Trump no puede decir que no cumple sus promesas. Al menos, en lo que se refiere a aquella que señaló, durante su campaña electoral, que trasladaría la embajada de EEUU a Jerusalén. Ya ha dado la orden. Con este gesto se satisfacen los intereses de los halcones israelíes, cuyo anhelo y deseo es que sea la capital del país, pero abriendo, para ello, una herida enorme, en lo tocante a lo que se refiere al mundo musulmán y a los palestinos, que lo ven como una grave afrenta. Aunque solo es un símbolo y todo apunta a que el proceso para ese traslado será largo, el presidente ha estampado su firma y los efectos son a corto y medio plazo impredecibles.

El temor a que se reavive la llama de una nueva Intifada está muy presente. Ahora que Hamás parecía estar dispuesta a templar su espíritu entregando Gaza a la Autoridad Palestina, Trump ha optado salirse por la tangente, como si la gran política fuera antes que las personas. Total, lo que suceda a partir de ahora no le quitará el sueño y seguirá creyendo que actúa como un auténtico mandatario. Aunque es verdad que esta decisión fue aprobada ya en 1995 por el Congreso de EEUU, ningún presidente anterior había dado el paso, temiendo las reacciones y el comprometer el proceso de paz. Pero Trump entiende que no ha hecho sino reconocer ya una evidencia histórica, estimando que “Jerusalén es el corazón de una de las más exitosas democracias del mundo, un lugar donde judíos, musulmanes y cristianos pueden vivir según sus creencias”… aunque no tenemos tan claro ni lo uno ni lo otro. Israel no es una democracia plena, a la vista está que tiene ciudadanos de segunda (los israelíes palestinos) y es más importante ser judío que demócrata, y los enfrentamientos, pugnas y violencias nos muestran que el santo lugar no concita sino odios y desencuentros con lo que es conveniente andar siempre con pasos cautelosos.

Aunque desde la Administración Trump se afirme que esta medida no afectará ni a la paz ni al status de Jerusalén, lo cierto es que permite que los israelíes consoliden sus posiciones a costa de minusvalorar a los palestinos. A nadie ha satisfecho más esta decisión que al Gobierno de Netanyahu. Las advertencias en contra no han servido. La posibilidad de que haya un futuro en paz hace tiempo que se ha visto seriamente comprometido con la política colonizadora de Israel. No importa que la ONU la condenara. Mientras no haya una eficaz presión internacional, los hebreos se habrán salido con la suya. En 1948, ya se cometió un grave error reconociendo únicamente al Estado judío sin hacer lo propio de un Estado palestino. Igual la situación hubiese derivado en lo mismo o no, es difícil de saberlo. Pero no habrían podido ser arrinconados tan fácilmente. Mientras los palestinos sigan siendo un pueblo sometido a la dialéctica de Tel Aviv, sin aliados de peso, sin un reconocimiento internacional (como se hizo con Kosovo, por ejemplo) entonces, sufrirán, padecerán y vivirán al albur de lo que se decida fuera, y las políticas israelíes ganarán siempre.

Así, mientras estos van desalojando barrios de Jerusalén de palestinos, sustituyéndolos por colonos hebreos, Washington decide premiarles con un cambio de status… es, a todas luces, una victoria amarga, triste y desangelada. Porque cualquier acuerdo o actuación que se haga en la región debería ser consensuado o, por lo menos, compartido. Ya que sus efectos, de no hacerlo así, hasta la fecha al menos, han sido contraproducentes, provocando airados estallidos de violencia. No hay duda de que esto solo ocasionará más pérdidas para los palestinos y facilitará que los halcones de Tel Aviv apliquen su puño de hierro y hagan creer a la población israelí que este es el único lenguaje que entienden: el contraterror.

Pero los palestinos, sin justificar sus ataques, son un pueblo desesperado. Se sienten impotentes, ante unas autoridades locales corruptas incapaces de encontrar a ningún otro país que les ayude. No solo están perdiendo trozo a trozo lo poco que les queda de territorio sino que, además, les acaban de arrebatar de un plumazo el único gran símbolo que poseen. Sin Jerusalén no son nada, no tienen nada, no controlan más que una tierra estéril a su alrededor. Por un lado, el proceso de destrucción del pueblo palestino como entidad política y humana avanza, así, como un martillo pilón, con presteza e incontestable, acaban de ponerle un nuevo clavo en la tapa de su ataúd. Por otro, la promesa de alcanzar unos improbables acuerdos de paz se ha convertido en falsa tabla de salvación para los palestinos. Porque mientras Tel Aviv amenaza con bloquearlos, lleva a cabo las políticas que más satisfacen a sus intereses. Claro que la decisión de Trump, después de todo, tampoco nos sorprende. Tales políticas dispuestas desde Washington ya vienen de lejos. Solo Obama, tímidamente, al final de su mandato, permitió que la ONU condenara a Israel por sus asentamientos. Pero no ha servido de mucho ya que no ostenta ninguna autoridad sobre el terreno. Israel es, además, el gran aliado de EEUU en la región, y cuenta con todo su apoyo, por irresponsables que sean sus decisiones. Y aunque sea una obscenidad el maltrato continuado dispensado a los palestinos, tildándoles a todos de terroristas cuando en su mayoría son personas que anhelan paz y dignidad, Washington está de su lado. Si bien, los israelíes no son mejores que los palestinos, nadie es mejor que nadie, lo nocivo de dicha actitud debieron haberla aprendido del nazismo… y, sin embargo, el menosprecio es evidente.

Los palestinos son el otro, aunque eso implica su descalificación. Y no se trata de que vivan como hermanos sino de respeto. No puede ser que la ONU les haya olvidado. Los territorios palestinos son una zona de guerra y lo que suceda por culpa de Jerusalén viene ya de largo, pero la responsabilidad corre a cargo de aquellos países que pueden hacer algo a favor de los palestinos… si hay violencia, EEUU e Israel serán las únicas responsables.

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