El presidente sirio, Bachar El Asad, y el ruso, Vladimir Putin, se reunían recientemente en la localidad rusa de Sochi para dibujar y perfilar el futuro político del país, al entender que la guerra está próxima a finalizar. Tras la derrota del EI, se ha expulsado ya a los yihadistas de la última ciudad que controlaban en Siria, Abu Kamal, y el fracaso de la insurgencia, El Asad afirmaba, de manera exagerada, que sus fuerzas controlaban ya el 98% del país aproximadamente. Aunque todavía hay algunas regiones bajo dominio del Ejército de Liberación sirio, tanto en el norte como en el sur del país, así que desconectadas entre sí, todo apunta a su debilidad y al hecho de que han perdido su apuesta a largo plazo. Pues no cuenta con los poderosos avales internacionales.

Desde Damasco, sienten que han vencido, de que han logrado su objetivo de mantener unido al país y que las potencias extranjeras (menos Rusia e Irán) y los terroristas financiados desde el Golfo, no han logrado su propósito de destruirlo… Tras largos meses de negociaciones, finalmente, el régimen sirio piensa que, en la próxima mesa de negociación con la oposición, que se celebraría allí mismo, en Sochi, a principios de diciembre, se alcanzará a ratificar su éxito militar con otro político. Por supuesto, no quiere ni hablar de la posibilidad de que el régimen cambie. De hecho, se tiene previsto celebrar elecciones en 2018, si bien El Asad no se ha pronunciado acerca de su continuidad. Sin embargo, la política es, ante todo, un maestro cruel. A estas alturas, no solo los contendientes están agotados o han llegado a unas endebles tablas, sino que el régimen sabe que cuenta con un apoyo firme y serio de Rusia, y que ganando la batalla internacional, impidiendo que la oposición siria tenga respaldo, habrá salido victorioso a esta dura prueba. Tiene las mejores cartas en la mano. Pero la guerra, a diferencia de lo que afirma el gobierno, no ha unido al país lo ha convertido en un erial y sin la ayuda exterior no lo habrían logrado. Sin las milicias de Hezbolá, sin las tropas rusas ni iraníes, El Asad no habría podido ganar esta lucha contra el terrorismo.

La negativa a reconocer a la oposición como una fuerza legítima se nos antoja la cruda semblanza de una dictadura que no ha dudado en desatar los infiernos sobre su propia población con tal de demostrar que tenía la razón. Pero aunque El Asad aspire a celebrar la victoria definitiva, esta representa un éxito efímero, a tenor de que ha dejado a Siria destrozada, y la pesadas tareas de la reconstrucción pueden ser un regalo envenenado. Pensemos que ganar una guerra es más sencillo que gestionar una posguerra. Pocas veces se ha dado una en la que el bando vencedor no maltratara al vencido, y un nuevo resentimiento acabara por aflorar. Pero, sobre todo, porque la economía siria ha sido devastada y no va a ser fácil volver a ponerla en marcha. Además, está la atención a los miles de refugiados que regresarán a unas ciudades destruidas y las heridas emocionales provocadas por una confrontación civil están ahí tan abiertas como el primer día, gracias a la mano de hierro de El Asad.

Las relaciones de Siria con los países de su alrededor tampoco se van a reconducir de la noche a la mañana. Y quedarán pendientes de juzgar los crímenes de guerra. Siria quedará adscrita a un bloque de lealtades y relaciones que no tienen por qué serle del todo beneficiosas. Rusia e Irán no son unos países, por distintas razones, económicamente boyantes. Irán, solo en fechas recientes, ha visto como se le abría el embargo de la ONU tras los acuerdos nucleares. Además, las rivalidades en Oriente Medio no van sino a reorganizar las fuerzas en la región hasta que se produzca un nuevo enfrentamiento. La resistencia en Siria puede darse, sobre el papel, casi por vencida. Pero eso no significa que su proyecto haya sido enterrado para siempre y que los grupos de oposición, aunque debilitados, no aguarden su siguiente oportunidad. Siria, después de todo, no es un país sino un territorio heterogéneo controlado por los sectores afines a la dictadura, la población alauí, junto a otras minorías, frente a una mayoría de kurdos y suníes. Solo un presidente capaz de superar las diferencias religiosas y étnicas que una a todos en un mismo proyecto integrador lograría constituir un Estado cohesionado. Pero El Asad ha demostrado que no es la persona idónea. No solo por el hecho de que todas sus políticas han llevado funestamente a una guerra civil, sino porque sus propias manos están manchadas de sangre de miles de inocentes. Su actitud e incapacidad por reconocer las aspiraciones de la oposición trajeron consigo esta barbarie.

La lista de horrores que se han vivido en Siria en estos seis años han sido inconmensurables. No solo se han utilizado armas prohibidas por la Convención de Ginebra, como armas químicas o las bombas de fragmentación, sino que se ha torturado, violado, sitiado por hambre, bombardeado núcleos de población civil indefensa, etc. que han generado horrores que ni podemos imaginar. En suma, todos los ingredientes propios de una guerra incivil. En el contexto actual, para aquellos que han apoyado el régimen sirio y, seguramente, para los refugiados, es posible que prefieran pasar página y volver a la normalidad. Es preferible a la alternativa, el reavivar la violencia extrema que ha golpeado con tanta dureza a la población, por exigencias del guión de la autocracia, o a valorar que El Asad es el responsable. Es natural. Ahora mismo, pensar en una paz justa y verdadera es un imposible porque solo podrá darse en el instante en el que los apoyos que recibe el dictador se den cuenta de que bajo su mandato casi se produce la quiebra total del Estado sirio. No es posible de determinar el futuro. Pero los efectos secundarios de la guerra nunca afloran como uno piensa que lo harán e, incluso, si hay suerte, puede que sean negativos para El Asad, y traiga consigo su fin, ante su incapacidad de hacer reflotar la misma nave que él mismo casi hunde por su negligente mando.

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