Es evidente que vivimos tiempos complejos. El choque cultural entre europeos e inmigrantes se ha visto nefastamente influido por el efecto de los atentados terroristas y la violencia que se vislumbra en los países musulmanes… pero ya venía de antes. El rechazo al otro siempre ha venido acompañado por el reforzamiento de la identidad como pilar de una homogeneidad cultural y racial (aunque se enfatice menos este hecho), que nos sumerge en una dialéctica peligrosa y ante un desafío al que tal vez los Estados, con sus múltiples problemas, no han querido enfrentarse porque no han sabido cómo atajar la cuestión (aunque no sea algo nuevo, sino que ya tenía sus reminiscencias desde la SGM).

El avance de la ultraderecha en Francia, Alemania, Polonia o Hungría, viene marcado por una nueva dinámica global: la inmigración. No es que sea un fenómeno nuevo. Siglos atrás se dieron flujos migratorios, pero eran norte sur o norte este-oeste, cuando Europa necesitaba liberar población y esta fue a colonizar nuevos territorios. Pero, actualmente, los flujos migratorios suelen tener un mismo destino, Europa (o EEUU). Explicar este cambio de orientación comporta múltiples causas. Si bien, se fundamenta en que muchos nuevos países nacidos de la descolonización han visto como sus dinámicas demográficas internas les han desbordado. A eso hay que añadir su bajo nivel de vida, las guerras, los conflictos y el hambre. Así que, grosso modo, miles de sureños se han desplazado hacia Europa, no solo africanos, sino asiáticos y sudamericanos.

Hasta el momento en el que Europa ha necesitado de mano de obra barata no ha tenido ningún inconveniente en acogerles, algunos se han integrado y muchos no, pero eso no era algo que importase demasiado, porque permitía disponer de mano escasamente cualificada por muy poco dinero para empleos secundarios. La civilización europea no estaba en peligro porque su mayor peso de población era un muro de contención y porque el nivel de vida cada vez más elevado nos daba seguridad y una aparente fortaleza. Pero todo esto ha variado. Europa envejece y la población más dinámica es la inmigrante de 1º, 2º o 3º generación, muchas de ellas no se han integrado del todo o, por lo menos, en su apariencia externa no lo han hecho, aunque ya han adquirido la nacionalidad y otros están en ello. Puede que se sientan tan franceses o alemanes como cualquier otro, pero sus raíces están ahí, muy presentes, porque son guardianes de las tradiciones que han traído de sus respectivos lugares de origen. Y poco a poco han ido ocupando un espacio y una visibilidad inusitados. Se han levantado mezquitas, es más normal encontrárseles por las calles y se distinguen de los demás por sus atuendos, a veces, o por sus formas de vida.

No obstante, todo eso que debería ser algo natural, es cada vez visto por cierta parte de los europeos como una flagrante amenaza. El mestizaje no está bien visto. Nadie pensaba que ocurriría antes, pero el terrorismo islámico, sin duda, ha sido la chispa que ha encendido parte de las alarmas, aunque no sea el único factor (pues también se les ve como portadores de la delincuencia, marginalidad o fanatismo, lacras sociales que nunca han dejado de formar parte de Europa, aunque ellos focalicen todo esto). Ellos son el otro. Se desconfía porque no son como nosotros, se les ve poco menos que como una quinta columna que pone en entredicho nuestras formas de vida y valores. El miedo se apodera de quien se ha creído a salvo, seguro y, por supuesto, cree que la única civilización a tener en cuenta es la suya. Nuestra cultura política parece que no nos proteja lo suficiente; tolerancia, respeto, convivencia y derechos humanos son garantías, obligaciones y derechos, aunque no necesariamente incluyen a otros grupos.

El racismo y la xenofobia se apoderan de nosotros porque tememos a unas presuntas fuerzas infiltradas, los inmigrantes, que pretenden destruir nuestra sociedad desde dentro… en tales instantes, la identidad se convierte en un valor cerrado. Una identidad cristiana, democrática y europea que nos retrata bien cómo somos o que, por lo menos, desvela que no hemos sido capaces de superar los lastres dejados atrás por el fascismo en los años 20 y 30, porque creemos que todo esto ha de seguir siempre así, no cambiar, aunque la globalización haya tenido un efecto y un impacto diferente para el conjunto del planeta. Unos han acumulado toda la riqueza y otros la miseria, lo cual invita a estos últimos a salir a buscar la primera, a expensas de sus vidas y sus raíces. De este modo, el flujo migratorio ha traído consigo que haya quien vea este proceso como una invasión y, en consecuencia, han brotado grupos de extrema derecha que claman por la homogeneidad nacional, el cierre de fronteras y etiquetan a todo extranjero no europeo como un agente enemigo.

El resurgimiento de movimientos islamófobos forma parte de nuestra propia cultura, como antes lo eran los antisemitas y anticomunistas. Siempre surge un enemigo al que echarle la culpa de nuestros desvelos, al que incriminarle todos los males posibles, aunque parte de estos males sea también cosa nuestra. Porque nada distingue a un fanatismo xenófobo de otro yihadista si a la hora de la verdad te dedicas a cosificar a quien no es como tú o piense diferente. Mientras los yihadistas nos golpean de forma brutal (aunque, mayormente, matan a musulmanes) con espectaculares atentados, los europeos lo hacemos más sutilmente cuando impedimos que los inmigrantes lleguen a nuestras costas o ya los despreciamos, sin importarnos las consecuencias de nuestros gestos. En ambos casos, los dos concitan comportamientos intolerantes. Por eso, la única lucha posible para garantizar la convivencia, para no caer en una inhumanidad desaconsejable es reconocernos y reconocerles como iguales, somos diferentes, sin duda, esto es nuestra riqueza como Humanidad. Lo contrario es tan solo la autodestrucción.

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