Inspirada en la historia del secuestro del avión de Air France, en 1976, por un grupo de terroristas palestinos y alemanes, el filme tiene su mayor mordiente en el mensaje que pretende trasmitirnos: la violencia y el terrorismo nunca alcanzan sus propósitos, es una espiral de locura infinita. El cine, después de todo, permite reconstruir los hechos y ofrecer un nuevo enfoque; permitirse el lujo de llenar las lagunas que nos faltan de información, en ese sentido, del proceso reflexivo interior de cada terrorista, sus dudas y, finalmente, incluso su arrepentimiento y sus buenos sentimientos. Es verdad que a la trama le acaba pesando no ser muy incisiva, busca el modo de que el espectador entienda y vea el secuestro no como un capítulo más en el que prime la acción y el drama sobre los personajes, pero le falta desarrollar mejor esa misma tensión psicológica. Sí se nos revelan algunos aspectos de interés, como las contradicciones de los terroristas; mientras los palestinos lo hacen porque aman a su país, los dos alemanes lo hacen porque odian al suyo. Incluso se evitan ciertos clichés, y así, los terroristas muestran simpáticos gestos como cuando permiten a los niños jugar fuera de la terminal, o cuando Brühl muestra su humanitarismo y libera a una pasajera, porque le hace creer que va a tener un aborto.

El mayor peso de la historia descansa en los personajes de Rosaumund Pike y Daniel Brühl, que representan a los dos integrantes de las Células Revolucionarias alemanas, que junto al Frente de Liberación Nacional Palestino acometerán esta audaz acción. Tras secuestrar el avión, con 248 pasajeros, una parte de ellos israelíes, vuelan hasta la Uganda del dictador Amin, previo repostaje en la Trípoli de Gafadi, y desembarcan a los rehenes en la antigua terminal del aeropuerto de Entebbe, pensando que estarían lejos de la influencia israelí. Desde allí, reclaman la liberación de más de 50 activistas palestinos si no quieren que corra la sangre. Ahí, incluso, tiene su papel Amin puesto que apelan a su enorme ego, indicándole que podría lograr el Nobel de la Paz si interviene favorablemente Isaac Rabin logrará la liberación de los rehenes extranjeros no hebreos. El filme nos presenta, así mismo, la línea de actuación del mítico Rabin, entonces primer ministro, y a Simón Peres, ministro de Defensa. El primero se presenta como un político que tiene claro que el conflicto no puede acabar sino bajo el signo de la negociación. Mientras que Peres es de los hombres duros de su gabinete y su postura es más intransigente, considera que la intervención militar es la única vía y el único lenguaje que entienden los palestinos. Israel no negocia con terroristas.

Pero Rabin tiene que decidir en una difícil encrucijada, intervenir puede acabar en desastre, se trata de una operación de alto riesgo, en un país extranjero, a miles de kilómetros de Israel, y hacerlo es continuar con la misma política agresiva de siempre. También se nos cuenta, en paralelo, la relación de uno de los soldados de élite elegido para la misión de rescate con su novia, que es bailarina. La pareja no es feliz. El modo en que él se juega la vida interfiere en su relación. De hecho, hay una frase muy importante en la que él le expresa que su trabajo es que ella pueda bailar. A lo que ella le responde, “¿y si dejo de bailar?”. Se enfatiza, ahí, una vez más, el efecto tan pernicioso que es vivir en la violencia. Por otro lado, el joven activista germano se encontrará en una compleja situación, cuando se da cuenta que, si las negociaciones fallan, tendría que asesinar a judíos inocentes. Como alemán tiene muy clara la conciencia sobre el Holocausto. Incluso, una noche, descubre que una de las rehenes es una antigua superviviente de los campos de la muerte. Y la pondrá a salvo en cuanto puede. El proceso en el que los dos jóvenes terroristas deciden participar para publicitar la causa revolucionaria alemana no está bien incorporado, en repetidos flash-back, y hacen que poco a poco se desinfle el drama. Aunque se llega a revelar las estrechas relaciones que hubo en los años 70 entre los distintos grupos revolucionarios europeos e internacionales, se adentra poco en ello. Es verdad que frente a las películas norteamericanas donde priman la acción y el heroísmo, constituyendo los militares el (falso) modelo para garantizar la libertad de las personas, aquí hay un valioso cambio de registro. La liberación de los rehenes es incidental.

Cuando, por fin, se decide actuar e intervenir, Rabin lo hace con pesar, el joven militar que se prepara para el asalto tendrá dudas, aunque luego actuará de forma valiente, pero el director resuelve la liberación con una corta escena, para no darle tanta trascendencia. Es un éxito relativo. Se centra, sobre todo, en valorar la reacción de los dos jóvenes alemanes que deciden no matar a los rehenes, morirán eso sí, mostrando cierta humanidad; enfatizando que el terrorismo no es heroico, sino absurdo. La película tiene la virtud de no justificar ninguna violencia (la coreografía musical que vemos así lo simboliza), sino en verla como un drama terrible. De hecho, Rabin sería el primer ministro israelí que emprendería unas negociaciones con los palestinos con el compromiso de construir dos estados y, por eso, será asesinado, años más tarde, por un ultraderechista judío.

Hasta Simón Peres será un político que se avendrá, con los años, a cambiar de estrategia y a impulsar la opción diplomática. La pena es que las buenas intenciones y la apuesta final por el entendimiento como vía para alcanzar a resolver los conflictos no acaba de cuajar del todo y no trasciende a los hechos. Sí es importante que la trama evita construir manidos estereotipos, aquí no hay buenos ni malos, solo palestinos que han sufrido, europeos revolucionarios confundidos, rehenes y supervivientes del horror nazi, israelíes corrientes que padecen el conflicto, y que desvela funestamente como todavía hemos sido incapaces de solventar el enquistado conflicto palestino.

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