino es fácil, sobre el papel, pero no es igual cuando toca activar una respuesta diplomática eficaz.

Ya no es solo por una cuestión política sino humanitaria. Ahora que los focos de la política internacional se han vuelto de nuevo hacia el sempiterno conflicto nos encontramos con que las viejas idiosincrasias prevalecen, como si los muertos fueran un asunto menor, como si hubiese realmente algo que celebrar, y no llorar, en cambio, por que haya más víctimas encima de la mesa. El gobierno de Netanyahu se jacta de un hecho que no puede más que derivar en una espiral de violencia. Los palestinos, a pesar de todo lo que han padecido, defienden su dignidad, como lo harían los propios israelíes en caso contrario. Y para ellos Jerusalén es su capital. Es lo poco que ya les queda, a pesar de que muchos barrios de la ancestral urbe han sido desarabizados y colonizado por hebreos. Paso a paso, como el conjunto del país israelí está logrando su propósito de constituir el Gran Israel. El coste es lo de menos.

Para los ultraortodoxos el fin justifica los medios, porque consideran que Palestina es su tierra sagrada, porque estiman que los palestinos son unos intrusos y les preocupa poco su suerte. La actitud poco generosa, conciliadora y, sobre todo, humanitaria es cruel y asombrosa. Pero es verdad que han sido lustros de propaganda antipalestina. Para un israelí los palestinos son los otros, extraños, en el mejor de los casos, el enemigo, en el peor, estereotipando conceptos claves como que son terroristas y asesinos, como deshumanizándolos, como si ellos actuaran solo con un afán de hacerles sangrar y destruirles. Muchos radicales palestinos e islamistas, del lado contrario, piensan lo mismo de ellos. Los hechos solo han reforzado tales rígidas convicciones. Porque de la misma manera que los israelíes han llevado una exacerbada y exagerada propaganda antipalestina, lo mismo han hecho los palestinos extremistas. Un sentimiento que se retroalimenta. Cuando un simpatizante o integrante de Hamás actúa y mata a un israelí, es un terrorismo atroz, pero cuando Israel mata a medio centenar de personas, entonces… es autodefensa. No era este el caso, en la Franja de Gaza, al menos, no lo parecía. Claro que las consecuencias pueden ser nefastas a la larga.

El presidente Trump, desde el luego, no es el causante de este conflicto, pero lejos de buscar una solución, es un instigador. Ha hecho justo lo que quería Israel, pero eso solo garantiza que los palestinos se rebelen. Igual podían hacerlo hecho por razones mucho más concretas como su miseria, pobreza y desencanto, pero se han movilizado de una forma completa por un símbolo: la ciudad santa. Hasta el rais, Mahmud Abbas, ha afirmado que podría retirar el reconocimiento de Israel como Estado. De llegar a este punto, nos encontraríamos con un retroceso, con una ruptura del único lazo de entendimiento que quedaba vivo entre las dos partes. Por desgracia, esto solo perjudicaría a los palestinos. Son un pueblo débil, roto y dividido entre Hamas, el radicalismo antiisraelí, y la Autoridad Palestina, sumida en su propia corrupción y políticas clientelares, que no cuentan tampoco con aliados de peso internacional. La estrategia israelí de ir destruyendo la integridad territorial de los palestinos es ya casi un hecho palmario.

Arrinconados en Gaza y viendo como Cisjordania se halla fragmentada gracias un conglomerado de pequeñas colonias israelíes. Además, los territorios palestinos dependen de la ayuda exterior y la magnanimidad de Israel… cuentan con una economía ruinosa, con altas tasas de paro, alta miseria social y escasas infraestructuras (y muchas construidas con ayuda europea fueron destruidas por el ejército israelí en su última operación de castigo). Tanto es así que la última violencia en la Franja de Gaza ha saturado la capacidad hospitalaria del territorio gestionado por Hamás. Nos encontramos, sin duda alguna, ante una catástrofe humanitaria sin precedentes. La inacción y la división internacional a este respecto produce sonrojo, como si nadie creyera que los palestinos fueran seres de carne y hueso, seres de verdad que sufren y mueren, sino entes de los que se escucha hablar en los medios y la prensa.

Tristemente, el esfuerzo que algunas organizaciones han hecho y hacen para buscar la manera de tender puentes entre israelíes y palestinos es demasiado frágil para cambiar las cosas. Los halcones israelíes son los que se acaban saliendo con la suya apelando a la seguridad y aprovechándose del miedo ciudadano. No importa que millones de palestinos pacíficos vivan dentro de sus fronteras, mostrando su capacidad para la convivencia, porque se desconfía de ellos, porque la concepción de una Israel que integre toda Palestina, aun con el precio en vidas que se vaya a pagar, es una obcecación a la que, desde luego, no van a renunciar. No importa que el Israel bíblico no sea el Israel real, que la Historia haya traído consigo un nuevo orden en este planeta y que los hechos del libro sagrado sean, en buena parte, mitos y leyendas.

La tragedia palestina

La Nakba (catástrofe) acompaña en su singular paso a los palestinos. Hace 70 años la ONU, en 1948, aprobaba la constitución del Estado de Israel, pensando que sería una buena salida para los miles de refugiados judíos supervivientes de los campos de exterminio nazi, en la Europa de la posguerra. Al fin, las tesis sionistas se convertían en una realidad. Los judíos lograban recuperar su patria perdida desde los tiempos bíblicos. Pero nadie contó con unos invitados a los que se les torció su destino: los palestinos. Las naciones árabes acababan de salir de la oscuridad de la historia colonial para encontrarse constituyendo estados, por lo que todavía no contaban con una incisiva política exterior. Y, por supuesto, los países occidentales impusieron sus propias reglas a costa de dar solución a un problema y activar otro que todavía sigue pendiente de solucionarse. Los recientes acontecimientos sucedidos en la frontera de Gaza dan lugar al pasmoso modo de interpretar el guión de esta película.

Los palestinos se movilizaron para convocar varias marcas de protesta en Gaza y Cisjordania, para mostrar su rechazo a las políticas israelíes de impedir el retorno de los palestinos exiliados (los campos de refugiados en Líbano, Jordania o Siria son ya ciudades del tiempo que llevan allí afincados) y como gesto que les hacía ser visibles a los ojos del mundo. Sin embargo, para Israel, estas protestas son actos de terrorismo, promovidas por Hamás con fines amenazantes. Por lo que sus tropas se limitan a defenderse y actuar como lo haría otro país atacado. Su respuesta, por lo tanto, ha provocado 59 muertos y más de 2.400 heridos palestinos. Sin bajas israelíes. El intento del Consejo de Seguridad de la ONU de investigar tales hechos ha sido bloqueado de facto por EEUU, por lo que volvemos a una peligrosa casilla de salida.

La solución se ve muy clara sobre la mesa: la constitución de un Estado palestino. Pero no es tan sencillo. En primer lugar, nos encontraríamos con la negativa tajante de EEUU que se pondría de parte de Israel, quien, de no cambiar la composición de su gobierno, nunca lo aceptará. En segundo lugar, no menos importante, la cuestión sería qué fronteras definirían a los dos estados, en qué quedaría Gaza, en qué Cisjordania, qué sucedería con los muros y, sobre todo, con los colonos hebreos, cuya influencia es tan determinante en Israel, y que se negarían a marchar, al creer que toda esa tierra es suya. Y si se lograse superar estos dos escollos, los más fáciles incluso, nos enfrentaríamos a otros dos casi imposibles: la negativa de Hamás y otras organizaciones radicales a reconocer a Israel; y la contraria, la de los ultroortodoxos hebreos a hacer lo propio con Palestina. El odio, el resentimiento, el recelo, el prejuicio, el racismo, en suma, son una serie de elementos emocionales ya de por sí muy sustanciales que separan y distinguen ambas sociedades. Deberían estar obligadas a entenderse, pero no es así, porque Israel ha decidido actuar de otro modo. Sus políticas han venido dirigidas hacia la destrucción paulatina y sistemática de la integridad del pueblo palestino.

La constitución de Israel ha sido a consta de este antes incluso de que la amenaza del terrorismo fuera su justificación para proceder como lo hace. Y aunque la acción terrorista no se hubiese dado, el proceso habría sido similar con la expulsión de la población palestina y la colonización de sus pueblos, ciudades y regiones. El sionista ha obrado en consecuencia. Palestina es la patria de los judíos y, por lo tanto, cualquier otra consideración está fuera de lugar. Los palestinos son unos intrusos en el mejor de los casos y, en el peor, terroristas que han que tratar con mano dura porque no merecen otra respuesta. El apoyo, mayormente, incondicional de EEUU ha permitido que Israel siempre haya podido sortear las denuncias, condenas o sanciones que la ONU podría haber impuesto a un Estado que es incapaz de respetar los derechos humanos. Israel es el único estado racial del mundo, pero, además, está ubicado en pleno corazón de Oriente Medio, rodeado de una mayoritaria población árabe que nos les aprecia por el maltrato dispensado a los palestinos. Su afán de supervivencia ha traído consigo que el país se fuera modernizando a pasos agigantados, lo cual es digno de admirar, y que se convirtiera muy pronto en una potencia militar regional. Pero nunca observó integrar a la población palestina, ni reconocerla ni respetarla, y desde que se fundara Israel todo ha sido uno.

La comunidad internacional ya no es tan favorable a Israel como en otro tiempo, cuando el victimismo del Holocausto apelaba a la conciencia internacional, porque sus abusos y violencias son imposibles de soslayar. Cualquier otro estado democrático jamás podría, en conciencia, justificar su modo de proceder. El uso de la fuerza se ampara en aras de la seguridad interna de Israel, y eso sería comprensible si, como era antes, se producían atentados terroristas, pero no cuando las protestas son pacíficas. Si Israel lo ve todo como una amenaza y no distingue entre civismo y terrorismo tiene un grave problema de paroxismo. La decisión de Trump de trasladar la embajada de EEUU de Tel Aviv a Jerusalén (reconociendo su capitalidad) ha avivado las brasas de la indefensión palestina. Por ahí no puede venir una solución cuando lo que se ve es que el gobierno de Netanyahu aplaude la medida y la Autoridad Palestina, de Abbas, la rechaza. Aquí, se comprueba no tanto de qué parte se está sino la incapacidad de EEUU de actuar de una forma afín a unos principios mundiales. La situación del pueblo palestino es desesperada. Ahora que la amenaza del Estado Islámico parece haberse solventado, la forma de actuar de Israel en Siria, atacando intereses iraníes, no parece ser la más inteligente para plantear un futuro que nos ayude a desmovilizar a Ares (señor de la guerra) y activar la crucial diplomacia. Solo así es posible no tanto encontrar una solución inmediata sino el mutuo reconocimiento que los lleve a perfilar un entendimiento pacífico.

El Sahel y el yihadismo

El territorio del Sahel es una amplia marca geográfica, zona de transición entre el desierto del Sáhara y la sabana, que se extiende a lo largo y ancho del corazón de África. Una región dura para vivir, con diversas tribus independientes de tradición nómada y que no reconocen más autoridad que la suya, frente a los estados que emergieron tras el proceso de descolonización de los años 50. Estados, en suma, afectados por la inestabilidad política, las tensiones sociales, hambrunas y desastres naturales, sublevaciones armadas, actividad guerrillera, criminalidad y, por supuesto, terrorismo. La parte norte del Sahel, salvo Libia actualmente, ha sido más estable que la sur. Esta parte, mayormente, ha sido un espacio sumido en una crisis permanente, con una escasa repercusión internacional (salvo cuando eso afecta a los intereses económicos occidentales), y donde la falta de sistemas políticos democráticos consolidados o inexistentes, se une con una diversidad étnica/ tribal/ religiosa que provoca que no estén cohesionados y con diversos grupos desafectados que generan situaciones de malestar y violencia. Es un espacio donde la presencia institucional estatal es muy escasa o inexistente. Y los gobiernos de la zona no cuentan con cuerpos de seguridad suficientes capaces de controlarlos, debilitados, en todo caso, por la corrupción, la falta de formación o ya dejación de sus funciones. Las fronteras son, en esencia, sumamente porosas lo cual, sumado a todo lo anterior, concurre en favorecer el surgimiento de grupos armados incontrolados. La introducción de las corrientes salafistas ha sido un añadido más a este explosivo cóctel, y ha traído consigo la constitución de alianzas entre islamistas y clanes / tribus, como en el caso de la rebelión de los tuaregs, en Malí, apoyada por yihadistas. Las primaveras árabes han dado, incluso, como resultado una mayor inestabilidad en la región norte. Y los problemas se suceden. La derrota del Califato (ISIS o Estado Islámico), antaño gran polarizador de recursos y voluntarios, ha suscitado un mayor impulso de nuevos grupos semejantes en otras partes. Sin ir más lejos, en la zona que rodea al lago Chad, entre Nigeria, Níger, Camerún y Chad, se ha consolidado un grupo que se autodenomina Estado Islámico de África Occidental (ISWA).

La sobreexplotación del lago, que ha perdido el 90% de su superficie, afectando al destino de 17 millones de personas, conlleva a que el 60% sobreviva gracias a la ayuda humanitaria. Los intentos de recuperar esta reserva vital acuífera lejos están de dar sus frutos. Ahora bien, esta desesperación ha permitido la implantación con fuerza del ISWA. Aunque es una escisión de la sangrienta Boko Haram, su estrategia es más hábil y eficaz. Si aquella se caracteriza por el uso del terror indiscriminado, esta trata de captar a los civiles comprometiéndose con ellos a garantizar su defensa y bienestar. El ISWA, como ya lo hizo el EI, actúa como un estado proporcionando semillas a los agricultores, fertilizantes, leña, además de no atacar más que a las fuerzas gubernamentales. De esta forma pretende impulsar la economía en una zona muy afectada por la miseria, constituyendo una administración paralela a la de unos estados incapaces de actuar. El ISWA, finalmente, se ha consagrado a garantizar la seguridad de las propias aldeas, incluso de los ataques de Boko Haram, a los que consideran sus más fieros rivales, invitando a los refugiados a que vuelvan. Sin embargo, los métodos son también igual de expeditivos cuando la ocasión lo requiere. Por ejemplo, cerca de la ciudad de Baga, asesinó sin miramientos a treinta pescadores que no aceptaron su sumisión (cerca de donde Boko Haram asesinó a 2.000 civiles, en 2015). El éxito de la estrategia (terror y paternalismo) del ISWA le ha llevado a controlar no solo la periferia del lago Chad sino hasta un centenar de kilómetros tierra adentro, estimándose que cuenta con una fuerza operativa de entre 3.000 y 5.000 milicianos.

Aunque Boko Haram, debido a su carácter ultraviolento, sigue siendo la amenaza principal de los gobiernos regionales, utilizando incluso a 135 niños kamikaze, en la sombra, discretamente, el ISWA está ganado posiciones. Ha mantenido un perfil bajo (en su repercusión mediática), lo cual le ha permitido avanzar, sin ser casi percibido, en su control territorial y en la consolidación de sus estructuras. Este modelo exportado por el EI desde Siria e Irak, ya se ha observado que ha cobrado sus reminiscencias en Libia, Yemen o Afganistán, países desgarrados por la guerra, la violencia y, ante todo, por la falta de una entidad estatal digna de tal nombre. El contexto que rodea al lago Chad, en esta zona del Sahel, reúne, como hemos visto, las condiciones perfectas para que, tristemente, el ISWA prospere. Ninguno de los tres países afectados cuenta con medios eficaces para atajar la nueva emergente amenaza.

Nigeria mantiene una opacidad informativa que impide conocer si su lucha antiterrorista está siendo eficaz o no; Níger es uno de los estados más pobres de África, por lo que no tiene recursos, ya no solo militares, sino para impulsar políticas activas de desarrollo; Camerún busca la manera de evitar que penetre el yihadismo por la zona norte, la más pobre, y el Chad tiene los mismos problemas. Aunque se han realizado una serie de operaciones militares, con apoyo de EEUU, Gran Bretaña y Francia, la situación lejos está de ser controlada, ante la capacidad del ISWA y de Boko Haram de aprovecharse de las circunstancias en las que vive la población y del entorno. Porque está claro que los grupos yihadistas prosperan allí donde la desesperación es mayor y donde los estados afectados no son lo suficientemente fuertes o estables para contraponerse a ellos. Por eso, hoy más que nunca, hay una necesidad de que la ONU lidere un cambio global de compromiso contra el terror y, sobre todo, el desarrollo humano y social de estas zonas.

Película: 7 días en Entebbe (2018), de José Padiha

Inspirada en la historia del secuestro del avión de Air France, en 1976, por un grupo de terroristas palestinos y alemanes, el filme tiene su mayor mordiente en el mensaje que pretende trasmitirnos: la violencia y el terrorismo nunca alcanzan sus propósitos, es una espiral de locura infinita. El cine, después de todo, permite reconstruir los hechos y ofrecer un nuevo enfoque; permitirse el lujo de llenar las lagunas que nos faltan de información, en ese sentido, del proceso reflexivo interior de cada terrorista, sus dudas y, finalmente, incluso su arrepentimiento y sus buenos sentimientos. Es verdad que a la trama le acaba pesando no ser muy incisiva, busca el modo de que el espectador entienda y vea el secuestro no como un capítulo más en el que prime la acción y el drama sobre los personajes, pero le falta desarrollar mejor esa misma tensión psicológica. Sí se nos revelan algunos aspectos de interés, como las contradicciones de los terroristas; mientras los palestinos lo hacen porque aman a su país, los dos alemanes lo hacen porque odian al suyo. Incluso se evitan ciertos clichés, y así, los terroristas muestran simpáticos gestos como cuando permiten a los niños jugar fuera de la terminal, o cuando Brühl muestra su humanitarismo y libera a una pasajera, porque le hace creer que va a tener un aborto.

El mayor peso de la historia descansa en los personajes de Rosaumund Pike y Daniel Brühl, que representan a los dos integrantes de las Células Revolucionarias alemanas, que junto al Frente de Liberación Nacional Palestino acometerán esta audaz acción. Tras secuestrar el avión, con 248 pasajeros, una parte de ellos israelíes, vuelan hasta la Uganda del dictador Amin, previo repostaje en la Trípoli de Gafadi, y desembarcan a los rehenes en la antigua terminal del aeropuerto de Entebbe, pensando que estarían lejos de la influencia israelí. Desde allí, reclaman la liberación de más de 50 activistas palestinos si no quieren que corra la sangre. Ahí, incluso, tiene su papel Amin puesto que apelan a su enorme ego, indicándole que podría lograr el Nobel de la Paz si interviene favorablemente Isaac Rabin logrará la liberación de los rehenes extranjeros no hebreos. El filme nos presenta, así mismo, la línea de actuación del mítico Rabin, entonces primer ministro, y a Simón Peres, ministro de Defensa. El primero se presenta como un político que tiene claro que el conflicto no puede acabar sino bajo el signo de la negociación. Mientras que Peres es de los hombres duros de su gabinete y su postura es más intransigente, considera que la intervención militar es la única vía y el único lenguaje que entienden los palestinos. Israel no negocia con terroristas.

Pero Rabin tiene que decidir en una difícil encrucijada, intervenir puede acabar en desastre, se trata de una operación de alto riesgo, en un país extranjero, a miles de kilómetros de Israel, y hacerlo es continuar con la misma política agresiva de siempre. También se nos cuenta, en paralelo, la relación de uno de los soldados de élite elegido para la misión de rescate con su novia, que es bailarina. La pareja no es feliz. El modo en que él se juega la vida interfiere en su relación. De hecho, hay una frase muy importante en la que él le expresa que su trabajo es que ella pueda bailar. A lo que ella le responde, “¿y si dejo de bailar?”. Se enfatiza, ahí, una vez más, el efecto tan pernicioso que es vivir en la violencia. Por otro lado, el joven activista germano se encontrará en una compleja situación, cuando se da cuenta que, si las negociaciones fallan, tendría que asesinar a judíos inocentes. Como alemán tiene muy clara la conciencia sobre el Holocausto. Incluso, una noche, descubre que una de las rehenes es una antigua superviviente de los campos de la muerte. Y la pondrá a salvo en cuanto puede. El proceso en el que los dos jóvenes terroristas deciden participar para publicitar la causa revolucionaria alemana no está bien incorporado, en repetidos flash-back, y hacen que poco a poco se desinfle el drama. Aunque se llega a revelar las estrechas relaciones que hubo en los años 70 entre los distintos grupos revolucionarios europeos e internacionales, se adentra poco en ello. Es verdad que frente a las películas norteamericanas donde priman la acción y el heroísmo, constituyendo los militares el (falso) modelo para garantizar la libertad de las personas, aquí hay un valioso cambio de registro. La liberación de los rehenes es incidental.

Cuando, por fin, se decide actuar e intervenir, Rabin lo hace con pesar, el joven militar que se prepara para el asalto tendrá dudas, aunque luego actuará de forma valiente, pero el director resuelve la liberación con una corta escena, para no darle tanta trascendencia. Es un éxito relativo. Se centra, sobre todo, en valorar la reacción de los dos jóvenes alemanes que deciden no matar a los rehenes, morirán eso sí, mostrando cierta humanidad; enfatizando que el terrorismo no es heroico, sino absurdo. La película tiene la virtud de no justificar ninguna violencia (la coreografía musical que vemos así lo simboliza), sino en verla como un drama terrible. De hecho, Rabin sería el primer ministro israelí que emprendería unas negociaciones con los palestinos con el compromiso de construir dos estados y, por eso, será asesinado, años más tarde, por un ultraderechista judío.

Hasta Simón Peres será un político que se avendrá, con los años, a cambiar de estrategia y a impulsar la opción diplomática. La pena es que las buenas intenciones y la apuesta final por el entendimiento como vía para alcanzar a resolver los conflictos no acaba de cuajar del todo y no trasciende a los hechos. Sí es importante que la trama evita construir manidos estereotipos, aquí no hay buenos ni malos, solo palestinos que han sufrido, europeos revolucionarios confundidos, rehenes y supervivientes del horror nazi, israelíes corrientes que padecen el conflicto, y que desvela funestamente como todavía hemos sido incapaces de solventar el enquistado conflicto palestino.

El zar Putin

Elegido sin discusión, una vez más, como nuevo presidente, con el apoyo del 77% de los votos escrutados (aunque con mayor abstención que otras veces), Vladimir Putin, de 65 años, comienza lo que, en teoría, debería ser su último mandato. Ya son 18 años (casi un reinado). Pero no parece que vaya a ser esa su intención, tras haber presentado un ambicioso programa social. En 2008 se cambió la Constitución, el mandato presidencial pasó de durar 4 a 6 años, no pudiendo serlo más de dos legislaturas consecutivas. De ahí que, ese año, fuera elegido Dmitri Medvédev, un joven abogado al que ahora ha pedido que sea su primer ministro. La aspiración de Putin es dejar una herencia duradera, una impronta imborrable en la Historia. Por eso, tras haber devuelto el orgullo a los rusos, su prioridad más destacada va a ser elevar el nivel de vida de los ciudadanos. Es un grave problema que ni el mismo mandatorio puede esconder.

Los indicadores hablan de unas dinámicas negativas tanto a nivel educativo y sanitario como demográfico. A pesar de ello, no omitió en su discurso inaugural, el pasado 7 de junio, el patriotismo ruso. Con unas grandilocuentes palabras expresó: “A lo largo de su historia milenaria, Rusia ha atravesado en más de una ocasión épocas de confusión y de pruebas, y siempre renació como el ave Fénix, y se alzó a unas alturas a las que otros no pudieron llegar, que se consideraban inalcanzables”. Omitiendo que esa presunta grandeza ha tapado bajo la alfombra demasiado dolor, sufrimiento, guerras, conflictos y revoluciones, que solo ha traído desesperación. El nacionalismo suele esconder estos elementos amargos para centrarse en las glorias efímeras que rara vez las disfruta la gente corriente. Pero, al margen de la retórica populista, por primera vez, Putin parece darse cuenta de que sus políticas no podrán prosperar sin un cambio de orientación y los desafíos a los que se enfrenta no son pocos. Su agresiva política exterior, que tan buenos créditos le han dado en casa, al cimentar la idea de que Rusia ha vuelto a ser grande, con la anexión de Crimea, la guerra en Ucrania y, por supuesto, la intervención en Siria, ha tenido efecto contraproducentes en otras esferas.

En concreto, las sanciones económicas que ha sufrido que han repercutido fuertemente en la contracción de la economía, alejando inversiones e impidiendo préstamos. Putin parece haberse dado cuenta de que esta política que le excluyó del G8, por ejemplo, ha sido un lastre, solo ha encontrado el apoyo de países como China, Turquía o Irán. Por eso, señalaba que ahora que la seguridad de Rusia está garantizada (no aludió a esos misiles y nuevas armas que le iban a dar una superioridad armamentística) había que preocuparse de aspectos más generales como son impulsar los valores familiares, la maternidad y la infancia, ante el grave problema demográfico que sufre (consecuencia de las malas condiciones de vida, falta de expectativas y depresión psicológica de los rusos). Es verdad que reconocía que “no todas las heridas históricas se han cicatrizado, no todas las pérdidas y dificultades se han superado”, pero exhortaba en su confianza a que la patria rusa superaría tales afecciones.

En este firme compromiso estratégico, nada más jurar el cargo, firmó un decreto con una serie de objetivos que van más allá del año 2024 (fin de su presunto último mandato), como es elevar la esperanza de vida hasta los 80 años (actualmente está en 70, de las más bajas de Europa), acabar con las muertes en carretera (con unas tasas muy altas), aumentar las expectativas de vida sana (o útil), que daría pie a elevar la edad de jubilación y, por supuesto, incrementar el coeficiente de natalidad. Así mismo, se ha comprometido a que las pensiones crezcan por encima de la inflación, situándola en el 4%, y se ha fijado el aumento de la productividad en la industria. Un plan muy ambicioso, aunque sin aclarar, en muchos aspectos, cómo va a lograrse. A nivel cultural, su prioridad será “el reforzamiento de la identidad ciudadana rusa”, apostando por el cine nacional y por el impulso de salas de cinematografía en aquellas poblaciones que no dispongan de ellas. En perspectiva, las intenciones manifiestas de Putin son las adecuadas, si no fuera porque tras ello hay más de lo que se esconde. ¿Cuáles han sido, entonces, sus verdaderos logros tras 18 años en el poder? ¿por qué esta priorización de la agenda social no ha sido atendida antes?

No hay respuesta. Aun así, ese nuevo programa tiene que sortear muchos escollos, como son las inercias arrastradas, la enorme dependencia que tiene Rusia de sus exportaciones, el poder de las oligarquías, la necesidad de mantener una costosa política exterior (tal y como escribe Pilar Bonet (8-5-18), lo peor, es que “la política exterior de Putin tiene costes económicos y sociales para el empresariado y la población, aunque la sociedad no siempre percibe la relación entre ambas cosas”) y, por supuesto, la enorme corrupción que campa por sus anchas. Con todo, ese discurso nacionalista y el control que tienen los servicios de seguridad del Estado de toda disidencia y crítica interna no parece que tampoco sean buenos indicadores. Porque, en cualquier democracia que se precie, la renovación de los organismos estatales es no solo necesaria sino fundamental para evitar que se creen redes clientelares, se imponga el nepotismo y se generalicen los abusos, amén de evitar la negligencia y apostar por los más capaces para el desempeño de sus funciones. Putin ha sabido alimentar a los rusos con un ingente patriotismo. Pero tras ello, y tras la marcada xenofobia y la despreciable homofobia, solo hay una carencia muy grande a la hora de ofrecer a la sociedad seguridad, justicia, derechos y principios que la hagan creer más en sí misma que en sus propios gobernantes, pilar básico para que Rusia pueda, realmente, emprender una senda de progreso afín a Europa (con sus contradicciones y defectos). Sin esa base, todo lo demás es humo.

Homenaje a Martin Scorsese

El genial director neoyorquino ha sido galardonado con el premio Principio de Asturias de las Artes y las Ciencias de 2018. Y aunque no creo en esta clase de eventos, sería ingrato no reconocer las excelencias de un director cuya filmografía ha contribuido de forma tan singular a la historia del cine, no solo como director, sino que además ha realizado una importante labor como productor, documentalista e incluso ha participado como actor, aunque en estas facetas no sea tan reconocible. Scorsese nacería en Queens, en 1942, en el seno de una estricta familia católica. De rostro italoamericano, pequeño y con una manera de hablar rauda comenzó muy pronto con su obsesión con el séptimo arte viendo una y otra vez Los cuentos de Hoffman (1951), degustando las, entonces, en boga grandilocuentes películas como Tierra de faraones (1955) y El Cid (1961), sin olvidarnos de los clásicos de John Ford, entre los que destacaría Centauros del desierto (1956), siendo además un gran admirador del cine europeo, ya fuera el neorrealismo italiano o la Nouvelle vague.

Tras una primera etapa en la que quiso ser sacerdote, así lo confesaría, cambiaría el rumbo de sus pasos en 180º, yendo a la universidad a estudiar cine. Los años 60 fueron para Scorsese de formación y confirmación de un artista que, muy pronto, iba a apuntar grandes maneras. Sus propias obsesiones religiosas, el pecado, el perdón y la redención, iban a estar muy presentes en sus primeros trabajos, dándose a conocer, al gran público, como en Malas calles (1973), en la que participarían unos jóvenes Harvey Keitel y un principiante que iba a llamar mucho la atención, un tal Robert DeNiro, que le presentó Brian DePalma. Este filme, hoy, verlo es como recibir un puñetazo en el estómago. Es una película cruda, directa, visceral, como un trabajo en bruto en el que Scorsese iba a ir poco a poco afinando su estilo, viendo como la música y el diseño de los planos se convierten en un elemento central de su narrativa fílmica. Al año siguiente, le ofrecieron rodar Alicia ya no vive aquí (1974), un drama pequeño, que tuvo muy buena acogida. Sin embargo, en este marco de plena efervescencia creativa surgirán películas que, sin duda, le han situado en un lugar muy destacado como fueron Taxi Driver (1976) y Toro Salvaje (1980), aunque por el camino quedarían dos filmes que fracasaron en taquilla y no obtuvieron el beneplácito de la crítica, como New York, New York (1977) y El rey de la comedia (1982). Además de dejar para el recuerdo el documental El último vals (1978), un concierto de The Band, y American Boy (1978), dos entre de los que ha realizado.

Los años 80, que arrancaron para Scorsese con la tremenda Toro Salvaje, aunque no obtuviera mucho éxito de público, le confirmaron como un realizador al que le encanta ahondar en la desgarradora alma humana. Le siguieron otras películas, bien construidas, como Jo ¡que noche!, El color del dinero y unas de sus obsesiones religiosas, La última tentación de Cristo, muy polémica en su día, que iban dando forma a una variada y rica filmografía (a la que siguieron nuevos trabajos documentales). Sin embargo, sería un tema muy vinculado a su vida personal el que volvería a subrayar su aguda visión sobre EEUU, Uno de los nuestros (1990), tal vez, el mejor retrato social que se ha hecho de la mafia norteamericana. Al año siguiente, DeNiro le insistiría en que realizara un remake de la versión de El cabo del miedo, y aunque, tras rodarla, adujo que no se sintió muy a gusto con ella, encaja bien con el tema de las obsesiones humanas que tanto interés han suscitado en él, aunque es verdad que no acaba de ser una película redonda. Le seguirían dos realizaciones distintas en estilo y temática, que van a definir el dual carácter de sus siguientes trabajos, como son La edad de la inocencia (1993), filme de época, intimista, elegante y sutil, y Casino (1995), su última colaboración con DeNiro (hasta The irishman, que se acaba de rodar). En Casino, Scorsese retoma esa temática mafiosa, radiografiando la ciudad de Las Vegas, que se puede ver tanto como un documental, debido a su preciosista puesta en escena y al recurso habitual de la voz en off, o como drama humano, ya que, casa habitual en él, hay mucha violencia, contemplada de una forma cruda y realista. Tras el éxito de Casino, rodaría Kundun (1997) y Al límite (1999), que dejaba en evidencia algunos tics del director como un repetitivo y fatigoso ritmo acelerado o ya una tendencia a olvidarse que las tramas tienen que tener un momento cumbre, un clímax, y que está dirigida a un público que necesita apreciar la tensión dramática.

Sin embargo, los siguientes trabajos le han convertido no solo en un director laureado sino taquillero, con trabajos como Gangs of New York, The Aviador e Infiltrados por el que, por fin, tras ocho nominaciones, lograba el Oscar como mejor director, aunque no fuese su mejor realización. En esta ya última etapa, tras la comercial, aunque inquietante, Shutter Island (2010), compondría su magistral homenaje a los orígenes del cine con La invención de Hugo (2011), a la que le seguiría la exagerada, aunque lograda, El lobo de Wall Street (2013), muy acorde con su estilo habitual, y Silencio (2016), en el que volvía a su veta religiosa, al retratar la llegada de los jesuitas a Japón, con un ritmo demasiado lento, en el que, de nuevo, sobresalía el gusto por una grandilocuente y hermosa puesta en escena. Aun así, con sus aciertos y desacierto, en su particular visión, Scorsese nos ha aportado un puñado de emblemáticas películas que siempre estarán ahí, configurando nuestro imaginario, abordando la imagen no solo como un hombre curioso al que fascina el mundo tras la cámara, sino como un auténtico retratista, a veces, con un exceso de violencia turbadora, y otras con su proverbial genialidad analítica, que pertenecen ya, sin dudarlo, a los anales del cine actual y contemporáneo.

ETA entierra el hacha

Finalmente, la banda terrorista ETA anunciaba en una misiva, al estilo que nos tenía acostumbrados, el fin de su ciclo y su función, utilizando para ello el término “disolución” (y no desmantelamiento como se pensaba). En ella se dignaba reconocer “el sufrimiento provocado como consecuencia de la lucha”, al menos, en la parte que afirma le toca. Pero también señalaba algunos otros aspectos interesantes como que su intención era que la “confrontación armada [tuviera]un final ordenado, racional y constructivo”, indicando que la Declaración de Aiete fue la piedra angular de un esperanzador propósito, frustrado por los gobiernos francés y español. A pesar de todo esto, ETA sigue indicando que “Euskal Herria fue el punto de partida y el objetivo de toda su actividad”, que delegó en la sociedad civil su desarme, porque “se formó del pueblo y al pueblo vuelve”. Prosigue el comunicado expresando que su aportación está ligada inexorablemente a la “consecución de la paz y la libertad”. Y tras justificar de una forma tan romántica esta decisión política de abandonar la mitificada lucha armada, se calificaba a sí misma como de ser valiente y responsable ante “la construcción del futuro desde un punto de vista nuevo”, en otras palabras, sin violencia.

Pero, a partir de ahí, vuelve a subrayar que el conflicto sigue ahí, estando presente, nacido antes de su existencia y que, a pesar de todos sus ímprobos esfuerzos, y de toda la suerte de “oportunidades perdidas” solo se han alargado y prolongado el sufrimiento social. Por eso, finalmente, aboga por no dejar que “los problemas se pudran” y que se deben curar las heridas. Acaba por aconsejarnos “con toda humildad”, en una interpelación, que “la solución del conflicto y la constitución de Euskal Herria os necesita a todos vosotros, porque el futuro es responsabilidad de todos. Y lo cierra indicando que los “militantes de ETA”, con la “responsabilidad y honestidad de siempre”, estarán siempre comprometidos con esta noble tarea…

Así, quien pensaba que ETA iba a asumir su derrota militar y política se decepcionará. Pero, por otro lado, la banda no podía hacerlo de otra forma. Su sesgada visión de lo ocurrido en Euskadi no ha cambiado, sino que se ha ido acomodando a las nuevas realidades surgidas con el impacto que ha ido teniendo el reconocimiento de las víctimas y la respuesta social. Pero, en lo que le toca, en vez de comprender la ilegitimidad de su proyecto criminal, lo adorna y envuelve como si la causa pudiera ignorar que los cientos de víctimas son la única contribución que ha hecho el terror de ETA a Euskadi. Utiliza para edulcorar su realidad una serie de adjetivos muy cuidados que dotan a su actividad terrorista un aire caballeroso, sosegado y honesto, como señala, que ha estado muy lejos de ser verdad. Hasta se imagina que los vascos apoyaron su lucha, que hubo algo de heroico y de justo en ella, como si fueran los otros los que hayan negado la voz del pueblo vasco y Euskadi, a pesar de todo, esté inmersa en un nuevo contexto de esperanza gracias a la apuesta por la utilización de otras vías por parte de ETA.

A ETA le debemos agradecer que el espíritu de este pueblo no se haya adormecido o haya muerto, que el conflicto siga vivo (aunque no explica en qué consiste), que la paz haya llegado y que pueda abrirse un camino a la solución, frente a la negativa de quienes la obstaculicen los opresivos estados que impiden que sea independiente. Y aunque a la mayoría todo esto nos suene a un mal chiste, no podemos pasar por alto las declaraciones de Arnaldo Otegi que daba la razón a ETA manifestando que “refleja su responsabilidad al dar por concluida de manera ordenada su actividad” … su ¿actividad? Quería decir el uso y abuso del terror; ¿ordenada? quiere expresar con eso: incapacidad por proseguir con su historia de violencia. Pero, a pesar de admitir que está contento por el hecho, cree que “seguimos siendo un pueblo que todavía no conoce la paz ni la libertad”. O, lo que es lo mismo, que la llama del conflicto sigue viva, porque los vascos no somos soberanos. En todo ello no hay un análisis mínimamente crítico de lo ocurrido, la mal denominada batalla por el relato, como señala Gaizka Fernández Soldevilla, solo evidencia que la retórica abertzale se escuda tras un inventado pueblo vasco en cuyo nombre ETA afirma haber matado. Cuando somos cientos de miles de hombres y mujeres que, en primer lugar, han repudiado a ETA y, en segundo lugar, sí saben que viven en paz y libertad. Sobre todo, con el fin del terrorismo. No obstante, negar lo evidente es lo natural en ideologías que se han empeñado en confundir mito y realidad, en minusvalorar el dolor y el sufrimiento humano, convirtiéndolo en un elemento de la causa.

ETA no fue ni ha sido “responsable ni honesta”, la naturaleza del conflicto vasco solo ha servido como coartada para matar y amenazar a la sociedad española y, también, vasca. ETA parece que se olvida de que su lucha no fue solo contra un enemigo externo sino interno, contra todos los vascos que pensaban de un modo diferente a ella y le resultaban una amenaza a sus intereses. Este final ordenado al que se refería ETA y Otegi no es sino el canto del cisne de un patetismo que encubría la incapacidad de la banda por proseguir con una actividad violenta. El hecho de que ETA se abriera a un nuevo ciclo vino dado por su propia incapacidad de poder matar… Y, así, los esfuerzos por “encauzar por vías racionales al conflicto” que menciona fueron, ante todo, un intento por evitar más muertes no porque la racionalidad tuviera nada que ver con ella.

La racionalidad de ETA era matar para alcanzar un fin. ¿Qué lógica democrática es esa? Ninguna. Muchos exetarras lo reconocieron así y se dieron cuenta del error de sus motivaciones. El tiempo de ETA ha terminado, por fin. Eso es lo bueno. Ahora se abre un ciclo de memoria, recuerdo y reconocimiento de las víctimas. Esta es la base de nuestra libertad.

El ISIS (EI) y la propaganda

Una vez ganada la batalla en el terreno militar, aunque no del todo, las Fuerzas de Seguridad occidentales se han puesto en guardia para impedir, de todas las maneras posibles, que la propaganda yihadista pueda volver a hacer de las suyas. Pensemos que si, en lo positivo, las redes sociales fueron capaces de favorecer y capitalizar el triunfo de la primavera árabe en Túnez y Egipto, por ejemplo, aunque en este último país acabaría fracasando, en lo negativo, las redes sociales contribuyeron de forma magnífica a que el ISIS, el Estado Islámico, captara a miles de voluntarios por todo el mundo. Aunque, desde Europa, contemplemos con horror las imágenes de hombres asesinados terriblemente (militares, periodistas, occidentales, etc.) por parte de los milicianos del EI, desde la posición de estos, el mostrar que su batalla contra los infieles era exitosa animaba a viajar hasta allí para sumarse a sus filas a muchos jóvenes desarraigados. La misma proclamación del Califato tuvo su eco para muchos musulmanes suníes que sintieron la llamada de la fe.

No solo fueron jóvenes sino también muchas mujeres seducidas por el hecho de convertirse en huríes que ayudaban a los guerreros del Islam en su misión sagrada. Muchas de ellas hicieron oídos sordos a las advertencias de las terribles condiciones de vida que allí les aguardaban. Fueron unos cientos de miles, suficientes para reforzar las filas del incipiente EI, para ayudarle a expandir el territorio que dominaba por Irak y Siria, con una fuerza militar, tal vez, no preparada como un ejército, pero sí fiel y fanatizada.

Por eso, para las sociedades occidentales la preocupación era doble; por una parte, debía impedir que tales voluntarios volaran hasta Oriente Medio, porque su colaboración reforzaba al ISIS. Pero, peor aún, mostraba la influencia que podían traer estos movimientos radicales en sus países de origen, en mezquitas o centros religiosos, que podían propagar corrientes salafistas o wahabitas, y acabar provocando ciertas tensiones sociales. Es más, el temor al terrorismo de estos grupos estaba muy presente tras los atentados en Madrid, Londres y París, con células durmientes capaces de golpear de forma brutal y arbitraria. Es verdad que en el momento de apogeo del EI, el epicentro de su interés se hallaba en Oriente Medio, buscando la manera de consolidar su territorio y gestionar esta nueva realidad como un estado, a diferencia de Al-Qaeda, sin un territorio físico que defender. Cuanto más avanzaba en Siria e Irak, cuanto más tiempo transcurría, y se valoraban sus logros, se mostraba que el EI parecía consolidar una peligrosa realidad. Pero todo esto alertó a las autoridades occidentales y, por supuesto, comenzó no solo un nuevo combate en las calles, para detectar posibles células y posibles lugares de captación de voluntarios/as, sino también en las redes sociales y distintos medios de comunicación facilitados por Internet, para desmantelar todos estos circuitos que ofrecían una imagen atractiva para los jóvenes musulmanes. Porque, aunque se ha logrado vencer al EI, tras la toma de Mosul y de Raqqa, sus dos capitales principales, todavía tiene estructuras en otros lugares, gracias al brillo efímero de sus primeros éxitos. El Califato es el sueño radical, volver a los orígenes del Islam primitivo, sin importarles los medios que haya que utilizar para lograrlo. De ahí que haya cobrado tanta importancia la coordinación de diferentes agencias de inteligencia para atajar el problema desde su origen, controlando los centros religiosos yihadistas (vinculados tanto al EI como a Al-Qaeda) y también golpeando allí donde es crucial impedir que el EI prospere, en la propaganda.

Así, recientemente, se publicaba una noticia, que tal vez ha pasado más desapercibida de lo que debería, en la que se anunciaba el desmantelamiento de la agencia yihadista Amaq (Amaq News Agency), la radio al-Bayan y los medios Halumu y Nashir, gracias a la colaboración de EEUU, Canadá, con países de la UE como Bélgica, Bulgaria, Francia, Países Bajos y Reino Unido, mostrando el alcance global del yihadismo. Todos estos medios eran utilizados para difundir sus mensajes extremistas y las imágenes de sus atentados. La compleja red informativa utilizaba servidores en Panamá (gracias a la mediación de España se intervino en dicho país) y Holanda. Desmontar esta maquinaría de propaganda era la pieza que faltaba a esta ecuación para impedir que el mensaje yihadista pueda seguir convirtiéndose en la mayor amenaza a nuestra seguridad, por lo fácil que resulta cometer un atentado. Aunque eso no evita pensar en que los estados occidentales han de aplicarse en tareas de integración e implementación de políticas que hagan visible a la población musulmana, en el mejor sentido de la palabra, para detener a los lobos solitarios y evitar soflamas terroristas. Aunque el problema sigue ahí latente, pensemos que el yihadismo es una corriente que pervierte los fundamentos del Islam, que no va a desaparecer de la noche a la mañana, puesto que sus raíces están muy arraigadas en la tierra. Si bien, la mayoría de los creyentes musulmanes son de tendencia moderada, el radicalismo rigorista mantiene una autoridad e influencia moral de mucho peso.

No todos los rigoristas (ya sean salafistas y wahabitas) son yihadistas, no dejan de ser un elemento de distorsión que impide que el islamismo (movimiento político que pretende modernizar los estados musulmanes) madure hasta el siglo XXI, como lo hicieron las sociedades occidentales, no sin esfuerzo, gracias al laicismo y a la democracia. En todo caso, la gran batalla de nuestro tiempo es buscar la manera de que los radicales no sean los que lleven la batuta de este progresivo avance hacia un convencimiento de que los seres humanos somos todos iguales. Y aunque la fe es un refugio válido para colmar nuestras aspiraciones trascendentes, no debe ser la coartada para construir mensajes de odio, rechazo y, sobre todo, de violencia arbitraria.

El (perverso) efecto ETA

Para el 4 de mayo se anuncia una cumbre en Villa Arnaga, en Iparralde, para escenificar la desmovilización de ETA, avalado por el denominado Grupo Internacional de Contacto (GIC), Foro social y Bake Bidea, que así mismo han invitado a representantes de diversas instituciones vasco-españolas. Por eso, habrá representantes del PNV, EH-Bildu y Podemos. El portavoz del GIC, Raymond Kendall, antiguo director de la Interpol, expresó que la cumbre “va a ser primordial para el avance del proceso hacia la paz definitiva”. Aunque todos estamos aguardando el momento para poder asegurar que ETA ha dejado de existir, por fin, tras tantos años de violencia y sin sentido, también surge el temor a que sea un final acomodado al imaginario de la izquierda abertzale.

El comunicado de ETA dejó muy claro que había unas víctimas legítimas y otras que no, por las que pidió perdón, y que su labor fue hacer frente a la violencia del Estado y el horror de Gernika. ETA no se descabalgaba de su maliciosa idea de que en Euskadi no hay ni ha habido democracia, y aunque no ha logrado su presunto fin de restaurarla, ya ha llegado su hora de desaparecer y dar el relevo. No asume las causas políticas de su fracaso (no digamos las sociales, el rechazo de la mayoría de la sociedad vasca), de su derrota ni, por supuesto, hay intención de llevar a cabo un balance autocrítico en el que señale y reconozca que el único mal era ella misma… sin embargo, la dimensión extraordinaria (y terrible) que alcanza el terrorismo muestra, en esta escenificación de su inminente cierre, su importancia. ETA lo sabe y aprovecha para quemar la última pólvora que le queda para convencer y autoconvencerse de que todos sus horrores han tenido algún valor (y no es así). Y lo ha hecho con una inteligencia que nunca le ha acompañado antes, mostrándose generosa, ponderada, justa e incluso, en cierto sentido, arrepentida. Con ello ha tendido una falsa mano reconciliatoria, mientras el Estado, o sea Madrid y el PP, se la han rechazado de forma despectiva. Tras una guerra, ¿cada parte no ha de asumir la culpa y la responsabilidad por los horrores cometidos que le corresponden? Sí. En lo ideal (aunque rara vez se ha hecho). Pero calificar a un grupo terrorista y su campaña de asesinatos y las acciones antiterroristas de un Estado de derecho como de contienda legítima es ir demasiado lejos.

Colocar en un mismo plano a quien ha pretendido subvertir la legalidad, imponiendo a sangre y fuego su ideario, y ha violentado sistemáticamente los derechos humanos, golpeando de forma cruel a la sociedad civil, y a las instituciones que nos gobiernan, es inadmisible. Es verdad que se cometieron errores en la lucha contra ETA, que hubo torturas y que se creó el inefable GAL, pero cabe pensar que esto no habría sucedido sin la espiral de terror de ETA. Así, dejándonos embarullar por equívocas comparativas, ETA está logrando blanquear su historia de muertes, secuestros y amenazas. Un maquillaje que rebaja, por lo tanto, el efecto tan demoledor que provocó contra aquellos sectores amenazados de la sociedad, aquellos que tuvieron que vivir con escolta ante la posibilidad de ver sus vidas o las de sus familias cercenadas por la banda. Estamos hablando de políticos, representantes de la ciudadanía, periodistas, profesores, intelectuales, policías…

En suma, la sociedad civil en su conjunto. No obstante, ETA y la izquierda abertzale han sabido vender una idea del conflicto vasco equivalente o equiparable a lo ocurrido en Irlanda del Norte. Más o menos, han venido a identificar ambos escenarios, cuando hay muchas diferencias. Pero, aunque fueran parejos, tampoco tienen por qué resolverse de la misma forma. Porque la voluntad de cada sociedad es muy diferente, porque ETA ha sido un martillo pilón y, al final, el hartazgo de las víctimas ha repercutido de una forma clara y nítida a la hora de negar al terrorismo cualquier posibilidad de oxígeno que le haga creer que tuvo algún sentido. Hay que tener cuidado, porque este cese de su actividad violenta está viéndose revestido de muchos ropajes que parecen obviar o pasar por alto su propia historia.

El hecho de que ETA haya dejado nada menos que 300 asesinatos sin resolver dice mucho de su mala memoria. Al mismo tiempo, pide perdón por los inocentes a los que mató, de este modo, revela un aparente acto de contrición moral que, de ningún modo nos debe hacer ignorar su principal carácter homicida ni tampoco a los miles de personas amenazadas. Porque incluso los iniciales asesinatos legítimos (como el de Carrero Blanco, durante el final del franquismo) llevaron a otros que fueron totalmente fríos y terribles, como el del joven concejal del PP vasco Miguel Ángel Blanco… todos ellos fueron producto de la misma ETA que se perfeccionó y que hasta sus últimos estertores se ha negado a admitir que la sociedad vasca rechazaba tanto sus medios como sus fines, es decir, la pretendida naturaleza primigenia del conflicto.

La cumbre en Iparralde solo da lugar a una equívoca apuesta por cerrar el ciclo de ETA, siguiendo la idea de que los conflictos solo se pueden acabar cuando hay generosidad y reconocimiento por ambas partes. Pero no es el caso, no aquí, cuando lo que ETA pretende es más bien esquivar su responsabilidad de negar a los vascos su derecho a ser y decidir, y acabar con la vida de cientos de ciudadanos por el camino. El inmortal acto de matar es la seña de identidad de la banda, no sus metas políticas, porque una espada ensangrentada es lo único que ha aportado en su gris, amargo y dramático devenir. ETA solo puede acabar de una manera y es con su claudicación. No puede haber concesiones por parte del Estado; ni mucho menos, lo peor de todo, la perspectiva de que ETA aportó algo más que dolor y crimen a Euskadi. Cuando eso quede bien claro, entonces, podremos ir cerrando las heridas poco a poco y asumir y valorar otros dolores.